miércoles, 20 de septiembre de 2017

Juan Andrade. Franz Borkenau: El reñidero español.







Juan Andrade (1898-1981). Un revolucionario de toda la vida

04/05/2011 | Pepe Gutiérrez-Álvarez



FUNDACIÓN ANDREU NIN

JUAN ANDRADE (1898-1981) Y  MARÍA TERESA GARCÍA BANÚS (1895-1989)


Franz Borkenau










Relato de un testigo de los conflictos sociales y políticos de la guerra civil española


245 páginas (Ruedo ibérico, París, 1971).




En todas las historias o estudios históricos sobre la guerra civil española se encuentran con frecuencia referencias a la obra The Spanish Cockpit, de Franz Borkenau. Sin embargo, hasta ahora los lectores españoles interesados en conocer el libro no tenían la posibilidad de llegar a él, porque editado en inglés en su primera publicación, en 1937, estaba agotado, no había versión en otras lenguas y la edición norteamericana hecha después, en 1963, era casi desconocida. Sobre todo, faltaba una edición castellana, que Ruedo ibérico ha llevado a cabo ahora, con el título de El reñidero español, que aunque tiene un cierto acento peyorativo en primera impresión, responde a la intención del autor y resulta expresivo.


La lectura de El reñidero español no hace más que acentuar la autoridad que se le concedía como documento de primera mano, y los españoles que vivieron la contienda o los que la han estudiado encontrarán en la obra un elemento básico sobre los comienzos de la guerra y de la revolución, y de su degeneración bajo el imperio del estalinismo, a pesar de que sólo comprende los hechos y su desarrollo hasta mediados de 1937, lo que es lástima.

Franz Borkenau había pertenecido al Partido Comunista alemán e incluso ocupado un cargo en la Internacional Comunista. Pero al cabo de algunos años abandonó el partido y las ideas comunistas para consagrarse por entero a la sociología. Inmediatamente de estallar la guerra civil, decidió trasladarse a España, a la «zona republicana », para conocer y estudiar directamente todo el «hecho sociológico», aunque con un amplio sentido de asimilación y comprensión y una gran simpatía no disimulada hacia la causa popular; pero también armado, indudablemente, con un espíritu crítico del desenvolvimiento de los acontecimientos y con la vasta cultura política de su formación inicial. Esto le condujo a juicios que parecen bastante distantes de unos y de otros, de desvalorización aparente de casi todo lo que presencia y enfoca, a un subjetivismo bastante negativo casi siempre, derivado de una impresión demasiado rápida de hechos a los que asiste como espectador. Esta independencia en sus observaciones es lo que hace decir a Gerald Brenan, su prologuista americano: « Y sin embargo Borkenau no era, como él creía, un liberal democrático, sino una especie de romántico nietzscheano, que sólo llegaba a la verdad después de una lucha consigo mismo

El reñidero español se inicia con el capítulo titulado «Antecedentes históricos», cuyo objeto es situar los acontecimientos que se desarrollan durante nuestra guerra civil en el contexto de la propia historia de España, lo que le lleva a concluir que a pesar de que todos los partidos obreros se consideran « como especímenes españoles de movimientos internacionales, apenas puede considerarse que tengan equivalentes extranjeros ». Consideración en general discutible, pero en este caso inexacta, como se vio trágicamente después, porque en nuestra época las revoluciones, por su carácter profundamente social, de lucha de clases, se dan por concepciones que responden a aspiraciones que son comunes a las dos clases en pugna, y que por lo tanto crean principios y solidaridades iguales por encima de las fronteras, independientemente de las tradiciones, temperamentos y peculiaridades nacionales.


Claro está, Borkenau tenía en cuenta, principalmente, para esta explicación, el fenómeno anarquista, que era el prevaleciente en el periodo que el autor vivió durante la revolución española. Interpretación con la cual, por otra parte, se han estrellado también casi todos los historiadores o estudiosos de la historia y la política de nuestro país; porque el caso anarquista sí que ha sido durante casi un siglo típicamente ibero, que escapaba a las «normas » internacionales, pero al que ya Marx y Engels prestaron su atención y analizaron y que Trotski, durante la guerra civil, redujo meramente a diatribas ofensivas.


El capítulo «Antecedentes históricos », a pesar de algunos errores menores (por ejemplo, decir que Salvador Seguí fue asesinado en la prisión) y de que se trata de un resumen muy somero, sirve para fijar la situación cuando él atravesó la frontera francoespañola para estudiar y tratar de comprender el desarrollo de la guerra y de la revolución y sus consecuencias. El panorama de la situación real nacional se presentaba para Borkenau así: « El alzamiento de los generales logró aquello que ni socialistas ni anarquistas hubiesen sido capaces de lograr: en media España y en seis de las principales ciudades españolas, llevó el poder a manos del proletariado revolucionario. Se planteaban los siguientes problemas: ¿Podrían conservarlo? ¿Cómo lo utilizarían? ¿Serían más capaces que sus predecesores de descubrir una solución constructiva a los problemas que habían torturado a España durante un siglo? » La formulación era bastante ingenua y demasiado fundada en la acción «espontaneísta» de las masas, porque la revolución era consecuencia precisamente de la propaganda durante un siglo de socialistas y anarquistas, que dieron a los trabajadores una conciencia social de clase, y de la actuación de sus organizaciones en el momento de producirse el levantamiento de los militares y fascistas.

El autor pasa enseguida a lo que llama «Diario revolucionario», que comprende las notas tomadas en su primer viaje, o sea del 5 de agosto, como ya hemos dicho, al 15 de septiembre de 1936. Su primera sorpresa al entrar en la frontera -llegaba impresionado por los rumores alarmantes que difundía ya toda la prensa capitalista extranjera- fue que « las cosas, lejos de ser desagradables, como todos habían predicho, se desenvolvieron tan pacíficamente que parecía incluso ridículo». La llegada a Barcelona se hace sin grandes inconvenientes. En su deseo de información, en todas partes encuentra una acogida cordial por el solo hecho de ser extranjero y de querer comprender lo que sucede por vía directa. Por parte de todos los partidos, de todas las organizaciones se trata principalmente en sus entrevistas de explicar para llegar a convencer, se admiten las preguntas, críticas y censuras; se trata también de condenar, o en otros casos de justificar los errores que se han podido cometer. Pero en Barcelona tiene también la impresión, desde el primer momento, de que se vive una verdadera revolución. La presencia de hombres armados por todas partes, es para él la manifestación gráfica del nuevo estado de cosas, como lo son también los grandes edificios ahora incautados por las organizaciones obreras.


Borkenau recoge rumores que circulan, ecos de los propósitos, que resultan a veces dispares y contradictorios, y no menos fantásticos también, como sucede durante el desarrollo de los grandes acontecimientos históricos. No obstante, el autor nos advierte igualmente, que aunque reconoce que existen estas contradicciones en su relato, ha preferido dejarlas en su libro tal y como las anotó. Y creo que hizo bien porque su lectura nos da un panorama de conjunto, vivo por directo, en medio de su ambiente natural, que no se encuentra expresado en toda su realidad en los fríos relatos de los historiadores. Son los primeros días de una euforia completa, los grandes momentos de la alegría política popular. «Todo se encontraba en estado de transición, entre el caos y el génesis.»

La situación le lleva a hacerse algunas preguntas, que somete a la consideración o respuesta de los representantes de las organizaciones que entrevista, y a las que otras veces él mismo se responde. Había una que era de la más pura lógica para el observador culto política e históricamente: « ¿Por qué, pregunto, no han sido creados soviets propiamente dichos (como en Asturias en 1934) constituidos con diputados elegidos directamente ?» El maquiavelismo estalinista le responde: «Porque todos estamos dedicados a los problemas de orden militar. » No encuentra las contestaciones pertinentes, aunque había hallado la explicación política que buscaba interrogando al POUM, que era precisamente el que defendía la constitución de comités (o soviets) directamente elegidos; pero el autor repite varias veces (son casi las únicas alusiones a dicho partido) que « los trotsquistas del POUM » eran una minoría insignificante, y además... extremista.


No encontrando a esta curiosidad contestación convincente, trata de explicar personalmente el caso: «Quedo limitado a mis deducciones. Es la CNT quien está en posición de decidir si deben o no crearse soviets. Si no los hay, es probablemente porque la CNT no los quiere. Si los quisiera, la UGT no podría impedirlo. Y deduzco que la actitud de la CNT se explica quizás por el hecho de que mantiene el control de las fábricas a través de sus poderosas organizaciones sindicales, y unas elecciones de tipo soviético no contribuirían en nada a su poder sino que, inevitablemente, darían a los demás partidos la oportunidad de probar su fuerza en las fábricas. También los comunistas, en la Rusia de 1917, se desinteresaron cada vez más de los soviets, una vez que el partido logró controlar el país.» Planteamiento del problema que contiene una menor parte de verdad y una mayor parte de errores, porque si bien la CNT se oponía a la constitución de comités o soviets como organismos de poder, esta posición se derivaba de toda su filosofía anarcosindicalista, y no a su temor de perder la influencia sindical en las fábricas, que entonces era bien sólida.

Claro está, centra sobre todo su análisis sobre las opiniones, o más bien las reacciones de los anarquistas ante el curso que seguía la revolución y la guerra principalmente en Cataluña; pero al mismo tiempo, como contraste, acude también a recoger lo que dicen los comunistas. El antagonismo práctico entre las dos concepciones que empezaba ya a manifestarse en septiembre de 1936, explicaba por anticipado su evolución ulterior. Y aunque el autor parece adoptar una actitud neutral, aparte de algunos desaciertos de apreciación debidos a la improvisación, hay juicios de bastante buen sentido general.

Después de haberse hecho una idea de conjunto sobre el clima político y social de Barcelona, el autor hace lo que consideraba entonces obligado todo buen informador, o sea una «visita al frente de Aragón ». Su descripción de la situación de los pueblos que recorre y la organización de las primeras milicias tiene mucho de pintoresco, y aunque las conclusiones que deduce son a veces bastante simplistas, el colorido con que las reviste da fuerza a la realidad de la improvisación de todo.


Entonces se le presenta la ocasión de apreciar los antagonismos entre las diversas organizaciones antifascistas y contrasta el cuadro de sus diferentes posiciones. Mejor que en Barcelona, puede conocer ocasionalmente la finalidad de la política de los estalinistas, lo que le hace decir: « La gente resulta a veces sorprendente. Miembros representativos del PSUC expresan la opinión de que no está teniendo lugar una revolución en España, y estos hombres (con quienes sostuve una discusión relativamente larga no son, como debía suponerse, viejos socialistas catalanes, sino comunistas extranjeros. España, explican, se enfrenta a una situación única: el gobierno lucha contra su propio Ejército. Y esto es todo. Insinué el hecho de que los obreros estaban armados, de que la administración había caído en manos de los comités revolucionarios, que miles de personas eran ejecutadas sin juicio, que tanto fábricas como grandes fincas eran expropiadas y administradas por sus antiguos obreros. Si esto no era una revolución, ¿qué es lo era entonces? Se me dijo que estaba equivocado; todo eso no tenía ninguna significación; eran sólo medidas de emergencia sin consecuencias políticas [...]. Me pregunto cómo es posible que los comunistas que, en todo el mundo y durante quince años, han estado descubriendo situaciones revolucionarias allí donde no había ninguna, logrando hacer con ello tremendo daño, no reconozcan una revolución ahora, cuando por primera vez en Europa desde la revolución rusa de 1917 existe de verdad.»

Después del frente de Aragón, Borkenau da un salto hacia Valencia, donde pasa dos días que le permiten llegar a la conclusión de que « desde el punto de vista constitucional Valencia puede ser considerada casi como una república soviética independiente. Pero socialmente es mucho menos soviética que Barcelona y sigue siendo una ciudad pequeño burguesa. Hay muchas menos milicias armadas que en Barcelona, menos expropiaciones y control obrero en las fábricas, menos banderas rojas y más estandartes con los colores valencianos o españoles». Visión demasiado rápida e impresionista, defecto inherente a todo reportaje fulminante.

Con respecto a la relación de fuerza de las organizaciones revolucionarias, observa que predominan también los anarquistas, aunque no con el mismo peso decisivo que en Barcelona, y que los comunistas son una minoría. Estos últimos son los únicos que se someten a la junta delegada, la autoridad nombrada por el presidente de la República, y se lamentan porque « los anarquistas no quieren entender que tienen que obedecer; éstos quieren la independencia regional ». Y el líder comunista se hace mucho más amargo al terminar diciendo: « Le digo que hubo momentos en que nos quedamos completamente solos en nuestra defensa de las órdenes de Madrid. »


En la provincia de Valencia, en Gandía, estuvo a punto de ser fusilado, según relata. Estaba hablando de problemas agrícolas con el secretario local de la UGT, cuando fue llamado aparte por cuatro hombres; después de un interrogatorio le invitaron a abandonar inmediatamente Gandía si no quería ser « eliminado». Empezaba la caza de herejes de los estalinistas contra todo extranjero, que, aunque antifascista conocido, no estuviera avalado por « el Partido », y los agentes de la Internacional comenzaban a llegar para imponer la política de Stalin. Fecha estos hechos en el 22 de agosto de 1936.

Viaje ahora a Madrid, sede entonces todavía del gobierno republicano. Su impresión primera: « Madrid brinda mucho más que Barcelona la impresión de una ciudad en tiempos de guerra, pero mucho menos la de una ciudad en medio de una revolución social ». Los socialistas predominan ampliamente, y sobre todo los pertenecientes a la fracción de Largo Caballero; pero éstos no figuran aún en el gobierno. Lo que se manifiesta en ellos por un descontento. Alegan que hay una falta total de eficacia. El gobierno no hace nada, no organiza nada, no prevé nada. Es también la impresión general de Borkenau, al parecer. Ciertamente, hay que decir que era la expresión de una situación concreta. Se debe agregar que esto lo escribía el autor de El reñidero español el 27 de agosto y que el 4 de septiembre Largo Caballero presidía un gobierno de Frente Popular amplio, que de hecho facilitó la implantación absoluta de los estalinistas en todos los organismos « oficiales » de la llamada « zona roja ».


Desde Madrid, pasa a visitar los frentes del sur y central, y me atrevo a decir que es la parte más expresiva de la obra, porque se relatan hechos vividos « en el terreno », directamente y con inteligencia, que no se encuentran frecuentemente en otros libros sobre nuestra guerra civil escritos por extranjeros. En el frente andaluz su visita se realiza cuando las fuerzas militares fascistas están llevando a cabo los avances inmediatos al desembarco de moros y legionarios y realizan su rápido progreso hacia Madrid; también cuando los huidizos de los pueblos que habían caído en poder de los militares insurgentes relataban la cruel represión que seguía a la toma de cada pueblo. Esto creaba un estado de espíritu de represalias en las poblaciones, que en la forma era igualmente salvaje y sin ninguna discriminación. El autor presenció, con justo horror, algunos de estos hechos salvajes.


Pero como sociólogo le interesa estudiar cómo se va resolviendo la cuestión agraria. Durante su visita llega a la conclusión de que « sigue sin ser resuelta y que prevalece la mayor incertidumbre en cuanto a cómo hacerlo». La diferencia más notable que encuentra en la forma de hacer frente a la cuestión y a todos los problemas anexos a la revolución, se deriva de que dominen en el pueblo los socialistas o los anarquistas y de que el pueblo tenga una tradición de organización social o no. En Andujar, por ejemplo, la administración municipal continua en su puesto, pero fortalecida por la cooperación de representantes de la UGT, de los partidos socialista y comunista y de la Juventud Socialista; es cierto que los socialistas habían ganado las elecciones municipales y que en toda la provincia de Jaén la influencia de los anarquistas era escasa.


La diferencia de concepción y propósitos en cuanto a la manera de resolver los problemas de la revolución agraria, se le hace al autor más presente cuando visita Castro del Río, en la provincia de Córdoba, que era conocido como uno de los más antiguos y fuertes centros anarquistas de Andalucía y donde la CNT-FAI era la única organización obrera existente. Allí, la Guardia civil, unida a los caciques y a los ricos, se rebeló contra la República ; este bloque reaccionario triunfó en los primeros momentos; pero la población puso asedio a los civiles, les obligó a rendirse y después de una «liquidación» general se estableció el comunismo libertario en Castro del Río.

Sobre este caso dice Borkenau : «El punto más notable del régimen anarquista en Castro es la abolición del dinero. El intercambio monetario ha sido suprimido; la producción ha sufrido muy pocos cambios. Las tierras de Castro pertenecían a tres de los más grandes magnates españoles; todos ellos, ausentes por supuesto, han sido expropiadas. El ayuntamiento local no se ha fundido con el comité, como en el resto de Andalucía, sino que ha sido disuelto, el comité ha tomado su lugar y ha creado una especie de sistema soviético. Se ha apoderado de las tierras y las administra. Estas no han sido integradas, sino que se las sigue trabajando por separado, contando con los mismos obreros empleados antes en ellas. Los salarios han sido suprimidos. Sería incorrecto decir que han sido sustituidos por una paga en especie. No existe paga de ninguna clase; las tiendas del pueblo alimentan directamente a los habitantes. » Esto lo anotó el autor el 6 de septiembre de 1936; es lástima que no exista, por lo menos que conozcamos, ningún estudio de conjunto y de carácter económico y social sobre estas diversas experiencias de aplicación de ideologías. Como también hay que sentir que Borkenau no llevase más lejos en profundidad sus inteligentes observaciones analíticas y que se limitase meramente a bosquejarlas a grandes trazos, porque podía habernos dejado un documento de grandísimo valor.


Al llegar a Montero, el escritor se encuentra en pleno cuartel general del frente de Córdoba, cuando las fuerzas insurgentes atacaban furiosamente Pozoblanco. Es una descripción muy viva y emocionante, de la confusión y desorganización, de los pánicos, pero sobre todo del heroísmo en la resistencia y el ataque. La parte anecdótica, en la que particularmente se detiene bastante Borkenau en todo su libro, le da un gran valor porque hace más « visible » en cada momento la situación.


Después, vuelta a Madrid, desde donde regresa a Francia, pasando la frontera por Port-Bou el 15 de septiembre de 1936, para regresar a España a mediados de enero de 1937, en un segundo viaje que terminó el 15 de febrero del mismo año.


Durante este segundo viaje, hasta Barcelona encuentra las mismas facilidades y cordialidad que en el primero. En Barcelona, sin embargo, las primeras impresiones no son las mismas que en el primer viaje ; el cambio se siente, se palpa. No se trata sólo de un cierto orden y estructuración que ha reemplazado al inevitable caos de los primeros meses, sino de la evolución que se está operando en el terreno político. Estima que « en realidad quedan sólo dos protagonistas, los anarquistas y el PSUC ».


Y es evidentemente el PSUC quien está ganando terreno. Observa que las fuerzas de éste aumentan considerablemente, « gracias en parte a las nuevas afiliaciones de trabajadores manuales, pero sobre todo de los grupos de trabajadores burocráticos y pequeños burgueses [...] Los rusos, junto con su ayuda material e ideológica realizada por intermedio del PSUC introdujeron la presión política. Obtuvieron como primer paso la disolución del Comité central de Milicias [...]» Y, sin embargo, el Comité central de Milicias, agrega, había sido la mayor avanzada creada en España, con vistas al establecimiento de un sistema soviético. Le parecía casi increíble la facilidad con que el PSUC se salía con la suya.

En su análisis de las fuerzas antifascistas en Barcelona, a pesar de algunos toques acertados, su pintura de conjunto es mucho menos cabal. Hay una reiterada inquina al POUM. que se manifiesta no sólo por errores de mucho bulto, sino por juicios de casi mala fe como éste: «El POUM no era realmente popular dentro de ninguna capa de la población, a causa de su actitud altanera y de, a pesar de sus reducidas fuerzas, sus pretensiones de dominio [...] » Y un escritor tan documentado y avispado como él, olvida lo que no ha dejado de hacer ninguno de cuantos historiadores han escrito sobre la guerra civil española: situar «el problema del POUM » en el plano internacional y de los procesos de Moscú.


De Barcelona pasa otra vez a Valencia, y de esta ciudad al frente de Málaga. Esta segunda parte del libro está principalmente consagrada a exponer su criterio sobre el desarrollo de la política del Frente Popular. Aparte de estimaciones que me parecen justas, en honor a la verdad hay que decir que muchas otras pecan de superficiales y ligeras, cuando no de erróneas. Pero el cambio fundamental lo advierte por el prevalecimiento que ha llegado a tener el estalinismo. La GPU ha extendido sus antenas, los extranjeros no avalados por «el Partido» están sometidos a vigilancia. Y lo que se veía venir en el libro para los que vivimos aquella época, llega y le hace exclamar: «A diferencia de mi primer viaje, fui durante el segundo constantemente molestado y obstaculizado en mi trabajo por personas que seguían mis pasos y me denunciaban continuamente. Esto no varió a partir de los primeros días. No había duda de que la diferencia se debía a la mayor influencia que los comunistas ejercían ahora con relación a la primera vez. » Y añadiremos por nuestra cuenta que seguramente era consecuencia de que la GPU, entre los dos viajes, había recibido su «sumario político » establecido por los estalinistas de su país.


El caso es que nuestro hombre termina en la cárcel y acusado expresamente de... trotsquista, de pertenecer a la tendencia hacia la cual expresaba más hostilidad en sus juicios. Espías aficionados, como él dice, todos extranjeros, le tendían la trampa, como a muchos otros.


En los interrogatorios, los agentes estalinistas tenían sólo una obsesión: conseguir el manuscrito que hubiera podido escribir, y que él había tenido la precaución de poner a buen recaudo y que hoy tenemos el placer de poder leer. Y cuenta a continuación que en los pocos días que permaneció después en Valencia tuvo una divertida experiencia que « ilustra claramente lo común que era en esa época un accidente como éste. Conté la historia de mi arresto a un grupo de seis personas de diversas nacionalidades, algunas de ellas periodistas extranjeros que trabajaban por los intereses republicanos y otros empleados de los servicios del gobierno. Sólo dos de ellos no habían estado nunca detenidos, y de estos dos, uno esperaba ser detenido en cualquier momento por una cuestión que no tenía nada que ver con sentimientos antirrepublicanos [...].

Tomaron el asunto en broma». Pero tuvo también ocasión de advertir que cuando salía de los interrogatorios inquisitoriales de los agentes directos del estalinismo y entraba en manos de los españoles en la comisaría o la cárcel el ambiente cambiaba: la comprensión y hasta la cordialidad se manifestaba ampliamente, porque esos elementos extranjeros eran un cuerpo extraño en el sentimiento español revolucionario, eran sólo agentes especiales de Stalin.


Borkenau, ante una situación que se presentaba ya bastante negra para él, decide partir, lo que indica que sabía prevenirse, y con razón. Así evitó, felizmente, el mes de junio de 1937 en que comenzó, en gran escala, la caza de herejes extranjeros no estalinistas, que fueron a parar a las cárceles de Barcelona o Valencia o que fueron asesinados alevosa y anónimamente en el frente o la retaguardia. Y ya fuera del horno español, se entrega a algunas digresiones sobre los hechos posteriores, que no juzga con mayor acierto político que a los que asistió durante su estancia en la zona republicana española.

En resumen, El reñidero español es de muy interesante lectura, a pesar de bastantes fallas. La parte de reportaje vivo en el propio terreno es una aportación importante, fundamental, para la reconstitución histórica de aquellos momentos, tanto para los que los vivimos como para los que no los conocieron. Hay observaciones muy atinadas, y sobre todo revela un estado de hecho con todas sus virtudes y males. En cambio, las interpretaciones políticas deben ser leídas con muchas reservas. Son formuladas generalmente a base de impresiones no sometidas a reflexión y frecuentemente también bajo la influencia de cuanto le decían sus informadores, sin un conocimiento suficiente de los antecedentes.


La traducción, anónima, es excelente, con todos los matices de estilo bien interpretados, por lo cual es lástima que Ruedo ibérico haya omitido hacer figurar el nombre del autor de la versión española.
Publicado en Cuadernos de Ruedo ibérico nº 33/35, octubre 1971-marzo 1972





martes, 19 de septiembre de 2017

Juan Andrade. Crítica de la Crisis del movimiento comunista Tomo I: De la Komintern al Kominform de Fernando Claudín



[Este artículo fue publicado en Cuadernos de Ruedo Ibérico 25, junio-julio 1970. El segundo tomo de esta obra no se llegó a editar


Juan Andrade. La crisis del movimiento comunista. Tomo I: De la Komintern al Kominform
de Fernando Claudín (Ediciones Ruedo ibérico)



La crisis del movimiento comunista, tomo 1, primera parte
Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista 1. De la Komintern al Kominform


Juan Andrade. La crisis del movimiento comunista. Tomo I: De la Komintern al Kominform

de Fernando Claudín (Ediciones Ruedo ibérico)

Confieso que siento siempre una gran aprensión, en principio, cuando voy a abordar la lectura de un libro escrito por un antiguo dirigente comunista que ha roto las amarras con el partido, y que trata de justificar o explicar sus posiciones políticas presentes. Generalmente se descubre un renegado, en el peor sentido del término, que ha vendido su alma al diablo, y que trata de hacer méritos de arrepentido ejercitándose en un anticomunismo frenético, en el que no se ataca ya sólo a la burocracia estalinista sino también todo lo que sea anticapitalismo, es decir las ideas socialistas en general. Es la manera de intentar justificar el poder servir a otros. Son los que terminan como apóstatas integrales, y desgraciadamente he conocido algunos ejemplos.
Pero inmediatamente nos sentimos tranquilizados con el libro de Fernando Claudín en cuanto a su propósitoLa crisis del movimiento comunista: de la Komintern al Kominform, primer tomo de una obra de gran importancia que constará de dos volúmenes, es un libro honrado, producto de las reflexiones de un antiguo revolucionario que no quiere dejar de serlo, y sobre todo un estudio profundo, como se encuentran pocos, desgraciadamente en la bibliografía española, tan parca en análisis teóricos o históricos sobre el movimiento socialista.

Ahora bien, temo que produzca la impresión en algunos lectores, como en parte me ha producido a mí, de obra de desconcierto, a fuerza de cómo están formuladas e incluso forzadas las críticas negativas de todo el desarrollo del proceso histórico de la Internacional Comunista, sobre todo en su iniciación, incluso desde los tiempos de Lenin y Trotski. Se diría que las consideraciones de Claudín sobre la fundación de la IC están inspiradas en el pensamiento de Otto Bauer contra la ideología bolchevique y el leninismo. Si no es deliberadamente sí es coincidencia, y revela principalmente un criterio de revisionismo reformista, como si fuera la nave de salvamento que encuentra Claudín por la desilusión sufrida.


No quiero tampoco dejar de señalar la extrañeza que causa que una inteligencia que se expresa con tanta clarividencia crítica a través de todas las páginas, haya resistido hasta 1956, con el informe de Jruschov, para enterarse de todo el curso de la degeneración del estalinismo, y haya esperado hasta 1965 para romper definitivamente con él. Sin embargo, y es una prueba de la sinceridad de Claudín, reconoce que estaba " alienado ", que " el año 1956 fue para mí, como para otros tantos comunistas, el comienzo de ruptura con una confortable y optimista representación del estado y las perspectivas de nuestro movimiento. Hasta entonces su pasado y presente -incluso su futuro- no eran problemas. Marx y Engels, Lenin y Stalin, los supergenios de la humanidad, habían despejado todas las incógnitas fundamentales”. Y preveyendo las posibles objeciones a este mimetismo que se le puede achacar, Claudín declara sinceramente: " No hace falta decir que este libro no es solo una crítica del movimiento comunista sino una autocrítica del autor”. Menos mal, esta sinceridad no es frecuente.

¿Qué conclusión  en perspectiva, se puede sacar del interesante libro de Claudín? No es muy fácil de deducir. Se puede interpretar únicamente por algunas expresiones, precisamente de la Introducción: " Lo que ha fracasado históricamente no es el marxismo, sino determinada dogmatización y perversión del pensamiento marxiano. Su esencia crítica-revolucionaria, no pocas de sus principales concepciones y tesis siguen vivas, actuales. A condición, claro está, de que nos decidamos resueltamente a situar a Marx en su tiempo histórico, y a continuarlo de acuerdo con el nuestro. O en otros términos: a considerar y utilizar el marxismo de manera marxista. “De acuerdo, pero precisamente ése es el hueso. Desde hace ya bastantes años, la reorganización del movimiento revolucionario, nacional e internacional, se encuentra en panne. De lo que se trata es de encontrar una salida para ponerla en marcha.


A la letra, no parece ofrecer objeciones esta declaración, a pesar de que deja completamente de lado el leninismo. Sin embargo, habiendo leído su obra y el pensamiento crítico general que se desprende a través de toda ella, a mí me parece que Claudín, a pesar de toda su buena voluntad, no emite sobre la misma longitud de onda que la vieja oposición marxista revolucionaria y que los jóvenes de las nuevas generaciones marxistas-leninistas. Si se niegan los propios principios y táctica que dieron lugar a la constitución de la III Internacional, ateniéndonos a las consideraciones de Claudín terminaríamos desembarcando en una nueva especie de Internacional II y 1/2, o más bien en un comunismo " a la italiana ", policéntrico, en busca de una abertura gubernamental para el partido, cuyo " liberalismo " a lo Longo y Améndola se ha mostrado prácticamente en las medidas de expulsión de los dirigentes de Il Manifasto.

(Se refiere a Rossana Rossanda, Lucio Magri y otros animadores de este periódico, excluidos del Partido Comunista Italiano en el XII Congreso, celebrado en febrero de 1969)

Los orígenes de la crisis


Este primer tomo sobre La crisis del movimiento comunista, comprende principalmente la disolución de la Internacional Comunista, la guerra civil de España, la experiencia del Frente Popular y la colonial, la revolución frustrada de Francia, la de Italia, las revoluciones sin permiso (Yugoslavia y Grecia), la gran alianza de los dos campos, el reparto de las " esferas de influencia ", el Kominform y la nueva táctica. El segundo tomo, según anuncia, llevará por título " Del XX Congreso a la invasión de Checoslovaquia ", es decir hasta la actualidad.

La obra es densa, de un gran interés informativo, pero sus glosas o comentarios a los hechos sugieren, a su vez, observaciones y críticas, que es imposible hacer en los límites, siempre reducidos, de un artículo. Nos dedicaremos, pues, a lo más sobresaliente.

La obra comienza por la disolución de la Internacional Comunista, " como centro dirigente del movimiento obrero internacional ", el 10 de junio de 1943, o sea una de tantas maniobras inútiles de Stalin y de sus funcionarios. Justamente, el autor alega que este hecho, el de la disolución de la IC, ha sido objeto de escasa atención hasta hoy, y es cierto. Para los principales críticos de la IC, según Claudín los trotsquistas, fue " el final lógico de la instrumentalización de la IC al servicio de la política exterior de la URSS ", y en este mismo sentido abunda Deutscher en su libro Stalin. Para los estalinistas del mundo entero se trataba de la política que mandaban hacer. Claudín tiene su propia interpretación, "después de su estudio del problema”.


Cree que existen ambas motivaciones, " pero dentro de un conjunto más complejo de factores [...], recubre, en realidad, la llegada a un punto crítico, en un momento de viraje de la historia mundial -la disolución coincide con el viraje decisivo de la guerra a favor de la coalición antihitleriana, y está en intima conexión con él-, de procesos políticos y estructurales que venían de lejos, del nacimiento mismo de la III Internacional. Es el último episodio de una larga crisis, iniciada en 1921, cuando el curso real del mundo capitalista entró en contradicción con los fundamentos teóricos y orqanizacionales de la IC”.


Es decir, la conclusión de Claudín sobre la liquidación de la Komintern es que fue súbitamente llevada a cabo en la primavera de 1943 por orden de Stalin, de lo que no cabe la menor duda. Y que esta determinación estuvo inspirada en facilitar las negociaciones Stalin-Roosevelt-Churchill, no sólo para asegurar la derrota de Alemania sino el reparto del mundo entre los "tres grandes”. Pero fue también el efecto de una causa, de todo un proceso, el de la degeneración a consecuencia de la omnipotencia de Stalin. Y en búsqueda de las causas, el autor va, efectivamente, muy lejos, demasiado. Es precisamente la parte de su obra más contestable, y que será más impugnada. Porque el caso es ya bastante paradójico en sí, dado que cuando después de muchos años de militancia en la IC, cuando el autor llega a comprender lo que era el estalinismo, concluye hasta negando la necesidad misma de la constitución de la Internacional Comunista.


Analizando retrospectivamente las consideraciones de Lenin al poco de la revolución de Octubre y las perspectivas que se ofrecían en Europa, los bolcheviques consideraron la necesidad de la creación de la IC. Claudín hace resaltar que esta decisión fue adoptada desoyendo la opinión de los espartaquistas alemanes, y agrega que éste era el grupo revolucionario más importante. Esto es cierto si se refiere a su valor teórico y si se considera sólo los grupos que eran ya independientes de la socialdemocracia, pero no si se tiene en cuenta las corrientes ya organizadas dentro de los partidos socialistas en otros países de Europa. La Liga Espartaco la integraban únicamente 500 militantes en 1918, muy selectos, ciertamente, pero se encontraba ante una organización mastodóntica como la socialdemocracia alemana, por lo cual era explicable que su punto de vista no fuera idéntico al de los bolcheviques. La creación del PC en Alemania no era fácil, como se demostró al ser fundado y al manifestarse la pugna entre las tres corrientes ideológicas que se manifestaban en su seno: luxemburguistas, anarcosindicalistas y bolchevistas.


La argumentación de Claudín para poner en duda la necesidad de la IC en el momento en que lo fue y con las características con que se estableció, se funda en recoger las opiniones optimistas de Lenin, que correspondían a la coyuntura, sobre el curso rápido del desarrollo de la revolución en Europa y deducir que ninguna se cumplió, para llegar a la conclusión de que Lenin había formulado un esquema sobre la situación y que en función de él se había llegado a la conclusión de crear el instrumento de la revolución mundial : la Komintern.


La verdad es que ni Carlos Marx, sobre los juicios del cual también se muestra crítico el autor de la obra, ni Lenin eran profetas o adivinos que podían garantizar con seguridad el porvenir del desarrollo histórico de los acontecimientos : analizaban los datos en presencia para exponer sus posibles desenvolvimientos. Y la situación de Europa en aquella época era tal y como la definía Lenin, llena de esperanzas para la revolución socialista, y se imponía la organización del instrumento que preparase y coordinase la acción, lo cual no podía hacerse más que a escala internacional.


Pero Claudín no se limita a juzgar prematura la fundación de la III Internacional y a poner en contradicción los juicios teóricos y políticos de Lenin con la realidad de lo que pasó después, sino que combate incluso crudamente una de las reglamentaciones en que se fundamentó el nuevo organismo internacional revolucionario: las 21 condiciones, a las que califica nada menos que de « modelo de sectarismo y de método burocrático en el movimiento obrero *.


Indudablemente, Fernando Claudín ha vivido durante toda su actuación, como militante y dirigente, no sólo alienado sino engañado. Su criterio, que se manifiesta a lo largo de esta parte de la obra, de hacer crítica retrospectiva, le lleva frecuentemente a ignorar la situación concreta de la época y de las condiciones imperantes ; es una especie de revisionismo a fondo, no ya, lo que es justo, de la degeneración estaliniana, sino de los tiempos de Lenin y Trotski. Todo se hizo entonces mal, lo que explica la decadencia vergonzosa actual de los partidos comunistas; esto es lo que viene a sacarse, a veces, de su análisis. No es que en la obra haya propósito deliberado de mala voluntad: pero sí me parece ver, independientemente de su interés y grandes méritos, que hay algo de barullo en los conceptos y una escritura un tanto confusa por demasiado afán crítico del pasado, que le lleva casi a considerar que en el leninismo estaba implícitamente comprendido el estalinismo.


Creo, por el contrario, que una nueva Internacional socialista revolucionaria no podrá por menos de inspirarse en las 21 condiciones para establecer la reglamentación de admisión de sus secciones nacionales e imponer una disciplina en la acción. El arma internacional de la revolución socialista, no puede estar formada a base de " gentes de buena voluntad " y mucho menos de políticos profesionales que buscan un destino, como eran y son los que abundan en los partidos socialdemócratas. Tiene derecho, está obligado a garantizarse contra toda deformación. Además, como los partidos o grupos eran libres de aceptar, o no, en manera alguna se puede juzgar que era un método burocrático, era sólo una medida profiláctica.

Las 21 condiciones fueron principalmente impuestas por la situación del partido socialista francés. La creación de la III Internacional despertó un extraordinario movimiento de simpatía y entusiasmo en las filas del partido socialista en particular y de la clase obrera en general, como se comprobó en el Congreso de Tours, que acordó por gran mayoría su adhesión a la III Internacional. Pero numerosos caciques locales, abogados y arribistas del tipo de político profesional, trataban de adaptarse provisionalmente para desviar al nuevo partido de sus principios revolucionarios. Era natural que se quisiera levantar una barrera para impedir el acceso a todos esos elementos: ésta era las 21 condiciones.


La revolución inoportuna: España 1936-1939

El capítulo consagrado a la guerra civil y la revolución españolas, comprende sólo veinte paginas (además de bastantes notas al final, complementarias y muy interesantes). Resulta un poco extraña esta reducción del tema, no únicamente porque el autor es español y porque asumió entonces funciones dirigentes principales, sino también porque la " rusificación " de España, término que él emplea acertadamente en otras ocasiones, llegó en nuestro país a su grado máximo, y sobre todo porque fue en él donde por primera vez en Europa el estalinismo se manifestó como una fuerza contrarrevolucionaria y terrorista activa : fue donde sus métodos de " persuasión " hicieron su experiencia inicial en país extranjero.


Es cierto que la Internacional de Stalin no supo valorizar ni comprender al principio el desenvolvimiento de la revolución española que comenzó desde la caída de la dictadura de Primo de Rivera, y que Manuilski manifestó en 1930, ante el Ejecutivo de la Komintern, " que una revolución en España tenía menos importancia que una huelga en cualquier país”. Pero este desprecio hacia el movimiento obrero español tenía su origen en que el PCE había conservado siempre, hasta 1932, una cierta libertad de opinión y decisión ante la instancia suprema, incluso aunque aplicaba sus resoluciones principales. En este sentido, por ejemplo, hubiera sido de gran interés histórico estudiar la crisis del PCE de 1932, en la que el equipo Bullejos-Adame-Trilla se rebeló contra el Comité ejecutivo de la Komintern y fue reemplazado por el equipo Díaz-Pasionaria, que se entregó a la domesticación total de la sección española, bajo la alta dirección del manager estalinista Palmiro Togliatti (Ercoli), de triste memoria, responsable de toda la política realizada en España, unos años antes y durante la guerra civil.


Stalin y sus servidores sólo concedieron importancia a los hechos españoles cuando se encontraron de sopetón con la realidad de la guerra civil. Decir como Claudín que las otras organizaciones obreras no tenían conciencia del gran desarrollo del fascismo que se producía ya antes de 1936, y que sólo el PCE lo denunciaba, es un tanto pueril. Desde que se proclamó la República, el 14 de abril de 1931, los comunistas, efectivamente, no dejaron de ver fascistas por todas partes ; a falta de programa y de perspectivas, no tenían más consigna de propaganda que calificar a todo Cristo de fascista: el gobierno republicano-socialista era fascista, los socialistas eran socialfascistas, los libertarios anarcofascistas; cada día encontraban un jefe fascista nuevo: Alcalá Zamora, Azaña, Miguel Maura, Indalecio Prieto y no sé cuántos politices más; llegaron incluso en un momento a ver al peligro fascista en José Ortega y Gasset. ¿Es que se puede considerar esa irresponsabilidad política, ese griterío permanente como conciencia política? Por otra parte, ningún partido u organización obrera dejó de señalar, de una manera responsable, el desarrollo del peligro fascista, y en Madrid, por ejemplo, fueron los socialistas los que desencadenaron contra la Falange la acción violenta más activa desde el principio.
El autor titula el capítulo sobre España: " La revolución inoportuna ", y es un acierto. Porque, en efecto, Stalin hubiera preferido que no se produjera, que no hubiera venido a complicar sus manejos diplomáticos con las potencias occidentales después del pacto con Laval. El propio embajador español en Moscú, Pascua, que era hombre de toda confianza del gobierno ruso, le declaró abiertamente a Azaña: " Para la URSS el asunto de España es baza menor. " Pero habiéndose presentado inesperadamente la revolución, se trataba de aprovecharla reduciendo todo lo más posible su alcance, de aprovecharla para llegar a tener en su juego todo el poder determinante en su orientación. Para realizarlo tenía su instrumento: el equipo dirigente de Pasionaria; pero esto tenía también sus peligros, la oposición del largocaballerismo, de la CNT-FAI y del POUM. Ante todo, era primordial tener en mano a la policía y al ejército, a lo que sus agentes se aplicaron celosamente. Con una nube de expertos " rusos ", a los pocos meses eran ya dueños del aparato policiaco y del militar. Si bien fueron hábiles para infiltrarse en toda la estructura del Estado existente entonces, en lo relativo a la ciencia militar los "especialistas" soviéticos no mostraron gran genio. Es imposible llegar a encontrar algún éxito en todas las operaciones militares estratégicas, lo que no se ha estudiado nunca, aunque vale bien la pena. Sus logros se demostraron totalmente eficaces, eso sí, en el terreno de la represión.


Los comunistas españoles fueron ejecutantes fieles de esa política de Stalin. Había que liquidar todo carácter socialista de la revolución, para tranquilizar a las democracias occidentales, que era toda la política que interesaba a Stalin entonces. Pepe Díaz leía declaraciones que habían sido escritas por Togliatti, Gero, el búlgaro Stepanov o el atorrante argentino Codovila ; Pasionaria pronunciaba sus discursos a base del guion que le facilitaban los mismos. Reproduce Claudín, tomado de las Memorias de Azaña, un diálogo entre el presidente de la República y Pasionaria, que había ido visitarle para formular ciertas quejas. Del final de la entrevista, dice Azaña: " Supongo, le digo riéndome, que eso de la dictadura del proletariado lo habrán aplazado ustedes por una temporada. " A lo que Pasionaria respondió: " Si, señor Presidente, porque tenemos sentido común. " Y el caso es que Dolores tenía razón: en efecto, no deseaban la dictadura del proletariado español, sino la de la burocracia soviética en España, lo que desgraciadamente consiguieron.


El problema del POUM


Me permitiré referirme ahora a las alusiones de Claudín referentes al POUM. No es que sus interpretaciones o consideraciones contengan errores fundamentales, y mucho menos partidistas. El proceso que culminó en la represión contra este partido, aunque brevemente expuesto, es en su conjunto justo. Desde el momento en que la prensa poumista elevó enérgicamente su protesta contra las ejecuciones en Rusia de la vieja guardia bolchevique rusa, el POUM estaba inexorablemente condenado, era la bestia negra del dictador moscovita. Claudín no lo comprendió entonces, estaba " alienado”. Pero creo que comete dos errores de bulto.


En primer lugar estima que ante la campaña del estalinismo, "los planteamientos políticos del POUM en ese periodo hicieron el juego a la provocación [estalinista] que se estaba montando contra él, y de la que era plenamente consciente." “Hacer el juego a la provocación " se entiende que es para el autor, por ejemplo, el que Andrés Nin dijera en un célebre mitin de Barcelona, en marzo de 1937: " Aunque menos favorable que durante los primeros meses de la revolución, la relación de fuerzas es tal que el proletariado puede actualmente apoderarse del poder sin recurrir a la insurrección armada. "


Es pura coincidencia seguramente, pero estas manifestaciones de Nin fueron también el caballo de batalla de Trotski contra el POUM, aunque, naturalmente, visto el problema desde un ángulo totalmente diferente.


No se trata de abordar aquí la opinión del trotsquismo, tan errónea y demagógica en este extremo como en muchos más referentes a la revolución española, sino de señalar el error de Claudín. Reproducir meramente una frase, separada de su contexto, del lugar y del tiempo, supone cometer una inexactitud. Aclararemos, en primer lugar, que Nin se refería sólo a la situación concreta de Cataluña, no a la de toda España, donde el panorama era diferente y los comunistas estaban ya implantados sólidamente. La situación en Cataluña era aún bastante diferente, aunque la introducción en masa de los comunistas comenzaba a sentirse orgánicamente, y era a lo que Nin quería ofrecer una parada: la CNT-FAI poseía todo el peso determinante de la situación, y el POUM, aunque era una fuerza menor, era dinámico y contaba con una fuerza de influencia positiva entre los trabajadores catalanes revolucionarios no cenetistas. Una acción conjunta de presión resuelta hubiera sido suficiente para la formación de un gobierno obrero en aquellas circunstancias. Esto es lo que quería expresar Nin, dirigiéndose a los líderes cenetistas y faístas en aquella coyuntura de comienzo de degeneración de la revolución en Cataluña, y comprendiendo también los peligros que habría tenido la insurrección armada.


La otra observación que deseo expresar es sobre la afirmación que se hace en la obra de que los acontecimientos de mayo de 1937, de que " el choque armado fue entre las fuerzas representadas principalmente por el PCE y el POUM más una fracción del anarcosindicalismo”. Esta afirmación no responde en manera alguna a la fidelidad histórica, y ampara, en cambio, la versión dada por el estalinismo entonces, en su prensa nacional e internacional. El POUM no desencadenó los hechos, porque su fuerza no era lo suficiente para ello, ni su influencia sobre la CNT-FAI tampoco. Surgieron inopinadamente, como consecuencia del ataque a la Telefónica de Barcelona, de la respuesta de los obreros que trabajaban en ella y de la declaración de huelga general decretada por la CNT oficialmente y no de " una fracción del anarcosindicalismo”. El POUM no hizo más que secundar un movimiento de solidaridad obrera frente a la contrarrevolución estalinista, y a pesar de las reservas que hacía a la forma como la lucha se presentaba. No hubo ninguna preparación y fue una batalla que se produjo espontáneamente sobre el fondo del reflujo de la revolución.


Para mí, como para muchos otros lo será, es muy emotivo el que Claudín, como queriendo descargar un paso de su conciencia, haya escrito estas líneas que le honran mucho: " La agresión contra el POUM, y en particular el odioso asesinato de Andrés Nin, es la página más negra en la historia del Partido Comunista de España, que se hizo cómplice del asesinato cometido por los servicios secretos de Stalin. Los comunistas españoles estábamos, sin duda, alienados -como todos los comunistas del mundo en esa época y durante muchos años después- por las mentiras monstruosas fabricadas en Moscú. Pero eso no salva nuestra responsabilidad histórica. Han pasado catorce años desde el XX Congreso y el PCE no ha hecho todavía su autocrítica, ni ha prestado su colaboración al esclarecimiento de los hechos. Suponiendo -cosa bastante probable a nuestro conocimiento- que los actuales dirigentes del PCE no puedan aportar gran cosa a lo ya sabido, sí podrían exigir del PCUS que revelara los datos que sólo él posee. El caso de Nin pertenece a la Historia de España, no sólo a la de la URSS. "


Esto es como pedir peras al olmo. Aunque Claudín ha abandonado el leer únicamente " literatura " estalinista, para acudir a informarse en las verdaderas fuentes y ha descubierto muchas cosas, esta pretensión demuestra un tanto que sigue nadando todavía en aguas demasiado agitadas para saber cómo salir con acierto del oleaje. ¿Cómo es posible pedir a Breznev que diga la verdad? Pasionaria y su equipo no conocieron los detalles, los que llevaron a cabo el asesinato fueron ejecutados a su vez al regresar a Rusia y el inspirador de la operación, Palmiro Togliatti, ya muerto, es canonizado actualmente por el partido italiano y se ha confirmado ahora oficialmente que era el hombre de la máxima confianza de Stalin.


La experiencia alemana


El capítulo dedicado a la " experiencia alemana ", es muy completo y bastante justo. Efectivamente, las insurrecciones prematuras y los errores cometidos fueron un desastre para la Internacional Comunista, que tenía grandes esperanzas en el éxito de la revolución alemana, no sólo por la ayuda que podía prestar a los obreros y campesinos rusos, sino principalmente por el extraordinario impulso que podía dar a la revolución mundial dado el elevado nivel de preparación general de los trabajadores alemanes. Sin embargo, el partido alemán no estuvo a la altura de las necesidades: la táctica putchista, las divisiones internas, las expulsiones y sobre todo " la acción de marzo " fueron liquidando todas las posibilidades de un resultado eficaz.


Hubo el equipo Paul Lévi-Clara Zetkin, que como consecuencia de la " acción de marzo " fue liquidado ; el equipo Brandler-Thalheimer, llamado de derecha; el equipo izquierdista de Ruth Fischer-Maslow, hasta que finalmente Stalin encontró su hombre, el muy mediocre Thaelmann, que era impugnado por todos los cuadros del partido y consecuencia de su falta de capacidad y de conocimientos teóricos, pero del que Stalin iba a hacer una figura internacional casi legendaria, seguía a la letra todas las fluctuaciones en la política alemana que convenían a la destrucción del partido y a facilitar el desarrollo del hitlerismo.


En la X Sesión plenaria del Comité ejecutivo de 1a Komintern, se opera un viraje sobre la política a seguir, a base del informe de otras dos lumbreras, Manuilski y Kuusinen. Surge entonces la célebre y nefasta teoría del " socialfascismo ", que se basaba en considerar que la socialdemocracia era una organización de choque de la burguesía, que contaba con el apoyo activo del capitalismo. " Los fines de la socialdemocracia y del fascismo son idénticos. Estas organizaciones no se excluyen sino que se complementan. No son antípodas sino gemelas. "


Otto Kuusinen


Otto Wille Kuusinen



Y como consecuencia de esta concepción tan suicida de la socialdemocracia, se dirige toda la artillería gruesa contra ella, llegando incluso el PCA al extremo de participar, al lado de los nazis y de los " cascos de acero ", en el referéndum del 9 de agosto de 1931 contra el gobierno socialdemócrata de Prusia. Trotski había ya previsto, desde 1930, lo catastrófico de semejante política, preconizando una táctica consecuente de frente único, como solo camino posible para cerrar el paso al fascismo, y ya próximo el triunfo de éste, en 1932, agregaba: " Si las organizaciones más importantes de la clase obrera alemana prosiguen su actual política, la victoria del fascismo está casi totalmente asegurada, y en plazo relativamente corto." Y predecía que en este caso el frente único terminaría haciéndose en los cementerios. Este llamamiento de Trotski era de una gran clarividencia, que desgraciadamente los hechos confirmaron pocos meses después.


Pero en el mes de mayo de 1934 se produce otro viraje mucho más radical de la Internacional estalinista. Mediante un artículo de Pravda se invitaba a la sección francesa a que realizara gestiones para un acuerdo con los socialistas: la URSS preparaba un cambio en su conducta diplomática; era también la iniciación de la política de Frente Popular en todos los países. En el VII Congreso de la Internacional, Dimitrov proclamó: " Hemos eliminado deliberadamente de los informes y resoluciones del Congreso las palabras sonoras sobre las perspectivas revolucionarias. "


Dimitrov se hace el intérprete de esta política determinada por Stalin, y tiene como principales auxiliares a Maurice Thorez en Francia y a Palmiro Togliatti para España, que son los dos países de Europa donde madura un proceso revolucionario. En las elecciones de mayo de 1936, el Frente Popular obtiene en Francia un gran triunfo en las urnas. La distribución de las representaciones por partido cambia bastante bruscamente: el partido burgués del Frente pierde 43 diputados, pasando de 159 a 116; los socialistas, en lugar de 97 diputados obtienen 146, y los comunistas pasan de 10 representantes parlamentarios a 72.


Aunque parezca increíble, este resultado no es muy del agrado de Moscú, únicamente interesado en el fortalecimiento del pacto francosoviético. Era evidente que la clase trabajadora francesa se había radicalizado y que esto podía desembocar en una guerra civil, lo que a toda costa había que evitar. El corresponsal de Le Temps en Moscú informaba que " los medios dirigentes no manifiestan ningún entusiasmo especial [...] Se deplora el fracaso relativo del partido radical”. Y Litvinov le dice al corresponsal del diario Le Petit Parisien : " Lo esencial es que Francia no deje que se debilite su potencia militar. Deseamos que ningún disturbio interior favorezca los designios del Reich. "


Este periodo lo explana ampliamente Claudín, con una detallada información que generalmente se ha olvidado. Después de la guerra mundial, esta política se desarrolló en Francia, pero ya entonces en un escalón más elevado, en el plano gubernamental, y por primera vez aparecieron ministros comunistas. Estos iban a salvar al capitalismo francés ante la ola revolucionaria de la clase obrera e incluso de una parte de la clase media. Thorez impone sus órdenes: " Hay que arremangarse las mangas y producir ", lo mismo que años antes había proclamado: " Hay que saber terminar una huelga. "


Al mismo tiempo, al terminarse la guerra mundial, el PC italiano seguía una política similar a la del francés, bajo la batuta de Togliatti, que ya como Ercoli se había ejercitado en ella durante la guerra civil española, a sangre y fuego, evitando todo desarrollo socialista de la misma.


Las burguesías respectivas no se mostraron muy reconocidas a que los comunistas les hubieran ayudado tan eficazmente a combatir la revoluci6n. El 5 de mayo de 1947, Ramadier expulsó a los comunistas franceses del gobierno, el 30 del mismo mes De Gasperi hace lo mismo con sus estalinistas, y ya antes, el 19 de marzo, Spaak había formado un gobierno sin los comunistas belgas.


Las revoluciones sin permiso


Califica así Claudín a " la revolución lograda " (Yugoslavia) y a " la revolución estrangulada " (Grecia).
Al contrario de los otros PC, el partido yugoslavo " aplicó, desde el primer día de la ocupación hitleriana, una política en la que se asociaba estrechamente la liberación nacional y la transformación revolucionaria del país, considerando este último aspecto no como un objetivo para después de la victoria sobre el invasor, sino a realizar sobre la marcha misma de la guerra”. Y así lo hizo: a medida que se iba liberando el territorio nacional se instalaba el poder del pueblo, basado en órganos creados con la participación directa de las masas y de los combatientes.

Esta política fue considerada por Moscú como puro aventurerismo, porque perjudicaba su entendimiento con Inglaterra y los Estados Unidos. Siguiendo siempre las instrucciones de Stalin, Dimitrov enviaba mensaje tras mensaje a Tito para obligarle a corregir su política. Claudín cita un ejemplo de estos mensajes, que vale la pena reproducir: " A la vista de las informaciones que nos habéis enviado, parece que a los ingleses y al gobierno yugoslavo [el gobierno reaccionario únicamente reconocido por los Aliados. JA.] no les falta razón en sospechar que el movimiento guerrillero toma un carácter comunista y tiende a la sovietización de Yugoslavia. ¿Por qué habéis creado, por ejemplo, una brigada proletaria de choque? En el momento actual el deber esencial e inmediato es fusionar todas las corrientes antinazis, aplastar a los invasores y llevar a término la liberación nacional. "

Las discrepancias profundas que se habían manifestado durante la guerra, se ampliaron a la paz y se agravaron por las críticas formuladas por los yugoslavos contra la política llevada a cabo por los partidos francés e italiano. Y como final, el 28 de junio de 1948 se hizo pública la resolución del Kominform, condenando a la dirección del PC yugoslavo. Todos los partidos comunistas del mundo se alinearon enseguida sobre las órdenes de Moscú, y el gobierno de Belgrado fue considerado como fascista a través de toda una campaña escandalosa y persistente. Y sin embargo, nos descubre Claudín que " dos años antes, en 1946, Stalin intentaba explotar la vanidad -real o supuesta- del comunista-mariscal, elogiando en privado sus méritos, mientras denigraba a Dimitrov, Thorez, Togliatti y Pasionaria”. Hasta que llegó la muerte de Stalin, y que Jruschov, del día a la mañana, estableció la sensacional reconciliación con Belgrado.

La Resistencia griega tuvo semejante sentido revolucionario e importancia que la yugoslava. A fines de 1944, era prácticamente dueña del país. Pero su dirección se sintió débil y cedió ante las presiones de Moscú, haciendo concesiones y facilitando el éxito de la intervención armada de los ingleses contra la revolución griega. Stalin habla dicho: " Yo tengo confianza en la política del gobierno británico en Grecia. " El imperialismo inglés transmitió a los norteamericanos la tarea de someter a los revolucionarios griegos, y el 12 de marzo de 1947 hizo público que los Estados Unidos se encargaban de " la protección " de Grecia y Turquía; el poder fue entregado a los monárquicos, con la bendición de Stalin. Bien sabido es todas las víctimas que le ha costado al pueblo helénico esta traición.


La descomposición de la IC

Los capítulos finales están consagrados a lo que el autor llama " periodo kominformiano ", o sea las revoluciones del "glacis", la nueva táctica, la revolución herética yugoslava, el relevo oriental y la cuestión de la revolución china : problemas todos ellos que determinaron una política de sometimiento total de las secciones comunistas, consistente meramente y en totalidad en servir los intereses de la nacionalidad rusa, pero que lleva también en si la descomposición del bloque monolítico internacional comunista que había logrado formar Stalin.

La evidencia se impone: a fuerza de obligar a los partidos comunistas a realizar una política nacionalista en sus propios países (son patriotas, no revolucionarios) para mejor servir las aspiraciones dominadoras de la gran potencia nacional rusa, la burocracia estalinista o postestalinista no soviética, ha llegado a la conclusión de jugar su propio programa nacionalista con todas sus consecuencias.


Si bien en los países de Iberoamérica esto rebasa toda medida, adquiere la forma de un renunciamiento total a toda dignidad política y moral, y llega a la caricatura, en los países de Europa tiende a realizar la tradicional política de la socialdemocracia, a la que ésta ha renunciado para integrarse más profundamente en el sistema parlamentario burgués. Los dos partidos " comunistas " más importantes, el francés y el italiano, no tienen más programa y aspiración que la participación ministerial en los gobiernos capitalistas, pretensión imposible, porque la burguesía ha deducido para su defensa lecciones más positivas que los propios comunistas.


El resultado de este policentrismo es una táctica de acuerdo, escéptica, en virtud de la cual cada burocracia desarrolla interiormente de sus fronteras una política nacionalista y conservadora, que les permita un acceso a la participación ministerial, e internacionalmente llevan a cabo la política que interesa a las finalidades nacionales rusas. Y por encima de todo, la coincidencia más estricta, en bien de todos los dirigentes, estriba en consolidar firmemente la solidaridad más estrecha entre todas las capas burocráticas en la defensa de sus respectivos intereses creados y como inmensa barrera reaccionaria opuesta al socialismo con todos sus valores humanos.


La obra termina con lo que el autor llama " primer epilogo ", especie de resumen teórico de las conclusiones que Claudín deduce de los hechos que registra y comenta en el curso del libro, y anticipa lo que se propone abordar en el segundo volumen, puesto que " con la muerte de Stalin el movimiento comunista entra en su ocaso histórico, en la etapa de su crisis general”. Hubiera sido preferible que el autor emplease otra expresión que la de " movimiento comunista " para aludir al "ocaso histórico" del burocratismo estalinista antisocialista; estos equívocos, bastante frecuentes en el libro, son los que producen alguna reserva ante ciertas consideraciones teóricas o simplemente políticas que hace el autor y en las que parece poner en duda igualmente el acierto y las posibilidades del socialismo en general.
Este tomo va acompañado al final de abundantes notas, muy interesantes como referencias y también como complemento del texto. Lo que se echa de menos es un índice alfabético, tan necesario en obras históricas de esta naturaleza; pero hay que esperar que este elemento le será facilitado al lector al final de la totalidad de la obra.


Conclusión

Una objeción que podríamos hacer a La crisis del movimiento comunista, de Fernando Claudín, es que no ofrece ninguna perspectiva de salida de ese pantano. Claro está que se trata sólo del primer tomo de una obra considerable, y es muy posible reserve exponer en el segundo volumen los remedios que ve contra ese balance de quiebra que establece como conclusión de la obra.


También se busca en vano, lo que es una falta para un marxista, una explicación de las causas profundas que han originado la degeneración de la IC, y de sus consideraciones se deriva únicamente que ha sido consecuencia de la misma concepción leninista del partido, de la rusificación de los PC y de la hegemonía dictatorial sobre éstos, desde el principio, del partido ruso. Hay una gran parte de verdad en ello, pero la explicación no es suficientemente dialéctica.


Hay también en la obra una cierta confusión, como si fuera consecuencia de su misma extensión, aunque me parece más bien fruto de que el autor, después de su desilusión, se entregó apremiantemente a la lectura de obras y documentos que durante su " periodo de alienación " no conocía o de los que no había reparado su trascendencia antes, lo que no le ha permitido poner orden todavía a las conclusiones y da lugar a que frecuentemente el libro resulte un poco prolijo. Esperemos el segundo volumen.


Estas ligeras observaciones en manera alguna privan de su gran valor a este libro de gran envergadura histórica y que suministra informaciones y referencias no siempre fáciles de encontrar. Es la historia, en suma, de la grandeza y decadencia de una organización que nació como la gran arma del proletariado internacional, y que se ha convertido en el mayor obstáculo para el desarrollo del socialismo en todos los países. Será también una obra de gran utilidad documental para las nuevas generaciones marxistas, pues no creo que existan otras que de una manera escalonada y cronológica traten críticamente el proceso de degeneración de la Komintern.


El libro va precedido de un prefacio de Jorge Semprún, compañero de Fernando Claudín en el Partido Comunista de Pasionaria-Carrillo, y que siguió la misma suerte final que él. Semprún, precisamente, establece una especie de conclusión, que ya he dicho que me parece que falta en el curso del libro: "En fin de cuentas no se trata de rasgarse las vestiduras; se trata de plantear las bases para una nueva lucha por el socialismo. " Y agregaremos, por nuestra parte, que no sólo teniendo en cuenta la experiencia del estalinismo, sino también la de todas las oposiciones socialistas revolucionarias que se han enfrentado con él hasta ahora.


1. El tomo 2 no se llegó a editar


In Cuadernos de Ruedo ibérico nº 25, junio-julio 1970

Documentos del VI Congreso de la III Internacional - 1929
PROGRAMA DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA
INTRODUCCIÓN

I. EL SISTEMA CAPITALISTA MUNDIAL, SU EVOLUCIÓN Y SU INEVITABLE RUINA
1. Las leyes generales de desarrollo del capitalismo y la época del capital industrial
2. La época del capitalismo financiero (imperialismo)
3. Las fuerzas del imperialismo y las fuerzas de la revolución
4. El imperialismo y el derrumbamiento del capitalismo
II. LA CRISIS GENERAL DEL CAPITALISMO Y LA PRIMERA FASE DE LA REVOLUCIÓN MUNDIAL
1. La guerra mundial y el desenvolvimiento de la crisis revolucionaria
2. La crisis revolucionaria y la socialdemocracia contrarrevolucionaria
3. La crisis del capitalismo y el fascismo
4. Las contradicciones de la estabilidad capitalista y lo inevitable del derrumbamiento revolucionario del capitalismo
III. EL OBJETIVO FINAL DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA ES EL COMUNISMO MUNDIAL
IV. EL PERÍODO DE TRANSICIÓN DEL CAPITALISMO AL SOCIALISMO Y LA DICTADURA DEL PROLETARIADO
1. El período de transición y la conquista del poder por el proletariado
2. La dictadura del proletariado y su forma soviética
3. la dictadura del proletariado y la expropiación de los expropiadores
4. Las bases de la política económica de la dictadura proletaria
5. La dictadura del proletariado y las clases
6. Las organizaciones de masas en el sistema de la dictadura proletaria
7. La dictadura del proletariado y la revolución cultural
8. La lucha por la dictadura mundial del proletariado y los tipos fundamentales de revolución
9. La lucha por la dictadura mundial del proletariado y las revoluciones nacionales
V. LA DICTADURA DEL PROLETARIADO EN LA URSS Y LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA INTERNACIONAL
1. La edificación del socialismo en la URSS y la lucha de clases
2. La significación de la URSS y sus deberes internacionales y revolucionarios
3. Los deberes del proletariado mundial con respecto a la URSS
VI. LA ESTRATEGIA Y LA TÁCTICA DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA EN LA LUCHA POR LA DICTADURA DEL PROLETARIADO
1. Las ideologías adversas al comunismo en la clase obrera
2. Los objetivos fundamentales de la estrategia y de la táctica comunistas




Otto Kuusinen


Otto Wille Kuusinen


O.W Kuusinen

Una descripción engañosa del "Octubre alemán"

Fuente: The The Errors of Trotskyism , May 1925 



Resolución del Comité Ejecutivo del POUM en los procesos de Moscú (28 de agosto de 1936)



Los crímenes de Stalin. Nikita Khrushchev Informe Secreto al XX Congreso del PCUS, 25 de febrero de 1956


FUNDACIÓN ANDREU NIN

JUAN ANDRADE (1898-1981) Y  MARÍA TERESA GARCÍA BANÚS (1895-1989)


Juan Andrade




Juan Andrade El marxismo y los problemas de la revolución española. Lenin y el Leninismo


Juan Andrade Apuntes para una historia del PCE