lunes, 17 de noviembre de 2014

A 25 años de la caída del Muro de Berlín





NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG: Le he añadido algunos enlaces al primer artículo, comprende tres artículos, no me identifico totalmente con los tres, pero da una visión crítica.
13/11/2014 

       Alejandro Nadal es social demócrata o keynisiano, por eso repite lo del estado de bienestar

Para los países de Europa oriental la receta de política económica se redujo a privatizar todos los activos públicos del estado de bienestar lo más rápido posible
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Las imágenes de miles de personas demoliendo secciones del muro de Berlín en noviembre de 1989 fueron presentadas en la prensa internacional como la victoria del pueblo sobre la tiranía. Aún antes del colapso de la Unión Soviética en diciembre de 1991 se impuso la línea única de pensamiento: capitalismo y mercado eran sinónimos de libertad y democracia.


Las voces de mesura fueron acalladas por el consenso estridente que en todo el mundo insistía en los enormes beneficios que derivarían de la liberalización económica. La creencia en las virtudes del libre mercado se vio reforzada por el espectacular colapso del sistema de planificación centralizada representado por la URSS y sus economías satélites.


Para los países de Europa oriental la receta de política económica se redujo a privatizar todos los activos públicos [del estado de bienestar] lo más rápido posible. Los miembros de las mafias que hoy son propietarias de la mayor parte de esos activos en Rusia y Ucrania, por ejemplo, son algunos elementos de la nomenklatura de los antiguos partidos comunistas en esos países.


El espejismo de la nueva era de prosperidad que vendría se enmarcaba en las promesas de la globalización, con su red de mercados sin límites y sin barreras para los circuitos del capital. Los cambios tecnológicos en el plano electrónico parecían ser portadores de una nueva era de crecimiento económico y bienestar.


Pero debajo de este telón superficial, fuera de la mirada del público, se desarrollaba otra historia. Sus personajes centrales eran y siguen siendo la desigualdad creciente y la inestabilidad intrínseca que se inscribe en el código genético del capitalismo. Sus comparsas son bien conocidas: la corrupción y la codicia que alcanza niveles criminales. El mejor ejemplo de todo esto en 1989 fue el escándalo de la quiebra de las cajas de ahorro y préstamo. Estas instituciones habían sido objeto de una fuerte desregulación a principios de los años ochenta y para 1986 los fraudes y quiebras se habían multiplicado. Al caer el muro de Berlín, el tirano George Bush, en un alarde de libertad y democracia, autorizó un rescate con recursos del erario por 1,4 billones (castellanos) de dólares destinados a sostener las maltrechas cajas de ahorro.


La gigantesca estafa se desarrolló lejos de los reflectores que iluminaban la fiesta de la libertad en Berlín. Pero sus rasgos esenciales eran presagio de un oscuro porvenir.


Al caer el muro de Berlín en 1989 seguía vigente la llamada (en aquel entonces) crisis de la deuda que había postrado a las economías del mundo subdesarrollado frente a las potencias occidentales. Los programas de ajuste estructural que se impusieron a los deudores habían completado la tarea de desmantelar los frágiles esquemas del estado de bienestar que existían en los países del hemisferio sur. Las tristemente célebres reformas estructurales seguían su curso, destruyendo los sistemas de protección de la clase trabajadora y eliminando cualquier reglamentación que pudiera obstaculizar el tránsito de capitales. Esta apertura a los flujos de capital había sido el sueño del capital financiero desde el colapso del sistema de pagos internacionales de Bretton Woods. También era el umbral de la larga hilera de crisis que se desarrollaría en la década de los años noventa.


Esas crisis marcaron un sendero de destrucción y dolor que pasó por México en 1994 y siguió hasta Argentina en 1999, alcanzando el sudeste Asiático, Corea, Rusia y Turquía, para regresar a EEUU, con la crisis de la nueva economía (y el derrumbe del índice Nasdaq) en 2000. De tal suerte que en 2001 el colapso misterioso de las Torres Gemelas 'encontró' a EEUU en plena recesión. La recuperación nunca existió y en cambio, sí preparó el escenario para la gran crisis global que estalla en 2008. Hoy la desigualdad y la crisis son rasgos permanentes de la economía capitalista mundial. Grandiosos ejemplos de la vinculación entre capitalismo y libertad.


En la actualidad casi nadie recuerda que las reformas neoliberales en Rusia fueron impuestas por Yeltsin en medio de la ilegalidad y la violencia. Al disolver ilegalmente el parlamento en 1993, Yeltsin generó las condiciones de un golpe de Estado contra su propio gobierno. El 4 de octubre ordenó el ataque de artillería sobre el parlamento en rebeldía y la libertad del mercado por fin llegó a la ex Unión Soviética, a punta de cañonazos.


Hoy la crisis global tercamente se resiste a desaparecer. Los síntomas de colapso económico y de una depresión larga están en todos los indicadores para quien se tome la molestia de leerlos cuidadosamente. A nivel nacional e internacional las alternativas existen y pasan por el rescate de la política macroeconómica y sectorial, así como por la recuperación de los espacios públicos en todos sus niveles. Para ello será necesario redibujar el paisaje político.








Cambio de época: a 25 años de la caída del Muro de Berlín


Lo ocurrido en Berlín fue exaltado por los  intelectuales orgánicos del imperio como el alumbramiento de un nuevo orden mundial que duraría todo un siglo.


El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Poco después el contagio o efecto dominó derrumbaría ya no muros sino a los regímenes supuestamente socialistas erigidos como resultado de la nueva constelación geopolítica emergente a fines de la Segunda Guerra Mundial hasta que, entre fines de 1991 y comienzos de 1992, el proceso culminaría con la desintegración de la Unión Soviética. Estos acontecimientos dieron lugar a eufóricas declaraciones por parte de gobernantes, políticos, periodistas e intelectuales del mal llamado «mundo libre»: fervientes promesas de paz y prosperidad se escuchaban en Washington, Bonn, Londres y París, las que en el asfixiante clima neoliberal de los 90 se repetían hasta el hartazgo en América Latina y el Caribe.


En esta fragorosa batalla de ideas pocos textos pudieron captar el clima ideológico imperante en las metrópolis del capitalismo con más precisión que el libro de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, originalmente publicado en 1992. En esa obra se argumentaba que la Guerra Fría había terminado, y que su resultado final marcaba el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado a lo largo y a lo ancho del planeta.
Un cuarto de siglo después las tesis centrales del libro fueron impiadosamente refutadas por la historia: primero, ésta no terminó sino que se aceleró, tornándose a la vez más compleja y truculenta. La Guerra Fría, luego de un paréntesis, retomó impulso con la renovada virulencia que vemos en estos días; y ni la democracia liberal ni el capitalismo de libre mercado han triunfado. Por el contrario, atraviesan una crisis que no pocos se atreven a calificar de terminal. Surgen teorizaciones y prácticas que hablan de nuevas formas de democracia que superan las limitaciones de su versión liberal (plasmadas, por ejemplo, en las constituciones de Bolivia, Ecuador y Venezuela) a la vez que proliferan los análisis que demuestran que el capitalismo ha chocado contra una frontera ecológica insuperable.


¿Qué ocurrió después de la caída del Muro? En el plano estrictamente doméstico, Alemania Federal anexó a la República Democrática Alemana y, menos de un año más tarde, el 3 de octubre de 1990, el canciller Helmut Kohl proclamó la reunificación. Ésta se llevó a cabo con un apenas solapado ánimo de venganza. En los demás países, una vez desaparecida la Unión Soviética, sus pueblos pudieron preservar su identidad nacional. En el caso alemán, en cambio, la reunificación intentó borrar hasta las más insignificantes huellas de la RDA.


Como comenta Maxim Leo, un joven periodista que creció en la RDA, «nuestro país dejó de existir y nosotros también». Lo que vino después fue una satanización de toda aquella experiencia, simbolizada en dos detestables rasgos del viejo sistema: la Stasi, temible policía secreta, el Muro de Berlín, y la rusticidad de los automóviles Trabant. ¿Hubo algo más? Sin duda, y eso es lo que hoy en Alemania se describe como «Ostalgia», porque «Ost» significa «Este» en alemán. ¿Nostalgia de qué? De varias cosas: había trabajo para todos, la vivienda era barata, la atención médica era gratuita y de calidad y existía un muy buen sistema educacional accesible para todos.


Como recuerda el periodista Wolfgang Herr, «no todo era tan malo antes y no todo es tan bueno ahora». Pese a los «paisajes floridos» que demagógicamente prometiera el canciller Kohl (producto de la euforia del momento, según lo reconoció años después) aquellos paisajes todavía hoy no se divisan. La brecha que separaba las dos regiones antes de la reunificación apenas si se ha atenuado en algunos aspectos, pero se ha acentuado en otros. El ingreso per cápita de las cinco provincias orientales equivale a las dos terceras partes de sus congéneres occidentales, un aumento si se considera que antes de la reunificación eran el 43%, pero hace varios años que esta brecha ha dejado de cerrarse y parece haberse cristalizado en aquella proporción. Y la tasa de desempleo en el este es casi el doble que la registrada en el oeste. Un año después de la caída del Muro, el 61% de los alemanes orientales se consideraban a sí mismos simplemente como alemanes; cuatro años más tarde este porcentaje se redujo al 35% a causa de la desilusión causada por la unificación. Brechas que se acentuaron en relación con los derechos de la mujer, el escaso apoyo en términos de guarderías y jardines infantiles, acceso a la salud y educación. Una encuesta revelaba, en 2009, que solo el 12% de los alemanes orientales creía que se había alcanzado el mismo nivel de vida que en las provincias occidentales, mientras que el 86% decía que no. Sin duda, ahora gozan de libertades que antes no tenían pero en el capitalismo alemán, como en cualquier otro, esas libertades tropiezan con enormes dificultades a la hora de ser realizadas. Pueden salir a voluntad de Alemania, porque ya no está el Muro, pero sus ingresos no se lo permiten. Pueden ir todos los días al KDW, la famosa tienda de departamentos que relumbraba como un sol del otro lado del Muro, pero no tienen dinero para adquirir lo que allí está a la venta.


Gasto militar


En el terreno internacional la caída del Muro fue el preludio del derrumbe de la Unión Soviética y el inicio del breve y turbulento «unipolarismo» estadounidense. Lo ocurrido en Berlín fue exaltado por los tanques de pensamiento y los intelectuales orgánicos del imperio como el alumbramiento de un nuevo orden mundial que, aseguraban, duraría todo un siglo. Eso pensaban los integrantes del Proyecto del Nuevo Siglo Americano, que habrían de sufrir un rudo despertar la mañana del 11 de setiembre de 2001 cuando todas sus ocurrencias, que no ideas, se derrumbaron junto con las Torres Gemelas de Nueva York.


La caída del Muro y todo lo que se precipitó después modificó radicalmente la realidad internacional. Los famosos «dividendos de la paz» prometidos por George Bush padre y Margaret Thatcher, gracias al fin de la Guerra Fría y la presunta disminución del gasto militar, se esfumaron de la noche a la mañana.


Cuando se produce la implosión soviética, en 1992, el presupuesto militar de Estados Unidos equivalía al de los 12 países que le seguían en la carrera armamentista. Cuando en 2003 se decide la invasión y posterior ocupación de Irak el gasto norteamericano ya era equivalente al de los 21 países que le seguían en ese rubro. Las complicaciones de esa guerra, sumadas a la intensificación de las operaciones en Afganistán, hicieron que, para 2008, el gasto militar de los Estados Unidos sólo pudiera ser igualado si se sumaban los presupuestos militares de 191 países. En 2010 la erogación estadounidense en armas y pertrechos ya superaba al gasto militar de todos los países del planeta, quebrando la barrera psicológica del billón de dólares. Otra consecuencia de la caída del Muro, en el plano internacional, fue desencadenar la expansión de la OTAN hacia el Este, desde las nuevas provincias alemanas y también desde países como Polonia y la ex Checoslovaquia y, en general, de todos los que tenían fronteras con Rusia. Proceso, vale aclarar, que en días recientes se acentuó con la instalación de nuevas bases militares en Letonia, Lituania, Estonia, Rumania y Polonia, países altamente dependientes del suministro del gas ruso.


El Muro de Berlín fue caracterizado por la crítica del «mundo libre» como el «muro de la infamia». A lo largo de su historia (13 de agosto 1961 - 9 de noviembre 1989) murieron al intentar cruzarlo 136 alemanes. Es el único muro del cual se habla, soslayando la presencia de otros que demostraron, y demuestran todavía, ser mucho más letales que el alemán. Piénsese que en el que separa Estados Unidos de México mueren cada año cerca de 500 personas. Que hay otro muro de la infamia en la Ribera Occidental, erigido por Israel para contener a los palestinos y cuyas víctimas también se cuentan por cientos. El gigantesco Muro del Sahara Occidental, construido por Marruecos, un incondicional aliado de Occidente, para aislar a la región controlada por el Frente Polisario, y el alambrado construido en Melilla para impedir que desde ese enclave español los africanos puedan ingresar a Europa, son otros tantos ejemplos de una infamia que es ocultada ante los ojos de la opinión pública internacional. Sí, cayó el Muro de Berlín y se acabó su ignominia, pero quedan varios en pie, solo que blindados por el silencio cómplice del pensamiento dominante y su enorme aparato propagandístico al servicio del capital.


(Publicado en la Revista Acción del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Nº 1158. Segunda Quincena de Noviembre 2014)




5 cosas que deberías saber del muro de Berlín




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