sábado, 14 de enero de 2017

Anton Pannekoek. Acciones de masas y revolución 1912






Índice:

Acciones de masas y revolución



El desarrollo político y social de los últimos años ha llevado cada vez más a un primer plano el problema de las acciones de masas. A partir de las enseñanzas de la revolución rusa, aquellas fueron reconocidas teóricamente por el partido en 1905 como método en la lucha de clases; durante la campaña por el derecho al voto en Prusia en 1908 y 1910, irrumpen por primera vez en forma imponente y desde entonces, salvo temporales recesos por las necesidades de la campaña electoral, son objeto de intensos debates y polémicas. Este desarrollo no es casual. Por un lado es la consecuencia de la fuerza creciente del proletariado y por otro el resultado necesario de las nuevas formas del capitalismo que nosotros denominamos imperialismo.


Las causas del imperialismo y de las fuerzas que lo impulsan no necesitan preocuparnos en este lugar; simplemente describimos su presencia y sus efectos: la política de dominación del mundo, la carrera armamentista -en especial la construcción de flotas de guerra-, las conquistas coloniales, la creciente presión de los impuestos, el peligro de guerra, el creciente espíritu de violencia y la prepotencia de clase de la burguesía, la reacción interna, el freno a las reformas sociales, la organización de los empresarios, las trabas a la lucha sindical, la carestía. Todo esto lleva a la clase trabajadora a nuevas posiciones de combate. Antes se podía entregar, de vez en cuando, al menos, a la ilusión de progresar lenta pero constantemente en lo sindical a través del mejoramiento de las condiciones de trabajo v en lo político por medio de reformas sociales y la ampliación ¿e sus derechos políticos. Ahora debe poner en tensión todas sus fuerzas para no ser despojada de los niveles de vida y los derechos ya conquistados. Su ofensiva se ha transformado ante todo en defensiva. De tal manera la lucha de clases se torna más aguda y generalizada; en lugar de la esperanza en lograr una situación mejor, la fuerza impulsora de la lucha es, cada vez más, la amarga necesidad de defenderse ante el deterioro de sus condiciones de vida. El imperialismo amenaza a las masas populares con nuevos peligros y catástrofes -tanto a la pequeña burguesía como a los trabajadores- y los empuja a la resistencia; los impuestos, la carestía, el peligro de guerra, vuelven imprescindible una defensa encarnizada. Pero estas calamidades sólo en parte tienen su origen en resoluciones parlamentarias y por tanto sólo parcialmente pueden ser combatidas en el parlamento. Las masas mismas deben hacer acto de presencia, hacerse valer en forma directa y ejercer presión sobre la clase dominante. Y a ese deber se agrega el poder resultante de la fuerza creciente del proletariado; entre la impotencia del parlamento y de nuestra fracción en él para combatir estos peligros, surge una contradicción cada vez más profunda con la creciente conciencia de poder de la clase trabajadora. De ahí que sean las acciones de masas una consecuencia natural del desarrollo imperialista del capitalismo moderno y se transformen cada vez más en formas necesarias de lucha contra el mismo.


El imperialismo y las acciones de masas son hechos nuevos que sólo paulatinamente han de ser elaborados teóricamente y comprendidos en su significación y su esencia. Esto se hará posible sólo a través de la polémica partidaria que en los últimos años se ha estado ocupando intensamente de ellos. Estos hechos traen un cambio en el pensar y el sentir, una nueva orientación de los espíritus, que va más allá de la contraposición -surgida ante todo de la táctica de lucha parlamentaria- entre radicalismo y revisionismo. Estas polémicas separan momentáneamente o para siempre a aquellos que hasta ahora han estado unidos en la lucha y no eran conscientes de que existiera alguna divergencia. Estas polémicas aparecen entonces como lamentables y penosos malentendidos, por lo que las discusiones asumen una especial dureza. Tanto más necesario resulta, para aclarar las diferencias, referirse a los fundamentos de las tácticas de lucha del proletariado. Posteriormente polemizaremos con dos artículos de Kautsky del año anterior.




El poder estatal es el órgano de la sociedad que ejerce potestad sobre el derecho y la ley. El poder político, el control del poder estatal, debe ser en consecuencia el objetivo de toda clase revolucionaria. La conquista del poder político es la condición previa para el socialismo. La burguesía posee actualmente el poder del estado y lo utiliza para dar forma y estabilidad al derecho y la ley al servicio de sus intereses capitalistas. Ella, sin embargo, se va transformando en una minoría que además, y en grado creciente, pierde su significación e importancia en relación al proceso de producción. La clase trabajadora, en cuyas manos reside la más importante función económica, conforma una mayoría siempre creciente dentro de la población; en esto descansa la certeza de que ha de ser capaz de conquistar el poder político. Pero se trata de observar más de cerca las condiciones y métodos de su revolución política. ¿Por qué la clase trabajadora a pesar de superar a la burguesía en cantidad e importancia económica, no ha podido aún conquistar el poder? ¿Cómo es posible que casi siempre en la historia de la civilización, una minoría explotadora haya podido dominar a la gran masa del pueblo explotado? Esto es así porque influyen muchos otros factores de poder.


El primero de estos factores de poder es la superioridad espiritual de la minoría dominante. Como clase que vive de la plusvalía y que tiene el control de la producción en sus manos, ella dispone de la formación espiritual, de todas las ciencias; con una perspicacia que abarca a toda la sociedad ella sabe -aunque, se encuentre gravemente amenazada por las masas en rebelión cómo encontrar nuevas formas de salvarse. A veces, mediante su autoconciencia y una gran perseverancia y otras, mediante la traición, consiguen embaucar a las masas ingenuas. La historia de cada rebelión de esclavos en la antigüedad, de cada guerra campesina en el medioevo, nos ofrece ejemplos de esto. El poder del espíritu es la más poderosa fuerza de este mundo. En la sociedad burguesa, donde una cierta formación espiritual es patrimonio común de todas las clases, en lugar del monopolio de la educación por la clase dominante, se da el dominio espiritual sobre la masa del pueblo. A través de la escuela, la iglesia, la prensa burguesa, amplias capas del proletariado son envenenadas con concepciones burguesas. La dependencia espiritual de la burguesía es una de las causas principales de la debilidad del proletariado.



El segundo factor de poder de la clase dominante y el más importante reside en su rigurosa y firme organización. Un pequeño número bien organizado es siempre más fuerte que una masa numerosa y desorganizada. Esa organización de la clase dominante es el poder del estado. Ella aparece como la totalidad de los empleados estatales que, distribuídos por todas partes como autoridad entre la masa del pueblo, son dirigidos desde la sede central del gobiemo en un sentido determinado. La voluntad unitaria que emana de la cúpula, conforma la fuerza interior y la esencia de esta organización. De allí se deriva una poderosa supremacía moral que se manifiesta en la autoconciencia de sus actos frente a la masa desarticulada, en la que cada individuo quiere algo distinto. Ella configura al mismo tiempo un gigantesco pulpo que con sus finos tentáculos manejados desde el cerebro central, penetra en cada rincón del país; es un organismo compacto ante el cual los demás individuos, sean ellos tan numerosos como se quiera, son sólo débiles partículas. Todo individuo con obediencia que no se adapte es automátícamente aferrado y aplastado por este artístico mecanismo; y la conciencia de esta situación mantiene a la masa a respetuosa distancia.


Si surge entonces un gesto de rebelión entre las masas y desaparece el respeto por las altas autoridades, si se unifican las partículas en la creencia de que van a terminar fácilmente con un par de molestos empleados estatales, ya tiene el estado para tal eventualidad medios de represión más poderosos: la policía y el ejército. También ellos son minorías, pequeños grupos, pero provistos de armas mortíferas y fundidos -por medio de una rigurosa disciplina militar- en cuerpos estables e inatacables que accionan como máquinas automáticas en manos de quienes las comandan. Contra su poder, la masa está indefensa, aun si ésta intenta armarse.


Una clase que surge puede conquistar y retener el poder del estado en razón de su importancia económica y su poderío; así lo hizo la burguesía como dirigente de la producción capitalista y poseedora del dinero. Sin embargo, a medida que su función económica se hace superflua y se degrada a la condición de clase parasitaria, en igual proporción desaparece ese factor de su poder. Entonces pierde también su prestigio y su superioridad espiritual, y, finalmente, sólo le queda, como base de su dominación, el control del poder del estado con todos sus instrumentos represivos. Si el proletariado quiere conquistar el poder, debe derrotar al poder del estado, la fortaleza en la cual la clase dominante se ha atrincherado. La lucha del proletariado no es simplemente una lucha contra la burguesía por el poder del estado como objetivo, sino una lucha contra el poder estatal. El problema de la revolución social, se puede sintetizar diciendo que se trata de hacer crecer el poder del proletariado a tal punto que éste supere al poder del estado. Y el contenido de esa revolución es la destrucción y liquidación de los instrumentos de poder del estado usando los instrumentos de poder del proletariado.


El poder del proletariado consiste primero, en un factor independiente de nuestro accionar al que ya antes se hizo alusión: su número y su significación económica, ambos en constante crecimiento a causa del desarrollo económico y que hacen de la clase trabajadora, en grado cada vez mayor, la clase social determinante. Junto a este factor se encuentran otros dos grandes factores de poder cuyo crecimiento es la finalidad de todo el movimiento obrero: conocimiento y organización. El conocimiento es, en su forma primera y más simple, conciencia de clase que, poco a poco, crece hacia la clara comprensión de la esencia de la lucha política y de la lucha de clases en general, y de la naturaleza del desarrollo capitalista. A través de su conciencia de clase, el trabajador se libera de la dependencia espiritual de la burguesía; mediante el conocimiento político y social se quiebra la supremacía espiritual de la clase dominante.


La organización es la fusión de los individuos, antes dispersos, en una unidad. En la dispersión, la voluntad de cada uno tiene una dirección independiente de la de todos los demás, mientras que la organización significa unidad, la misma dirección para las voluntades individuales. Mientras las fuerzas de los átomos individuales estén dirigidas en todas direcciones, se habrán de anular mutuamente y el efecto del conjunto será igual a cero; si todas esas fuerzas, en cambio, son dirigidas en la misma dirección, la masa en su conjunto presionará tras esa fuerza, tras esa voluntad conjunta. La argamasa que mantiene unidos a esos individuos y los obliga a caminar juntos es la disciplina, ella hace que cada uno determine su actuar, no por sus ideas, inclinaciones o intereses particulares, sino por la voluntad y el interés de la totalidad. La costumbre de subordinar la actividad individual a un todo en la organización de las grandes fábricas, crea en el proletariado moderno las condiciones previas para tales organizaciones. La práctica de la lucha de clases las va construyendo, las hace cada vez más amplias y su estabilidad interna y disciplina se vuelven cada vez más firmes. La organización es el arma más poderosa del proletariado. El enorme poder que posee la minoría dominante por su firme organización, sólo podrá ser derrotado con la fuerza aún mayor de la organización de la mayoría. El constante crecimiento de esos factores: significación económica, conocimiento y organización, hace crecer el poder del proletariado por encima del de la clase dominante[1*]. Recién entonces están dadas las condiciones previas para la revolución social. Aquí se pone finalmente en claro en qué sentido, la vieja idea de una rápida conquista del poder político por una minoría fue una ilusión. Esa posibilidad no debe ser descartada apriorísticamente ya que podría, mediante un poderoso empujón, provocar un formidable salto en el desarrollo social. Pero la esencia de la revolución es por cierto, algo muy distinto, la revolución es la conclusión de un proceso de profunda transformación que cambia totalmente el carácter y la esencia de las masas populares explotadas. De un montón de individuos dispersos que eran antes, que obedecían sólo a sus intereses particulares, se transforman en un sólido ejército de combatientes lúcidos que se dejan guiar por intereses comunes. Antes impotentes, obedientes, una masa inerte frente al poder consciente y organizado de la burguesía que la moviliza para sus propios fines, se transforma en una humanidad organizada, capaz de determinar la propia suerte con voluntad consciente y enfrentarse porfiadamente a los viejos dominadores. De la pasividad pasa a la acción, deviene un organismo con vida, con una unidad y una articulación autogeneradas con conciencia y órganos propios. La destrucción del dominio del capital tiene como condición fundamental que la masa del pueblo esté firmemente organizada y plena de espíritu socialista; si esta condición ha sido llenada en medida suficiente, el dominio del capital será entonces imposible. Ese surgir de las masas, su organización y su toma de conciencia, conforman ya lo esencial, la médula del socialismo. El dominio del estado capitalista, que intenta con su violencia estatal frenar el libre desarrollo del nuevo organismo viviente, se transforma cada vez más en una envoltura muerta, como la cáscara que rodea al pájaro dispuesto a nacer y como ésta, necesariamente será destruido. Es probable que esta destrucción, la conquista del poder, signifique un enorme esfuerzo de trabajo y de lucha: pero lo esencial, lo decisivo, su condición previa y fundamento es el crecimiento del organismo proletario, la formación del poder de la clase trabajadora, necesario para el triunfo.




La ilusión de que la conquista del poder es posible a través del parlamento se apoya básicamente en la idea de que el parlamento elegido por el pueblo es el órgano legislativo principal. Si el parlamentarismo y la democracia dominaran, si el parlamento controlara la totalidad del poder del estado y la mayoría popular controlara al parlamento, seria la lucha electoral el camino directo para la conquista del poder político -es decir la conquista paulatina de las mayorías populares mediante la práctica parlamentaria, el esclarecimiento de las conciencias y la puja electoral.
Pero tales condiciones faltan, no se encuentran en ningún lado y menos en Alemania. Tienen que ser creadas por las luchas constitucionales y sobre todo por medio de la conquista del derecho al voto democrático. En su aspecto formal la conquista del poder político tiene dos momentos: primero, la creación de las bases constitucionales, la conquista para las masas de los derechos políticos fundamentales y, segundo, la utilización correcta de esos derechos: ganar a las masas populares para el socialismo. Donde la democracia ya está dada, el segundo momento es el más importante; en cambio, donde las grandes masas ya han sido ganadas para el socialismo pero faltan los derechos, como es el caso aquí en Alemania, el peso de gravedad de la lucha por el poder se centra no en la lucha por medio de los derechos existentes, sino en la lucha por la conquista de los derechos políticos.


Naturalmente, estas relaciones no están dadas aquí por casualidad; la falta de bases constitucionales para un poder popular en un país con un movimiento obrero altamente desarrollado es la forma necesaria para la dominación del capital. Indica claramente que el poder efectivo se encuentra en manos de la clase propietaria.
Mientras ese poder se encuentre inquebrantado, la burguesía no nos va a ofrecer los medios formales para desalojarla pacíficamente. Ella debe ser golpeada, su poder debe ser quebrado. La constitución expresa la relación de poder entre las clases; pero tal poder debe ser puesto a prueba en la lucha. Un cambio en el trazado de los límites de los derechos constitucionales dentro de los cuales se mueven las clases es sólo posible cuando los medios de poder de las clases en lucha se confrontan y se miden. Lo que desde el punto de vista formal se presenta como una lucha por los más importantes derechos políticos es, en realidad un choque frontal de todo el poder de ambas clases, una lucha con sus más poderosas armas, en la cual buscan debilitarse y finalmente aniquilarse mutuamente. La lucha puede acarrear alternativamente victorias y derrotas, concesiones v períodos de reacción. El final llegará solamente cuando uno de los adversarios en lucha se encuentre totalmente vencido, cuando sus instrumentos de poder estén destruídos y el poder político se encuentre en manos del vencedor.


Hasta el momento ninguna de las clases ha empleado en los combates sus armas más poderosas. La clase dominante no ha podido nunca, para su disgusto, emplear su arma más poderosa en la lucha parlamentaria, el poder militar, y tiene que observar impotente, sin poderlo evitar, cómo el proletariado acrecienta su poder constantemente. En ello reside el significado histórico del método de lucha parlamentario durante la época en la cual, el proletariado, aún débil, se encontraba en la fase de su primer crecimiento. Pero tampoco el proletariado ha utilizado todavía sus más poderosos instrumentos de lucha. Sólo entraron en acción su número y su comprensión'política, pero ni su importancia en el proceso productivo ni el poder enorme de su organización -que fue utilizado sólo en la lucha sindical, no en la lucha política contra el estado- tuvieron intervención en la lucha. Hasta el momento, las luchas ocurridas han sido sólo escaramuzas de grupos de avanzada, la fuerza principal de ambas partes quedó en reserva. En las próximas batallas por el poder usarán ambas clases sus armas más afiladas, sus medios más poderosos: sin que estas se midan en combate es imposible un desplazamiento decisivo de las relaciones de poder. La clase dominante intentará, con sangrienta violencia, destrozar al movimiento obrero. El proletariado recurrirá a las acciones de masas, desde las formas más simples de las asambleas hasta las manifestaciones callejeras v Llegará así a la forma más poderosa: la huelga general.
Esas acciones de masas suponen un fuerte crecimiento en la fuerza del proletariado. Son posibles a un alto nivel de desarrollo pues plantean exigencias a las cualidades espirituales y morales, al saber y la disciplina de los trabajadores, que sólo pueden ser el fruto de largas luchas políticas y sindicales. Si se han de realizar acciones de masas con éxito, los trabajadores deben disponer de tanta comprensión política y social que ellos mismos sean capaces de poder reconocer y juzgar las condiciones previas, los efectos, los peligros de tales luchas; la conveniencia de iniciación o de su interrupción. Cuando la clase dominante utiliza sin contemplaciones sus medios de represión, prohíbe las publicaciones y las reuniones, detiene a los líderes combatientes, impide la comunicación regular entre los trabajadores, los intimida con estados de sitio, los desanima con noticias falsas, entonces, la continuación de la lucha y la posibilidad del éxito dependen exclusivamente de la claridad de visión del proletariado, de su confianza en sí mismo, de su solidaridad y entusiasmo por la gran causa común. El poder del estado burgués con su violencia autoritaria y la fuerza de las virtudes revolucionarias de las masas rebeldes de trabajadores se miden entonces mutuamente para comprobar cuál de los dos se revela el más fuerte.


Nosotros debemos estar preparados a que el estado no retroceda ante estas medidas de fuerza. Sea en la ofensiva o en la defensiva, el proletariado quiere siempre cuando recurre a esas armas ejercer presión sobre el estado, influirlo, ejercer sobre él una presión moral, doblegarlo bajo su voluntad. La posibilidad de que esto ocurra se basa en el hecho de que el poder del estado depende en grado sumo del ininterrumpido funcionamiento de la vida economica. Si el funcionamiento regular del proceso de producción se altera a causa de huelgas masivas, imprevistamente se le plantean al estado problemas extraordinarios a resolver. El estado debe restablecer "el orden", pero, ¿cómo? Puede quizás impedir que la masa haga manifestaciones, pero no la puede obligar a volver al trabajo; puede cuanto más intentar desmoralizaría. Si las autoridades frente a las nuevas tareas pierden la cabeza, presionadas por el miedo y la angustia de la clase poseedora que les exige proceder enérgicamente o bien conceder si les falta esa voluntad unitaria, es señal de que la fuerza interior del estado, su autoconfianza, su autoridad, la fuente misma de su poder ha sido afectada. La situación se empeora si se suman huelgas del transporte que interrumpen las comunicaciones de las a utoridades locales con el poder central y por tanto desarticulan los eslabones de toda la orfanización, despedazan los tentáculos del pulpo que se contraen impotentes, como ocurrió durante las huelgas de octubre en la revolución rusa.


A veces el gobiemo utilizará la violencia y su eficacia dependerá entonces de la decisión del proletariado. Otras veces tratará de apaciguar a las masas con concesiones y promesas, en tal caso, la lucha de las masas habrá llevado a un triunfo total o parcial. Por supuesto, la historia no termina allí. Una vez conquistado un derecho importante puede iniciarse un período de tranquilidad durante el cual la reciente conquista será utilizada hasta el límite máximo de sus posibilidades. Pero, tarde o temprano, la lucha tiene que estallar nuevamente, el gobiemo no puede conceder tranquilamente derechos que otorguen a las masas posiciones de poder decisivas y si lo hace intentará luego recuperarlos, de otro modo las masas no se detendrán hasta tener en sus manos la llave del poder estatal. La lucha, por lo tanto, se desencadena siempre de nuevo y contrapuestas las fuerzas de una y otra organización el poder estatal debe someterse reiteradamente a la acción disociante de las acciones de masas. La lucha se detiene recién cuando la organización del estado ha sido totalmente destruida. La organización de la mayoría habrá demostrado entonces su superioridad destruyendo la organización de la minoría dominante.


Este objetivo, sin embargo, podrá ser alcanzado sólo si las luchas de las masas influyen profundamente y transforman al proletariado mismo. En la misma forma que las luchas políticas y sindicales libradas hasta el momento, aquellas acrecientan la fuerza del proletariado en una forma mucho más amplia, poderosa y profunda. Cuando aparecen acciones de masas que estremecen profundamente la vida social en su conjunto, todos los espíritus son sacudidos; el paso veloz de los acontecimientos es seguido con atención y expectativa aún por aquellos que se contentan sólo con poner una boleta electoral cada cinco años. Y los que participan, obligados a concentrar todos sus sentidos con la máxima intensidad en la situación política que determina su conducta, agudizan en tales épocas de crisis política su visión política en pocos días más de lo que pudieron avanzar en años. La práctica de estas luchas a través de las experiencias de triunfo y derrota genera los instrumentos necesarios para satisfacer sus propias exigencias. Con el desarrollo de las luchas crece la madurez del proletariado que sale de ellas capacitado para los próximos y más difíciles combates.



Esto es válido no sólo para la comprensión política sino también para la organización. Sin embargo hay quienes afirman lo contrario. Existe en muchos el temor de que en estas peligrosas luchas, el más importante instrumento del proletariado, su organización, pueda ser destruido. Sobre todo en este razonamiento se basa el rechazo a la huelga general por parte de aquellos cuya actividad se centra en la conducción de las grandes organizaciones proletarias. Temen que en un choque entre la organización proletaria y la organización del estado, la primera, por ser la más débil, habrá de salir necesariamente perdedora. El estado tiene el poder de disolver las organizaciones de los trabajadores que tuvieran la insolencia de iniciar la lucha contra el mismo. Puede destituir su actividad, intervenir sus fondos, encarcelar a sus dirigentes y no se detendrá, seguramente, por consideraciones jurídicas o morales. Pero tales actos de violencia no lo ayudarán demasiado. El estado puede destrozar con ellos la forma externa de las organizaciones obreras, pero no puede afectar la esencia misma de éstas. La organización del proletariado, que nosotros calificamos como su más importante instrumento de poder, no debe ser confundida con la forma de las organizaciones y asociaciones actuales, que son la expresión de aquella dentro de los marcos aún firmes, del orden burgués. La esencia de esa organización es algo espiritual, la transformación del carácter de los proletarios. Puede ser que la clase dominante, aplicando sin escrúpulos la violencia de sus leyes y su policía, consiga destruir aparentemente a la organización: no por eso los trabajadores volverán de pronto a transformarse en los individuos atomizados de antes, que sólo eran movidos por un estado de ánimo transitorio o por sus intereses particulares. Permanecerán en ellos, más vivos que nunca, el mismo espíritu, la misma disciplina, la misma coherencia, la misma solidaridad, la misma costumbre de una acción organizada, y ese espíritu ha de ser capaz de crearse nuevas formas de actividad. Puede que un acto de violencia semejante golpee duramente pero la fuerza esencial del proletariado sería afectada tan poco como las leyes antisocialistas afectaron al socialismo, aunque impidieran las formas regulares de asociación y agitación.


A la inversa, la organización se fortalece al grado máximo a través de las luchas de masas. Cientos de miles de trabajadores que se mantienen hoy día alejados de nosotros por indiferencia, por temor o por falta de fe en nuestra causa, serán sacudidos y se incorporarán a las luchas. Mientras que en el lento transcurrir de la historia de las luchas cotidianas las diferencias ideológicas juegan un papel importante y dividen a los trabajadores, en épocas revolucionarias, cuando la lucha se agudiza al máximo y exige rápidas decisiones, se abre camino irresistiblemente el sentimiento de clase; si no ocurre de inmediato, tanto más seguro surgirá posteriormente. Y al mismo tiempo crecerá la solidez interna de la organización y la disciplina puesta a prueba por las exigencias de tan duras luchas adquirirá la firmeza del acero pues ella debe fortificarse. En el transcurso de estas luchas, la fuerza del proletariado, aún insuficiente, crecerá lo necesario para ejercer su dominio en la sociedad. Sin embargo, ¿la clase dominante no estará en condiciones, utilizando sus medios de combate más poderosos, la violencia más sangrienta, de someter a los trabajadores en semejantes luchas de masas a una segura derrota? Las manifestaciones por el derecho del voto en la primavera de 1910, han demostrado que la clase no retrocede ante la utilización de tal violencia. Por el contrario se ha visto que la espada del policía es impotente contra una masa popular decidida. La violencia puede caer duramente sobre alguna persona en particular, pero el objetivo de esa violencia, atemorizar a la masa para hacerla desistir de su proyecto -realizar la manifestación- no es alcanzado frente a la decisión, el entusiasmo, la disciplina de esa masa de cientos de miles de personas. Muy distinto es ciertamente, cuando se lanza a los militares contra la masa del pueblo: bajo los disparos de destacamentos fuertemente armados, una masa popular no puede realizar su demostración. Sin embargo, ésto en nada ayuda a la clase dominante. El ejército está constituido por los hijos del pueblo y, en medida creciente, por jóvenes proletarios que ya traen de sus propios hogares algo de conciencia de clase. Esto no significa que hayan de fracasar de inmediato corno arma en manos de la burguesía -la férrea disciplina ha de desplazar automáticamente toda otra consideración. Sin embargo, lo que ya para los antíguos ejércitos mercenarios era válido, -que no se dejaban utilizar a la larga contra el pueblo-, es mucho más efectivo para los modernos ejércitos de reclutas. La más férrea disciplina no resiste durante mucho tiempo una utilización semejante. Nada deteriora con más seguridad la disciplina como la pretensión, llevada un par de veces a la práctica, de disparar contra el pueblo, contra sus propios hermanos de clase cuando éstos sólo desean reunirse y desfilar pacíficamente. Justamente para mantener incólume la disciplina del ejército en el caso de una revolución, el gobierno de la oligarquía terrateniente de Alemania ha evitado en lo posible utilizar a los militares en caso de huelgas. Esto es inteligente pero tampoco es una solución. Los reaccionarios que siempre están azuzando para una "solución militar" del problema obrero, no imaginan que de tal manera no hacen otra cosa que acelerar su propia destrucción. Si el gobiemo se ve obligado a utilizar a los militares contra acciones de masas del proletariado, esa arma pierde progresivamente su fuerza de cohesión. Es como una espada reluciente que impone respeto y puede producir heridas pero tan pronto como es utilizada, comienza a hacerse inútil. Y si la clase dominante pierde ese arma, pierde su último y más poderoso instrumento de fuerza y queda indefensa.

La revolución social es el proceso de disolución paulatina de todos los medios de poder de la clase dominante, especialmente del estado; el proceso de continuo crecimiento del poder del proletariado hasta su máxima plenitud. Al comienzo de tal período, el proletariado debe haber alcanzado un alto grado de comprensión y conciencia de clase, poder espiritual y sólida organización para estar capacitado en los difíciles combates que le esperan, pero, con todo esto es aún insuficiente. El prestigio del estado y de la clase dominante están quebrados ante las masas que los reconocen como sus enemigos, pero el poder material se mantiene incólume. Al fin del proceso revolucionario, nada queda de ese poder. El pueblo trabajador en su totalidad está allí presente como masa altamente organizada decidiendo su suerte con clara conciencia y capacitado para gobernar puede pasar a continuación a tomar en sus manos la organizacion de la producción.



En la Neue Zeít del 13 al 27 de octubre, el camarada Kautsky investiga en una serie de artículos "La acción de masa", las formas, condiciones y efectos de las acciones de grandes masas populares. Si bien esos artículos han aparecido porque en los últimos años se habla cada vez más en el partido de las acciones de masas, es necesario acotar desde un comienzo que el planteamiento mismo de la cuestión no corresponde al problema real que se da en la práctica. Kautsky subrava que, naturalmente, él no entiende bajo el concepto de acción de masas el hecho de que las acciones de la clase obrera organizada se hagan automáticamente más masivas a través del crecimiento de sus organizaciones, sino la aparición de grandes masas populares desorganizadas, a veces reuniéndose y luego separándose: "Aunque se compruebe que las acciones políticas y económicas toman cada vez más el carácter de acciones de masas, no está demostrado que ese modo especial de acción de masa que se designa sumariamente como acción de calle, esté llamado a jugar también un papel siempre más importante". Para Kautsky existen entonces dos formas de acción, que son en extremo diferentes. Por un lado las formas de lucha laboral hasta ahora conocidas en la cual un pequeño grupo del pueblo, los trabajadores organizados, que significan cuanto más un décimo del total de la masa desposeída, lleva adelante su lucha política y sindical. Por otro lado, la acción de la gran masa desorganizada, la de la "calle", que por algún motivo se rebela e interviene en el acontecer histórico. Para Kautsky se trata del hecho de si la primera forma será también en el futuro la única forma de movilización del proletariado, o también la segunda forma, la acción de la masa, ha de jugar igualmente un papel de importancia.


Pero cuando en las discusiones partidarias de los últimos años se enfatizó la necesidad, la inevitabilidad o lo adecuado de las acciones de masas, nunca se trató de una tal contraposición. La alternativa no es afirmar que nuestras luchas han de ser masivas o que la masa desorganizada habrá de aparecer en la escena política, sino otra cosa: una determinada y nueva forma de la actividad de los trabajadores organizados. El desarrollo del capitalismo moderno ha impuesto al proletariado con conciencia de clase esas nuevas formas de acción. Amenazado por el imperialismo con los mayores peligros, luchando por más poder dentro del estado, por más derechos, está obligado a hacer valer su voluntad contra las poderosas fuerzas del capitalismo en la forma más enérgica -más enérgica que los más encendidos discursos que puedan pronunciar en el parlamento sus representantes-. El proletariado debe reafirmarse a sí mismo, intervenir en la lucha política, tratando de influir al gobierno y a la burguesía con la presión de sus masas. Si nosotros hablamos de acciones de masas y su necesidad, nos referimos a la actividad política extraparlamentaria de la clase trabajadora organizada por medio de lo cual ella misma actúa sobre la política interviniendo en forma inmediata y no a través de representantes. Estas acciones no son lo mismo que la "acción de calle"; si bien las manifestaciones callejeras también son una de sus expresiones, su más poderosa forma es la huelga general realizada sin nadie en la calle. Las luchas sindicales, en las cuales las masas actúan desde un comienzo, no bien producen un efecto político de importancia se transforman por sí mismas en acciones políticas de masa. En el aspecto práctico de las acciones de masas se trata entonces de una ampliación del campo de actividad de las organizaciones proletarias.


Estas acciones de masas se diferencian en lo esencial de los movimientos populares de otras épocas históricas, que Kautsky investiga como acciones de masas. Allí se reunían las masas un instante galvanizadas por una misma fuerza social en una sola voluntad; luego la masa se desintegraba nuevamente en individuos aislados. En nuestro caso, en cambio, se trata de masas que ya antes estaban organizadas, su acción ha sido pensada y preparada con antelación y luego de concluída, la organización permanece. En las viejas acciones de masas, el objetivo sólo podía ser el derrocamiento de un régimen odiado, más tarde se trataría de la conquista momentánea del poder mediante un único acto revolucionario; pero como luego de alcanzar el primer objetivo la masa se desarticulaba nuevamente, el poder volvía a recaer en un pequeño grupo y cuando el pueblo intentaba afianzar su dominio por medio del derecho a votar, no era posible evitar un nuevo dominio de clase. En nuestro caso se trata también, por cierto, de la conquista del poder, pero nosotros sabemos que esto sólo es posible por medio de una masa popular socialista y altamente organizada. Por eso el objetivo inmediato de nuestras acciones es siempre una determinada reforma o concesión, el retroceso del poder del enemigo, pero también un paso adelante en la construcción del propio poder. Antiguamente el poder popular no podía ser construido continuamente y con seguridad; sólo podía surgir por un instante en erupciones violentas y repentinas para desalojar un poder intolerable, pero luego se diluía y una nueva dominación se extendía sobre la masa indefensa del pueblo.


Nuestro objetivo, la eliminación de todo dominio de clase, es solamente posible a través de la construcción lenta e imperturbable de un poder popular permanente hasta el punto que éste con su propia fuerza, aplastar simplemente al poder estatal de la burguesía hasta disolverlo por completo. Antes, los levantamientos populares debían conquistar sus objetivos por entero o fracasaban si su fuerza no alcanzaba para ello.
Nuestras acciones de masa no pueden fracasar; aún cuando el objetivo propuesto no fuera alcanzado, ellas no habrían sido en vano y aún derrotas temporales contribuirian a la gestación de los próximos triunfos. Las acciones de masas abarcaban sólo una pequeña parte de la población total: el levantamiento Y aglutinamiento de una parte del pueblo de la ciudad capital bastaba a menudo para derrocar un gobierno y de todos modos no era posible reunir mayor cantidad. Hoy día nuestras acciones de masas abarcan también en un primer momento a una minoría pero a medida que arrastran a círculos cada vez más amplios de la población antes indiferente y la incorporan a las filas de nuestro ejército, crece como producto del conjunto de las acciones de masas la acción de las grandes masas populares explotadas que hacen imposible la continuación de la dominación de clase.


Al poner de relieve en forma tan tajante la contraposición entre lo que en la práctica del partido y lo que en Kautsky se entiende como acción de masas, no queremos de ningún modo, hacer superflua su investigación. Pues no está descartado que aún en el futuro puedan estallar súbitos y poderosos levantamientos masivos desorganizados de millones de personas contra un gobierno. Kautsky demuestra detalladamente y con toda razón que el parlamentarismo y los movimientos sindicales, en lugar de hacer superfluas las acciones de masas directas, crean justamente las condiciones fundamentales para su realización. Carestía y guerra, que en el pasado impulsaban tan a menudo a las masas a levantamientos revolucionarios, aparecen hoy nuevamente como posibles a corto plazo. Por eso, es para nosotros tan importante estudiar la naturaleza, las causas y los efectos de tales acciones de masas espontáneas, en base al material de los hechos históricos.


Sin embargo, la forma en que Kautsky realiza esa investigación debe producirnos serias dudas. Ya las deducciones nos dejan entrever las fallas subvacentes en su razonamiento. ¿Cuál es en realidad la deducción que se ofrece al lector del segundo artículo, en el cual es investigada la entrada de las masas en la historia? La masa actúa a veces revolucionariamente, pero ella actúa también en forma reaccionaria; destruye a veces progresivamente y otras perjudicando; a veces se fracasa totalmente cuando se cuenta con su actuación.


Los efectos y formas de aparición de la acción de masas pueden ser entonces de muy diversos tipos. Es difícil estimarlas con anticipación pues las condiciones de las cuales dependen son de naturaleza altamente complicada. O actúan sorpresivamente superando toda expectativa o bien decepcionan.


Dicho en pocas palabras, nada se puede decir sobre el tema, no se puede contar con nada preciso, todo es casual e inseguro. Las consecuencias son: ninguna consecuencia; el resultado es: ningún resultado; a pesar de las muchas y valiosas observaciones particulares la investigación ha quedado sin resultados. ¿Cuál es la causa de esto? La causa no la podemos describir mejor que con las palabras que, hace siete años, usamos en una crítica de la concepción histórica teleológica. (Neue Zeit, XXIII, 2, p. 423, "Marxismus und Teleologie" [Marxismo y teleología]):


"Si se toma a la masa en forma de todo general, al pueblo entero, se encuentra que con la anulación mutua de puntos de vista y voluntades contrapuestas, no queda aparentemente nada más que una masa sin voluntad, caprichosa, descontrolada, sin carácter, pasiva, que oscila entre impulsos contradictorios, violentos arrebatos y pesada indiferencia, conocida imagen que los escritores liberales utilizan con preferencia cuando se refieren al pueblo. Realmente, a los investigadores burgueses les debe parecer que entre la infinita variedad de individuos, la abstracción del individuo es al mismo tiempo, abstracción de todo aquello que hace de un hombre un ser volitivo y vivo, de tal manera que sólo queda la masa como algo indefinido. Pues entre la más pequeña unidad, el individuo, y lo más general, la masa inerte dentro de la cual todas las diferencias están superadas, no conocen ningún eslabón intermedio: ellos no conocen la clase. Por el contrario, la fuerza de la concepción socialista de la historia es que introduce orden y sistema en la infinita variedad de las personalidades por medio de la división de la sociedad en clases. En cada clase se encuentran juntos individuos que tienen aproximadamente los mismos intereses, la misma voluntad, las mismas opiniones, que están contrapuestos a los de otras clases. Si diferenciamos específicamente en los movimientos de masas históricos a las clases, surgirá de pronto, de aquella imagen confusa y horrorosa, una imagen clara de la lucha entre las clases. Compárese sólo las exposiciones que hizo Marx de las revoluciones de 1848, con las de los autores burgueses. La clase es lo genérico en la sociedad que ha conservado al mismo tiempo sus contenidos particulares.

Cuando se pone de relieve lo particular para Ilegar a lo general -humano por excelencia- no queda al final nada preciso. Una ciencia de la sociedad puede tener contenido sólo si se ocupa de las clases en las que lo casual de los individuos particulares es superado y, al mismo tiempo, ha quedado en su forma pura, abstracta, lo esencial del ser humano, un determinado querer y sentir distinto en cada una de las clases."


Entre los discípulos de Marx ninguno ha demostrado más tajantemente el significado de esa teoría marxista como instrumento para el investigador de la historia que, justamente, Kautsky en sus escritos históricos. La brillante claridad que él aporta en todo momento deriva esencialmente de que penetra en el interior de las clases, de su situación, de sus intereses v concepciones y explica sus actos a partir de ello. Pero en este caso ha dejado de lado el instrumento marxista y por eso no llena a resultado alguno. En su exposición histórica no se habla en ningún lugar sobre el carácter de las masas. En polémica con Le Bon y Kropotkin enfoca sólo el momento psicológico, no-esencial; lo esencial, sin embargo, el momento económico del cual surgen precisamente las diferencias en la forma y objetivos de los movimientos de masas, queda sin ser considerado. La acción del lumpenproletariado, que sólo puede saquear y destruir sin un objetivo propio, la acción de los pequeñoburgueses que subieron a las barricadas en París, la acción de los modernos asalariados que, a través de una huelga general, obligan a reformas políticas, las acciones de los campesinos en países económicamente atrasados -como en 1808 en Espafía o en el Tirol-[1], todos estos movimientos son diferentes y pueden ser comprendidos en la particularidad de sus métodos y efectos considerando su situación de clase y los sentimientos de clase que se dan en ellos. Si los arrojamos a todos juntos sin distinción bajo la calificación de "acción de masa", sólo puede resultar de ello un guiso que produce precisamente lo contrario de la claridad. La descripción de la guerra de guerrillas española como una acción de masas reaccionaria que, a diferencia de los franceses, entregó el timón nuevamente al "desecho reaccionario" de "curas, terratenientes y cortesanos", puede que resulte muy simpático en los días de lucha contra el bloque azul-negro[2], pero no corresponde a los métodos históricos que emplea Kautsky en otros trabajos. Cuando él alude al combate de junio como un ejemplo disuasivo para la utilidad y edificación de la actual generación de una acción de masas provocada por el gobierno y ahogada en sangre, le falta señalar el hecho esencial: que estuvieron frente a frente dos masas, una proletaria y otra burguesa. Así, todo acontecimiento histórico tiene que caer bajo una luz distorsionante si se intenta subsumirlo bajo el concepto general y vacío de acción de masa, sin considerar su carácter esencial y específico.



Esta falla también está presente en el tercer artículo de Kautsky, en el que se considera "la transformación histórica de las acciones de masas". Aquí, donde se tratan las condiciones y efectos de movimientos masivos proletarios, nos ofrece Kautsky una cantidad de valiosas e importantes descripciones: Pero, a pesar de ello, el fundamento general de sus exposiciones nos obliga a criticarlo. Kautsky visualíza que las acciones de masas contemporáneas habrán de tener otro carácter que las antiguas; pero él busca la razón de las diferencias, ante todo en la organización y en el esclarecimiento. Pero por más poderosas que puedan ser imaginadas las acciona de masas que pudieran surgir de esa situación, no podrán tener nunca más el carácter que antes tenían. Los cuarenta años de derechos políticos populares y organización proletaria no pueden haber transcurrido sin dejar huellas. El número de individuos conscientes y organizados en la masa se ha hecho demasiado grande para que no se haga notar aún en explosiones espontáneas, aunque éstas surjan en forma imprevista, aunque la agitación sea enorme, aunque en ellas falte por completo una dirección planificada.

Aquí es dejada de lado la principal diferencia entre las acciones de masas antiguas y las actuales y futuras: la composición de clase completamente distinta de las masas modernas. También las masas desorganizadas de hoy día deben actuar en forma totalmente distinta a las de antes, pues unas eran burguesas mientras las otras son proletarias. Los movimientos de masa históricos eran acciones de masas burguesas; participaban en ellos artesanos, campesinos y trabajadores de pequeños talleres, con sentimientos pequeñoburgueses. Como esas clases eran individualistas a causa de la naturaleza de su economía, tenían que dispersarse de inmediato en individuos aislados no bien la acción hubiera pasado. Hoy día, las grandes masas capaces de acción están compuestas por proletarios, por trabajadores al servicio del gran capital, que poseen un carácter de clase fundamentalmente distinto y son, en su pensar, su sentir y su ser, completamente distintos de la vieja pequeña burguesía.


No es que ante esta diferencia en el carácter fundamental, la contraposición entre una masa organizada y una desorganizada resulte sin significado, pues estudio y experiencia significan mucho en miembros de la clase obrera con igual capacidad, pero pasa a segundo plano. Ha sido señalado repetidamente que no todos los sectores de la clase obrera pueden ser organizados en la misma medida. Precisamente, los trabajadores en las fábricas capitalistas más desarrolladas y concentradas, en los complejos de la industria pesada, en las empresas ferroviarias, en parte también en las minas, ofrecen más dificultades para la organización sindical que la gran industria menos concentrada. La causa es evidente: el poder del capital -o del estado como empresario- aparece ante los trabajadores como tan monstruosamente grande y aplastante que cualquier resistencia, aún por medio de la organización, parece no tener perspectiva. Esas masas son, en su más profunda esencia tan proletarias como ninquna otra, el trabajo al servicio del capital ha interiorizado en ellos una disciplina intuitiva. Las luchas han mostrado hasta ahora los signos de erupciones espontáneas pero en ellos mostraron una extraordinaria disciplina y solidaridad y una inconmovible firmeza en la lucha, de ello dan fe y son hermosos ejemplos los levantamientos en América en los últimos años de las masas que sirven a los trusts capitalistas. Por cierto, les faltó la experiencia, la comprensión, la persistencia, que pueden ser adquiridas recién luego de una larga práctica de lucha. Pero en ellas nada queda del viejo individualismo de la pequeña burguesía desorganizada. Su situación de clase hace que comprendan rápidamente las enseñanzas de la organización de la lucha de clases socialista y aprendan a aplicarlas. Cuando se los califica de no organizables o difíciles de organizar es sólo en relación a la forma de organización social actual, no a la disciplina de lucha y espíritu de organización, no a la capacidad de participar en las acciones de masas proletarias. No bien el poder del capital, a causa de algún acontecimiento pierde su carácter de aplastante e intocable, se integrarán a la lucha y no está descartado que jugarán un papel mayor en las acciones de masas, formarán batallones más valiosos aún que los de las masas actualmente organizadas.


Así se ensamblará la acción de las masas desorganizadas con la acción de las masas organizadas que analizábamos. Las acciones de masas, decididas por los trabajadores organizados, arrastran consigo círculos cada vez más grandes del proletariado y crecen así para realizar acciones de la clase proletaria en su conjunto.

La contraposición entre organizados y no-organizados que aparece hoy tan grande, desaparece -no porque éstos últimos se hagan admitir en los núcleos de las organizaciones existentes, pues no es del todo seguro que ellas se mantendrán sin modificaciones en la forma que hoy tienen-, sino en el sentido de que en estas formas de lucha todos han de poder ejercitar por igual su disciplina, su solidaridad, su conciencia socialista y su entrega a los intereses de la clase. La tarea de la socialdemocracia -en la forma de las organizaciones partidarias actuales o en cualquier otro organismo en el que tome cuerpo- es la de ser la expresión espiritual de aquello que vive en la masa, conducir su acción y darle forma unitaria.


La imagen que se obtiene de las explicaciones de Kautsky es muy distinta. Enlazando con el resultado de sus investigaciones históricas -que nada preciso se puede decir de una acción de masa-, él ve también en las futuras acciones de masas violentas erupciones que, completamente imprevisibles, irrumpirán sobre nosotros como catástrofes naturales, por ejemplo, como un terremoto. Hasta ese momento, el movimiento obrero habrá de continuar simplemente con su práctica actual: elecciones, huelgas, trabajo parlamentario, esclarecimiento. Todo continúa del viejo modo, ampliándose paulatinamente, sin cambiar nada esencial en este mundo hasta que, de pronto, despertado por una motivación externa crece un poderoso levantamiento de masas y quizás echa por tierra al régimen dominante. Exactamente de acuerdo con el viejo modelo de las revoluciones burguesas, con la sola diferencia de que ahora la organización del partido está lista para tomar el poder en sus manos, fijar los frutos del triunfo y, en lugar de las castañas, sacar a las masas del fuego para, como nueva capa dominante, consumirla preparando con ellas un banquete para todos. Es la misma teoría que hace dos años, durante el debate sobre la huelga de masas, fue sostenida por Kautsky -la teoría de la huelga de masas como un acto revolucionario único, hecho para derrocar la dominación capitalista de un solo golpe- que aparece aquí en nueva forma. Es la teoría de la espera inactiva; inactiva no en el sentido de que no se continúe con las formas ordinarias del trabajo parlamentario y sindical, sino en el sentido de que deja pasivamente que las grandes acciones de masas se aproximen como fenómenos naturales, en lugar de realizarlas activamente e impulsarlas cada vez en el momento justo.


Es la teoría que corresponde y que permite comprender la práctica de la dirección del partido, a menudo criticada, de mantenerse inactiva en los grandes momentos en los que era necesaria la acción del proletariado, y que en los periodos de lucha electoral la impulsa a acabar lo más pronto posible con las manifestaciones callejeras para que impere nuevamente el orden. En contraposición con nuestra concepción de la actividad revolucionaria del proletariado, el cual, en un período de acciones de masas en crecimiento, construye su poder desgastando cada vez más el poder del estado de clases, tenemos esa teoría del radicalismo pasivo que no espera ninguna transformación proveniente de la actividad consciente del proletariado. Kautsky coincide con el revisionismo en que nuestra actividad consciente se agota en la lucha sindical y parlamentaria. Por eso no es extraño que su práctica, demasiado a menudo -como hace poco en el acuerdo sobre el balotage- se aproxime a la táctica revisionista. Se diferencia del revisionismo en que éste espera la transición al socialismo por las mismas actividades impulsadas para el logro de las reformas, mientras Kautsky no comparte esas expectativas, sino que preve explosiones con carácter de catástrofes que irrumpen imprevistamente como venidas de otro mundo sin intervención de nuestra voluntad y que liquidarán al capitalismo. Es "la vieja y probada táctica" en su reverso negativo erigida en sistema.


Es la teoría de la catástrofe, conocida por nosotros hasta ahora sólo como un malentendido burgués, elevada a la categoría de enseñanza del partido. Para finalizar, dice Kautsky:


"Si vemos que en el período próximo la situación política y social está grávida de catástrofes, ello surge de nuestra concepción de esta situación particular y no de una teoría general. Pero, ¿surge de la peculiaridad de la situación la necesidad de una táctica particular y nueva? Algunos de nuestros amigos así lo afirman. Tienen la intención de revisar nuestras tácticas. Al respecto podría hablarse con mayor detenimiento si presentasen proposiciones concretas. Ello no ha ocurrido hasta la fecha. Ante todo habría que saber si lo que se exige son nuevos fundamentos tácticos o nuevas medidas tácticas."

A esto es fácil responder que nosotros no necesitamos hacer propuestas. La táctica que nosotros consideramos como correcta ya es la táctica del partido. Ella se ha impuesto prácticamente en las manifestaciones de masas sin que fuera necesario para ello propuestas concretas. Teóricamente el partido las ha aceptado en las Resoluciones de jena, donde se habla de la huelga de masas como medio para la conquista de nuevos derechos políticos. Esto no quiere decir que nosotros estemos contentos con la práctica de los últimos años, pero no se puede sugerir como nueva táctica que la dirección del partido deba considerar como tarea suya frenar en lo posible las acciones de masa del proletariado o prohibir las discusiones sobre la táctica. Si nosotros, a menudo, hablamos de una nueva táctica, lo hacemos no en el sentido de proponer nuevos principios o medidas -que se actue cada vez como lo exija la situación es para nosotros, por supuesto, condición previa- sino para aportar una comprensión teórica clara sobre aquello que realmente ocurre. La táctica del proletariado se transforma, o mejor, se amplía en la medida en que incluye nuevos y más poderosos medios de lucha. Nuestra tarea como partido es despertar en las masas una clara conciencia de este hecho, de sus causas y también de sus consecuencias. Nosotros debemos aclarar exhaustivamente que la situación que deriva del aumento de las luchas de masas no es casual, de la cual no se puede decir nada, sino que es una situación persistente y normal para el último período del capitalismo. Nosotros debemos señalar que las acciones de masa realizadas hasta el momento son el comienzo de un período de la lucha de clases revolucionaria, en el cual el proletariado, en lugar de esperar pasivamente que catástrofes exteriores estremezcan al mundo, él mismo, en constante ataque y avanzando por medio de su trabajo sacrificado, debe ir construyendo su poder y su libertad.





Esta es la "nueva táctica" que, con toda razón, podría ser llamada la continuación natural de la vieja táctica en su lado positivo.


Describíamos más arriba la lucha constitucional como una lucha en la cual las armas de ambas clases se median para debilitarse mutuamente. Pero es claro que el objetivo, los derechos políticos fundamentales, son sólo la forma externa, la ocasión, mientras que el contenido esencial de la lucha consiste en que las clases van a la batalla con sus armas para buscar el aniquilamiento de las del enemigo. Por eso la misma lucha puede encenderse también por otros motivos; no es seguro que sólo por el derecho del voto en Prusia o en el Reichstag surgirán estas grandes luchas por el poder, aunque, por supuesto, la destrucción del poder de la burguesía por sí misma traería consigo una constitución democrática. El desarrollo imperialista crea siempre nuevos motivos para violentos levantamientos de las clases explotadas contra el dominio del capital, en los cuales todo su poderío salta hecho pedazos. El más importante de estos motivos es el peligro de la guerra.


A menudo se encuentra el concepto de que en tal caso no se debe hablar simplemente de un peligro. Las guerras han sido siempre fuerzas productoras de grandes transformaciones en el mundo, que han preparado el camino a las revoluciones. Mientras las masas populares tolerarían largo tiempo y pacientemente la dominación del capital, sin energía para levantarse en su contra por considerar intocable a ese dominio, la guerra, sobre todo cuando transcurre desfavorablemente, los incita a la acción, debilita la autoridad del régimen dominante, desenmascara sus debilidades y se desmorona fácilmente bajo el ataque de las masas. Esto es correcto sin lugar a dudas, y ahí reside la razón por la cual la existencia de una clase trabajadora con sentido revolucionario en los últimos decenios conforma la fuerza más poderosa para el mantenimiento de la paz. La indiferencia y la no participación de las masas, los dos pilares más sólidos para el dominio del capital, desaparecen en las épocas de guerra; el apasionamiento creciente de un proletariado en el cual están firmemente enraizadas las enseñanzas del socialismo, no se ha de volcar en agitación nacionalista, como masas no esclarecidas, sino en decisión revolucionaria que se ha de volver en la primera oportunidad contra el gobierno. Eso lo sabe también el gran capital y por eso se ha de cuidar de conjurar con ligereza una guerra europea que ha de significar simultáneamente una revolución europea. De esto no se deduce en absoluto que nosotros debamos desear en silencio que venga una guerra. Aún sin guerra el proletariado ha de estar en condiciones, por el conocimiento constante de sus acciones, de arrojar por la borda la dominación del capital.


Solamente quien desespera que el proletariado sea capaz de acciones autónomas puede considerar que una guerra ha de crear las condiciones previas necesarias para una revolución. El asunto es justamente al revés. Nosotros no debemos contar con demasiada seguridad que la conciencia del peligro revolucionario en los gobernantes ha de alejar de nosotros la amenaza de una guerra. Las ansias imperialistas por el botín y las peleas que de ello se derivan pueden conducirlos a una guerra que ellos no han querido directamente. Y cuando el movimiento revolucionario en un país se ha vuelto tan peligroso que amenaza muy de cerca el dominio capitalista, entonces no tiene éste nada peor que temer de una guerra y tratará con facilidad de apartar de sí aquel peligro desencadenándola. Pero para la clase obrera una guerra significa el peor de los males. En nuestro mundo moderno capitalista una guerra es una terrible catástrofe que en medida mucho mayor que en guerras anteriores habrá de aniquilar el bienestar y la vida de masas innumerables. Es la clase obrera la que ha de probar todos los sufrimientos de esta catástrofe y de ahí se desprende que habrá de poner todos sus esfuerzos en impedir la guerra. La pregunta que debe ocupar sus pensamientos no es ¿qué pasará después de la guerra? Aquí reside una de las cuestiones tácticas más importantes para la socialdemocracia internacional, que ha ocupado ya a varios congresos y donde ha recibido algunas respuestas. Kautsky se ocupa del tema en su artículo del mayo del año pasado: "Krieg un Frieden" [La guerra y la paz] (Neue Zeit, XXIX, 2, 1911, p.97).


Él se plantea allí la cuestión de si los trabajadores, a través de una huelga general ("una huelga de toda la masa de los trabajadores") podría impedir o asfixiar en germen a una guerra y responde: bajo ciertas condiciones esto es ciertamente posible. Donde un gobierno frívolo y estúpido prepara las condiciones para una guerra y donde no amenaza ninguna invasión enemiga -como por ejemplo en la guerra española contra Marruecos-[3], allí puede una huelga general contra el gobierno forzar la paz, (lástima que el proletariado español fue demasiado débil para eso). Ahora bien, resulta claro que ese caso corresponde solamente a relaciones capitalistas muy subdesarrolladas, donde no es toda la masa de la burguesía la que está interesada en la aventura de la guerra, sino un pequeño grupo, y donde por tanto hay un partido burgués presto a tomar el lugar del gobierno derrocado y por otra parte el proletariado es débil y no significa un peligro. Donde el proletariado es suficientemente fuerte para realizar una huelga general de tal magnitud faltan por lo general esas condiciones. Kautsky no considera sin embargo estas relaciones de clases, sino que plantea otra contradicción:


"La cosa es muy distinta donde una población con razón o sin razón se siente amenazada por su vecino, cuando ella ve en él y no en su propio gobierno la causa de la guerra y cuando el vecino no es tan inofensivo como, por ejemplo, en Marruecos -quien no podría jamás hacer la guerra a España- sino que se trata de alguien que realmente amenaza con penetrar en el territorio. Nada teme más un pueblo que a una invasión extranjera. Los horrores de una guerra en la actualidad son terribles para cada una de las partes en litigio, aún para el vencedor. Pero para el más débil, a cuyos territorios es llevada la guerra, se tornan el doble o el triple de penosos. El pensamiento que tortura hoy día a los franceses e ingleses en la misma medida , es el temor de una invasión del superpoderoso vecino alemán. Se ha llegado tan lejos que la población no ve la causa de la guerra en el propio gobierno sino en la maldad del vecino. ¡Y que gobierno no ha de intentar hacer creer a las masas de la población estos puntos de vista con ayuda de la prensa, sus parlamentarios y sus diplomáticos! Bajo tales condiciones se llega al estado de guerra, entonces se enciende en la población entera, unánimemente, la ardiente necesidad de asegurar la frontera ante el malvado enemigo, de protegerse contra su invasión. Todos, en un primer momento, se transforman en patriotas, aun aquellos con sentimientos internacionalistas, y si algunos aisladamente tienen la valentía sobrehumana de oponerse a esto y querer impedir que los militares corran hasta la frontera y sean aprovisionados abundantemente con material de guerra, en tal caso el gobierno no necesitará mover un solo dedo para hacerlo inofensivo. La multitud enfurecida lo despedazaría con sus propias manos."


Si nosotros no hubiéramos conocido, a través de la observación de la acción de masa, una prueba muy distinta de la que aporta ese tipo de apreciación histórica, apenas se podría creer que esas frases provienen de la pluma de Karl Kautsky. La más poderosa realidad de la vida social, el hecho fundamental de la conciencia socialista, la existencia de clases con sus intereses y concepciones específicos y contrapuestos han desaparecido completamente para él. Entre proletarios, capitalistas, pequeñoburgueses no hay diferencias. Todos en conjunto se han transformado en la "población entera" que "unánimemente" está unida contra el maligno enemigo. Y no solamente la instintiva intuición de clase se ha disuelto en la nada sino también las enseñanzas del socialismo, transmitidas durante decenios. Los socialdemócratas -aquí sugeridos con la tímida expresión "aquellos con sentimientos internacionalistas"- se han transformado todos, salvo algunas excepciones, en patriotas. Todo lo que ellos sabían hasta ahora sobre los intereses del capital como causa de las guerras, ha sido olvidado. La prensa socialdemócrata, que aclara a más de un millón de lectores sobre las fuerzas impulsoras de la guerra, parece haber desaparecido completamente o haber perdido su influencia como por arte de magia. Los trabajadores socialdemócratas que, en las grandes ciudades forman la mayoría de la población, se han transformado en una "multitud" que asesina enfurecida a todo aquel que osa oponerse a la guerra. Así como es superfluo demostrar que toda esa explicación nada tiene que ver con la realidad, es de primordial importancia el investigar cómo es posible que se dé, cuales son los fundamentos de los que surge esa explicación.


Esta tiene su origen en una concepción de la guerra que refleja antiguas condiciones y efectos de la guerra, pero que no concuerdan con las condiciones que se dan en la actualidad. Desde la última gran guerra europea, la estructura de la sociedad ha cambiado completamente. Durante la guerra franco-alemana, Alemania era, tanto como Francia, un país agrario con sólo algunas áreas industriales distribuidas en sus territorios. Pequeños campesinos y pequeña burguesía dominaban el carácter de la población. Los efectos de la guerra, tal cual perviven en el recuerdo de las gentes, vuelven a aparecer en cada descripción y son también determinantes en las explicaciones de Kautsky: se trata de sus efectos sobre la economía agraria y sobre la pequeña burguesía. Para estas clases, el horror de la guerra consiste -fuera del peligro vital para los que hacer servicio militar obligatorio-, ante todo, en la invasión enemiga que pisotea sus tierras de cultivo, destruye viviendas, les impone los más pesados impuestos y contribuciones y de esa manera destruye su bienestar logrado con tanto sacrificio. Las regiones donde la guerra tiene lugar son arrasadas de la peor manera; donde no llega la guerra se sufre menos. La vida económica transcurre allí en sus cauces acostumbrados; las mujeres, los jóvenes y los ancianos pueden, en caso de necesidad, hacer los trabajos de la tierra y sólo la pérdida o la mutilación de los que ha ido a la guerra puede golpear duramente a las familias aisladas.


Así fue en 1790. Hoy la cosa es muy distinta para los grandes Estados, sobre todo Alemania. El capitalismo, altamente desarrollado, ha hecho de la vida económica un organismo entrelazado y altamente sofisticado en el cual cada parte depende estrechamente del todo. Pasó la época en la que el pueblo y la ciudad eran casi autosuficientes. Campesinos y pequeñoburgueses han sido atraídos al ámbito de la producción de mercancías capitalista. Cada interrupción de ese sensible mecanismo de producción arrastra consigo a toda la masa de la población. De este modo, los efectos de la guerra, sus efectos para el proletariado y para todos los que son dependientes del capitalismo, se han hecho de naturaleza muy distinta que los tradicionales. Sus horrores no consisten más en algunas tierras devastadas y pueblos quemados, sino en la detención de la vida económica entera. Una guerra europea, sea una guerra territorial que llama a campos de batalla a varios millones de jóvenes, o una guerra marítima que impide el comercio y con ello el abastecimiento de materias primas y alimentos para la industria, significa una crisis económica de enorme impacto, una catástrofe que llega hasta los más apartados rincones del país, que ciega las fuentes de la vida de los más amplios sectores del pueblo. Nuestro organismo altamente desarrollado se paraliza, mientras monstruosas cantidades de hombres armados con las más modernas y perfectas armas de guerra se lanzan como máquinas a destruirse unos a otros. En esta crisis son destinados valores de capital frente a los cuales el valor de las casas quemadas y los sembradíos pisoteados son bagatelas y superan quizás los costos de guerra directos. El horror de una guerra semejante no está limitado y apenas concentrado en las zonas donde tienen lugar las batallas, sino que se extiende por todo el país. Aun cuando el enemigo se mantenga fuera, la catástrofe en el propio país no es menos grande. Para un país capitalista moderno, la gran desgracia no consiste en la invasión de un enemigo sino en la guerra misma, ella es la que empuja a la clase obrera, que es la que más debe sufrir por la crisis, a realizar acciones en su contra. El objetivo de esa acción, capaz de conmover a las masas al máximo, no es tener a distancia al enemigo, como en los viejos tiempos agrarios, sino impedir la guerra.


Ese objetivo ha sido siempre para la clase obrera el decisivo. En los congresos internacionales la cuestión no era nunca si se debía tratar de impedir la guerra o bien se debía correr a las fronteras como buenos patriotas, sino cuál sería la mejor manera de impedir la guerra. En el análisis de las acciones específicas para realizarlo domina demasiado a menudo un concepto mecánico, como si se las pudiera decidir a priori, ponerlas a funcionar y que todo transcurriera como sobre rieles. La socialdemocracia, en lugar de aparecer aquí como expresión consciente del apasionamiento de las masas proletarias acuciadas por los más profundos intereses de clases, aparece como una "sexta potencia" que, cual una gigantesca sociedad secreta, en el instante en que los cañones comiencen a disparar, aparece en escena y trata de hacer fracasar las operaciones militares de las otras grandes potencias por medio de sus maniobras inteligentemente ideadas. Esta concepción mecánica está en la base de la idea, anteriormente sostenida por los anarquistas y hace poco nuevamente levantada en Copenhague por los franceses e ingleses[4], de que, por medio de una huelga de los trabajadores del transporte y de las fábricas de municiones, se podría jugar a los gobiernos belicistas una mala pasada. Con plena razón se opone Kautsky a esa idea y subraya que sólo una acción de la clase obrera entera puede ejercer presión sobre un gobierno.


Pero también en sus propias reflexiones se transparenta esa concepción mecánica en la medida en que él trata de descubrir bajo qué condiciones puede alcanzar sus objetivos una huelga general para impedir la guerra. El proletariado, entonces, tiene que decidir: o bien la cosa es favorable a nosotros, realizamos la huelga general y le arruinamos el plan al gobierno, o bien la situación para una acción de ese tipo es desfavorable, entonces no tenemos nada que hacer, haremos lo que los berlineses en 1848 que arruinaron con astucia los planes violentistas de la reacción dejando entrar a las tropas en la ciudad sin oponer resistencia y dejándose desarmar. Entonces no pongamos ningún obstáculo al gobierno y dejémonos enviar voluntariamente a las fronteras. Puede ser entonces que los hechos se desarrollen así en alguna teoría o en la cabeza de los dirigentes que creen que su sabiduría está llamada a preservar al proletariado de cometer tonterías. Pero, en la realidad de la lucha de clases, donde se impone la voluntad apasionada de las masas, no se presenta tal alternativa. En un país altamente capitalista, donde la masa proletaria siente su fuerza como la gran fuerza popular, tiene que actuar cuando vea que la peor de las catástrofes está por caer sobre su cabeza. Ella debe hacer el intento de impedir la guerra por todos los medios. Si piensa que puede evitar la decisión con astucias, tal actitud sería una entrega sin lucha y la peor de las derrotas; y recién cuando sea derrotada y abatida en el intento podrá reconocer su debilidad.


Por supuesto, no se trata de si esto es recomendable o bueno. El objeto de estas reflexiones no es cómo los trabajadores podrían actuar sino cómo ellos deben actuar. Las decisiones o resoluciones de presidentes, cuerpos burocráticos o aún de las mismas organizaciones no son las decisivas sino los profundos efectos que los acontecimientos tienen sobre las masas. Si nosotros hablamos arriba de deber no significa que en nuestra opinión, no pueda ocurrir otra cosa, sino que ello ha de imponerse con la fuerza de una necesidad natural. En tiempos ordinarios existe siempre en las concepciones partidarias un tanto de tradición "que oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos"[5]. Épocas de guerra son como épocas de revoluciones, tiempos de la más grande tensión espiritual, se rompe la incuria cotidiana y pierden su fuerza los pensamientos rutinarios ante los intereses de clase que, con claridad de fuerza elemental, entran a la conciencia de las masas violentamente sacudidas. Junto a estas nuevas concepciones y objetivos surgidos espontáneamente de los enormes efectos de las grandes transformaciones, palidecen los programas partidarios tradicionales y los partidos y grupos salen del crisol de esos períodos críticos totalmente transformados. Un ejemplo instructivo de esto lo ofrecen los efectos de la guerra de 1866 sobre la burguesía europea. Ella reconoció allí que el bello programa progresista no correspondía a sus más profundos intereses de clase. Una parte de los electores abandonó a los parlamentarios liberales y una parte de los parlamentarios abandonaron el programa y se declararon por el nacionalismo y la reacción gubernamental.


Esto no quiere decir que las decisiones del partido sean algo que no deba tenerse en cuenta. Ellas comprometen ciertamente el futuro y expresan con qué grado de claridad el partido es capaz de preverlo. Pero cuanto mejor pronostique el partido el inevitable proceso de desarrollo y sus propias tareas en él, tanto más exitosas y compactas serán las acciones del proletariado. La tarea del partido consiste en dar forma unitaria a la acción de las masas proletarias haciendo clara conciencia en ellas de lo que motiva a esas masas con pasión, reconociendo con justeza lo que ellas necesitan en cada instante, colocándose a la vanguardia y dando así a la acción un poderoso impulso. Si no llegara a estar a la altura de esta tarea, no llegaría, por cierto, a impedir explosiones de las masas que lo sobrepasarán, pero a través del conflicto entre disciplina de partido y energía de la lucha proletaria, a causa de la falta de unidad entre conducción y masa, las grandes acciones se habrían de hacer confusas, desordenadas, atomizadas y disminuirían extraordinariamente su fuerza y efecto. Decisiones del partido, programas y resoluciones no determinan el desarrollo histórico, sino que son determinados por nuestra comprensión del inevitable desarrollo histórico. Esta verdad debe ser planteada siempre a aquellos que creen que el partido puede hacer o impedir un movimiento revolucionario; me refiero a los adversarios burgueses que denuncian con gran escándalo a la socialdemocracia como si ésta tuviera los planes para impedir una guerra, al mismo tiempo que una orden de movilización lista y guardada en un cajón secreto. Pero aquí no debe pasarse por alto que el partido, con sus decisiones, como es natural, conforma, al mismo tiempo, una parte viviente, activa, del desarrollo histórico. Él no puede ser otra cosa que el núcleo combativo de toda acción proletaria y por eso se gana, con razón, todo el odio con el que los defensores del capitalismo persiguen a cada movimiento revolucionario.


Desde distintas procedencias -por sus propios portavoces como defensa contra ataques nacionalistas, por camaradas extranjeros como reproche- ha sido puesto a menudo de relieve como especialmente importante el hecho de que los trabajadores alemanes han renunciado hasta ahora a decidirse en la aplicación de ciertas medidas para evitar la guerra. Se puede citar en contra de esta afirmación a la Resolución de Stuttgart[6], que deja abierta la aplicación de cualquier medida que sirva al objetivo. Pero de todos sería incorrecto dar a esto demasiada importancia, poner sobre ello demasiado peso. Más que de las decisiones del partido, depende esto del espíritu que llena a las masas. Hasta el momento, sin embargo, la posición retraida al respecto correspondió al prudente espíritu de las masas que sentían instintivamente que ellas no estaban preparadas para una lucha contra el poder entero del estado militar más fuerte. Pero con el constante crecimiento del poder proletario tiene que darse en un momento dado un cambio cuyos síntomas ya se han podido observar en repetidas ocasiones. Una clase obrera que ha pasado por cuarenta años de un intensivo esclarecimiento socialista, no se ha de dejar arrastrar a los campos de batalla con un sentimiento de total impotencia. El proletariado alemán, que es el primero en el mundo en cuando a su fuerza de organización, no puede estar ni tranquilo ni inactivo frente a las maquinaciones del capital internacional, ni confiarse en pretendidas tendencias pacifistas del mundo burgués. No podrá hacer otra cosa que intervenir no bien surja el peligro de guerra y contraponer a los medios de poder del gobierno su propio poder.
Qué formas habrán de adoptar esas acciones depende esencialmente de la magnitud del peligro y de las acciones del enemigo, de la clase dominante. Ellas se basan, en su forma más simple, en el hecho de que el capital ha de contener sus deseos de lanzarse a una guerra por temor al proletariado. Si el proletariado es impotente, indiferente, inmóvil, entonces la burguesía estima que por ese lado el peligro no es muy grande y se animará más fácilmente a una guerra. Las acciones de protesta del proletariado tienen, por eso, en su primera forma, el carácter de un llamado de atención para que la clase dominante se haga consciente del peligro y se sienta convocada a la prudencia. Contra la propaganda de guerra de los círculos capitalistas interesados se debe ejercer, mediante manifestaciones internacionales, una presión intimidatoria contra los gobiernos. Sin embargo, cuanto más amenazante se torne el peligro de guerra, con tanto más énfasis se debe sacudir al os más amplios sectores populares, tanto más enérgicas y duras se deben organizar las manifestaciones, sobre todo cuando se intente desde la parte adversaria reprimirlas por la violencia. Pues se trata en ese caso de una cuestión vital para el proletariado que habrá de recurrir finalmente al medio más fuerte, por ejemplo, la huelga general. Así se desarrolla la lucha entre la voluntad de la burguesía de hacer la guerra y la voluntad de paz del proletariado, formando parte de una gran lucha de clases en la que es válido todo lo que se dijo antes sobre las condiciones y efectos de las acciones de masas para conquistar el derecho al voto. Las acciones contra la guerra harán conscientes a los más amplios sectores, los movilizarán y los arrastrarán a la lucha, debilitarán el poder del capital y aumentarán el poder del proletariado. Impedir la guerra que, en la concepción mecánica aparecía como un plan inteligentemente elucubrado con anterioridad, en el momento crucial, sólo podrá ser el resultado final de una lucha de clases que crezca de una acción a otra hasta su más alto nivel de intensidad para que de ella emerja el poder estatal sensiblemente debilitado y el poder del proletariado acrecentado hasta su máxima expresión.


Kautsky plantea la contradicción: sólo cuando nosotros dominamos desaparece el peligro de guerra. Mientras el capitalismo ejerza su dominio, no será posible evitar una guerra. En esa tajante contraposición de dos formaciones sociales que, sin transición y al mismo tiempo, por un vuelco imprevisto, se transforman la una en la otra, no ve Kautsky el proceso de la revolución, en el cual el proletariado, por su intervención activa, construye paulatinamente su poder y el dominio del capital se desmorona pedazo a pedazo. Por eso, frente a su contraposición, el concepto intermedio de la "praxis transformadora": justamente la lucha por la guerra, el intento inevitable del proletariado de impedir la guerra, se transforma en un episodio en el proceso de la revolución, en una parte esencial de la lucha proletaria por la conquista del poder.


[1*] Dejamos de lado el mostrar cómo esos factores crecen sin interrupción por medio de las luchas parlamentarias y sindicales y nos remitimos a nuestro trabajo: "Die taktischen Differenzen in der Arbeiterbewe". [Las diferencias tácticas en el movimiento obrero], donde hemos tratado el tema ampliamente.


[1] Se trata de la insurrección de los campesinos tiroleses, encabezados por Andreas Hofer, y de la guerra de liberación contra las tropas napoleónicas en 1809.
[2] Con la designación de "bloque azul-negro" se hace referencia a la coalición de fuerzas conservadoras que luchavan por imponer un régimen clerical-camperisno basado en la proscripción de los socialdemócratas alemanes.
[3] Se refiera a la guerra colonialista llevada a cabo por España contra los marroquíes, utilizando el pretexto de la construcción del ferrocarril Melilla-Desulam, desde 1910 hasta 1914.
[4] Se refiere al Congreso Socialista Internacional de Copenhague, reunido desde el 28 de agosto hasta el 3 de septiembre de 1910 y la solución propugnada por Keir Hardie (delegado inglés) y Vaillant (delegado francés) para frenar una eventual guerra mundial. La propuesta, que exortaba al proletariado a realizar una huelga general en las industrias de armamento, las minas y los transportes, tropezó con la oposición de los delegados alemanes y fue rechazada por una fuerte mayoría.
[5] La frase es de Marx, en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.
[6] El Congreso Socialista Internacional de Stuttgart se celebró del 18 al 24 de agosto de 1907. La Resolución que menciona Pannekoek versa sobre el problema de la guerra y dice:
"El Congreso declara: Ante una guerra inminente, es deber de la clase obrera en los países involucrados, así como de sus representantes en el parlamento con la ayuda del Buró Internacional, fuerza de acción y de coordinación, hacer todos los esfuerzos para impedir la guerra con todos los medios que les parezcan más apropiados y que varían naturalmente según la situación de la lucha de clases y la situación política general.
No obstante, en el caso de que la guerra estallara, tienen el deber de intervenir para hacerla cesar prontamente y utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra para agitar las capas más profundas y precipitar la caída de la dominación capitalista."






Anton Pannekoek.  Teoría Marxista y Táctica Revolucionaria 1912


Título original: "Marxistische Theorie und revolutionäre Taktik"

Publicado: en Die Neue Zeit, XXXI, Nº 1, 1912. Traducido al inglés por D. A. Smart. Primera publicación en El marxismo de Pannekoek y Gorter, Pluto Press, 1978.
Traducido: del inglés por Roi Ferreiro para el CICA, última revisión julio del 2005.
Digitalización: Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques




Índice:
Teoría Marxista y Táctica Revolucionaria



1. Nuestras diferencias

Durante varios años atrás, un profundo desacuerdo táctico ha estado desarrollándose en una serie de cuestiones entre aquéllos que habían compartido previamente un terreno común como marxistas, y habían luchado juntos contra el revisionismo en nombre de la táctica radical de la lucha de clases. Vio la luz por primera vez en 1910, en el debate entre Kautsky y Luxembourg sobre la huelga de masas; luego vino la disensión sobre el imperialismo y la cuestión del desarme; y finalmente, con el conflicto sobre el pacto electoral realizado por el ejecutivo del Partido y la actitud a ser adoptada hacia los liberales, los problemas más importantes de la política parlamentaria se convirtieron en el sujeto de la disputa.

Rosa Luxemburgo. La Huelga de masas, partido político y los sindicatos (1906)



Uno puede lamentar este hecho, pero ninguna lealtad de partido puede exorcizarlo; solamente podemos arrojar luz sobre él, y ésto es lo que demanda el interés del partido. Por un lado, deben identificarse las causas de la disensión, para mostrar que es natural y necesaria; y, por el otro, el contenido de las dos perspectivas, sus principios más básicos y sus implicaciones de mayor alcance, deben extraerse de las formulaciones de las dos partes, de modo que los camaradas del partido puedan orientarse y escoger entre ellas; ésto sólo es posible a través de la discusión teórica.


La fuente de los recientes desacuerdos tácticos se ve claramente: bajo la influencia de las formas modernas del capitalismo, se han desarrollado nuevas formas de acción en el movimiento obrero, o sea, la acción de masas. Cuando inicialmente hicieron su aparición, fueron bienvenidas por todos los marxistas y fueron aclamadas como un signo de desarrollo revolucionario, un producto de nuestra táctica revolucionaria. Pero, en la medida que el potencial práctico de la acción de masas se desarrollaba, empezó a plantear nuevos problemas; la cuestión de la revolución social, hasta ahora una meta última distante e inalcanzable, se convertía ahora en un problema vivo para el proletariado militante, y las tremendas dificultades implícitas se hicieron claras para todos, casi como una materia de experiencia personal. Esto dio lugar a dos tendencias de pensamiento: una asumía el problema de la revolución, y analizando la efectividad, importancia y potencial de las nuevas formas de acción, buscaba asir cómo el proletariado sería capaz de cumplir su misión; la otra, como encogiéndose ante la magnitud de esta perspectiva, andaba a tientas entre las viejas formas de acción parlamentarias, en busca de tendencias que harían posible posponer por ahora el emprender la tarea. Los nuevos métodos del movimiento obrero han dado lugar a una escisión ideológica entre aquéllos que previamente defendían las tácticas de partido marxistas radicales.


En estas circunstancias, es nuestro deber como marxistas clarificar las diferencias hasta donde sea posible por medio de la discusión teórica. Esto es por lo que, en nuestro artículo “Acción de masas y Revolución”, perfilamos el proceso de desarrollo revolucionario como una inversión de las relaciones de poder de clase para proporcionar una exposición básica de nuestra perspectiva, e intentamos clarificar las diferencias entre nuestras visiones y aquéllas de Kautsky en una crítica de dos artículos suyos. En su réplica, Kautsky desplazó el problema a un terreno diferente: en lugar de disputar la validez de las formulaciones teóricas, él nos acusó de querer imponer las nuevas tácticas al Partido. En el Leipziger Volkszeitung [El Periódico del Pueblo de Leipzig] del 9 septiembre, nosotros mostramos que esto volvía del revés todo el propósito de nuestra argumentación.


Nosotros habíamos intentado, en la medida en que era posible, clarificar las distinciones entre las tres tendencias, dos radicales y una revisionista, que ahora se confrontan entre sí en el Partido. El camarada Kautsky parece haber errado la clave de todo este análisis, una vez que comenta irritadamente: “Pannekoek ve mi pensamiento como puro revisionismo.”


Lo que nosotros estábamos argumentando era, por el contrario, que la posición de Kautsky no es revisionista. Por la misma razón de que muchos camaradas juzgaban mal a Kautsky porque estaban preocupados con la dicotomía radical-revisionista de debates anteriores, y se preguntaban si se estaba volviendo gradualmente revisionista --por esta misma razón era necesario hablar claro y considerar la práctica de Kautsky en términos de la naturaleza particular de su posición radical--. Mientras que el revisionismo busca limitar nuestra actividad a las campañas parlamentarias y sindicales, a la consecución de reformas y mejoras que evolucionarán de modo natural hacia el socialismo --una perspectiva que sirve de base para la táctica reformista dirigida solamente a beneficios a corto plazo--, el radicalismo enfatiza la inevitabilidad de la lucha revolucionaria por la conquista del poder que está ante nosotros y, por consiguiente, dirige su táctica hacia la elevación de la conciencia de clase y la incrementación del poder del proletariado. Es acerca de la naturaleza de esta revolución en lo que nuestras visiones divergen. Por lo que respecta a Kautsky, ésta es un acontecimiento del futuro, un apocalipsis político, y todo lo que tenemos que hacer entretanto es prepararnos para la confrontación final juntando nuestras fuerzas y agrupando e instruyendo a nuestras tropas. En nuestra visión, la revolución es un proceso cuyas primeras fases estamos experimentando ahora, pues es sólo mediante la lucha por el poder mismo como las masas pueden agruparse, instruirse y constituirse en una organización capaz de tomar el poder. Estas concepciones diferentes conducen a evaluaciones completamente diferentes de la práctica actual; y está claro que el rechazo de los revisionistas a cualquier acción revolucionaria y el aplazamiento de Kautsky de la misma a un futuro indedeterminado se enlazan para unirles en muchos de los problemas actuales sobre los cuales ambos se nos oponen.

Esto, por supuesto, no quiere decir que estas corrientes formen grupos distintos, conscientes, en el Partido: en cierta medida no son más que tendencias de pensamiento contrapuestas. Tampoco significa oscurecer la distinción entre el radicalismo kautskiano y el revisionismo, sino meramente un acercamiento que, no obstante, se volverá cada vez más pronunciado en tanto se afirme la lógica interna del desarrollo, pues el radicalismo que es real pero aún pasivo no puede más que perder su base de masas. Necesario como era guardar los métodos tradicionales de lucha en el periodo en que el movimiento estaba desarrollandose incipientemente, ha llegado el momento obligado en el que el proletariado aspirará a transformar su elevado conocimiento de su propio potencial en la conquista de nuevas posiciones de poder decisivas. Las acciones de masas en la lucha por el sufragio en Prusia testifican esta determinación. El revisionismo era él mismo una expresión de esta aspiración por lograr resultados positivos como fruto del creciente poder; y, a pesar de las desilusiones y fracasos que ha traído, debe su influencia principalmente a las nociones de que la táctica de partido radical significa simplemente la espera pasiva sin conseguir beneficios definidos y que el marxismo es una doctrina del fatalismo. El proletariado no puede descansar de la lucha por nuevos avances; aquéllos que no están preparados para dirigir esta lucha en un curso revolucionario serán, cualesquiera que sean sus intenciones, empujados más y más hacia el camino reformista de perseguir resultados positivos por medio de la táctica parlamentaria particular y de las negociaciones con otros partidos.

2. Clase y masas


Nosotros argumentábamos que el camarada Kautsky se había dejado en casa sus herramientas analíticas marxistas en su análisis de la acción de las masas, y que la insuficiencia de su método se hacía presente desde el momento en que fallaba a llegar a una conclusión definida. Kautsky contesta: “En absoluto. Yo llegué a la conclusión muy definida de que las masas desorganizadas en cuestión eran altamente imprevisibles en carácter.” Y se refiere a las arenas movedizas del desierto como similarmente imprevisibles. Con todo el debido respeto a esta ilustración, nosotros debemos no obstante defender nuestro argumento. Si, en el análisis de un fenómeno, encuentras que asume varias formas y es completamente imprevisible, eso meramente demuestra que no has encontrado la base real que lo determina. Si, después de estudiar la posición de la luna, por ejemplo, alguien “llegó a la conclusión muy definida” de que a veces aparece en el noroeste, a veces en el sur y a veces en el oeste, de un modo completamente arbitrario e imprevisible, entonces todos diríamos correctamente que ese estudio fue infructuoso --aunque pueda ser, por supuesto, que la fuerza en funcionamiento no pueda ser identificada todavía--. El investigador habría merecido solamente la crítica si hubiese ignorado completamente el método de análisis que, como sabía perfectamente bien, era el único que podría producir resultados en ese campo.


Así es como Kautsky trata la acción de masas. Él observa que las masas han actuado de diferentes maneras históricamente, a veces en un sentido reaccionario, a veces en un sentido revolucionario, a veces permaneciendo pasivas, y llega a la conclusión de que uno no puede construir sobre este cimiento cambiante e imprevisible. ¿Pero qué nos dice la teoría marxista? Que, más allá de los límites de la variación individual --o sea, en lo que atañe a las masas--, las acciones de los hombres están determinadas por su situación material, sus intereses y las perspectivas que surgen de los últimos y que éstos, haciendo concesiones por el peso de la tradición, son diferentes para las diferentes clases. Si vamos a comprender el comportamiento de las masas, entonces debemos hacer distinciones claras entre las diversas clases: las acciones de una masa lumpenproletaria, una masa campesina y una masa proletaria moderna serán completamente diferentes. Por supuesto, Kautsky no podría llegar a ninguna conclusión disponiéndolas todas juntas indiscriminadamente; la causa de su fracaso para encontrar una base para la predicción, sin embargo, no descansa en el objeto de su análisis histórico, sino en la inadecuación de los métodos que ha usado.
Kautsky da otra razón por despreciar el carácter de clase de las masas actuales: como combinación de varias clases, no tienen ningún carácter de clase:
En la pág. 45 de mi artículo, examiné qué elementos podrían estar potencialmente involucrados en la acción de este tipo en la Alemania actual. Mi hallazgo fue que, despreciando a los niños y a la población agrícola, uno tendría que contar con unos treinta millones de personas, de las cuales sólo en torno a un décimo serían obreros organizados. El resto estaría compuesto por obreros desorganizados, en su mayor parte infectados todavía por el pensamiento del campesinado, la pequeño-burguesía y el lumpenproletariado, junto con una buena porción de miembros de los dos últimos estratos mismos.



Aun tras los reproches de Pannekoek, yo todavía no veo cómo se puede atribuir un carácter de clase unificado a tales masas abigarradas. No es que yo ‘dejase mi marxismo en casa', yo nunca poseí tales 'herramientas analíticas'. El camarada Pannekoek piensa claramente que la esencia del marxismo consiste en ver una clase particular, a saber, al proletariado asalariado industrial, con conciencia de clase, dondequiera que las masas estén involucradas.”


Kautsky no se hace justicia aquí. Para legitimar un lapsus momentáneo, lo generaliza, y sin justificación. Afirma que nunca ha poseído las “herramientas analíticas” marxistas capaces de identificar el carácter de clase de estas “masas abigarradas” --el dice “unificadas”-- pero lo que está en cuestión es obviamente el carácter de clase predominante, el carácter de la clase que constituye la mayoría y cuyas perspectivas e intereses son decisivos, como es el caso hoy del proletariado industrial. Pero se está equivocando; pues esta misma masa, hecha aún más abigarrada por la adición de la población rural, surge en el contexto de la política parlamentaria. Y todos los escritores del Partido Social-Demócrata partían del principio de que la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado constituía el contenido básico de su política parlamentaria, que las perspectivas e intereses del trabajo asalariado gobiernan todas sus políticas y representan las perspectivas e intereses de la gente en su conjunto. ¿Hace eso que lo que sigue siendo bueno para las masas en el campo de la política parlamentaria de repente deje de aplicarse tan pronto éstas se vuelven hacia la acción de masas?


Al contrario, el carácter de clase proletario se expresa con la mayor claridad en la acción de masas. En lo que concierne a la política parlamentaria, el país entero está involucrado, incluso los pueblos y aldeas más aislados; no tiene relación con cómo de densamente se concentra la población. Pero son principalmente las masas apiñadas juntas en las grandes ciudades las que se comprometen en la acción de masas; y, de acuerdo con las estadísticas oficiales más recientes, la población de las 42 mayores ciudades de Alemania está compuesta de un 15.8 por ciento de empleados por cuenta propia, un 9.1 por ciento por empleados clericales y un 75.0 por ciento de obreros, sin tener en cuenta el 25 por ciento al que no puede atribuirse ninguna ocupación precisa. Si también tomamos nota de que en 1907 el 15 por ciento de la fuerza de trabajo alemana trabajaba en empresas pequeñas, el 29 por ciento en empresas de escala media y el 56 por ciento en las empresas de gran escala y gigantescas, vemos cómo de firmemente se estampa sobre las masas idóneas para participar en la acción de masas el carácter del trabajador asalariado empleado en la industria a gran escala. Si Kautsky sólo puede ver masas abigarradas, es en primer lugar porque cuenta a las esposas de los obreros organizados como pertenecientes a los veintisiete millones no organizados, y en segundo lugar porque niega el carácter de clase proletario de aquellos obreros que no están organizados o que todavía no han desechado las tradiciones burguesas. Nosotros, por consiguiente, volvemos a enfatizar que lo que cuenta en el desarrollo de estas acciones, en las que los intereses y pasiones más profundos de las masas salen a la superficie, no es el número de miembros de la organización ni la ideología tradicional, sino en una magnitud siempre creciente el carácter de clase real de las masas.


Ahora se vuelve clara qué relación guardan nuestros métodos entre sí. Kautsky denuncia mi método como “marxismo supersimplificado”; yo estoy afirmando, una vez más, que el suyo no es ni supersimplificado ni supersofisticado, sino no marxista en absoluto. Cualquier ciencia que busque investigar un área de la realidad debe empezar por la identificación de los factores principales y de las fuerzas subyacentes básicas en su forma más simple; esta primera imagen simple es entonces rellenada, mejorada y hecha más compleja en cuanto se proporcionan para corregirla los detalles adicionales, las causas secundarias y las influencias menos directas, de modo que se aproxime cada vez más estrechamente a la realidad. Permítasenos tomar como ilustración el análisis de Kautsky de la gran revolución francesa. Aquí encontramos como una primera aproximación la lucha de clases entre la burguesía y las clases feudales; un contorno de estos factores principales, cuya validez general no puede cuestionarse, podría describirse como “marxismo supersimplificado”. En su folleto de 1889, Kautsky analizaba las subdivisiones dentro de esas clases, y pudo así mejorar y ahondar significativamente este primer esbozo simple. El Kautsky de 1912, sin embargo, mantendría que no había ningún tipo de unidad a respecto del carácter de las masas abigarradas que componían el Tercer Estado contemporáneo; y que sería vano esperar de él acciones y resultados definidos. Así es cómo está el asunto en este caso --excepto que la situación es más complicada porque involucra el futuro, y las clases de hoy tienen que ensayar y localizar las fuerzas que lo determinan--. Como primera aproximación orientada a conseguir una perspectiva general inicial, debemos volver al rasgo básico del mundo capitalista, la lucha entre la burguesía y proletariado, las dos clases principales; intentamos perfilar el proceso de revolución como un desarrollo de las relaciones de poder entre ellas. Somos, por supuesto, perfectamente bien conscientes de que la realidad es mucho más compleja, y que quedan muchos problemas por ser resueltos antes de que la comprendamos: debemos en cierta medida esperar las lecciones de la práctica para hacerlo. La burguesía no es una clase más unificada que el proletariado; la tradición todavía influye en ambos; y entre la masa del pueblo están también los lumpenproletarios, los pequeños burgueses y los empleados clericales cuyas acciones están inevitablemente determinadas por sus situaciones de clase particulares. Pero una vez que sólo forman mezclas insuficientemente importantes para oscurecer el carácter básico proletario-asalariado de las masas, lo anterior es meramente un calificativo que no refuta el contorno inicial, sino que lo elabora.

La colaboración de las diversas tendencias en la forma de un debate es necesaria para dominar y clarificar estos problemas. ¿Necesitamos decir que contamos con el autor de los Conflictos de Clase de 1789 para indicar los problemas y dificultades por ser resueltos todavía en sus críticas de nuestro esbozo inicial? Pero el Kautsky de 1912 declara que excede su competencia ayudar en esto, la cuestión más importante que enfrenta el proletariado militante, la de la identificación de las fuerzas que darán forma a su lucha revolucionaria venidera, sobre el fundamento de que él no sabe cómo puede atribuirse un “carácter de clase unificado” a “tales masas abigarradas” como las masas proletarias actuales.



3. La organización


En nuestro artículo en el Leipziger Volkszeitung, mantuvimos que Kautsky había tomado sin justificación nuestro énfasis en la importancia esencial del espíritu de organización como si significase que consideramos la organización misma innecesaria. Lo que nosotros habíamos dicho era que, independientemente de todos los ataques a las formas externas de asociación, las masas en las que habita este espíritu se reagruparán siempre en nuevas organizaciones; y si, en contraste con la visión expresada en el Congreso del Partido de Dresde en 1903, Kautsky espera ahora que el Estado se abstenga de atacar a las organizaciones obreras, este optimismo sólo puede estar basado en el espíritu de organización que él tanto desdeña.


El espíritu de organización es, de hecho, el solo principio activo que dota de vida y energía al armazón de la organización. Pero este alma inmortal no puede flotar etéreamente en el reino celeste como la teología cristiana; recrea continuamente una forma organizativa para sí mismo, porque agrupa a los hombres en los que vive para el propósito de la acción colectiva, organizada. Este espíritu no es algo abstracto o imaginario, en contraste con la forma prevaleciente de asociación, la organización “concreta”, pero es justo tan concreto y real como la última. Entrelaza a las personas individuales que componen la organización más estrechamente juntas de lo que pueden cualesquiera normas o estatutos, de modo que ya no se esparzan como átomos dispares cuando la atadura externa de normas y estatutos se corte. Si las organizaciones son capaces de desarrollar y asumir la acción como cuerpos poderosos, estables, unidos; si ni batalla de adhesión ni disolución del compromiso, ni lucha ni derrota, pueden quebrar su solidaridad; si todos sus miembros ven como la cosa más natural del mundo poner el interés común antes que su propio interés individual, no lo hacen así debido a los derechos y obligaciones que los estatutos traen consigo, ni debido al poder mágico de los fondos de la organización o de su constitución democrática: la razón de todo esto descansa en el sentido de organización del proletariado, en la profunda transformación a la que ha sido sometido su carácter.

Lo que Kautsky tiene que decir sobre los poderes que la organización tiene a su disposición está todo muy bien: la calidad de los brazos que el proletariado forja para sí mismo le proporciona la confianza en sí mismo y un sentido de sus propias capacidades, y no hay ningún desacuerdo entre nosotros acerca de la necesidad de los obreros de equiparse tan bien como sea posible con poderosas asociaciones centralizadas que tengan fondos adecuados a su disposición. Pero la virtud de esta maquinaria es dependiente de la prontitud de los miembros a sacrificarse, de su disciplina dentro de la organización, de su solidaridad hacia sus camaradas, en resumen, del hecho de que se hayan convertido en personas completamente diferentes de los antiguos pequeñoburgueses y campesinos individualistas. Si Kautsky ve este nuevo carácter, este espíritu de organización, como un producto de la organización, entonces, en primer lugar, no hay necesidad de ningún conflicto entre esta visión y la nuestra propia, y, en segundo lugar, esto es solamente correcto a medias; pues esta transformación de la naturaleza humana en el proletariado es primariamente el efecto de las condiciones bajo las que los obreros viven, adiestrados como están para actuar colectivamente mediante la experiencia compartida de la explotación en la misma fábrica, y secundariamente un producto de la lucha de clases, es decir, de la acción militante por parte de la organización; sería difícil de sostener que tales actividades como elegir comités y contar cuotas realicen mucha contribución a este respeto.


Se vuelve claro inmediatamente lo que constituye la esencia de la organización proletaria si consideramos exactamente lo que distingue un sindicato de un club de juego, una sociedad para la prevención de la crueldad a los animales o una asociación de empresarios. Kautsky evidentemente no lo hace así, y no ve ninguna diferencia de principios entre ellas; por eso sitúa a la par las “asociaciones amarillas”, a las que los empresarios compelen a unirse a sus obreros, con las organizaciones del proletariado militante. No reconoce la significación de la organización proletaria para la transformación del mundo. Se siente capaz de acusarnos de desdén por la organización: en realidad, la valora mucho menos que nosotros. Lo que distingue a las organizaciones obreras de todas las demás es el desarrollo de la solidaridad dentro de ellas como la base de su poder, la subordinación total del individuo a la comunidad, la esencia de una nueva humanidad aún en proceso de formación. La organización proletaria lleva la unidad a las masas, previamente fragmentadas e impotentes, moldeándolas en una entidad con un propósito consciente y con poder por derecho propio. Pone los fundamentos de una humanidad que se gobierna a sí misma, decide su propio destino, y como primer paso en esa dirección, expulsa la opresión ajena. En ella crece el único instrumento que puede abolir la hegemonía de clase de la explotación; el desarrollo de la organización proletaria significa en sí mismo la repudiación de todas las funciones de la dominación de clase; representa el orden autocreado del pueblo, y luchará de modo implacable para repeler y poner fin a la intervención brutal y a los esfuerzos despóticos de represión que emprende la minoría dominante. Es dentro de la organización proletaria donde crece la nueva humanidad, una humanidad que ahora se desarrolla por primera vez en la historia del mundo como una entidad coherente; la producción está desarrollándose como una economía mundial unificada y el sentido de pertenecencia recíproca está creciendo simultáneamente entre los hombres, las firmes solidaridad y fraternidad que los ligan juntos como un organismo gobernado por una sola voluntad.

Hasta donde concierne a Kautsky, la organización consiste solamente en la asociación o sociedad “real, concreta”, formada por los obreros para cierta meta práctica de sus propios intereses y mantenida unida sólo por las ataduras externas de normas y estatutos, justo como una asociación de empresarios o una sociedad de ayuda mutua de especieros. Si esta atadura externa se rompe, todo se fragmenta en otros tantos individuos aislados y la organización desaparece. Es entendible que una concepción de este tipo lleve a Kautsky a pintar los peligros externos que amenazan a la organización en tales colores sombríos, y a advertir tan enérgicamente contra “los ensayos de poder” imprudentes que traen sucesivamente la desmoralización, la deserción masiva y el derrumbe de la organización. A este nivel de generalización no puede haber ninguna objeción a sus advertencias: nadie quiere ensayos imprudentes de poder. Ni son las consecuencias infortunadas de una derrota una fantasía de su parte; corresponden a la experiencia de un movimiento obrero joven. Cuando los obreros descubren primero la organización, esperan grandes cosas de ella, y entran en batalla llenos de entusiasmo; pero si la contienda está perdida, a menudo le vuelven la espalda a la organización en desaliento y descorazonamiento, porque sólo la consideran desde la perspectiva directa, práctica, como una asociación que proporciona beneficios inmediatos, y el nuevo espíritu tiene todavía que echar raíces firmes en ellos. ¡Pero qué cuadro diferente nos da la bienvenida en el movimiento obrero maduro, que está poniendo su estampa siempre más inequívocamente en los países más avanzados! Una y otra vez vemos con qué tenacidad los obreros se adhieren a sus organizaciones, como ninguna derrota ni el terrorismo más vicioso de las clases altas puede inducirles a abandonar la organización. Ellos no ven en la organización meramente una sociedad formada para propósitos de conveniencia, sienten más bien que es su único poder, su único recurso, que sin la organización ellos son impotentes y están indefensos, y esta conciencia gobierna toda su acción tan despóticamente como un instinto de autoconservación.


Esto no es todavía cierto en todos los obreros, por supuesto, pero es la dirección en la que se están desarrollando; este nuevo carácter está volviendo cada vez más fuerte en el proletariado. Y los peligros pintaros tan oscuros por Kautsky están, por lo tanto, volviéndose de importancia cada vez menor. Ciertamente, la lucha tiene sus peligros, pero es no obstante el elemento de la organización, es el único ambiente en que puede crecer y desarrollar su fuerza interior. No conocemos ninguna estrategia que pueda traer sólo victorias y ninguna derrota; como quiera de cautos podamos ser; los retrocesos y derrotas sólo pueden evitarse completamente dejando el campo sin luchar, y ésto sería en la mayoría de los casos peor que una derrota. Debemos estar preparados para que nuestros avances sean detenidos con muchísima frecuencia por la derrota, sin manera alguna de evitar la batalla. Cuando dirigentes bienintencionados se expresan sobre las serias consecuencias de la derrota, los obreros pueden, por consiguiente, replicar:

¿Piensas que nosotros, por quienes la organización se ha convertido en carne y sangre, que sabemos y sentimos que la organización es más para nosotros que nuestras mismas vidas --pues representa la vida y el futuro de nuestra clase--, que simplemente debido a una derrota perderemos inmediatamente la confianza en la organización y nos descaminaremos? Ciertamente, una sección entera de las masas que nos inundaron en el ataque y la victoria será arrastrada lejos de nuevo cuando suframos un revés; pero esto sólo significa que podemos contar con apoyo más amplio para nuestras acciones que la falange firmemente creciente de nuestros resueltos batallones de combate.”


Este contraste entre las visiones de Kautsky y las nuestras propias también deja claro cómo es que diferimos tan agudamente en nuestra evaluación de la organización, aunque compartamos la misma matriz teórica. Es simplemente que nuestras perspectivas corresponden a diferentes fases en el desarrollo de la organización, las de Kautsky a la organización en su primera floración, las nuestras a un nivel más maduro de desarrollo. Esto es por lo que él considera que la forma externa de la organización es lo que es esencial, y cree que toda la organización está perdida si esta forma sufre. Esto es por lo que toma la transformación del carácter proletario como la consecuencia de la organización, en lugar de como su esencia. Esto es por lo que ve el efecto caracteriológico principal de la organización sobre el obrero en la confianza y el autodominio traidos por los recursos materiales de la colectividad --en otras palabras, los fondos--. Esto es por lo que él advierte que los obreros volverán sus espaldas a la organización por desmoralización si sufre una derrota mayor. Todo esto corresponde a la concepción que uno derivará de observar la organización en sus fases iniciales de desarrollo. Los argumentos que él expone contra nosotros disponen, por consiguiente, de una base en la realidad; pero nosotros afirmamos una justificación mayor para nuestra perspectiva en que pertenece a la nueva realidad que se despliega irresistiblemente --¡y no dejemos que se nos olvide que Alemania solamente ha tenido poderosas organizaciones proletarias durante una década!--. Esto, por tanto, refleja los sentimientos de la joven generación de obreros que ha evolucionado durante los últimos diez años. Las viejas ideas todavía se aplican, por supuesto, pero en una medida decreciente; las concepciones de Kautsky expresan los momentos primitivos, inmaduros de la organización, una fuerza con la que contar todavía, pero inhibidora, retardante. Se revelará por la práctica qué relación mantienen estas diferentes fuerzas entre sí, en las decisiones y actos mediante los cuales las masas proletarias muestren de lo que se consideran capaces.



4. La conquista del poder


Para una refutación de las extraordinarias observaciones de Kautsky sobre el papel del Estado y la conquista del poder político y para la discusión de su tendencia a ver anarquistas por todas partes, debemos remitir al lector al Leipziger Volkszeitung del 10 septiembre. Aquí añadiremos solamente unos pocos comentarios para clarificar nuestras diferencias.

La cuestión acerca de cómo el proletariado gana los derechos democráticos fundamentales que, una vez su conciencia de clase socialista está suficientemente desarrollada, le dotan de la hegemonía política, es el problema básico que subyace a nuestra táctica. Nosotros asumimos la visión de que aquéllos sólo pueden ganarse a la clase dominante en el curso de enfrentamientos, en los que el poderío total de la última salta al campo contra el proletariado y en los que, consecuentemente, este poderío total es vencido. Otra concepción sería que la clase dominante cede estos derechos voluntariamente bajo la influencia de ideales democráticos o éticos universales, y sin el recurso a los medios de coerción a su disposición --esta sería la evolución pacífica hacia el estado del futuro contemplada por los revisionistas--. Kautsky rechaza ambas visiones: ¿qué posible alternativa hay?. De sus declaraciones nosotros inferimos que concebía la conquista del poder como la destrucción de la fuerza del enemigo de una vez por todas, un acto único cualitativamente diferente de toda la actividad previa del proletariado en la preparación de esta revolución. Dado que Kautsky rechaza esta lectura, y puesto que es deseable que sus concepciones básicas a respecto de la táctica sean entendidas claramente, procederemos a citar los pasajes más importantes. En octubre de 1910 escribía:


En una situación como la que resultó en Alemania, sólo puedo concebir la huelga general política como un acontecimiento único en el que el proletariado entero, a lo largo de la nación, se comprometa con todo su poderío, como una lucha a vida o muerte, una en la que nuestro adversario es abatido o, en su lugar, todas nuestras organizaciones, todo nuestro poder es hecho pedazos o por lo menos paralizado durante los años venideros.


Ha de suponerse que, por abatir a nuestro adversario, Kautsky quiere decir la conquista del poder político; por otra parte, el único acto tendría que repetirse una segunda o tercera vez. Por supuesto, la campaña podría también probarse insuficientemente poderosa, y en este caso habría fallado, habría resultado en una seria derrota, y tendría, por consiguiente, que ser comenzada de nuevo otra vez. Pero si tuviese éxito, la meta final se habría conseguido. Ahora, sin embargo, Kautsky está negando que alguna vez dijera que la huelga de masas pudiera ser un acontecimiento capaz de derrumbar el capitalismo de un golpe. Cómo, por tanto, tenemos que tomarnos la cita anterior, simplemente no lo entiendo.


En 1911, Kautsky escribía en su artículo “La acción de masas” acerca de las acciones espontáneas de multitudes desorganizadas:



Si la acción de masas tiene éxito, sin embargo, si es tan dinámica y tan tremendamente extendida, las masas tan despiertas y determinadas, el ataque tan inesperado y la situación en que coge a nuestro adversario tan desfavorable para él, que su efecto es irresistible, entonces las masas podrán explotar su victoria de una manera bastante diferente de hasta ahora. [Sigue la referencia a las organizaciones obreras.] Donde estas organizaciones han tomado raices, ha pasado el tiempo en el que las victorias del proletariado en acciones de masas espontaneas tenían éxito solamente para sacar las castañas del fuego a alguna sección particular de sus oponentes que pasaban a estar en la oposición. De aquí en adelante, podrá disfrutarlos él mismo.


No puedo ver ninguna otra interpretación posible de este pasaje que, como resultado de un poderoso alzamiento espontáneo por parte de las masas desorganizadas, disparadas por algunos acontecimientos particularmente provocativos, el poder político caiga ahora en manos del proletariado mismo, en lugar de en manos de una camarilla burguesa como hasta ahora. Aquí también se contempla la posibilidad de ataques, inicialmente fallando y desmoronandose en la derrota, antes de que el ataque tenga éxito. Los protagonistas de una revolución política de este tipo y los métodos que estaban usando la situarían completamente fuera del marco del movimiento obrero actual; mientras el último estaba continuando su actividad rutinaria de educación y organización, la revolución estallaría por encima de él sin ninguna advertencia, “como viniendo de otro mundo”, bajo la influencia de acontecimientos momentáneos. De este modo, no podemos ver otra interpretación que esa propuesta en nuestro artículo. El enigma de ello no es que en esta visión la revolución sea un solo acto preciso; aun si la conquista del poder consistiese en varios actos tales (huelgas masivas y acciones “callejeras”), la cuestión principal es el severo contraste entre la actividad actual del proletariado y la futura conquista revolucionaria del poder, que pertenece a un orden completamente diferente de cosas. Kautsky confirma esto ahora explícitamente:


Para evitar cualquier malentendido, me gustaría señalar que mi polémica con la camarada Luxemburg trataba sobre la huelga general política, y mi artículo sobre la 'Acción de masas' acerca de los disturbios callejeros. Dije de esos últimos que podrían, en ciertas circunstancias, llevar a levantamientos políticos, pero que eran impredecibles por naturaleza y no podrían ser instigados a voluntad. No estaba refiriéndome a las simples demostraciones callejeras...


Repetiré una vez más que mi teoría del ‘radicalismo pasivo', es decir, esperar la ocasión apropiada y el humor entre las masas, ninguno de los cuales puede predecirse por adelantado o acelerarse por decisión de la organización, se refiere solamente a los disturbios callejeros y a las huelgas de masas orientados a afianzar una decisión política particular --y no a las demostraciones callejeras, ni a las huelgas de protesta--. Las últimas pueden muy bien ser convocadas de vez en cuando por del partido o el sindicato, independiente del humor de las masas fuera de la organización, pero no necesariamente implican nuevas tácticas en tanto que siguen siendo meras demostraciones.”


No nos pararemos en el hecho de que una huelga de masas política, sólo permisible como un acontecimiento de una vez por todas durante 1910, y por consiguiente excluida de la campaña prusiana contemporánea por el sufragio, aparece ahora repentinamente entre las acciones del día a día que pueden ser iniciadas al dar la señal como una “huelga de protesta”. Señalaremos simplemente que Kautsky está aquí haciendo una distinción precisa entre acciones del día a día, que son sólo demostraciones y pueden convocarse a voluntad, y los acontecimientos revolucionarios imprevisibles del futuro. Pueden ganarse nuevos derechos de vez en cuando en la lucha diaria; éstos no son en ningún sentido pasos hacia la conquista del poder, de otro modo la clase dominante ofrecería una resistencia a ellos que sólo podría superarse mediante las huelgas políticas. Los gobiernos amistosos con los obreros pueden alternar con gobiernos hostiles a ellos, las demostraciones callejeras y huelgas de masas pueden jugar algún papel en el proceso; pero durante todo eso, nada esencial cambiará; nuestra lucha sigue siendo “una lucha política contra los gobiernos” que se restringe a la “oposición” y deja el poder del Estado y sus ministerios intacto. Hasta un día, cuando los acontecimientos externos disparen un alzamiento popular masivo con disturbios callejeros y huelgas políticas que pongan fin a todo este asunto.


Sólo es posible mantener tal perspectiva restringiendo la observación de uno a las formas políticas externas e ignorando la realidad política tras de ellas. El análisis de la correlación de poder entre las clases en conflicto, como una asciende y la otra declina, es la única clave para entender el desarrollo revolucionario. Esto transciende la distinción precisada entre la acción del día a día y la revolución. Las diversas formas de acción mencionadas por Kautsky no son polos opuestos, sino parte de una clase gradualmente diferenciada de formas de acción, débiles y poderosas, dentro de la misma categoría.


En primer lugar, por lo que se refiere a cómo se desarrollan: incluso las demostraciones francas no pueden ser convocadas a voluntad, sino que sólo son posibles cuando un sentimiento fuerte ha sido despertado por causas externas, como el coste creciente de la vida y el peligro de la guerra hoy, o las condiciones de sufragio en Prusia en 1910. Cuando más fuerte sea el sentimiento despertado, más vigorosamente pueden desarrollarse las protestas. Lo que Kautsky tiene que decir sobre la forma más poderosa de huelga de masas, a saber, que debemos “darle el apoyo más enérgico y usarla para fortalecer al proletariado”, no va lo bastante lejos para casos donde esta situación ya ha generado un movimiento de masas; cuando las condiciones lo permitan, el Partido, como el portador consciente de las más profundas sensibilidades de las masas explotadas, debe instigar tal acción como es necesario y asumir la dirección del movimiento --en otras palabras, jugar el mismo papel en los acontecimientos de importancia mayor que realiza hoy a escala más pequeña--. Los factores precipitantes no pueden preverse, pero somos nosotros quienes actuamos sobre ellos.


En segundo lugar, por lo que se refiere a aquellos que toman parte: nosotros no podemos restringir nuestras demostraciones presentes solamente a miembros del partido; aunque éstos formen al principio el núcleo, otros vendrán a nosotros en el curso de la lucha. En nuestro último artículo mostramos que el círculo de aquéllos involucrados crece en tanto la campaña se desarrolla, hasta que incluye a las amplias masas del pueblo; no hay nunca ninguna cuestión de disturbios callejeros ingobernables en el viejo sentido.
En tercer lugar, por lo que se refiere a los efectos que tiene tal acción: la conquista del poder por medio de las formas de acción más potentes básicamente equivale a la liquidación de los poderes de coerción disponibles para el enemigo y a la formación de nuestro propio poder; pero aún las protestas actuales, nuestras simples demostraciones callejeras, despliegan este efecto a una pequeña escala. Cuando la policía tenía que abandonar sus esfuerzos por impedir las demostraciones en la pura impotencia en 1910, ésa fue una primera señal de que empezaban a desmoronarse los poderes coercitivos del Estado; y el contenido de la revolución consiste en la destrucción total de estos poderes. En este sentido, ese ejemplo de la acción de masas puede verse como el principio de la revolución alemana.


El contraste entre nuestras respectivas visiones, tal como han sido expuestas aquí, puede parecer ser puramente teórico a primera vista; pero tiene, no obstante, gran importancia práctica con respecto a las tácticas que adoptamos. Tal como lo ve Kautsky, cada vez que la oportunidad de una acción vigorosa surja debemos detenernos y considerar si no podría llevar a un “ensayo de fuerza”, un esfuerzo por hacer la revolución, esto es, a la movilización de toda la fuerza de nuestro adversario contra nosotros. Y debido a que se acepta que somos demasiado débiles para emprender esto, será muy facil huir de cualquier acción --éste era el peso del debate en la huelga de masas en Die Neue Zeit en 1910--. Aquéllos que rechazan la dicotomía de Kautsky entre la acción diaria y la revolución, sin embargo, estiman cada acción como un problema inmediato, a ser evaluado según las condiciones predominantes y el humor de las masas, y al mismo tiempo, como parte de un gran propósito. En cada campaña uno presiona tanto hacia delante como parece posible en las condiciones dadas, sin permitirse ser debilitado por consideraciones teóricas engañosas proyectadas hacia el futuro; pues el problema no es nunca el de una revolución total, ni el de una victoria con importancia sólo para el presente, sino siempre el de un paso adelante a lo largo del camino de la revolución.


5. Actividad parlamentaria y acción de las masas


La acción de masas no es nada nuevo: es tan vieja como la actividad parlamentaria misma. Toda clase que ha hecho uso del parlamento también ha acudido en ocasiones a la acción de masas; pues constituye un complemento necesario o --mejor aún-- un correctivo a la acción parlamentaria. Dado que, en los sistemas parlamentarios desarrollados, el parlamento mismo promulga la legislación, incluyendo la legislación electoral, una clase o camarilla que ha ganado una vez la superioridad está en posición de afianzar su dominación para siempre, independientemente de todo el desarrollo social. Pero si su hegemonía se vuelve incompatible con una nueva fase de desarrollo, la acción de masas, a menudo en la forma de una revolución o de un levantamiento popular, interviene como una influencia correctiva, barre a la camarilla gobernante, impone una nueva ley electoral en el parlamento, y así reconcilia el parlamento y la sociedad una vez más. La acción de masas también puede ocurrir cuando las masas están en apuros particularmente horribles, para impeler al parlamento a aliviar su miseria. El miedo a las consecuencias de la indignación de las masas induce frecuentemente a la clase que sostiene el poder parlamentario a hacer concesiones que las masas no habrían obtenido de otro modo. Si las masas tienen o no portavoces en el parlamento en tales ocasiones está lejos de carecer de importancia, pero es no obstante de importancia secundaria; la fuerza determinante crucial descansa fuera.


Hemos entrado ahora, nuevamente, en un periodo en el que esta influencia correctiva en el funcionamiento del parlamento es más necesaria que nunca; la lucha por el sufragio democrático por un lado, y el coste creciente de la vida y el peligro de la guerra por el otro, están inflamando la acción de masas. A Kautsky le gusta señalar que no hay nada nuevo en estas formas de lucha; acentúa la similitud con las más tempranas. Nosotros, sin embargo, enfatizamos los nuevos elementos que las distinguen de todas las que se han producido antes. El hecho de que el proletariado socialista de Alemania haya empezado a usar estos métodos los dota de una importancia e implicaciones enteramente nuevas, y fue precisamente a su clarificación a lo que se dedicaba mi artículo. En primer lugar, porque el proletariado altamente organizado, consciente como clase, del que el proletariado alemán es el ejemplo más desarrollado, tiene un carácter de clase completamente diferente del de las masas populares hasta ahora, y sus acciones son, por consiguiente, cualitativamente diferentes. En segundo lugar, porque este proletariado está destinado a promulgar una revolución de largo alcance, y la acción que tome tendrá, por consiguiente, un efecto profundamente subversivo sobre el conjunto de la sociedad, sobre el poder del Estado y sobre las masas, aun cuando no sirva directamente a una campaña electoral.


Kautsky no está justificado, por lo tanto, a apelar a Inglaterra como un modelo “en el que podemos estudiar mejor la naturaleza de la acción de masas moderna”. Lo que a nosotros nos preocupa es la acción política de masas orientada a afianzar nuevos derechos y a dar así expresión parlamentaria al poder del proletariado: en Inglaterra se trataba de un caso de acción de masas por parte de los sindicatos, una huelga de masas en apoyo de las reivindicaciones sindicales que expresaba la debilidad de los viejos métodos sindicales conservadores de buscar auxilio del gobierno. Lo que a nosotros nos concierne es un proletariado tan políticamente maduro, tan profundamente instilado con el socialismo como lo está aquí, en Alemania; el conocimiento socialista y la claridad política necesarias para tales acciones estaba completamente ausente entre las masas en la huelga en Inglaterra. Por supuesto, los últimos acontecimientos también demuestran que el movimiento obrero no puede arreglarselas sin las acciones de masas; ellas son también una consecuencia del imperialismo. Pero, a pesar de las admirables solidaridad y determinación manifestadas en ellas, tenían más bien el carácter de arranques desesperados que el de acciones deliberadas conduciendo a la conquista del poder, que sólo un proletariado profundamente imbuido en el socialismo puede emprender.


Como señalamos en el Leipziger Volkszeitung, la actividad parlamentaria y la acción de las masas no son incompatibles entre sí; la acción de masas en la lucha por el sufragio dota a la actividad parlamentaria de una base nueva, más amplia. Y en nuestro primer artículo defendimos que el creciente coste de la vida y el peligro de guerra bajo el imperialismo, la forma moderna del capitalismo, están en la raíz de la acción de masas moderna.


El camarada Kautsky “falla a ver” cómo esto resulta en “la necesidad de nuevas tácticas” --la necesidad de la acción de masas, en otras palabras--; pues la acción de masas orientada a “alterar o exigir decisiones del parlamento” no puede suprimir en mayor medida los efectos básicos del capitalismo --las causas de la elevación del coste de la vida, por ejemplo, que descansa en las malas cosechas, la producción de oro y el sistema de cárteles-- contra los cuales son impotentes los parlamentos, que cualquier otra forma de acción política. Es una pena que los parisienses impulsados a la revuelta en 1848 por la crisis y el coste creciente de la vida no supiesen eso; no habrían hecho ciertamente la Revolución de Febrero.

Quizás el camarada Kautsky vería esto como otra demostración aun de la incomprensión de las masas, cuyo instinto es sordo a las alegaciones de la razón. Pero si, estimuladas por el hambre y la miseria, las masas se alzan juntas y demandan alivio a pesar de los argumentos del teórico de que ninguna forma de acción política puede lograr algo frente a los males fundamentales del capitalismo, entonces es que son los instintos de las masas los que están lo correcto y la ciencia del teórico la que está equivocada. Primero, porque la acción puede fijarse metas inmediatas que no son un sin sentido; cuando están sometidos a una presión poderosa, los gobiernos y aquéllos con autoridad pueden hacer un gran pacto para aliviar la miseria, incluso cuando esta tiene causas más profundas y no puede ser alterada meramente mediante la decisión parlamentaria --como pudieron los impuestos y aranceles en Alemania--. Segundo, porque el efecto duradero de la acción de masas a gran escala es un golpe que quiebra más o menos la hegemonía del capital, y por eso ataca la raíz del mal.


Kautsky procede constantemente a partir de la asunción de que, mientras tanto el capitalismo no haya sido transformado en socialismo, debe aceptarse como un hecho fijo, invariable, contra cuyos efectos es vano luchar. Durante el periodo en el que el proletariado es todavía débil, es cierto que una manifestación particular del capitalismo --como la guerra, el coste creciente de la vida, el desempleo-- no puede ser suprimida mientras el resto del sistema continúe funcionando en todo su poderío. Pero esto no es cierto para el periodo del declive capitalista, en el que ahora el proletariado poderoso, él mismo una fuerza elemental del capitalismo, arroja su propia voluntad y poder a la balanza de las fuerzas elementales. Si esta visión de la transición del capitalismo al socialismo le parece “muy oscura y misteriosa” al camarada Kautsky --lo que sólo significa que es nueva para a él--, entonces es sólo porque él considera el capitalismo y el socialismo como entidades fijas, elaboradas de antemano, y falla a captar la transición del uno al otro como un proceso dialéctico. Cada asalto del proletariado a los efectos peculiares del capitalismo significa un debilitamiento del poder del capital, un fortalecimiento de nuestro propio poder y un paso adelante en el proceso de la revolución.



6. El marxismo y el papel del Partido


En conclusión, unas pocas palabras más sobre la teoría. Éstas son necesarias porque Kautsky indica, de vez en cuando, que nuestro trabajo se sale de la concepción materialista de la historia, la base del marxismo. En un lugar describe nuestra concepción de la naturaleza de la organización como espiritualismo malamente adecuado para un materialista. En otra ocasión, adopta nuestra visión de que el proletariado debe desarrollar su poder y su libertad “en constante ataque y avance”, en una lucha de clases escalando de un compromiso a otro, como si dijera que el ejecutivo del Partido tiene que “instigar” la revolución.


El marxismo explica todas las acciones históricas y políticas de los hombres en términos de sus relaciones materiales, y en particular sus relaciones económicas. Una recurrente concepción errónea y burguesa nos acusa de ignorar el papel de la mente humana en esto, y de hacer del hombre un instrumento muerto, un títere de las fuerzas económicas. Nosotros insistimos, a su vez, en que el marxismo no elimina la mente. Todo lo que motiva las acciones de los hombres lo hace a través de la mente. Sus acciones están determinadas por su voluntad, y por todos los ideales, principios y motivos que existen en la mente. Pero el marxismo mantiene que el contenido de la mente humana no es otra cosa, nada, sino un producto del mundo material en el que el hombre vive, y que las relaciones económicas, por consiguiente, sólo determinan sus acciones mediante sus efectos sobre su mente y la influencia sobre su voluntad. La revolución social solamente sigue al desarrollo del capitalismo porque la conmoción económica transforma primero la mente del proletariado, dotándola de un nuevo contenido y dirigiendo la voluntad en este sentido. Justo como la actividad socialdemócrata es la expresión de una nueva perspectiva y una nueva determinación instilandose en la mente del proletariado, así la organización es una expresión y consecuencia de una profunda transformación mental en el proletariado. Esta transformación mental es el término de mediación mediante el que el desarrollo económico conduce al acto de la revolución social. No puede haber ciertamente ningún desacuerdo entre Kautsky y nosotros en que éste es el papel que el marxismo atribuye a la mente.


Y todavía incluso en relación con esto nuestras visiones difieren; no en la esfera de lo abstracto, la formulación teórica, sino en nuestro énfasis práctico. Sólo cuando se toman juntas, las dos declaracionesLas acciones de los hombres están enteramente determinadas por sus relaciones materiales” y “Los hombres deben hacer ellos mismos su historia a través de sus propias acciones” forman la visión marxista en su conjunto. La primera excluye la noción arbitraria de que una revolución puede hacerse a voluntad; la segunda elimina el fatalismo, que nos tendría simplemente a la espera hasta que la revolución acaeciera por su propia cuenta a través de alguna perfecta fruición del desarrollo. Mientras ambas máximas son correctas en términos teóricos, reciben necesariamente grados diferentes de énfasis en el curso del desarrollo histórico. Cuando el Partido está floreciendo inicialmente y debe, antes de cualquier otra cosa, organizar al proletariado, viendo su propio desarrollo como el objetivo primario de su actividad; la verdad encarnada en la primera máxima le proporciona la paciencia para el lento proceso de construcción, el sentido de que el tiempo de golpes políticos (putsches) prematuros está pasado y la certeza tranquila de la victoria final. En este período, el marxismo asume un carácter predominantemente histórico-económico; es la teoría de que toda la historia está económicamente determinada, y hace vibrar en nosotros la comprensión de que debemos esperar que las condiciones maduren. Pero, cuanto más se organiza el proletariado en un movimiento de masas capaz de una intervención fuerte en la vida social, más está obligado a desarrollar el sentido de la segunda máxima.


[XI] Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.



El conocimiento alcanza ahora que la cuestión no es simplemente interpretar el mundo, sino transformarlo. El marxismo se convierte ahora en la teoría de la acción proletaria. Las cuestiones de cómo precisamente el espíritu y la voluntad del proletariado se desarrollan bajo la influencia de las condiciones sociales y cómo las diversas influencias lo moldean, entra ahora en el primer plano; el interés por el lado filosófico del marxismo y por la naturaleza de la mente viene ahora a la vida. Dos marxistas influenciados por estas diferentes fases se expresarán, por consiguiente, ellos mismos de modo diferente, uno acentuando principalmente la naturaleza determinada de la mente, el otro su papel activo; ambos llevarán sus verdades respectivas a la batalla el uno contra el otro, aunque ambos rinden homenaje a la misma teoría marxiana.


Desde el punto de vista práctico, sin embargo, este desacuerdo adquiere otro cariz. Nosotros estamos enteramente de acuerdo con Kautsky en que un individuo o grupo no puede hacer la revolución. Igualmente, Kautsky estará de acuerdo con nosotros en que el proletariado debe hacer la revolución. Pero, ¿cómo están las cosas a respecto del Partido, que es un término medio, por un lado un amplio grupo que decide conscientemente que acción tomará, y por el otro el representante y dirigente del proletariado entero? ¿Cuál es la función del Partido?


Con respecto a la revolución, Kautsky lo sitúa como sigue en su exposición de su táctica:


La utilización de la huelga general política, pero sólo en casos excepcionales, extremos, cuando las masas ya no pueden ser refrenadas.”

Así, el Partido tiene que detener a las masas mientras puedan ser retenidas; mientras sea posible de algún modo, debe considerar su función como mantener a las masas plácidas, refrenarlas de tomar la acción; sólo cuando esto ya no es posible, cuando la indignación popular está amenazando con reventar todo constreñimiento, él abre las compuertas y si es posible se pone él mismo a la cabeza de las masas. Los papeles se distribuyen, de este modo, de tal manera que toda la energía, toda la iniciativa en la que la revolución tiene sus orígenes debe venir de las masas, mientras que la función del Partido es detener esta actividad, inhibirlacontenerla mientras sea posible. Pero la relación no puede ser concebida de este modo. Ciertamente, toda la energía proviene de las masas, cuyo potencial revolucionario se despierta por la opresión, la miseria y la anarquía, y quienes mediante su revuelta deben entonces abolir la hegemonía del capital. Pero el Partido les ha enseñado que los arranques desesperados por parte de individuos o grupos individuales son vanos, y que el éxito sólo puede lograrse a través de la acción colectiva, unitaria, organizada. Ha disciplinado a las masas y las ha refrenado de diseminar infructuosamente su actividad revolucionaria. Pero esto, por supuesto, es sólo un aspecto, el aspecto negativo de la función del Partido; debe mostrar simultáneamente en términos positivos cómo estas energías pueden ponerse a trabajar de una manera diferente, productiva, y enseñar el camino para hacerlo.


Las masas, por así decirlo, transfieren parte de su energía, su propósito revolucionario, a la colectividad organizada, no para que se disipe, sino para que el Partido pueda utilizarla como su voluntad colectiva. La iniciativa y potencial para la acción espontánea que las masas entregan no se pierde de hecho al hacer esto, sino que reaparece en otra parte y en otra forma como la iniciativa y potencial del Partido para la acción espontánea; tiene lugar una transformación de la energía respecto a cómo era. Incluso cuando la indignación más feroz alumbra entre las masas --sobre el creciente coste de la vida, por ejemplo-- ellas permanecen en calma, pues confían al Partido convocarlas para actuar de tal modo que su energía sea utilizada de la manera más apropiada y más exitosa posible.


La relación entre las masas y el Partido no puede, por lo tanto, ser como Kautsky la ha presentado. Si el Partido viese su función como refrenar a las masas de la acción mientras pudiese hacerlo, entonces la disciplina de partido significaría una pérdida para las masas de su iniciativa y potencial para la acción espontánea, una pérdida real, y no una transformación de la energía. La existencia del Partido reduciría entonces la capacidad revolucionaria del proletariado más que incrementarla. No puede simplemente sentarse y esperar hasta que las masas asciendan espontáneamente a pesar de haberle confiado parte de su autonomía; la disciplina y confianza en la dirección del Partido que mantiene a las masas calmadas lo coloca bajo una obligación de intervenir activamente y dar él mismo a las masas la llamada a la acción en el momento correcto. Así, como ya hemos argumentado, el Partido tiene efectivamente el deber de instigar la acción revolucionaria, porque él es el portador de una parte importante de la capacidad de acción de las masas; pero no puede hacerlo como y cuando le agrade, pues no ha asimilado la voluntad entera del proletariado entero, y no puede, por lo tanto, mandarle como a una tropa de soldados. Debe esperar el momento correcto: no hasta que las masas no esperen más y estén ascendiendo por su cuenta, sino hasta que las condiciones despierten tal sentimiento en las masas que la acción a gran escala tenga una oportunidad de éxito.


Éste es el modo en que, en la doctrina marxista, se comprende que, aunque los hombres estén determinados e impelidos por el desarrollo económico, hacen su propia historia. El potencial revolucionario de la indignación despertada en las masas por la naturaleza intolerable del capitalismo no debe quedar inexplotado y ser perdido por eso; ni debe dispersarse en arranques desorganizados, sino hecho apto para el uso organizado en la acción instigada por el Partido con el objetivo de debilitar la hegemonía de capital. Es en estas tácticas revolucionarias que la teoría marxista se convertirá en realidad.


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