Manuel Almisas Albéndiz.
Kaosenlared
Cuando se presencian las
luchas de los obreros de grandes empresas con una tradición de lucha
incuestionable, a la par que el optimismo y el orgullo, la duda que nos asalta
es ¿cuál es el siguiente paso a la protesta resuelta y decidida?, ¿cómo
complementar esta combatividad y darle una salida para hacer avanzar al
movimiento por la transformación radical de la sociedad capitalista?
Lenin escribió que la
clase obrera, por causas económicas objetivas, se diferencia del resto de
clases en las sociedades capitalistas por su mayor capacidad de organización
(1). Y aún pensando así, no cejaba de repetir la idea de que había que aumentar
la capacidad de organización del proletariado y otras capas del pueblo ruso con
potencial revolucionario. Es famosa su frase “…para que los obreros y los
campesinos pobres tomen el poder, para que se mantengan en él y lo utilicen con
acierto hace falta organización, organización y organización” (2).
Pero el capitalismo también comprobó
en sus propias carnes esta superioridad del proletariado y le alarmó el hecho
de que si ellos, la burguesía, habían tardado más de tres siglos en derrotar a
las castas feudales e imponer su sistema socioeconómico, a los obreros y
campesinos les bastó casi la mitad, para, después de la experiencia de la
Comuna de París, barrerlos del segundo país más grande del planeta, la Rusia
zarista. La revolución soviética de 1917 dio la voz de alarma, y desde
entonces, comenzando con la derrota de la revolución consejista de 1918 en
Alemania, el sistema capitalista no ha parado de experimentar nuevas formas de
debilitar la organización de la clase obrera. No solo reprimiendo a sangre y
fuego, y potenciando la proliferación y penetración social y sindical de grupos
reformistas y claudicadores, impidiendo con ello que las experiencias de lucha
revolucionaria de las masas obreras y campesinas aumentaran la conciencia
revolucionaria de clase. Sino también intentando dividir y disgregar a los
obreros más combativos de las principales ramas productivas, en los que el
taylorismo y el fordismo tuvieron mucho que ver. Hoy día continúa con la
deslocalización de las fábricas o con la división de las mismas en pequeñas
empresas disgregadas en polígonos o barrios separados unos de otros por cientos
de kilómetros. Y no ha sido menos importante la planificación urbana de vaciar
los barrios obreros y populares históricos del centro de las grandes ciudades y
sacarlos a las periferias, a ciudades dormitorios muy separadas entre sí.
Las calles de San Petersburgo, París,
Barcelona o Madrid ya no se cortarán con barricadas defendidas por obreras y
obreros. El sistema se ha encargado de enviarlos fuera de sus centros de poder
y de diseminarlos para restarles fuerza. A lo sumo dejará que marchas de
columnas obreras dirigidos oportunistamente por sindicatos vendidos lleguen al
centro de las ciudades, se manifiesten y los manden de vuelta a casa. O a lo
sumo dejará durante un tiempo que jóvenes de clase media, intelectuales, y
otros sectores indignados y preocupados por la falta de “democracia” ocupen las
principales plazas de las ciudades; hasta que la mayor organización, la
radicalización y el peligro de que la ideología proletaria penetrase en el
movimiento y les hicieron ver que el experimento “ciudadano” había terminado.
El espejismo de una auto-organización popular en el centro mismo del enemigo se
disipó con la represión pura y dura.
Se ha gritado mucho “el pueblo unido
jamás será vencido”. Pero mejor sería decir “el pueblo trabajador organizado y unido jamás será vencido”. Y mucho mejor
sería empezar a hacerlo buscando alternativas que avancen en esa dirección. La
ocupación de las fábricas es la solución. Hacer de los centros de trabajo
cerrados, abandonados o en vías de desaparición espacios de autogestión y
contra-poder obrero, zonas de asambleas permanentes que aumenten la
organización y el optimismo revolucionario. Son muchas las experiencias que
avalan el método. Solo falta el coraje de ponerlas en práctica y hacer
propaganda escrita y oral sobre la validez de las mismas.
Frente a la situación de haber
perdido el trabajo por cierre patronal como en el caso de Delphi en Puerto
Real, cuyos obreros han sido engañados con interminables cursos de formación,
promesas de recolocaciones y otras medidas disuasorias para limar su capacidad
de lucha, la toma y recuperación de la fábrica fue y sigue siendo una verdadera
alternativa. Frente a la situación de los astilleros de la Bahía de Cádiz
(Navantia), en permanente disminución de sus plantillas, de las cargas de
trabajo y de la amenaza de reconversión y posible cierre de algún centro de
trabajo, la toma de las factorías es una alternativa que debe ser tenida en
cuenta antes de que la desmoralización y la disgregación de las plantillas más
combativas hagan mella en esos auténticos destacamentos obreros de vanguardia a
nivel andaluz.
Históricamente la toma
y ocupación de las fábricas, o huelgas de brazos caídos, nacieron como forma de
potenciar las huelgas reivindicativas. El proletariado aprendió que estando
encerrados en los tajos aumentaba su capacidad de unión, organización y espíritu
de lucha, eliminando igualmente la posible contratación de esquiroles y
asegurando que la producción se paraba y se hacía un verdadero daño al patrón y
al sistema capitalista en su conjunto. En la gran crisis mundial de 1930, donde
el desempleo fue tan extendido y duradero, se hizo imposible cualquier huelga
contra las reducciones de salarios, porque después que los huelguistas
abandonaban los talleres éstos eran invadidos de inmediato por las masas de
parados con los que los patronos contaban para romper las huelgas. Así, el
rechazo a trabajar en peores condiciones debía combinarse, necesariamente, con
la permanencia en el lugar de trabajo mediante la ocupación de la fábrica. Un
ejemplo notorio de esta práctica fue la toma de varias plantas de la General
Motors de la localidad estadounidense de Flint (estado de Michigan) entre
diciembre de 1936 y febrero de 1937, terminando con la victoria de los miles de
obreros que terminaron imponiendo sus reivindicaciones a la poderosa
multinacional.
Sin embargo, con la ocupación de las
fábricas los trabajadores y trabajadoras demostraban algo más, que su lucha
entraba en una nueva fase pues tomaban conciencia de su vinculación con su
centro de producción. Pronto se convirtió en una forma de demostrar que ese mismo
proletariado podía convertirse en verdaderos administradores y directores de
las empresas ocupadas, y que si podían realizar esta tarea también podrían
dirigir y organizar a toda la sociedad, sin depender de los burgueses y su
inservible sistema capitalista. En 1941, el marxista holandés Pannekoek
escribía en su obra “Los consejos obreros”: “Así, en la ocupación de las
fábricas el futuro proyecta su luz en la progresiva conciencia de que las
fábricas pertenecen a los trabajadores, de que junto con ellos constituyen una
armoniosa unidad, y de que la lucha por la libertad se librará en las fábricas
y por medio de ellas.” (3)
E. P. Thompson narra que en la
temprana fecha de 1819, obreros ingleses de una fábrica de tabaco, tras 11
meses de huelga, deciden prescindir de los patronos y producir por su cuenta
(4). Es evidente que la gran experiencia de la autogestión obrera y del control
de la producción por los propios “productores asociados” comienza con la
revolución bolchevique en 1917 y continuará en los años sucesivos en las
revoluciones frustradas de Alemania (1918) y Hungría (1919), y en los consejos
de fábrica del norte de Italia en el llamado “bienio rojo” (1919-1920). Sin
embargo, habría que esperar a procesos revolucionarios en el este de Europa, ligados
a partidos socialistas y comunistas tras la derrota nazi-fascista, para asistir
a ocupaciones de fábricas con fines de recuperación y autogestión obrera, como
es el caso más claro de las experiencias en diversas fábricas yugoslavas en los
primeros tiempos del gobierno socialista de Tito, recién acabada la II Guerra
Mundial.
En la Europa capitalista
industrializada, podemos situarnos en la Francia posterior a las oleadas del
mayo de 1968 para asistir a nuevas y multitudinarias acciones de ocupación obrera.
En 1972 en Renault se desató el conflicto que llevó a la toma de la fábrica de
más de 14.000 obreros, donde el comité de base –integrado por franceses e
inmigrantes- impuso en varias secciones el control obrero de los ritmos de
trabajo, la rotación en los puestos y forzó a los capataces a trabajar con los
operarios. Ese mismo año, una prolongada movilización obrera, con apoyo
estudiantil y popular, impulsó el control obrero de la fábrica de relojes LIP
en Bensançon, con sus consignas que se hicieron clásicas: «Es posible: fabricamos, vendemos, nos pagamos», «Los patrones despiden... despidamos a los patrones».
Sin embargo, esta forma de movilización consciente del proletariado prendió con
especial fuerza en diversos países latinoamericanos, donde todavía continua
marcando un camino que en los estados europeos recién está empezando, como
luego apuntaremos.
Ocupaciones y control obrero de fábricas en Latinoamérica: el espejo donde
mirarnos.
En la semana santa de
1952, una insurrección de sectores populares y obreros armados, principalmente
mineros con fusiles y dinamita de explotaciones cercanas a La Paz y de Oruro,
derrotó en solo tres días al régimen militar del general Ballivián, verdadero
apéndice armado de la oligarquía minera. En los años que duró esta revolución
boliviana, de carácter popular y obrero, al contrario de otras de posguerra
donde el campesinado era el estamento de vanguardia (como el caso de China o de
Cuba años más tarde) ya se impulsaron sistemas de autogestión de trabajadores
en centros de trabajo, ocupando principalmente numerosas minas.
Entre los años 1959 y 1963, los
valles peruanos andinos de La Convención y Lares fueron escenario de la mayor
revuelta campesina desde los tiempo de Tupac Amaru y foco de un poderoso
movimiento campesino indígena que se extendió por otras zonas del país y donde
los latifundios capitalistas, principalmente cafeteros, fueron expropiados y
reconquistados por cientos de miles de arrendatarios comuneros y trabajadores
agrícolas. Al calor de estas movilizaciones y de la extensión de las guerrillas
peruanas del MIR y del ELN en los años posteriores, se gestó el triunfo del
golpe de estado del general Velasco Alvarado que formó el Gobierno
Revolucionario de la Fuerza armada de 1968, de carácter nacionalista, antiimperialista
y progresista que en los años que gobernó impulsó un régimen de cooperativas y
comunidades industriales, estimulando la participación del trabajador en la
gestión, utilidad y propiedad de las empresas.
En
Argentina, aunque después hablaremos de experiencias más actuales, hay que
recordar que en 1964, en el marco de una gigantesca huelga general se producen
las ocupaciones de fábricas más importantes en número y en calidad de
participación realizadas en estos años. Los investigadores Celia Cotarelo y
Fabían Fernández (5) estiman que entre mayo y junio de 1964 se ocuparon 4.398
empresas, dándose el caso de que en las mismas participaron principalmente
obreros fabriles de las principales industrias (metalúrgicas y textiles, sobre
todo) y en las grandes ciudades del país, lo que le confirió un carácter
proletario genuino y lo dotó de un grado de disciplina y organización sin
igual. Estas cifras concuerdan con las aparecidas en la obra de Mandel antes
citada (“alrededor de 3 millones de obreros ocuparon 4.000 empresas e
iniciaron la organización de la producción por sí mismos”), aunque
las ocupaciones, acompañadas de toma de rehenes de empresarios, técnicos o
personal de seguridad, solo duraron varias horas y los obreros no se
resistieron a los desalojos policiales.
En Chile,
bajo el Gobierno de la Unidad Popular de Allende (1970-1973), a pesar de la
oposición institucional, más de 125 fábricas estaban manejadas por obreros,
organizados en Cordones industriales y Comandos Comunales, que aunaban las ocupaciones
de talleres e industrias y de tierras abandonadas por latifundistas. Después de
la derrota del “paro patronal” de octubre de 1972, en su Pliego del Pueblo,
estas organizaciones de base sentenciaban: “La experiencia de estos días ha
demostrado que los trabajadores no necesitan de los patrones para hacer
funcionar la economía. En sus desesperados intentos por paralizar al país, sólo
han conseguido mostrar su carácter parasitario... La conclusión es clara:
sobran los patrones”.
La primera experiencia de
recuperación de empresas en quiebra en Brasil fue en 1991, con la fábrica de
calzado Makerli que cerró sus puertas dejando en la calle a 482 trabajadores.
En 1994 se funda la Asociación Nacional de Empresas Autogestionadas (ANTEAG)
para coordinar las diversas experiencias que surgían a causa de la crisis de la
industria. Actualmente existen 160 proyectos que la asociación propicia junto
con algunos gobiernos estatales y comunales, involucrando a unos 30 mil
trabajadoras y trabajadores brasileños. Los momentos más importantes tuvieron
lugar entre 2002 y 2005, cuando más de 35 fábricas fueron ocupadas y pasadas a
control obrero. A finales de 2002 tuvieron lugar grandes huelgas en la zona
industrial de Joinville (Estado de Santa Catarina), hasta que un millar de
obreros de las multinacionales CIPLA (materiales de construcción) e INTERFIBRA
(plásticos y vidrio) deciden tomar el control de la producción y organizarse
mediante asambleas y a través de los consejos de fábrica. El mismo camino de
ocupación y control obrero siguieron un año más tarde los 64 trabajadores de la
empresa de contenedores plásticos industriales FLASKO, del barrio de Sumare.
Dos años más tarde, en 2005, la fábrica ocupaba tan sólo una cuarta parte de
los 14 mil metros cuadrados del total del terreno, pero la asamblea popular,
coordinada con los trabajadores, decidió ocupar y construir la llamada “Vila
Operaria”, un conjunto habitacional donde actualmente viven más de 350
familias. Y más tarde en el 2007, la Flasko impulsó el surgimiento del Centro
de Memoria Operaria y Popular (CEMOP), el cual funciona como un archivo que
reúne documentos, videos y fotografías sobre el movimiento de las fábricas
recuperadas y realiza y apoya diversos seminarios, simposios, etcétera. Esto da
una idea del grado de compromiso político que han adquirido las ocupaciones de
fábricas en Brasil, a pesar de los numerosos intentos de desalojos y la feroz
represión del movimiento.
En Argentina, el paso del siglo XX al
siglo XXI la sorprende con una crisis económica brutal e insostenible que se
había gestado desde 1991 con un proceso de des-industrialización. Producto de
dicha crisis es la enorme tasa de desempleo y el alto porcentaje de personas
pobres y sin viviendas. Son miles las empresas y fábricas que cierran y se
declaran en quiebra con el despido de las plantillas. En este contexto es como
se generalizan las tomas de fábricas y las recuperaciones de empresas diversas
(incluidos hospitales, colegios, hoteles, etc.). Frente al abandono de los
capitalistas, el proletariado argentino se 'atrinchera' en su territorio
laboral: ocupan las plantas primero, resisten los desalojos después -por medio
de batallas legales y físicas- y por último gestionan su producción. Con ello
hacen suyos la consigna del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil: “Ocupar, resistir producir”. A las legendarias
ocupaciones de la empresa de cerámicos Zanón (en Neuquén), cuando a finales de
2001 los 271 obreros deciden oponerse al despido patronal y acampan en las
afueras de la empresa para posteriormente poner en funcionamiento cuatro hornos
y dar comienzo a la producción bajo control obrero, y de la textil Bruckman (en
Balvanera, Buenos Aires), cuyas 50 trabajadoras tomaron la empresa el 18 de
diciembre de 2001 y posteriormente, ante la huida de los empresarios,
controlaron la producción, le siguieron la de cientos de fábricas recuperadas y
ocupadas más, otorgando al proletariado argentino una experiencia reconocida en
esta faceta de la lucha de clases.
Sin más
dilación y para no abundar en otros ejemplos (Uruguay, México o Colombia)
debemos pasar al caso de Venezuela, donde en las últimas décadas el movimiento
obrero se ha impulsado al calor de la Revolución Bolivariana. Las numerosas
ocupaciones y control obrero de las fábricas han sido apoyadas por el gobierno,
que ha terminado por nacionalizar a muchas de ellas. Entre los patronos y los
trabajadores, los dirigentes venezolanos han sabido decantarse desde el
principio. No es casualidad que en 2005 el presidente Chávez proclamara en
Brasil que no había nada que buscar dentro del capitalismo y que el camino de
la revolución era el socialismo. Ese mismo año nacionalizó la papelera Venepal
ocupada por los trabajadores desde hacía tiempo, y meses después hizo lo propio
con la Constructora Nacional de Válvulas (llamada después Inveval), ocupada
también desde que en 2002 la plantilla quedara en la calle tras un cierre
patronal. Las pocas decenas de trabajadores son los que impulsaron la creación
del FRETECO (Frente Revolucionario de Trabajadores de Empresas Cogestionadas y
Ocupadas) para sacar la lucha a la calle y organizar a otros trabajadores en
situaciones similares Tampoco por eso es casualidad que en Caracas se celebrara
el I Encuentro Latinoamericano de Empresas Recuperadas,
donde el propio Chávez hizo suya la consigna del encuentro: "fábrica cerrada, fábrica tomada".
Con más
conciencia y fuerza que en el caso de Argentina, el mensaje de la clase obrera
venezolana para los proletarios de todo el mundo es claro: los trabajadores sí
pueden dirigir y administrar las empresas, y si pueden realizar esta tarea
también pueden dirigir y organizar a toda la sociedad.
Los escasos ejemplos europeos
En el otoño del año
2007, las 124 trabajadoras y trabajadores de la fábrica de bicicletas “Strike
Bike” en Nordhausen, pequeña ciudad del este de Alemania, comenzaron la
ocupación y control de la producción tras el cierre patronal y despido de la
plantilla. Era un caso insólito en el panorama sindical de Alemania en las
últimas décadas.
La empresa francesa de televisores
“Philips” en Dreux ha sufrido un proceso de desaparición que puede ser otro
ejemplo paradigmático de lo que ha pasado y está pasando en otros estados
europeos en estos años de crisis galopante. De tener 7000 obreros en el año
2005 pasaron a tener casi doscientos en el año 2009 y cuya única salida era
esperar la subvención y el seguro de desempleo. A principios de enero de 2010,
los obreros decidieron poner la fábrica a producir para demostrar, ante el plan
de cierre de la patronal, que la fábrica era productiva y podría seguir
funcionando. Este intento de control obrero solo duró diez días y tuvo que
seguir fuera de la planta, pero en marzo de 2010 consiguieron su objetivo de
mantener los puestos de trabajo.
Y más recientemente, en medio de una
crisis económica que no se le ve el final, el martes 12 de febrero de 2013 fue
el primer día oficial de producción bajo control obrero en la fábrica de
azulejos y materiales de construcción Viomijaniki Metalleftiki (Industrial Minera)
en Tesalónica, Grecia. En mayo de 2011 la Administración de esta filial de
Filkeram-Johnson abandonó la empresa dejando sin pagar a los trabajadores los
sueldos de varios meses de trabajo. En respuesta, los trabajadores de la
fábrica se abstuvieron de trabajar desde septiembre de 2011 hasta que en
asamblea se decidió, casi por unanimidad, el 25 de enero de 2013 la
auto-gestión y el funcionamiento de la fábrica por sus trabajadores, “sin
patrones y otros parásitos y mediadores” (6)
En mayo de 1973, los trabajadores de
la cadena de montaje de la fábrica de maquinaria agrícola John Deere en la
ciudad alemana de Mannheim iniciaron con su huelga uno de los ciclos de lucha
(principalmente en la industria del metal) más memorable de la historia
proletaria en Alemania, según cuentan Roth y Ebbinghaus (7). Para estos
autores, tras las lecciones extraídas de la oleada de huelgas de obreros y
obreras alemanes, “la fábrica se ha convertido hoy en una
fortaleza empresarial llena de armas que aplastan las necesidades de los
trabajadores. La respuesta solo puede ser convertir la fábrica en una
fortaleza, en un punto de partida desde el cual los trabajadores cortocircuiten
la maquinaria socializada del sistema” (op. cit, pág. 368).
O como decía un
representante obrero de la empresa venezolana de artes gráficas Asertia, filial
de la española Indra, primero ocupada y después nacionalizada por el gobierno
bolivariano: “Cuando vemos estos
escenarios, ves un ejemplo de cómo es el sistema capitalista en el país, de
cómo destruye a la sociedad, de cómo juega con el salario, con la estabilidad
laboral de los trabajadores en el país. Este sistema capitalista se tiene que
acabar de una vez por todas. Y ¿Cómo se tiene que acabar? Pues con el
apoderamiento de todo el sector obrero del país sobre las fábricas, porque debe
existir el control obrero en toda fábrica y medio de producción, no puede
seguir sucediendo que los capitalistas se llenen los bolsillos sacando el
dinero fuera del país a través de las trasnacionales (8).
Ellos cierran las fábricas, nosotros abrimos.
Ellos roban las tierras y nosotros las ocupamos.
Ellos hacen las guerras y destruyen naciones,
Nosotros defendemos la paz y la integración soberana de los
pueblos.
Ellos dividen, nosotros unimos.
Porque somos la clase trabajadora,
Porque somos el presente y el futuro de la humanidad.
(Declaración del I Encuentro Latinoamericano de empresas recuperadas por los
trabajadores y trabajadoras, Caracas, Venezuela, Octubre de 2005) (9)
NOTAS
1: “Naturalmente, la condición fundamental de este éxito fue que
la clase obrera, cuyos mejores elementos crearon la socialdemocracia, se
diferencia en virtud de causas económicas objetivas, de todas las demás clases
de la sociedad capitalista por su mayor capacidad de organización. Sin esta
condición, la organización de revolucionarios profesionales sería un juego, una
aventura. . .” (VI. Lenin. Obras completas. Ed. Cartago, Buenos Aires, 1960; t.
XIII, p. 97.)
2: Publicado el 16 (3) de mayo de
1917 como anejo al núm. 13 del periódico "Soldátskaya Pravda". T. ül,
págs. 454–457.
4.- Citado en el prefacio de la obra de E. Mandel “Control
obrero, consejos obreros, autogestión, antología”, Editorial la Ciudad del
Futuro, Buenos Aires, 1973.
7.- KH Roth y Angelika Ebbinghaus. El “otro”
movimiento obrero y la represión capitalista en Alemania (1880-1973). Ed.
Traficantes de sueños, Madrid, 2011.
** Una referencia obligada debe ser la lectura y discusión del
exhaustivo trabajo de Iñaki Gil de San Vicente, donde se encontrará una
impresionante y diversa bibliografía:
Documentales sobre la ocupación de fábricas:
2.- La toma (Argentina, A. Lewis y Naomi Klein, 2004-87 minutos),
en:
3.- Les Lip, l'imagination au pouvoir (Francia, Christian Rouaud,
2007- 118 min.)