lunes, 3 de julio de 2017

POUM. La experiencia española 1939






Rebuscando en los archivos de la Fundación Andreu Nin, he podido encontrar unos documentos muy poco conocidos, de los que sólo guardan memoria algunos veteranos militantes del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM): dos números del boletín La experiencia española, publicados por el .POUM en el año 1939, pocos meses después de la victoria franquista que selló el fracaso y la derrota de la revolución española.


Diversos militantes del POUM intentan realizar un primer balance. Sin duda, son textos que aún no podían situarse plenamente en la nueva situación creada por el éxito de la contrarrevolución fascista y que difícilmente podían captar la profundidad histórica de la derrota sufrida. Pero representan inequívocamente un material de gran interés para todas las personas interesadas por ese período de nuestra historia y por el conjunto de la trayectoria del movimiento obrero en Cataluña y en España. Son también un valioso ejemplo de reflexión libre y crítica.




Importancia histórica del Congreso y de la discusión política
Comité ejecutivo del POUM


Hace unos meses, el POUM llegaba a la emigración rodeado de una aureola de intransigencia y de sacrificio, pero política y orgánicamente destrozado.

La guerra civil había desbordado nuestro pensamiento político y la represión sangrienta de los últimos años había descompuesto los cuadros y el engranaje del Partido.


El primer problema que se planteaba, pues, ante los militantes era la reconstrucción de este pensamiento y de estos cuadros. Problema actual, que no puede ser reducido a una simple cuestión orgánica o burocrática, sino que debe ser planteado y resuelto dentro de su verdadero marco político.


El Partido y los militantes se encuentran actualmente ante las consecuencias del fracaso y de la derrota de la revolución Española. Consecuencias que vienen a traducirse en una triple crisis del movimiento obrero.


1ª Una crisis en el seno de nuestro propio Partido. Crisis progresiva, de superación, que responde a la necesidad de revisar nuestra conducta en el desarrollo de la revolución. A la necesidad de comprender y asimilar las lecciones y las experiencias vividas. A la necesidad de elaborar una nueva plataforma para las luchas del mañana.


2ª Una crisis profunda en el seno del movimiento obrero español, que después de haberlo tenido todo en sus manos ha acabado por perderlo todo. Que tiene conciencia del fracaso de sus grandes organizaciones y que busca intuitivamente el nuevo camino. Una crisis profunda, que no ha hecho más que iniciarse y que se demuestra en la formación de grupos y tendencias en el seno del Partido Socialista, del movimiento Libertario y de los propios sectores stalinistas.

3ª Una crisis y una descomposición del movimiento obrero internacional. Crisis de derrota y de retroceso, que viene a demostrar la falta de confianza que tiene el proletariado en sí mismo y en sus organizaciones y que se traduce en un debilitamiento general de todos los grandes partidos. Luchas de tendencias en el seno del PSOP y del ILP. Descomposición del trotskismo, que ha acabado por subdividirse en tres o cuatro tendencias distintas que se descuartizan entre sí. Reposición de todos los problemas teóricos y tácticos del movimiento obrero, como es el caso del derrotismo revolucionario, de la necesidad y de la disciplina de una nueva internacional, de la táctica a seguir en caso de guerra vis a vis de los países fascistas, de los llamados democráticos y de la URSS.


Todas estas crisis tienen una causa y un fondo común. Son el resultado de las derrotas sufridas por el movimiento obrero en los últimos veinticinco años. La derrota del proletariado alemán y del proletariado austríaco. La degeneración de la Revolución Rusa. Y la derrota sangrienta de la clase trabajadora española.

El reformismo social-demócrata y el stalinismo contra-revolucionario son dos experiencias y dos fracasos demasiado grandes para ser rápidamente superados. Ello es la causa profunda de la crisis ideológica y política que atraviesa actualmente el movimiento obrero. Crisis de la que sólo podrá salir el proletariado revolucionario asimilando las experiencias y elaborando una nueva táctica.


Durante los primeros años de la revolución española el POUM había significado este renacer del movimiento obrero frente a la social-democracia y al stalinismo. En España representaba una teoría y una táctica distintas de ambos movimientos, y en el mundo, era el impulsador y coordinador del movimiento marxista independiente, que al margen de la segunda y tercera internacionales constituía el punto de partida de un nuevo reagrupamiento internacional.


Pero la derrota de la revolución española no sólo ha cortado momentáneamente este resurgimiento revolucionario, sino que ha acentuado extraordinariamente los motivos de descomposición que existían ya en el seno del proletariado. El hecho de que el POUM fuera políticamente desbordado por la guerra civil española demuestra, por una parte, la debilidad teórica aún de este movimiento independiente, y de otra, la agravación de la crisis ideológica y táctica del movimiento obrero en general.


La revolución española es actualmente la piedra de toque del movimiento obrero internacional. Hasta ella se llega y de ella se parte. En el transcurso de su desenvolvimiento se plantean todos los problemas ante los cuales deberá situarse el proletariado en los días futuros. Los problemas del poder, de las relaciones con la pequeña burguesía, de la actitud de las democracias, de los planes del fascismo, de la conducta de la URSS, de la necesidad de un partido y de una internacional revolucionaria, etc. En el transcurso de la revolución se ha puesto de relieve la conducta de las diferentes organizaciones de la clase obrera. Y es solamente a través de un análisis y de una clarificación profunda de todas estas cuestiones que la crisis actual del movimiento obrero podrá ser superada en un sentido progresivo.

En ello reside la gran responsabilidad histórica de nuestro Partido y de su 1er Congreso. Alrededor del POUM se agruparon el 19 de Julio todos los sectores revolucionarios del proletariado internacional. Alrededor del POUM y de su represión sangrienta se agruparon más tarde cuanto de sano y progresivo quedaba en el movimiento obrero de todos los países. Y alrededor del POUM se agruparán actualmente cuantos desengañados de la socialdemocracia, del stalinismo y del sectarismo trotskista aspiren a luchar por la reorganización política del proletariado y por el triunfo del socialismo.


La clase trabajadora española es quien ha hecho el mayor sacrificio de sangre. Ella ha puesto al rojo vivo todas las cuestiones políticas del momento presente. Y es a través del análisis y del estudio de esta experiencia que el proletariado mundial volverá a encontrar la fe y la confianza en sus destinos.


El POUM se encuentra situado en el cruce de todos los caminos. Hasta ayer cargó con la responsabilidad de orientar al proletariado revolucionario de España. Hoy debe saber iniciar la discusión de la revolución vivida, a fin de darle la máxima profundidad y a fin de que sus conclusiones sean el punto de arranque de una nueva etapa del movimiento obrero.


Por eso el Partido debe plantearse seriamente la amplitud y la trascendencia que puede tener nuestro 1er Congreso, la amplitud y la trascendencia que nosotros debemos darle. Porque no es un simple Congreso más. No es un Congreso puramente interno destinado a superar nuestra crisis de Partido.


Sino que debe ser un Congreso de trascendencia histórica, destinado a superar, al mismo tiempo que nuestra crisis, la crisis del movimiento obrero español y del movimiento obrero internacional. Y en la capacidad del partido ante este problema se demostrará actualmente su madurez y sus posibilidades revolucionarias.


Durante los dos años y medio de guerra civil cada militante en particular y el partido en su conjunto han vivido las más intensas experiencias. Hemos realizado acciones justas y acciones equivocadas. Errores de un lado y aciertos de otro. Y ha llegado el momento de pasar balance. Muchas veces hemos repetido que la historia era implacable con los partidos y los hombres que habían intervenido en el desarrollo de los grandes acontecimientos. Pero nuestro partido no puede esperar el fallo de la historia. Debe saber transformarse en su propio juez.


Vamos a plantearnos los problemas de la revolución cara a cara y al desnudo. Todos los militantes y todas las corrientes de opinión que existan en el Partido pueden exponer libre y ampliamente sus opiniones y sus puntos de vista. Una cosa sola puede exigir y piensa exigir la dirección del Partido: Sentido de la responsabilidad y alteza de miras.


Nuestro Boletín de Discusión no quedará reducido a los cuadros del Partido, aunque sean éstos los únicos que intervengan en la discusión. Pensamos hacerlo llegar a todos los sectores del Partido Socialista y del Movimiento Libertario Español. Pensamos hacerlo llegar a todos los núcleos independientes del movimiento revolucionario internacional. Queremos que todo el proletariado discuta los problemas de la revolución española y queremos que los discuta en torno a nuestro Partido. Esta debe ser hoy nuestra aspiración, nuestro deber y nuestra responsabilidad.


Todo el movimiento revolucionario internacional tiene actualmente los ojos fijos en el POUM. Confía y espera mucho de nosotros, espera que hablemos en voz alta con toda la claridad y la crudeza que los momentos exigen. Y el Partido debe saber hacerse digno de esta confianza.


Sabemos que la discusión será dura. Pero no importa. El Partido no tiene nada que ocultar a nadie. Debe presentarse tal cual es. Con todos sus matices, con toda la intransigencia de sus opiniones, con todas sus debilidades.


Nosotros conocemos al Partido. Sabemos que nació y se forjó en medio de la crítica más implacable. Y estamos convencidos que la discusión actual no hará más que fortalecer su madurez política y reforzar su disciplina interior.


El Congreso, y la discusión profunda que debe precederle, deben servir al Partido y a la causa del proletariado. Los militantes tienen suficiente madurez política para comprender cuando esto sea así, y cuando, por el contrario, pueda ser aprovechado en contra del Partido y en beneficio de quienes están interesados en destruirlo. Y el Partido en su conjunto sabrá cortarlo.


Discutir, sí. Discutir con toda la intransigencia, sí. Pero discutir en el seno del Partido y a través de los órganos normales del mismo. La discusión no debe degenerar en una desarticulación y en una desintegración del Partido. Al contrario. La discusión es el punto de partida de un resurgimiento en todos los sentidos. En el sentido político y en el sentido orgánico. Y el Congreso debe ser la síntesis superior de este análisis encarnado en la discusión que acaba de abrirse en nuestro seno.




El secretario político

La discusión está abierta en el Partido desde el momento mismo en que la acordó el Comité Central Ampliado, a fines de abril. Este trabajo, que me ha encargado el Comité Ejecutivo, y cuya redacción cae bajo mi responsabilidad personal, tiene un doble objetivo: abrir oficialmente la discusión en el Partido y trazar una especie de guión de los problemas en torno de los cuales debe girar, a nuestro juicio, dicha discusión. Ello no quiere decir, claro está, que los militantes no tengan derecho a abordar otros problemas que los que aquí se plantean. Creemos, sin embargo, que tiene importancia suma que la discusión se centre hoy en torno de la política seguida por el Partido en el trascurso de la guerra y de la revolución española, que es lo básico y fundamental, ya que sin una clarificación a este respecto nos será difícil comprender la situación actual y las perspectivas, elaborar la línea política futura del Partido y llenar el papel que legítimamente nos corresponde ante el proletariado español e internacional.


Trazamos este trabajo con una preocupación central: la objetividad. No observándola traicionaríamos el encargo del Comité Ejecutivo y la confianza que nos merece el Partido. Esto no es una tesis política ni un proyecto de resolución; es, lo repetimos, un simple guión de problemas, un planteamiento escueto de los mismos. No queremos ni tan sólo esbozar un punto de vista político, una defensa o una crítica de la política seguida por el Partido durante estos tres últimos años. Eso quiere decir que nos reservamos el derecho, como los demás miembros del Comité Ejecutivo y del Comité Central, como cualquier otro militante del Partido, de intervenir después, en la discusión, defendiendo nuestros puntos de vista y nuestras conclusiones.


Necesidad de situar la discusión en su cuadro real


Un análisis político debe ser situado, ante todo, en su cuadro real. Es decir: nuestra discusión no puede girar en torno a problemas abstractos, sino en torno a problemas concretos. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, los factores reales, la situación real en medio de la cual se encontró nuestro Partido. Una política no es acertada o errónea, justa o injusta en sí, sino en relación a una situación determinada. En todas las situaciones un partido revolucionario debe permanecer fiel a sí mismo, fiel a sus principios y a su misión histórica; pero en cada situación un partido revolucionario debe buscar los medios y las posibilidades de servir mejor esos principios, de realizar esa misión histórica. Las anteriores consideraciones tienen por objeto plantearnos estos problemas fundamentales, a los que se trata de responder clara y concretamente:

¿Cuál era la situación real en que se produjo la guerra civil española, desde el punto de vista nacional e internacional?


¿Qué factores intervenían, en España y fuera de España, en su desarrollo?

¿Cuál era la relación de fuerzas en presencia, nacional e internacionalmente?

¿Supo el Partido permanecer fiel a sí mismo, a sus principios revolucionarios, a su misión histórica?

¿Supo aprovechar las posibilidades que se le ofrecían y buscar los medios al servicio de esos principios y de esa misión histórica?

No es posible sacar conclusiones reales, exactas, si no se empieza por situar el problema real y exactamente. Esto nos parece fundamental en la discusión que abrimos en el Partido.


El Partido antes del 19 de julio


Pero hay otra cuestión que nos parece no menos fundamental que la anterior. Es la de saber si el Partido había tenido una política acertada antes ya del 19 de Julio, es decir, si estaba preparado, armado, ideológica y tácticamente, para afrontar los acontecimientos revolucionarios. El 19 de Julio no es un hecho aislado, esporádico; es el resultado de todo un proceso, que se abre con la República, antes incluso de la República. No se trata, claro está, de remontarse tan lejos, aun a sabiendas de que la política de un partido en un momento determinado es la resultante de todo el proceso de formación de ese partido. Basta con que nos remontemos al momento de la desaparición de las Alianzas Obreras y de la constitución del Frente Popular en España. Se trata de contestar, a nuestro juicio, a las siguientes preguntas:

¿Mantuvo el Partido una posición lo suficientemente clara y enérgica en la denuncia del Frente Popular? ¿Hubiera debido mantener una posición más radical o una posición más oportunista?


¿Hizo bien el Partido participando en las elecciones de febrero de 1936, en candidatura con el Frente Popular, o debió ir solo a las elecciones?


Durante el periodo que va de febrero a julio, ¿supo el partido prever el peligro reaccionario y denunciarlo, así como la impotencia del Frente Popular, del Gobierno y del Parlamento para hacerle frente? ¿Era justo el dilema por nosotros establecido: socialismo o fascismo? ¿Supimos llevar el planteamiento de ese dilema a la conciencia de la masa trabajadora y adoptar una táctica política en consecuencia?


¿La política del Partido anterior al 19 de julio le había preparado para afrontar los acontecimientos revolucionarios?


El partido después del 19 de julio


Establecidas las premisas en la forma más arriba indicada, viene ahora lo que, a nuestro juicio, debe constituir el nervio de la discusión: el examen de la política del Partido inmediatamente después del 19 de julio. Es indudable que los primeros meses -a veces las primeras semanas e incluso los primeros días- de una revolución son decisivos para ésta. Todos los problemas, los múltiples problemas de la transformación y de la defensa revolucionarias -en su aspecto económico, político, militar, policiaco, jurídico-, se plantean de golpe ante el partido revolucionario. Este debe tener una visión de conjunto de todos esos problemas y una solución para cada uno de ellos, no sobre el papel, no sólo teóricamente, sino prácticamente y teniendo en cuenta la situación real, la relación de fuerzas, las posibilidades. Se trata, para nosotros, concretamente, de dilucidar las cuestiones siguientes:

¿Estuvo el Partido a la altura de las circunstancias, inmediatamente después del 19 de Julio? ¿Supo caracterizar debidamente los acontecimientos, ver las posibilidades que se abrían ante él, establecer las perspectivas, adoptar la táctica justa y de acuerdo con los acontecimientos, con las posibilidades y con las perspectivas? ¿Tuvo una visión de conjunto de los problemas y supo apuntar una solución para cada uno de ellos?


Démosles una concreción aún mayor a las preguntas:


¿La etapa revolucionaria abierta por el 19 de Julio era democrática, democrático-socialista o socialista?


¿Supimos plantearnos debidamente la cuestión del Poder, del Estado, de la conquista del primero y de la destrucción del segundo y su transformación en Estado proletario? ¿Supimos plantearnos la cuestión de la Dictadura del Proletariado y de la Democracia Obrera, no en sus términos genéricos, sino concretamente y en la situación real de España? ¿Supimos plantearnos la cuestión de los órganos de Poder y cuáles debían ser éstos: los Comités, los Sindicatos, las Alianzas Obreras? ¿Fue justa nuestra participación en el Comité Central de Milicias y en el Consejo Económico de Cataluña? ¿Qué era exactamente el Comité Central de Milicias: una prolongación del Frente Popular -un Frente Popular ampliado- o un órgano de poder proletario? Si el Comité Central de Milicias era lo primero y no lo segundo, ¿supimos realizar en su seno -y, por la base, en la conciencia de las masas trabajadoras- la necesaria diferenciación revolucionaria, para pasar a una etapa superior, a la de su transformación de un órgano de colaboración de clases en un órgano de poder proletario? ¿Cuáles eran las consignas justas, capaces de operar esa transformación? ¿En qué fuerzas concretamente podíamos apoyarnos para realizarla?


Repetimos que el cuestionario que precede constituye el nervio de la discusión y que para contestar a él es preciso tener en cuenta los diversos aspectos de la situación: desde el punto de vista internacional -posición de las potencias totalitarias, posición de las potencias sedicentemente democráticas, posición de la URSS, coincidencias y contradicciones entre ellas en la cuestión española, situación del proletariado internacional-, desde el punto de vista nacional -situación de la guerra entre el fascismo y el antifascismo, Gobierno de Frente Popular en la España antifascista, debilidad de nuestro Partido fuera de Cataluña- y desde el punto de vista de Cataluña, que es donde nuestro Partido, por su situación y por sus posibilidades, tuvo que centrar su acción.


Disolución del Comité Central de Milicias y colaboración con el Gobierno de la Generalidad


Lo que viene a continuación está ligado con lo que antecede. Sabido es que a fines de septiembre se disolvió el Comité Central de Milicias y se constituyó el Consejo de la Generalidad de Cataluña, con la misma relación de fuerzas, con la misma base y con la participación de nuestro Partido. Es ésta una de las cuestiones más discutidas, dentro y fuera del Partido. Por eso conviene que le concedamos toda la atención que merece.


¿Pudimos impedir la disolución del Comité Central de Milicias? El Partido, que en los primeros días de julio propuso, concretamente, que fuera disuelto el Gobierno de la Generalitat, que como una entelequia existía paralelamente al Comité Central de Milicias, y que pasara éste a ser el Poder único en Cataluña, ¿supo mantener esta posición consecuentemente?


¿Fue un acierto o fue un error el colaborar en el Gobierno de la Generalidad que sucedió al Comité Central de Milicias? Y si fue un error, ¿cuál hubiera debido ser nuestra actitud? ¿Por qué puso el stalinismo tanto empeño en eliminarnos de dicho Gobierno, hasta el extremo de someter el envío de armas y municiones al frente de Aragón a esa eliminación de nuestro Partido? ¿Fue acertada o desacertada nuestra política en el Consejo de la Generalidad? ¿Fue acertada la disolución de los Comités locales antifascistas?


Terrorismo revolucionario y terrorismo contrarrevolucionario

Hay una serie de aspectos parciales que van unidos a todo el desenvolvimiento revolucionario. Interesan grandemente a la táctica revolucionaria de un partido como el nuestro. Hoy pueden y deben ser esclarecidos a la luz de la experiencia histórica.

Uno de esos aspectos es el que se refiere al terrorismo. Tiene esta cuestión una importancia mucho mayor de lo que muchos creen. Un partido revolucionario sabe que no hay revolución posible sin terrorismo. Pero el terrorismo, para un partido revolucionario, no es una cuestión de principio; es un problema de táctica, impuesto por la necesidad, determinado por las circunstancias, lo que se trata de dilucidar aquí es si el terrorismo que se aplicó en Cataluña -y en la España antifascista- durante los primeros meses de la guerra y de la revolución era un terrorismo políticamente justo; si, en la forma en que se aplicó, beneficiaba o, por el contrario, perjudicaba a la revolución. ¿Fue justa la posición del Partido respecto de tan importante problema?


La política sindical del partido


La cuestión de los Sindicatos tiene una importancia general para el movimiento obrero; hay países, sin embargo, en los que tiene una importancia mucho mayor que en otros. En España, su importancia es fundamental. Los Sindicatos españoles han jugado un papel de primerísimo orden en el desenvolvimiento de la lucha de estos últimos veinte años. El Partido Socialista sin la UGT no hubiera jugado más que un papel secundario; respaldado por ella ha jugado un papel central, sobre todo desde el advenimiento de la República. La FAI, sin la CNT, no hubiera pasado de ser un grupo conspirativo o terrorista, sin importancia alguna en las luchas sociales de España, particularmente de Cataluña. La cuestión de los Sindicatos, de su conquista, tiene, pues, una importancia fundamentalísima para un partido obrero, sobre todo en España. Esto nuestro Partido no lo ha ignorado ni lo ha olvidado un solo momento.


No se trata de trazar aquí la historia de la política sindical de nuestro Partido. Basta con referirnos a su política sindical durante los meses que precedieron y que siguieron al 19 de Julio. Nuestro Partido controlaba Sindicatos pertenecientes a la CNT y otros pertenecientes a la UGT y preconizaba, tradicionalmente, la consigna de la unidad sindical. Unos meses antes de los acontecimientos de Julio fue a la constitución de la FOUS. ¿Fue justa la constitución de dicha organización? Los acontecimientos nos sorprendieron antes de que la FOUS hubiera tenido tiempo de popularizarse y de desarrollarse. Dichos acontecimientos la desbordaron: quedó cogida, y en algunos sitios -particularmente en Barcelona- medio destrozada- entre la UGT y la CNT, que llegaron a un acuerdo de unidad de acción en contra nuestra. El Partido acordó disolver la FOUS e ingresar en la UGT. ¿Fue justa la disolución de la FOUS? ¿Fue un error? ¿Fue justo el ingreso en la UGT? ¿Hubiera sido preferible ingresar en la CNT? En el seno de la UGT, ¿supimos luchar con la suficiente energía contra el burocratismo psuquista-staliniano y en favor de la democracia sindical? ¿Qué papel asignamos a los sindicatos en la lucha y en la transformación revolucionarias? ¿Podían ser transformados en órganos de Poder?


Esta cuestión no tiene tan sólo un valor retrospectivo, sino un valor futuro verdaderamente extraordinario. Los dos años y medio de guerra nos ofrecen unas experiencias a este respecto que es preciso aprovechar con miras al futuro. Basta decir que de la clarificación de este problema depende, en gran parte, el porvenir de nuestro Partido.


El problema de la transformación económica


Todo el mundo sabe que fue nuestro Partido el que redactó el programa de Creación del Consejo Económico de Cataluña. ¿Era justo ese programa? ¿Pudo hacer nuestro Partido mayores esfuerzos para su aplicación? ¿Planteó la cuestión simplemente por arriba, burocráticamente, o supo llevarla a la conciencia de las masas? ¿Tuvo el Partido una política económica propia, desde el punto de vista de la socialización de la tierra, de la industria, de la Banca, de los transportes, de las minas? ¿Supo preconizar una política justa frente a los ensayos anarquizantes, sin plan ni concierto, de sindicalización industrial, de colectividades agrarias? ¿Supo oponerse a las maniobras contrarrevolucionarias, desde el punto de vista económico, del reformismo y del republicanismo burgués?


He aquí un problema no menos fundamental que el anterior, no sólo en lo que respecta al pasado, sino en lo que respecta, a través de las experiencias pasadas, al porvenir.


Nuestra política militar


En la consigna de separar la guerra de la revolución, preconizada por el stalinismo, por el reformismo y por el republicanismo pequeñoburgués, nuestro Partido vio en seguida -y así lo denunció- un pretexto para escamotear la revolución y estrangular la propia guerra. Nuestra consigna, durante todo este periodo, fue: "la guerra y la revolución son inseparables; guerra en el frente y revolución en la retaguardia". ¿Fue justa esta posición? ¿La defendimos con la suficiente energía? ¿Supimos sacarla del marco de la propaganda para llevarla a la acción, a la realidad? ¿Era posible hacer otra cosa que lo que hicimos?


Al lado de esta cuestión, de fundamental importancia, se plantea la de toda la política militar del Partido. ¿Tuvo el Partido una política militar propia? ¿Supo aplicarla en sus propios medios? ¿Supo propagarla en el seno del Ejército? ¿Supo el Partido plantear en los justos términos la transformación de las Milicias en un ejército regular? Constituido el Ejército Popular, con un mando único bajo el control del Gobierno del Frente Popular, ¿cuál debió ser su posición? ¿Qué pudo hacer y que debió hacer a este respecto? 

Nuestra política de orden público


Nuestro Partido tuvo una participación de cierta importancia en el Orden Público en lo que a Cataluña se refiere. Ocupamos la Secretaría General de Orden Público de Cataluña y la Delegación de Lérida. En las Patrullas de Control tuvimos una representación proporcional a la que teníamos en los organismos políticos. Sabido es que, frente a los propósitos del stalinismo, del reformismo y del republicanismo, nosotros defendimos la existencia de las Patrullas, nos opusimos a su disolución. No dejamos de preconizar un Orden Público centralizado, bajo el control de la clase trabajadora. ¿Lo hicimos con la suficiente habilidad y energía? ¿Tuvimos una política propia de Orden Público? ¿Pudimos hacer otra política que la que hicimos a este respecto?


Esta cuestión, aunque parezca secundaria, no lo es. Va unida a toda la cuestión del Poder y de la defensa revolucionaria. Tiene, por consiguiente, una gran importancia y es de esperar que se la concederán nuestros militantes en el transcurso de la discusión.


El POUM y la CNT

Una de las críticas más frecuentes que escuchamos, no sólo fuera, sino en el propio Partido, consiste en que hemos hecho excesivas concesiones a los dirigentes de la CNT, en que no hemos sabido hacer una crítica cerrada de sus falsas posiciones, de su política desacertada, unas veces de un ultraizquierdismo absurdo, sobre todo en la aplicación del terrorismo durante los primeros meses y en la cuestión de las colectividades agrarias, otras de un oportunismo no menos absurdo, tanto en la cuestión de la sindicalización industrial y comercial y en toda su política económica como en el sacrificio de la revolución a la guerra y, en general, al Frente Popular. Es ésta una cuestión de fundamental importancia, principalmente desde el punto de vista histórico. La CNT, por su volumen numérico, tuvo que llenar un papel de primer orden en el desarrollo de la política de Cataluña, después del 19 de Julio. La actitud de la CNT podía determinar el que la revolución siguiera su curso ascendente o el que fuera escamoteada y liquidada. Esto podía depender, en gran parte, de la actitud que adoptara nuestro Partido a su respecto.


¿Fue acertada nuestra actitud? ¿Hicimos concesiones a la CNT? ¿De qué orden? ¿Supimos hacer una crítica constructiva de sus falsas posiciones? ¿Supimos adoptar la táctica consiguiente para atraernos a las masas cenetistas, para guiarlas en sentido revolucionario? En una palabra, si nuestra táctica respecto a la CNT fue desacertada, ¿cuál hubiéramos debido aplicar exactamente y con posibilidades de éxito?


El POUM ante la crisis del socialismo


Después del primer bienio republicano se abrió una honda crisis en el seno del Partido y de las Juventudes socialistas. Esta crisis podía ser progresiva si conducía a una parte de los militantes socialistas a romper con la tradición socialdemócrata, oportunista, y adoptar posiciones revolucionarias. Es indudable que una gran parte de esos militantes buscaban el camino del marxismo revolucionario. Sin embargo la crisis del socialismo, que debía ser progresiva, fue, en suma, regresiva. La izquierda socialista, creyendo radicalizarse, cayó bajo la influencia del stalinismo, le hizo el juego a la vanguardia de choque de la contrarrevolución que era el stalinismo. Este hecho ha tenido una importancia extraordinaria para la revolución. Para nosotros el problema que se plantea es el siguiente: ¿qué intervención tuvimos en esa crisis? ¿Qué hicimos para darle una dirección progresiva, revolucionaria? ¿Qué hicimos para evitar que fuera aprovechada por el stalinismo para darle una orientación reaccionaria? ¿Hubiera sido capaz nuestro Partido, aplicando una táctica determinada, de evitar lo sucedido? Esta cuestión no sólo tiene una importancia histórica, sino una importancia actual y una importancia en lo que respecta al porvenir. Es, en suma, una de las cuestiones que merecen más detenido estudio por parte de nuestro Partido.


El POUM y el stalinismo


No es necesario tratar aquí del papel que ha llenado el stalinismo en el curso de la guerra y de la revolución en España. Sí que es conveniente recordar, quizá, que en el seno de nuestro Partido hubo serias divergencias respecto a la actitud que debíamos adoptar ante la política del stalinismo, ante la intervención rusa en España. Para unos fuimos poco oportunistas, poco contemporizadores; para otros lo fuimos demasiado. Este extremo tiene también una gran importancia histórica y de actualidad. El Partido debe determinar si su táctica respecto del stalinismo fue justa o no y, a la luz de la experiencia, debe determinar su táctica actual. Esto plantea una cuestión de primera magnitud, una cuestión casi central para el movimiento obrero internacional: el problema de la URSS, de su situación exacta, del papel que llena en la política mundial y en la política proletaria, de la actitud que debe adoptar la vanguardia revolucionaria a su respecto.


La consigna del frente obrero revolucionario


Al lanzar esta consigna, nuestro Partido perseguía un objetivo bien concreto: salvaguardar la independencia de clase del proletariado y oponerla al Frente Popular. La consigna, en sí, ¿era justa, era progresiva, era revolucionaria? Nuestro Partido que constituía una fuerza minoritaria, ¿tenía que buscar el acuerdo, la unidad de acción con otras fuerzas para defender las conquistas revolucionarias y tratar de llevar la revolución hasta las últimas consecuencias? Pero el problema no consiste sólo en saber si la consigna era justa en sí, sino si era justa en el momento en que fue lanzada, si su realización era posible y con qué fuerzas había que realizarla. Y aun cuando fuera justa, desde el punto de vista de la oportunidad, se trata de saber si el Partido supo hacer el esfuerzo necesario para llevarla a la conciencia de las masas, para conquistar a éstas con el fin de imponer su realización. En torno a esta cuestión hubo también, algunos meses después de la represión contra nosotros, serias divergencias en el Partido. Unos preconizaban la formación de un Frente Antifascista para procurar determinar la diferenciación revolucionaria en su seno y la creación del Frente Obrero Revolucionario. Otros sometían el ingreso en el Frente Antifascista a la previa constitución del Frente Obrero Revolucionario. Otros se pronunciaban por el Frente Obrero Revolucionario sin ingreso en el Frente Antifascista. ¿Es que el Frente Antifascista era otra cosa que el Frente Popular ampliado? Esta cuestión tiene una gran importancia desde el punto de vista táctico, porque a través de ella se plantea todo el problema de la táctica del frente único. Por eso es conveniente la discusión en torno a la misma. 

La política internacional del partido

No nos detendremos a detallar la situación del movimiento obrero internacional al producirse la guerra civil española. Esa situación ha sido uno de los factores determinantes de nuestra tragedia. Las masas trabajadoras del mundo entero estaban, sentimentalmente, al lado de los trabajadores españoles, pero esto no bastaba. En realidad no podían aportarnos una ayuda efectiva. Las Internacionales no gozaban de la menor independencia, sino que estaban completamente domesticadas: la Internacional Obrera Socialista (II Internacional) y la Federación Sindical Internacional (Internacional de Amsterdam) sostenían, realmente, la política de No Intervención de los imperialismos democráticos: la Internacional Comunista no era ni más ni menos que un apéndice de la política exterior del Gobierno ruso, de Stalin. La IV Internacional de Trotski estaba condenada a la mayor impotencia, tanto por su falta de efectivos y posiciones políticas, como por su sectarismo manifiesto.


Por otra parte los partidos independientes, en general bastante débiles numéricamente, sin una base programática y de acción de conjunto, pertenecían al Buró Internacional de Unidad Socialista revolucionaria (Buró de Londres). Tal era la situación desde el punto de vista del proletariado internacional y de sus posibilidades de ayuda directa e independiente al proletariado revolucionario español.

Nuestro Partido tuvo que apoyarse, desde el punto de vista internacional, en el Buró de Londres, al cual pertenecía, y en la Izquierda Revolucionaria [francesa, perteneciente al Partido Socialista, y convertida más tarde en el actual PSOP. Asistió a la Conferencia internacional de Bruselas, a comienzos de noviembre de 1936, e hizo que dicha Conferencia girara, sobre todo, en torno a la guerra civil española y a nuestro Partido. Después preparó la celebración de una gran Conferencia internacional en Barcelona, con dos cuestiones principalísimas en el orden del día: 1) la movilización del proletariado internacional en defensa de la revolución española y 2) la cuestión de la nueva Internacional revolucionaria. Dicha Conferencia, convocada para el 19 de Julio de 1937, no pudo reunirse a consecuencia de la represión que se desencadenó en junio contra nuestro Partido.

¿Fue justa la política internacional desarrollada por el Partido durante el periodo revolucionario? ¿Fue justa la posición mantenida en la Conferencia de Bruselas? ¿Pudo hacer nuestro Partido más de lo que hizo desde el punto de vista de la movilización del proletariado internacional?


El POUM y el Movimiento de Mayo


Es indudable que desde el punto de vista histórico el levantamiento de Mayo de 1937 tiene una importancia extraordinaria. ¿Nos hemos pronunciado claramente respecto a dicho movimiento? Se impone una caracterización del mismo, un estudio de sus causas, de su desarrollo y de sus consecuencias. ¿Es que el Partido, al aprobar las jornadas de mayo comprendía toda su importancia política? ¿Es que el proletariado podía aprovechar aquel movimiento para tomar el poder? ¿Podía y debía el Partido hacer más de lo que hizo con ocasión de aquel movimiento? Es preciso decir también si habíamos sabido preverlo y si su reivindicación ulterior, ante los Tribunales, fue justa. 


La represión contra el Partido

La derrota de mayo desata la represión violenta contra el Partido. ¿Es que el Partido supo prever su desencadenamiento? ¿Es que pudo haberlo evitado sin hacer dejación de sus posiciones? ¿Es que la actitud mantenida en el transcurso de la represión fue la que corresponde a un partido revolucionario? 


Las derrotas militares


La derrota del proletariado revolucionario llevaba aparejado el hundimiento de los frentes militares. Este se realizó en tres etapas bien determinadas. Una que va desde mayo de 1937 hasta marzo de 1938 y que está representada por la pérdida del norte y del frente de Aragón.
Otra que desde marzo del 38 llega hasta enero del 39, con la pérdida de Cataluña. Y otra que coincide con las últimas semanas de la resistencia republicana y el golpe de Estado de Casado-Miaja. ¿Ha sido justa la política del Partido en cada uno de estos momentos? ¿Ha sido justa la posición mantenida frente a la resistencia militar y a la política de los pactos?


Advertencia final


He de repetir lo que he dicho al comienzo: este trabajo no pretende ser más que un esbozo o un guión de las cuestiones en torno a las cuales debe girar, en opinión mía, la discusión en el Partido. Es posible que haya dejado de plantear alguna cuestión que tenga, sin embargo, una importancia cualquiera para la discusión. Dejo al cuidado de los militantes el subsanarla. Estos pueden pronunciarse sobre el conjunto de las cuestiones planteadas o sobre una cuestión determinada. Espero, por otra parte, haber alcanzado la objetividad que me había propuesta observar al establecer este guión. Y espero, en fin, que al intervenir en la discusión todos los camaradas tendrán en cuenta la gran responsabilidad que, desde el punto de vista nacional e internacional, pesa sobre nuestro Partido. De la discusión debe salir éste fortalecido, política y orgánicamente. Es ésta la aspiración que debe guiarnos a todos. 

EL ERROR FUNDAMENTAL DEL PARTIDO Julián Gorkin



Julián Gorkin

Creo que la primera condición que hay que imponerse al intervenir en la discusión abierta en el Partido es la de una sinceridad absoluta. Hay que superar, en la medida de lo posible, los estados pasionales, los personalismos, y tener sólo en cuenta el interés supremo del Partido. Quienes asumieron tareas de dirección no deben colocarse por eso en actitud defensiva y tratar de justificar o de cubrir sus errores, si tienen la evidencia de haberlos cometido, pues éste sería de todos el error menos excusable; deben ser ellos, por el contrario, los primeros en proclamar y en tratar de corregir esos errores. Quienes no asumieron tales tareas no deben tratar por eso de aprovechar su situación "privilegiada" para arremeter contra los demás. Un verdadero partido marxista revolucionario, basado en el centralismo democrático, debe formar, tanto en la elaboración como en la aplicación de su política, un todo homogéneo, un conjunto armónico, una máquina cuyas piezas son interdependientes las unas de las otras, pues de otra manera no es tal partido revolucionario ni democrático, sino un partido caudillista y de acaudillados, de dirigentes y de dirigidos. Decía Rosa Luxemburgo en 1904, polemizando con Lenin, que prefería mil veces los errores cometidos por el conjunto del partido y de la clase obrera que los aciertos de una minoría de dirigentes -de "revolucionarios profesionales"-, pues los errores de masa sirven a su formación mientras que los aciertos de una minoría dirigente pueden servir a su encumbramiento, al concepto de su "infabilidad" y a su dictadura burocrática sobre la masa. Opino como Rosa Luxemburgo, sobre todo a la vista de la experiencia rusa, y aún teniendo en cuenta las condiciones especiales en que tuvo que emprender Lenin la organización del Partido Bolchevique. En un verdadero partido marxista revolucionario las responsabilidades son conjuntas, si bien las de los miembros de los Comités son más visibles, más directas, más concretas. Yo he sido en el Partido eso que se llama un "dirigente", es decir, un miembro colocado en la dirección. Empezaré por decir que pienso observar, como tal, la norma de sinceridad que exijo de los otros y que no pienso sacudirme, por otra parte, ninguna de las responsabilidades que me correspondan.

¿Ha cometido errores el Partido?

Es ésta, a mi juicio, la primera pregunta que hay que hacerse: ¿ha cometido errores el Partido? Yo creo que muchos y de bulto. Se trata ahora de saber en qué condiciones han sido cometidos, en qué han consistido exactamente y cómo hay que corregirlos. Pero antes creo necesario formular algunas observaciones preliminares. Tengo más que nunca el convencimiento de que un militante, un partido, un proletariado no aprenden, de una manera eficaz y positiva, más que a través de su propia experiencia. Es cierto, como dijo Lenin, que "sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria posible". Pero Lenin, marxista eminente, sabía también que la teoría es hija de la acción, que la una es interdependiente de la otra, que "vale más un hecho que diez programas", según la afirmación de Marx, y, en fin, que el proletariado forma su conciencia a través, sobre todo, de su propia acción, de su propia experiencia. Se aprende más en un año de revolución que en veinte años de lecturas revolucionarias. Yo creo haber leído cuanto de esencial se ha publicado sobre la Historia del Partido Bolchevique -la verdadera, no la vergonzosa falsificación que hacen circular por ahí los miserables empleados de Stalin. Durante la Revolución rusa de 1905 el Partido Bolchevique tenía ya a su cabeza hombres tan eminentes como Lenin y Trotski. El Partido fue, sin embargo, a tientas, cometió grandes errores, no estuvo a la altura de las circunstancias. Fue después de 1905 cuando el Partido elaboró su verdadero pensamiento, su verdadera táctica: puede decirse que sin la preciosa experiencia de 1905 no hubiera sido capaz de ponerse a la cabeza de la Revolución de 1917 y hacerla triunfar. Yo no quiero, en manera alguna, que esto pueda servirnos de excusa. La Historia tenía derecho a ser mucho más exigentes con nosotros que con los revolucionarios de 1905, ya que nosotros podíamos contar con toda la experiencia revolucionaria de la postguerra, periodo de todos el más rico desde el punto de vista de las luchas sociales. Tengo el firme convencimiento, en todo caso, de que el Partido, colocado ante una situación revolucionaria semejante a la que hemos vivido, no cometería los errores que ha cometido. Ello quiere decir que le creo en situación de corregir esos errores y de aprovechar la experiencia pasada para elaborar el pensamiento y la táctica que deben convertirle en el verdadero partido de la Revolución española. Para el Partido debe ser severo, cuanto más severo mejor, en la crítica de sí mismo. No olvidemos que la actual discusión puede tener -debe tener- para el Partido lo mismo que para el proletariado español e internacional, una importancia histórica. 

La ausencia de Maurín

Ya he dicho anteriormente que un verdadero partido marxista revolucionario -y el POUM lo es- es un partido anticaudillista. Hay hombres, sin embargo, cuyo pensamiento, cuya acción, cuya vida van unidos estrechamente al pensamiento, a la acción, a la vida de un partido. Eso quiere decir que el hombre y el partido se confunden y complementan, que el hombre es producto del partido tanto como el partido del hombre. La Historia moderna nos ofrece un ejemplo acabado a este respecto: el de Lenin y el Partido Bolchevique. ¿Sin Lenin hubiera sido lo que fue el Partido Bolchevique? ¿Y sin Lenin hubiera el Partido Bolchevique hecho triunfar la Revolución rusa? Por mi parte no lo creo. No tiene esto nada que ver, claro está, con la creencia en el "hombre providencial". Los grandes acontecimientos históricos son producto del determinismo económico y social; las grandes corrientes sociales, que determinan las revoluciones, se producen independientemente de la voluntad del hombre; pero la intervención de éste en una situación y en un momento dados, al frente de una fuerza consciente y disciplinada, puede imprimirles un carácter u otro, un desenlace u otro. Todos los militantes poumistas saben que Maurín era el verdadero organizador del Partido y que poseía extraordinarias cualidades de dirigente obrero. Soy enemigo de cultos y fetichismos y no menos enemigo de la palabra "jefe" en el movimiento obrero; tengo que reconocer, sin embargo, que de los muchos militantes que he tenido la ocasión de conocer en los diferentes países de Europa ninguno, salvo Lenin, reunía las cualidades de Maurín, ninguno merecía la apelación de "jefe" obrero como él, aun cuando fuera él mismo el primero en no admitirla. Maurín poseía la autoridad, la capacidad, la firmeza de convicciones a la vez que la flexibilidad táctica, la visión de conjunto de los problemas y el golpe de vista rápido y certero, cualidades todas que hacen al jefe. Un hombre así es por demás precioso, casi indispensable, al frente de un partido, a condición de que no falte, sobre todo en el momento culminante de la acción. Lenin, artífice del Partido Bolchevique, pudo encontrarse a la cabeza de éste en el momento culminante de la acción, cuando tenía que llenar su alta misión histórica; Maurín, artífice del POUM, se encontró ausente precisamente en ese momento. La ausencia de Maurín, durante todo el curso de la Revolución española, ha sido fatal para el Partido. Era él quien centralizaba en sus manos todos los hilos del Partido; esa mano fue cortada, y cada hilo quedó suelto, precisamente en el momento en que había que tenerlos más firmemente en ella. Sin intención de disminuir lo más mínimo las cualidades de los demás militantes del Partido, debo proclamar honradamente que ninguno podía recoger en su mano los hilos del Partido y hacerlos mover conforme a las exigencias de los acontecimientos. Cada uno de nosotros poseíamos una característica especial, una cualidad estimable; ninguno de nosotros poseíamos el conjunto de características y de cualidades necesarias para llenar el vacío dejado por Maurín.


Hechas las afirmaciones que anteceden tengo que hacer ahora otra, con la misma honradez. Tengo la convicción de que de haberse encontrado Maurín al frente del Partido, después del 19 de Julio, éste no hubiera cometido los errores que ha cometido y hubiera llenado un papel extraordinariamente más brillante del que ha llenado; la presencia de Maurín no hubiera evitado, sin embargo, el curso de los acontecimientos, el trágico desenlace sufrido por la revolución y por la guerra. A los elementos trotskistas que, a posteriori, nos dirigen las más acerbas críticas, que nos acusan poco menos que de traición, les diremos que Lenin y Trotski al frente del POUM, en las circunstancias en que se han producido la guerra y la revolución españolas, no hubieran sido capaces de evitar la catástrofe. Se trata de analizar ahora, brevemente, esas circunstancias.

El mundo entero contra la revolución española


El limitado espacio de que dispongo me impide establecer un cuadro comparativo de las circunstancias en que se produjo la revolución rusa y de las que rodearon a la revolución española. Hacemos ese estudio en un largo folleto que no tardará en publicarse. Nos limitaremos a examinar hoy cuál era nuestra situación en 1936.

Empezaremos por hacer una afirmación, que constituye el A B C del marxismo y del leninismo: una revolución sólo puede triunfar si los factores internacionales, además de los nacionales, le son propicios y favorables. Si no, está condenada a perecer, sea cual fuere su heroísmo. Ahora bien; la revolución española ha tenido que luchar contra el mundo entero. El fascismo español encontró, desde el primer momento, la ayuda activa de los otros fascismos; no se trataba de una batalla de la reacción española, sino de una batalla de la reacción mundial contra el proletariado español. Los países sedicentemente democráticos, con su política de No Intervención, contribuyeron a la victoria de Franco tanto como los países totalitarios. Por encima de las rivalidades imperialistas, una razón de clase, conservadora, las llevaba a sabotear una posible victoria fulminante de nuestras armas, que, en la situación política y social de España, se hubiera transformado casi automáticamente en una victoria de la revolución. Tanto los países totalitarios como los países "democráticos" se encontraban unidos frente a la revolución. Esta unión contrarrevolucionaria quedaba establecida a través del famoso Comité de No Intervención, tapadera de la intervención a favor de Franco. De este Comité formaba también parte la URSS. Sin embargo la URSS intervino en la política y en la guerra española a los tres meses de producirse esta última. Pero la intervención de la URSS ha contribuido aún más a la derrota española que la No Intervención de las potencias "democráticas". Todo nos permite llegar hoy a la siguiente conclusión: para Stalin la guerra española constituía una simple operación estratégica; intervino en ella con el propósito de establecer su dictadura, su hipoteca política y militar, y hacerla jugar en su política exterior, respecto, principalmente, de Inglaterra y Francia; fracasado su plan totalitario, a pesar de las numerosas complicidades encontradas, Stalin ha querido y ha propiciado la derrota. ¿Con qué fin? Con el fin de alejar el peligro de guerra del Este y del Extremo Oriente, donde la URSS se sentía amenazada por Alemania y el Japón, hacia el Mediterráneo occidental; con el fin de que Mussolini, triunfante en España, agudizara sus reivindicaciones imperialistas cerca de Francia, lo que debía obligar a este país y a Inglaterra, ante el peligro de guerra en torno al Mediterráneo, a buscar la alianza de la URSS, en lugar de abandonarla a su aislamiento, frente a Hitler y al Mikado. Si Stalin hubiera querido, nos hubiera ayudado a ganar la revolución y la guerra; contribuyó como nadie a perder la guerra. El mundo entero estaba, por consiguiente, contra la revolución española.


Nuestro único aliado era el proletariado internacional. Este se encontraba, sentimentalmente, a nuestro lado. Pero su simpatía, su adhesión sentimental no podía bastarnos. Prácticamente se encontraba en la mayor impotencia para aportarnos una ayuda efectiva. Sus organizaciones tradicionales estaban también contra la revolución española: la II Internacional, sosteniendo a los imperialismos democráticos -recuérdese la actitud de Blum en Francia y la de Spaak en Bélgica-; la III Internacional, domesticada y burocratizada, aplicando ciegamente las órdenes de Stalin. Los únicos que se encontraban abiertamente a nuestro lado eran los partidos marxistas independientes, pero éstos constituían por doquier una minoría. En una palabra: el proletariado internacional no podía aportarnos una ayuda en armas, no podía sabotear el envío de armas a los fascistas ni estaba en condiciones de realizar una acción revolucionaria contra sus burguesías, que hubiera sido de todas la mejor ayuda. En tales condiciones, la revolución española estaba condenada a perecer. Esto no lo digo yo ahora, a posteriori; ya a comienzos de 1937, en una conferencia de información hecha en París, ante militantes de toda solvencia internacional, dije que si la clase obrera, sobre todo en Francia e Inglaterra, no era capaz de modificar los factores internacionales, la relación de fuerzas en presencia, el proletariado español, a pesar de su heroísmo extraordinario, sería vencido. Todos los presentes, empezando por los trotskistas, se vieron obligados a reconocer la razón de mis palabras.


El POUM antes del 19 de Julio
Yo creo que toda la política de nuestro Partido antes del 19 de Julio fue fundamentalmente justa. Un partido como el nuestro, minoritario en Cataluña y casi inexistente en el resto de España, fue capaz de organizar las Alianzas Obreras de Cataluña y Valencia y de contribuir grandemente a la organización de las de Asturias y Madrid -no quiero establecer distingo alguno, a este respecto, entre los militantes del Bloque Obrero y Campesino y los de la Izquierda Comunista, fusionados más tarde en el POUM-. Después de Octubre, nuestro Partido se esforzó por mantener las A.O.; el stalinismo y el reformismo las asesinaron, con lo cual contrajeron una inmensa responsabilidad histórica. Nuestro Partido denunció, desde el primer momento, el carácter contrarrevolucionario del Frente Popular. El 1 de noviembre de 1935, ante la proximidad de las elecciones, propuso a los partidos socialista y comunista la formación de un Frente Obrero; éste debía presentarse solo a las elecciones, sostenido por la gran masa de la UGT y la CNT, o, de ir en coalición con los republicanos, debía imponerles a éstos un programa mínimo y la mayoría en las candidaturas. Stalinianos y reformistas dieron la callada por respuesta, aceptaron las condiciones programáticas de los republicanos y les aseguraron la mayoría en las elecciones. Hizo bien nuestro Partido en no ir solo a las elecciones; ya que, por culpa del stalinismo y del reformismo, no era posible darles un carácter de clase y de fidelidad al espíritu de Octubre, había que conseguir, por lo menos, un doble resultado inmediato: desalojar a la reacción del Poder y devolver a la lucha a los 30.000 presos de Octubre. No procediendo así nos hubiéramos hecho cómplices de la reacción y nos hubiéramos aislado de las masas. ¿Puede acusársenos de haber hecho la política del Frente Popular, como afirman cínicamente los trotskistas? No. Ni un solo instante dejamos de denunciar el Frente Popular en nombre de la independencia del proletariado; durante la campaña electoral afirmamos repetidamente que los republicanos, de nuevo en el Poder, procedería mucho peor aún que durante el primer bienio. Después de las elecciones, nuestro Partido fue el único en plantear el dilema ante el que nos hallábamos de una manera clara y concreta: revolución o contrarrevolución, socialismo o fascismo. O la clase obrera española era capaz de solucionar el dilema en favor del socialismo o el fascismo vendría a imponer la solución contrarrevolucionaria. Nuestro Partido, por boca de Maurín, fue el único también en advertir del peligro reaccionario que se cernía sobre el país y de la incapacidad en que se encontraban el Gobierno y el Parlamento frentepopulistas para hacer frente a ese peligro. Los acontecimientos nos dieron la razón en todo. Lo único que no previmos, lo único que no se pudo prever, fue el momento exacto en que se produciría el estallido contrarrevolucionario. Pero esto no era una cuestión de previsión dialéctica, sino de información policiaca, de haber poseído esa información, los acontecimientos no hubieran sorprendido a Maurín en Galicia, sino en Barcelona, al frente del Partido.


El POUM después del 19 de Julio

¿Estuvo el POUM a la altura de las circunstancias el 19 de Julio y en los días ulteriores? Sí y no. En la tarde del 18, el único manifiesto que circuló por las calles de Barcelona previniendo a la clase trabajadora del peligro de sublevación militar e incitándola a la lucha fue el del Comité Ejecutivo del POUM. Por la noche realizamos diversas gestiones, del mayor interés. Visitamos diversas veces a las organizaciones obreras, con la sola excepción del Partido Comunista, a las que invitamos a constituir inmediatamente un frente obrero revolucionario, encargado de dirigir la lucha contra el fascismo. Todas los respondieron con la negativa. También vistamos la Consejería de Gobernación y la Jefatura de Policía, en solicitud de armas. Se nos negaron por lo mismo que se nos habían negado en Octubre de 1934: por miedo a que aplastada la sublevación, dirigiéramos esas armas contra los gobernantes incapaces. La noche del 18 fue una noche de movilización general del Partido. En la mañana del 19, nuestros camaradas lucharon en las calles como nadie. El 20, al lado de los militantes cenetistas, determinaron la caída de Capitanía General y de la Maestranza y se apoderaron de una buena cantidad de armas. Nuestro Partido fue el único en lanzar, ya el día 19, la orden de huelga general y un llamamiento a los soldados para que se unieran al pueblo contra los sublevados. Tenemos la convicción firme de que el POUM cumplió plenamente con su deber durante esas gloriosas jornadas.


¿Y después? El Partido, en su conjunto, dio pruebas de gran iniciativa. En unos días organizó una columna, que partió con las dos de la CNT para el frente de Aragón. La primera clínica, la primera caballería, la primera banda militar que aparecieron en Barcelona fueron las nuestras. El primer carro blindado que se fabricó en Cataluña lo fue por nuestros camaradas de Tarrasa. Nuestro Partido daba pruebas de una iniciativa, de un espíritu creador, de una actitud verdaderamente sorprendentes. No fue una casualidad que los marinos del "Almirante Miranda", al abordar en Barcelona, se dirigieran al POUM. Tampoco es una casualidad que todas las fuerzas de Cataluña, empezando por la CNT, nos miraran con un principio de temor y de desconfianza, que se tradujo en una lucha sorda y en una amenaza permanente contra nosotros. Se tenía la costumbre de menospreciar a nuestro Partido; en unos cuantos días éste conquistó importantes posiciones e impuso, no sólo el respeto, sino incluso el temor.


Sin embargo la dirección de nuestro Partido no estuvo a la altura de las circunstancias. Casi estoy por decir que, al comienzo al menos, no hubo dirección. El Comité Ejecutivo apenas se reunía. Cada uno de sus componentes actuaba conforme a su buen parecer o bajo el impulso del espíritu creador de la masa o el desarrollo de los acontecimientos. Iba, realmente, a remolque de éstos. No comprendió al comienzo su extraordinaria importancia; se vio sorprendido por ellos. No tuvo una visión de conjunto de los grandes problemas que como partido revolucionario se le planteaban y de la solución que había que dar a cada uno de ellos. Bien es verdad que ninguna otra organización tuvo esa visión, que todas se vieron sorprendidas por los acontecimientos y actuaron a remolque de ellos. No sé si esto puede constituir una excusa. Yo estoy dispuesto a admitir todas las críticas. Me permito indicar, sin embargo, que no sólo durante los primeros días, sino durante los primeros meses de la revolución, nadie -y este nadie engloba a Trotski y los trotskistas- fue capaz de hacernos una crítica constructiva, de prestarnos con sus consejos una ayuda eficaz. Es mucho más fácil criticar a posteriori que prever y aconsejar a priori una posición justa.

El Comité Central de Milicias

Hasta ahora no se ha intentado, que yo sepa, una verdadera caracterización del Comité Central de Milicias. ¿Qué fue éste? ¿Un órgano de poder revolucionario? Fue creado, efectivamente, bajo el fuego de la lucha revolucionaria contra la reacción militar-fascista. Su creación se debe a un compromiso entre la CNT y Companys, es decir, entre la fuerza mayoritaria del proletariado de Cataluña y la pequeña burguesía impotente, que venía gobernando desde la proclamación de la República. El Comité Central de Milicias no era, por consiguiente, un órgano de clase, sino un órgano mixto. La caracterización que me parece más justa es ésta: el Comité de Milicias era una prolongación del Frente Popular, ampliado a la CNT y al POUM. Tanto en Cataluña como en resto de la España antifascista se daba la siguiente paradoja: la principal responsable de la sublevación militar-fascista era la burguesía republicana; fue la clase obrera la que aplastó a aquella en los principales centros del país, adueñándose de la calle y, de hecho, de los frentes; sin embargo, en Madrid seguían gobernando los republicanos burgueses y en Cataluña subsistía un Gobierno pequeño burgués, al mismo tiempo que la pequeña burguesía tenía una importante participación en el Comité Central de Milicias, que era el Gobierno efectivo. Repetidas veces denunció nuestro Partido esta anomalía y pidió la liquidación de los republicanos del Gobierno y la formación, tanto en Madrid como en Barcelona, de un Gobierno obrero. ¿Pero quiénes podían formarlo? En Madrid, los socialistas, que constituían la fuerza mayoritaria; en Barcelona, la CNT, de acuerdo con el POUM. Pero los socialistas, tanto de la izquierda, de la derecha como del centro, no querían oír hablar de revolución y de poder obrero y lo sacrificaban todo al Frente Popular y a la "conquista de la amistad de las potencias democrático-burguesas". Y en Barcelona la CNT, que podía haber tomado el Poder con suma facilidad, no sabía qué hacer con él y lo sacrificaba a un compromiso frentepopulista con la pequeña burguesía republicana. Esta misma CNT, que capitulaba así ante la "Esquerra" y firmaba una alianza con la UGT, realmente con el PSUC staliniano, nos miraba con gran desconfianza a nosotros y, en realidad, nos declaraba la guerra por doquier. Aún así, gracias al impulso de las masas obreras y campesinas, Cataluña constituía la vanguardia revolucionaria y suscitaba la hostilidad del Gobierno central. Este exigía inmediatamente la liquidación del Comité Central de Milicias, al cual le negaba las armas y los créditos necesarios para adquirirlas y para desarrollar una potente industria de guerra. Por fin se decidió su liquidación. El POUM propuso su mantenimiento y su conversión en el único Poder, mediante la liquidación del fantasmagórico Gobierno de la Generalidad. Esta proposición no fue aceptada por ninguna otra organización. El POUM cometió entonces un error: no plantear el problema del mantenimiento y la defensa del Comité Central de Milicias, con toda claridad y toda energía, ante las masas obreras y campesinas de Cataluña. En general fue éste el error del POUM, error grave para un partido proletario y revolucionario: plantear los problemas por arriba, en los Comités y en su Prensa, sin llevarlos, con la suficiente decisión y energía, a la conciencia de las masas, sin hacer todo lo necesario por movilizarlas en torno a ellos. Pero este error de actuación y de táctica era producto evidente de otro fundamental: no haber sabido plantearse, ni teórica ni prácticamente, el problema del Poder y, por consiguiente, de los órganos de Poder, de la conquista del Estado y del establecimiento de la Dictadura del Proletariado. Y sin plantearse claramente este problema fundamental mal podía llevarlo a la conciencia de las masas. Esto le obligó, evidentemente, a ir a remolque de las demás fuerzas, principalmente de la CNT, en lugar de provocar la consiguiente diferenciación en su seno y de arrastrar en pos nuestro por lo menos a la parte más avanzada y revolucionaria de la gran organización confederal. ¿Quiere ello decir que, de habernos planteado claramente ese problema, hubiéramos llegado a conquistar el Poder en Cataluña? No lo creo. La confabulación contrarrevolucionaria era demasiado fuerte, desde el punto de vista internacional, en la España antifascista y en la propia Cataluña. Sin la CNT, la empresa era dificilísima, por no decir imposible. Teníamos el deber elemental, sin embargo, de plantearnos el problema, de intentar resolverlo, de acuerdo con las masas obreras y campesinas. No hacerlo fue un error capital, que nos incapacitaba como partido revolucionario. Un error aún mayor sería no reconocerlo hoy con toda sinceridad y toda franqueza.


Nuestra participación en el Gobierno de la Generalidad

La cuestión de la Participación del POUM en el Gobierno de la Generalidad ha sido -y sigue siendo- una de las más discutidas, dentro y fuera del Partido. El acuerdo fue adoptado por unanimidad en un Comité Central del Partido. Que yo recuerde, no se señaló, al menos inmediatamente, ninguna oposición a dicho acuerdo en la base del Partido. La colaboración gubernamental suscitaba, sin embargo, un malestar, una repugnancia casi general en el Partido. ¿Fue justa dicha colaboración? Yo creo que sí. Trataré de justificarla.


El Consejo de la Generalidad, formado en septiembre, tenía la misma composición, la misma representación proporcional de fuerzas, que el Comité Central de Milicias, que venía a sustituir. Su programa económico y social era el adoptado por el Consejo Económico de Cataluña. Este programa había sido redactado por el camarada Nin. Su adopción había dado lugar a una lucha seria en el seno del Consejo Económico, casi a una ruptura entre las diversas fuerzas. Lo suscribieron desde el primer momento el POUM, la CNT, la FAI y la Unió de Rabassaires. Lo impugnaron, en nombre de un programa extraordinariamente más moderado, la Esquerra, Acció Catalana, el PSUC y la UGT. Cuatro organizaciones contra cuatro. Las primeras amenazaron con una ruptura; argumentaron, con razón, que para la realización de dicho programa, que respondía a la situación real y a la profunda aspiración de las masas obreras y campesinas, no necesitaban el consentimiento de las otras organizaciones, que señalaban ya con toda claridad una posición moderada y antirrevolucionaria. Estas se sometieron, al menos provisionalmente. Desgraciadamente no se produjo la ruptura. Nuestro Partido hubiera debido empujar hacia ella, hacer todo lo posible por provocarla. En lugar de circunscribir la cuestión al conocimiento del Consejo Económico y de los Comités, es decir, por arriba, hubiera debido llevarla, con toda claridad y energía, a la conciencia de las masas obreras y campesinas. La ocasión era extraordinariamente favorable para ello. Para la CNT y la FAI lo mismo que para los rabassaires, la revolución era, ante todo, un problema de economía, de socialización o sindicalización de las empresas y de colectivización de la tierra. Nuestro Partido cometió el error profundo de no plantear el problema en su doble aspecto económico y político, es decir, de no ligar el problema de la transformación económica al problema del Poder. Hubiera debido hacerlo así de cara a las masas obreras y campesinas, apoyándose firmemente en ellas. La Esquerra y Acció Catalana no representaban, prácticamente, nada: habían sido destruidas y sobrepasadas realmente, por los acontecimientos. El PSUC y la UGT no habían tenido tiempo aún de desarrollar y afianzar sus posiciones. Separadas de la obra de transformación económica, denunciadas como fuerzas antirrevolucionarias y de conservación social, relegadas al mismo tiempo al margen del Poder, hubieran quedado reducidas a la mayor impotencia. No se hizo así en nombre de un prejuicio, que ha jugado un papel altamente reaccionario en el curso de los acontecimientos: el mantenimiento de la "unidad antifascista", opuesto a la necesidad de la diferenciación revolucionaria, necesidad que nuestro Partido se limitó a plantear en las columnas de La Batalla, en lugar de llevarla a la conciencia de las masas y al terreno de la realidad y de la lucha económica y política. A primera vista pareció que las cuatro organizaciones antirrevolucionarias capitulaban ante las otras; en realidad, como demostraron más tarde los acontecimientos, la capitulación era de las fuerzas revolucionarias, al dejar a las otras en los organismos económicos y políticos desde donde podían cobrar fuerza y sabotear la obra revolucionaria. Es ésta, a mi juicio, la lección fundamental que hay que sacar de los primeros meses de revolución en Cataluña.


El Consejo de la Generalidad tenía, pues, la misma composición que el Comité Central de Milicias y hacía suyo el programa del Consejo Económico de Cataluña. Su base, el mantenimiento de la unidad antifascista, era falsa; pero ni nuestro Partido ni ninguna otra fuerza había sabido determinar otra base más firme y concreta, mediante la consiguiente diferenciación revolucionaria. La situación real en septiembre era la siguiente. Las potencias totalitarias le aportaban una ayuda decidida a Franco. Las potencias "democráticas" se colocaban decididamente contra la España antifascista, contra la España revolucionaria, consentían y hasta apoyaban indirectamente la ayuda a Franco y decidían el embargo contra nosotros. Rusia no había decidido aún su intervención y aplicaba respecto de nosotros la misma política que las potencias "democráticas". Los fascistas, que abandonados a sus solas fuerzas hubieran sido ya aplastados por doquier, se armaban y fortalecían cada día más, conquistaban población tras población en los diferentes frentes -salvo en el frente de Aragón donde, de haber dispuesto de material, hubiéramos conquistado seguramente Huesca, Jaca y Zaragoza-, avanzaban hacia Madrid. Además del material italoalemán disponían de la gran reserva de hombres que les ofrecía Marruecos. El Gobierno central, lo mismo el presidido anteriormente por Giral que el presidido entonces por Largo Caballero, no tenía más que una preocupación: conquistar la amistad y el apoyo de las potencias democráticas y de la URSS, a los cuales estaba decidido a sacrificar la revolución. La vanguardia y la garantía más positiva de la revolución era Cataluña. ¿Podría ésta mantener sus posiciones frente a los que, desde dentro y desde fuera, querían reducirla? El Comité Nacional de la CNT pedía su participación en el Gobierno central. Una participación sin condiciones. En lugar de constituir una garantía revolucionaria seria, en nombre de la unidad antifascista, un factor antirrevolucionario más. De hecho quedaría prisionera del Gobierno central en la persona de sus ministros. Un Gobierno de la Generalidad sin el POUM no tardaría en reducir a la CNT y en capitular ante Madrid. Cataluña iría perdiendo su papel de vanguardia revolucionaria. El espíritu y las conquistas de Julio irían desdibujándose y perdiéndose progresivamente. La Esquerra y el PSUC, de acuerdo con Madrid, irían cobrando fuerza, afianzando sus posiciones antirrevolucionarias. Todo aconsejaba la participación del POUM en el Gobierno de la Generalidad. Las masas obreras y campesinas y los combatientes no habrían comprendido nuestro aislamiento. Nuestros adversarios nos hubieran acusado entonces de saboteadores de la unidad antifascista y esta acusación no hubiera dejado de encontrar eco en el espíritu de las masas.


¿No habíamos colaborado en el Comité Central de Milicias y en el Consejo Económico de Cataluña? ¿Habíamos sido capaces de plantear en su seno, y paralelamente en la conciencia del proletariado y de los campesinos, el problema de la diferenciación revolucionaria y del Poder? No. Nuestra entrada en el Consejo de la Generalidad era una consecuencia lógica de toda nuestra actitud anterior. Nadie podrá negar un hecho evidente. Durante los meses de septiembre a diciembre, gracias al POUM, la CNT no capituló ante la Esquerra y el PSUC, y el Consejo de la Generalidad no capituló ante el Gobierno central. Cataluña logró mantener su fisonomía revolucionaria, su papel de vanguardia de la revolución. Las conquistas de Julio fueron mantenidas. La obra de Nin en Justicia fue una obra constructiva y revolucionaria. Instituyó los Tribunales Populares, acabando con el absurdo terrorismo incontrolado y de efectos antirrevolucionarios de la primera hora y dándole una legalidad a la justicia revolucionaria. Instituyó una ley de matrimonio y divorcio digna de la legislación revolucionaria de la Rusia de Octubre. Concedió los derechos a la juventud, sin distinción de sexos, a partir de los 18 años. El camarada Nin cometió un error evidente: aceptar la disolución de los Comités de localidad y la reorganización de los Ayuntamientos, con la misma proporción de fuerzas del Gobierno de la Generalidad. Un Comité Central Ampliado del Partido, reunido al día siguiente, acordó unánimemente no aplicar el decreto, que daba una representación legal extraordinaria a la Esquerra, a Acció Catalana y al PSUC, en detrimento de la CNT y, sobre todo, del POUM. No es ello menos cierto que dicho decreto supuso un golpe serio para nosotros y, por consiguiente, para la legalidad revolucionaria, para los Comités revolucionarios, surgidos de Julio.


De todas formas el PSUC comprendió que, mientras estuviera el POUM en la Generalidad, sería muy difícil reducir a la CNT y preparar la liquidación contrarrevolucionaria desde las alturas del Poder. Precisamente por eso, tras una odiosa campaña de prensa contra nosotros, provocó la crisis de diciembre y exigió la salida del POUM del Gobierno de Cataluña. Esta acción del PSUC se veía sostenida por una criminal maniobra desde fuera: el sabotaje en el envío de armas para el frente de Aragón. El stalinismo, que había logrado mediatizar la política militar del Gobierno central, planteó brutalmente el problema: o sale el POUM de la Generalidad o no hay armas para el frente del Este. Y el POUM fue eliminado de la Generalidad. Después de lo cual el nuevo Consejo, con la aceptación de los dirigentes cenetistas, fue anulando una tras otras las conquistas de Julio, fue escamoteando sistemáticamente la revolución. Con la salida del POUM de la Generalidad empieza la curva descendente de la revolución en Cataluña y, por consiguiente, en toda la España antifascista. Para reducir la resistencia de las masas de Cataluña, el stalinismo tenía que recurrir más tarde a la provocación. Yo tengo la convicción de que la contrarrevolución antisocialista, dada la situación desde el punto de vista nacional e internacional, dados los factores que jugaban en nuestra lucha y la relación de fuerzas en presencia, era fatal e inevitable. Pero una cosa era evidente: que el POUM facilitó, en parte, esa obra no aprovechando los tres primeros meses de auge revolucionario, de empuje de las masas, para plantear abiertamente el problema de la diferenciación revolucionaria, de la separación de las fuerzas antirrevolucionarias y, en fin, del Poder. Esto debe constituir para nosotros y para el conjunto del proletariado una lección de un valor incalculable. No es posible desaprovechar los momentos revolucionarios propicios, malgastar las fuerzas de la revolución. Los errores que se cometen durante los primeros momentos se pagan inevitablemente luego. Un partido revolucionario no puede dejarse sorprender por los acontecimientos, ir a remolque de ellos, sino que debe estar preparado para hacerles frente, para aprovecharlos al servicio de su finalidad revolucionaria. Debe tener una visión de conjunto de los problemas de la revolución y una solución realista, de acuerdo con los intereses y las profundas aspiraciones de las masas, para cada uno de ellos. Y debe plantearse, como problema fundamental, el del Poder, a cuya conquista debe someter toda su táctica, toda su acción. El dilema socialismo o fascismo, justamente planteado por nuestro Partido antes del 19 de Julio, se planteaba después ante las masas, por toda la situación, con caracteres agudos. O el proletariado y, a su cabeza, el partido revolucionario, era capaz de resolver ese dilema en favor del socialismo o su fracaso tenía que conducir fatalmente a la victoria del fascismo. Y es lo que ha sucedido. El POUM no quiere ni puede rehuir [..?.. sus responsabilidades. Se trata ahora de que sepa aprovechar la lección en favor del proletariado español e internacional.



Gironella

La derrota de una revolución como la que acaba de vivir el proletariado español puede estar determinada por una serie de factores y circunstancias adversas. Pero ninguna revolución puede ser totalmente aplastada sin la ayuda indirecta de los errores y de las equivocaciones de las propias fuerzas revolucionarias.

Es en este sentido que nuestro Partido es, en cierta manera, responsable también de la derrota de la clase trabajadora española.


El Partido ha cometido indiscutiblemente una serie de errores en el transcurso de nuestra guerra civil. Podríamos encontrarlos en todos los terrenos de nuestra actividad política y orgánica. Pero el hecho de que el Partido haya cometido errores no quiere decir -como insinúan interesadamente los trotskistas- que el POUM haya terminado su misión histórica y que se deba dejar paso a lo que ellos llaman "un verdadero partido revolucionario". Ni quiere decir tampoco que el Partido no hubiera cometido equivocaciones antes del 19 de julio.


No. Cometimos errores antes y después de julio. Como tuvimos también acierto en una y otra época. No es éste el problema planteado actualmente. El mal de un partido no está en el hecho de cometer o haber cometido errores. Todos los grandes partidos revolucionarios los han cometido. Y casi nos atreveríamos a decir que han sido precisamente los errores los que más han ayudado a que los partidos revolucionarios elaborasen la política y la táctica justa y capaz de llevarlos más tarde a la victoria.

El verdadero problema no está precisamente en los errores, sino en saber aprender de los errores, en saber comprender y asimilar las experiencias pasadas. El verdadero problema para un partido revolucionario está en su capacidad de superación, que le permita evitar en el futuro la comisión de errores parecidos.

No vamos, pues, a enumerar o lamentar las equivocaciones que podamos haber cometido. Intentaremos plantearlas y comprenderlas. Y lo haremos a través del análisis del problema o de los problemas fundamentales de nuestra revolución, señalando cual ha sido la actitud del Partido ante los mismos. Actitud que constituye el verdadero determinante de nuestra conducta y, por lo tanto, de nuestros aciertos y de nuestras equivocaciones. 


El carácter y las fuerzas internas de la revolución española

El partido había definido siempre la revolución española como una revolución democrático-socialista,  es decir, como una revolución que debía resolver en su primera etapa las contradicciones de la revolución democrática para pasar seguidamente, sin solución de continuidad, a las grandes transformaciones socialistas.


Este había sido el pensamiento tradicional del Partido. Pero, a partir del 19 de julio abandonamos, en cierta manera, esta consecuencia ideológica. El Partido se cree teóricamente superado por los acontecimientos. Después de una serie de días de indecisión política, que se traducen en una variación permanente de consignas, el Partido quema las etapas de su pensamiento teórico. Cae en un profundo confusionismo y, aunque seguimos hablando en nuestra prensa y en nuestra propaganda de revolución democrático-socialista, prácticamente el Partido actúa como si se encontrara ante una revolución de tipo puramente obrera y socialista.

La confusión entre ambas etapas de la revolución democrático-socialista tiene una importancia extraordinaria. No porque la etapa democrática sea la encargada de dar solución a una serie de problemas determinados como son el de la tierra, el de la iglesia, el del ejército, etc., y, en cambio la etapa socialista se identifique con las grandes transformaciones colectivistas. No, la diferencia no está en el tiempo o en la velocidad en recorrer los períodos revolucionarios. La verdadera diferencia está en las fuerzas sociales internas interesadas en llevar la revolución hacia adelante.


Históricamente, hasta el 19 de julio, el proletariado y la pequeña burguesía del campo y de la ciudad habían marchado unidos. Los unían unos mismos intereses revolucionarios: el reparto de tierras, la destrucción de la iglesia, del ejército y del Estado semifeudal, etc. Pero el 19 de julio marca, en cierta manera, la ruptura histórica de la alianza circunstancial entre ambas clases. La pequeña burguesía consigue el 19 de julio la realización de todas sus aspiraciones. No necesita ir más allá. En cambio, el proletariado no puede quedarse en el 19 de julio. Dicho en otros términos, el 19 de julio es, como si dijéramos, el programa mínimo para el proletariado y el programa máximo para la pequeña burguesía como fuerza independiente.

Esta era la contradicción que surgía inmediatamente después de la victoria de julio.


Durante los cinco primeros años de República los partidos políticos de la pequeña burguesía y del reformista habían disfrutado de la confianza y del crédito necesario para dar solución a los problemas de la revolución democrática. Y nada habían hecho. Era la demostración de su fracaso rotundo. No solamente habían carecido de audacia y de impulso revolucionario, sino que por su incapacidad se habían transformado en los incubadores y encubridores del golpe de Estado militar. Por esta razón, el 19 de julio la masa pequeñoburguesa de los campesinos, guiada por una fina intuición política, abandona estos partidos tradicionales para sumarse sinceramente al movimiento obrero.


El problema que se planteaba después de julio era el de saber si el proletariado tendría la inteligencia suficiente para conservar a su lado la pequeña burguesía. Si sabría arrancarla definitivamente de los partidos republicanos y reformistas. Y si sabría interesarla en la guerra civil y en las transformaciones revolucionarias.

En la actitud posterior de la pequeña burguesía estaba todo, o en gran parte, el porvenir de la revolución.


Pero ni el proletariado ni nuestro partido comprendieron jamás esta cuestión. La clase trabajadora, dirigida en sus primeros tiempos por los anarquistas, repelió a la pequeña burguesía del campo y de la ciudad, con sus ensayos absurdos de colectivización forzosa y con el caos que determinó en el conjunto de la organización económica nacional.


Y nuestro partido porque, sumido en el mayor de los confusionismos, partió siempre del supuesto falso de que en julio se había realizado, no sólo la revolución democrática sino también la revolución socialista. Por ello volvió la espalda a la pequeña burguesía agraria e industrial. Por ello se dejó arrastrar por el infantilismo anarquista de la colectivización sindical y de la socialización violenta. Y por ello no llegó a comprender jamás el nacimiento de la contrarrevolución y la lucha sorda e implacable que, bajo orden aparente de julio, matiza la historia de la revolución española, desde aquella fecha, hasta las "jornadas de mayo" de 1937.

El stalinismo, que es en España la fuerza de choque de los partidos republicanos y reformistas, no hubiera podido determinar jamás ningún movimiento contrarrevolucionario sin el error cometido por el proletariado y por nuestro partido. La contrarrevolución democrático-stalinista se apoyó, es cierto, sobre las fuerzas nacionales e internacionales interesadas en que la revolución no llegara hasta sus consecuencias socialistas. Pero también, y fundamentalmente, sobre el divorcio que los absurdos ensayos de colectivización forzosa provocaron entre la pequeña burguesía y el proletariado. Y también, sobre el caos y la incapacidad de la clase trabajadora de organizar la economía y de llevar la revolución hacia adelante.


Nuestro Partido no supo ser el conservador de la alianza del proletariado con la pequeña burguesía, garantizando y defendiendo los intereses económicos de ésta y señalando al proletariado la necesidad de superar el 19 de julio, abriéndole nuevos horizontes. Al contrario. El Partido se identificó plenamente con la revolución de julio. Se entregó a una completa colaboración en las Milicias, en las Patrullas de Control, en el Comité Central de Milicias, en el Consejo de Economía y más tarde en el Gobierno de la Generalidad. Una colaboración absoluta, que va desde el 19 de julio hasta después de mayo de 1937, y que se rompe únicamente cuando se nos pone violentamente en la ilegalidad.


Puede decirse que desde julio del 36 a mayo del 37 el Partido no aspiró nunca a transformar la situación. Por esto precisamente careció de audacia. Fue, sin ningún género de duda, la fuerza más intransigentemente conservadora. Conservadora de la realidad nacida en julio. Conservadora frente a la ofensiva de la contrarrevolución democrático-stalinista. La defensa heroica y desesperada que realizó el Partido de las Milicias, de las Patrullas de Control, de los Consejos de Empresa y de todo cuanto había creado la espontaneidad de las masas, demuestra claramente hasta qué punto el Partido se identificó con el movimiento de julio, sin comprender las contradicciones del mismo y sin saber hacia dónde podía y debía ser canalizado.


El problema del poder


Todo movimiento revolucionario no es en el fondo otra cosa que una lucha por el poder.


En la revolución española esta lucha ha tenido cuatro etapas bien definidas

I. El Comité Central de las Milicias antifascistas

El 19 de julio el proletariado, ayudado por los campesinos y los movimientos nacionalitarios, determinó el fracaso de la insurrección militar. Las tierras fueron repartidas, las iglesias incendiadas, la policía y el ejércitos tradicionales destrozados. Cataluña y las demás nacionalidades consiguen la plena soberanía. Y la clase trabajadora se apodera de las armas y de los medios de producción, instaurando una época de libertad absoluta. El Estado semifeudal y centralista se viene completamente abajo.


El Gobierno Central y el Gobierno de la Generalidad habían sido los encubridores de la insurrección militar, con su política de contemplaciones y de vacilaciones. Por eso el 19 de julio no es simplemente la derrota de la reacción militar. Es también, en cierta manera, la derrota de ambos Gobiernos pequeño burgueses. Las masas trabajadoras les vuelven completamente la espalda.


El proletariado, que es el vencedor de julio, y que se ha apoderado de las armas y de la economía, debe quedarse históricamente con el poder. Pero los sectores ideológicos mayoritarios -el anarquismo en Barcelona y los socialistas y comunistas en Madrid- rechazan este poder y establecen un pacto con los gobiernos pequeño burgueses. Unos y otros se comprometen a sostener la legalidad republicana. Los socialistas y comunistas sin ninguna condición. Los anarquistas, a través de un Comité Central de Milicias que crea por decreto el Gobierno de la Generalidad.


El Comité Central de Milicias no fue nunca -como pretenden los trotskistas- el poder de la clase trabajadora. Fue un organismo surgido de las contradicciones de julio, integrado por el proletariado y por los partidos de la pequeña burguesía, nombrado desde arriba y producto de un compromiso mutuo.


Ahora bien, el Comité Central de Milicias, que había sido creado por el Gobierno de Cataluña con la única y exclusiva misión de coordinar la ofensiva militar de las Milicias de los diferentes partidos, fuer transformado por la voluntad espontánea de las masas en el verdadero poder. Los trabajadores, que habían perdido la confianza en el Gobierno de la Generalidad, que sentían intuitivamente la necesidad de crear su propia fuerza, levantaron al Comité Central de Milicias, dándole todas las atribuciones de un verdadero gobierno.



De una manera espontánea, todas las actividades surgidas de la iniciativa popular -Patrullas de Control, Intendencia, Transporte, comarcas, Milicias, etc.- fueron entregadas al Comité Central de Milicias, que se vio transformado, por la voluntad de la clase trabajadora, en el organismo dirigente de la nueva Cataluña.


Pero el Comité Central de Milicias no era este órgano de poder obrero. Ni lo era ni lo quiso ser nunca. A pesar de la confianza que le había depositado la clase trabajadora.


El Comité Central de Milicias era, más bien, una especie de Gobierno provisional. Nacido de julio. Con todas las fuerzas que intervienen o aceptan el movimiento de julio. Y con todas las contradicciones que nacen del mismo.


Era un Gobierno provisional, en cuyo seno debía librarse ya la primera batalla entre las fuerzas que querían frenar la revolución y las que querían llevarla hacia adelante. Un Gobierno provisional, con una vida limitada y que sólo podía mantenerse al calor del confusionismo de julio y mientras las contradicciones no se pusieran de relieve.


Los que critican a nuestro Partido sin haber comprendido nada de nuestra revolución, hacen coincidir el retroceso revolucionario con la disolución del Comité Central de Milicias y la formación del primer Consejo de la Generalidad. Esclavos de las apariencias, sin comprender la dinámica de la lucha de clases, simplifican el problema quedándose en el aspecto superficial de la cuestión.


No; el fracaso del proletariado y el retroceso de la revolución no se limita al hecho de disolver el Comité Central de Milicias para dejar paso al primer Gobierno de la generalidad. Esto sería dar al Comité Central una personalidad que podía haber tenido, pero que nunca tuvo. Su disolución no es la causa, sino una verdadera consecuencia de este fracaso y de este retroceso. La derrota del proletariado y de la revolución se inicia ya en pleno Comité Central de Milicias. Y no es alrededor de una simple cuestión de organismos representativos sino en torno a un problema tan fundamental como es el problema de las armas, problema fundamental de toda revolución.


Después de la victoria del 19 de julio el proletariado comprendió de una manera intuitiva que la cuestión más urgente a resolver era el aplastamiento de los restos de militarismo que seguían dominando en varias regiones españolas. La clase trabajadora comprendió que después de la victoria final nadie le podría disputar el poder. Y con este fin inició la formidable ofensiva de julio-agosto. De todos los centros industriales del país salieron columnas y columnas de voluntarios, dispuestos a dar la batalla definitiva al fascismo.


Pero los partidos pequeño burgueses y reformistas, el Gobierno de Madrid y los Gobiernos democráticos de París y Londres comprendieron también lo que significaría políticamente la victoria militar de la clase trabajadora. Y decidieron hacer cuanto estuviera en su mano para frenar aquella ofensiva revolucionaria de las Milicias.

El proletariado poseía solamente las armas incautadas el 19 de julio. Con ellas salió hacia todos los frentes. Pero a los quince días de ofensiva todas las reservas habían sido terminadas.

Este es el momento verdaderamente crítico de nuestra guerra civil. El proletariado, para proseguir la ofensiva iniciada con tanto éxito necesita armas y municiones. Y desde todos los frentes vuelve inquieto la cabeza hacia el Gobierno de Madrid y sobre todo hacia el Comité Central de Milicias.


Todos los partes diarios terminan igual: armas, armas, armas. De ellas depende, no sólo el futuro inmediato de la guerra, sino todo el porvenir de la revolución.


El Comité Central de Milicias no puede darlas porque no las tiene. El Gobierno de Madrid, que las tiene y que posee además las reservas de oro del Banco de España para adquirirlas, no quiere darlas. Tiene mil excusas para evitar su entrega.


En todos los frentes y en todas las regiones de España se crea un verdadero malestar contra Madrid. De Bilbao, de Asturias, de Valencia, del propio Madrid, se dirigen a Barcelona delegados y comisiones obreras a entrevistarse con el Comité Central de Milicias. Todo el mundo tiene la convicción de que el Gobierno Central sabotea la ofensiva.


Este es el momento decisivo. Si el Comité Central de Milicias hubiese sido un verdadero poder obrero, si el proletariado y nuestro partido hubiesen comprendido bien la situación, la revolución hubiera entrado en una nueva fase. El Comité Central de Milicias era ya reconocido no sólo por los trabajadores de Cataluña sino por toda la España antifascista. Su fuerza podía ser extraordinaria.

El proletariado necesitaba imprescindiblemente las armas para seguir la ofensiva. El Comité Central de Milicias debía encontrarlas. Pero ello significaba levantar a la clase obrera y a las regiones españolas contra Madrid. Arrancar el oro y los depósitos de armas al Gobierno Central. Imprimir a la revolución un nuevo empuje.


Pero el Comité Central de Milicias no podía ser el polarizador de esta nueva ofensiva revolucionaria. Porque más de la mitad de sus componentes hacían el juego al Gobierno de Madrid y estaban interesados en evitar la victoria del proletariado armado.


Ahí reside el gran fracaso del movimiento obrero español y del Comité Central de Milicias. En su incapacidad de dar a los frentes de batalla las armas que necesitaban. Y ello se pone mucho más en evidencia a las pocas semanas de haberse parado la ofensiva y comenzada ya la de los facciosos. Las armas eran entonces mucho más imprescindibles. No sólo para avanzar sino incluso para conservar las posiciones.

Y el proletariado revolucionario, que había sido incapaz de dar solución en este problema verdaderamente fundamental, debe empezar a batirse en retirada.


El Comité Central de Milicias no ha podido conseguir las armas. En cambio, el Gobierno de Madrid, las potencias democráticas y la URSS ofrecen más tarde cuanto pueda ser necesario. Pero piden en justa compensación la disolución del Comité Central de Milicias y la vuelta a la normalidad republicana. La revolución se ve obligada a ceder sus posiciones.


II. El Consejo de la Generalidad


Nuestro Partido, no sólo no ha comprendido la gravedad de los problemas que se plantean al Comité Central de Milicias, no sólo no comprende el verdadero significado de su disolución, sino que ayuda a que ésta se realice. En un mitin celebrado en el Gran Price pocos días antes de que se constituyese el primer Gobierno de la Generalidad, el Partido se pronuncia decididamente por la liquidación del Comité de Milicias y por su traspaso al Gobierno de Cataluña.


Comprendíamos que el Comité Central de Milicias era un Gobierno provisional cuya vida no podía prolongarse más. Creíamos que su incapacidad estaba en las contradicciones de no ser un verdadero Gobierno. Y creíamos sinceramente que su disolución sería fundamentalmente progresiva.


Fue un nuevo error que cometimos. Liquidado el Comité Central de Milicias quedaban los Comités Locales, cuya existencia molestaba extraordinariamente a los partidos de la pequeña burguesía. Y el Gobierno de la Generalidad se constituyó con esta sola misión histórica: liquidar estos Comités, integrándolos a los Ayuntamientos tradicionales.


Esta medida no representaba un simple cambio de nombres, sino un verdadero cambio en la relación de fuerzas locales. Con los Comités de Milicias la hegemonía en los pueblos estaba en manos de la CNT y del POUM. Con los Ayuntamientos, esta hegemonía pasaba a manos de la Esquerra, del PSUC y de Acció Catalana.

Esta fue la única labor realizada por aquel Gobierno. Nuestro Partido se encargó de convencer a las fuerzas revolucionarias de las comarcas de la necesidad de aceptar aquel sacrificio, que debía ser un paso más en el retroceso revolucionario.


III. La etapa de diciembre de 1936 a mayo de 1937


Cuando nuestro Partido hubo rendido este inapreciable servicio fue violentamente expulsado del Gobierno. Ya nada más se podía obtener de nosotros y, en cambio, nuestra presencia constituía un verdadero estorbo.


Nuestra eliminación del Consejo de la Generalidad inaugura una nueva etapa en la lucha por el poder. A partir de aquella fecha la dualidad de poderes se pone ya crudamente de manifiesto.


El proletariado conserva aún las armas y la economía. La contrarrevolución democrático-stalinista se apoya esencialmente sobre el Gobierno y las demás palancas del poder.


Es una situación inestable. El poder no se puede mantener durante mucho tiempo dividido. Debe pasar plenamente a los unos o a los otros.

Como es natural, la contrarrevolución, más consciente de sus objetivos, es la que lleva la ofensiva. Apoyándose sobre el Gobierno pretende arrancar las armas y la economía de manos del proletariado.


Las armas están representadas por las Milicias, por las Patrullas de Control y por los fusiles que en número insignificante sirven para la defensa de los partidos en la retaguardia. La economía está representada por los Comités de Empresa y de Control.

Y empieza la ofensiva. Contra la mentalidad revolucionaria de las Milicias se levanta un Ejército Popular, híbrido, por encima de las clases y con mandos salidos de la pequeña burguesía. Contra las Patrullas de Control se oponen los viejos cuerpos de Orden Público. Contra la conservación de las armas defensivas se desata la campaña de "todas las armas al frente". Y contra los Comités de Empresa y de Control se organizan manifestaciones y se les culpa de todas las dificultades en que se debate la producción. Todo ello no tiene más que un objetivo: desarmar al proletariado y arrancarle los medios de producción. Es decir, quitarle de las manos las dos palancas más fundamentales de poder.


Y una doble consigna, intuitiva e inconcreta se propaga por toda Cataluña: "Es necesaria una segunda vuelta" y "Esta vez hay que quedarse con todo". Esta mentalidad, que se concreta de día en día, demuestra claramente como el proletariado se veían arrastrado a una nueva insurrección y que aspiraba a aprovecharla para quedarse con todo el poder.


Pero el Partido no comprende nada de aquellos preparativos insurreccionales. Mientras los obreros de las barriadas de Barcelona reconstituyen sus grupos armados alrededor de los Comités de Defensa y se preparan activamente para "la segunda vuelta", el Partido queda insensible a semejante malestar y hace girar toda su política alrededor de la más absurda de las consignas: "Frente Obrero Revolucionario".
El Partido defiende el espíritu de las Milicias, las Patrullas de Control y los Comités de Empresa, frente a la ofensiva de la contrarrevolución. Pero no comprende que todo esto son ramas del poder. Ramas que de nada sirven si no se posee el tronco, que es el Gobierno. Defiende las conquistas de julio, sin comprender que la única manera de poderlas conservar es completando lo que ellas significan de poder, expulsando a la contrarrevolución del Gobierno, colocándose políticamente al frente de las masas que aspiran a "quedarse con todo" y ayudándoles a preparar militar y políticamente aquella "segunda vuelta". Es decir, preparándose para la lucha que se dibuja ya como fatal y que debe resolver en definitiva la dualidad de poderes. Preparándose para las "jornadas de Mayo".


IV. Las jornadas de mayo


La situación no podía mantenerse más. Después de una serie de ensayos y tanteos las fuerzas de la contrarrevolución democrático-stalinista se lanzan a la provocación de la Telefónica. Pero la reacción del proletariado es tan formidable que en pocos momentos de apodera de Barcelona y del resto de Cataluña.


A los dos días de lucha, el Gobierno de la Generalidad está prácticamente derrotado. Una pequeña ofensiva es suficiente para obligarle a sacar el pañuelo por la ventana. El proletariado ha dominado fácilmente la situación. Unas cuantas barricadas y unas cuantas bombas de mano han sido suficientes para lograr la victoria. El grueso de la clase obrera no ha tenido ni siquiera que entrar en juego. Se ha dominado la calle y quedan aún las reservas enormes de las grandes barriadas de Barcelona, de las Secciones de Patrullas de Control, de los Sindicatos de las Comarcas de Cataluña y de las Divisiones del Frente de Aragón. Todo este caudal enorme de reservas que puede ser movilizado a una simple indicación del Comité Regional de la CNT.


Militarmente el proletariado ha ganado la partida pero, políticamente, las "jornadas de mayo" constituyen la más formidable de las derrotas. La dirección de los anarquistas ordena el "alto el fuego" y el reconocimiento otra vez del Gobierno de la Generalidad, contra el que se ha pronunciado de una manera espontánea y violenta la clase trabajadora.

Es la gran traición del anarquismo, que nuestro partido no sabe aprovechar. Durante aquellas jornadas nuestros militantes combaten valientemente en todos los extremos de Barcelona. Pero el Partido en su conjunto no sabe comprender el significado político de aquella lucha. En lugar de plantearla como lo que era en realidad, la lucha violenta por el poder, planteamos sólo el caso de una simple provocación contrarrevolucionaria. Y a los pocos días de lucha La Batalla publica que "desbaratada la provocación contrarrevolucionaria" los obreros deben reintegrarse al trabajo.

La miopía política del Partido se vio pocos días después. No se había tratado de una simple provocación contrarrevolucionaria sino de la solución definitiva de las contradicciones de julio en favor de la contrarrevolución. El proletariado, que no había sabido conquistar el Gobierno, que era lo que le faltaba para completar el poder que ya tenía, veía cómo le arrancaban después, violentamente, las palancas que hasta entonces había poseído: las Divisiones revolucionarias eran disueltas, el Frente de Aragón pasaba al Estado Central, se decretaba el desarme de la retaguardia obrera, las cárceles se llenaban de militantes revolucionarios y los Sindicatos y las Colectividades eran asaltadas. Y el Partido, que no había sabido comprender el problema del poder, ni la marcha de los acontecimientos, debía pagar aquellos errores con la vida de sus mejores militantes y con la derrota de la más heroica y más grandiosa de todas las revoluciones. 


O. Emem

El postulado esencial de la Revolución es que ésta no puede triunfar sino con la conquista del poder por la clase trabajadora mediante la insurrección armada.


Para la conquista del poder no basta que se den las condiciones objetivas de una revolución (dislocación del aparato del Estado burgués, caos económico, incapacidad de los partidos políticos de la burguesía y sus aliados para restablecer el equilibrio, radicalización de las masas y su exasperación ante la imposibilidad de seguir viviendo como hasta entonces, etc.


Por muy amplias y profundas que sean estas condiciones objetivas la clase obrera no conquistará el poder si no existe un factor subjetivo de primer orden; es decir, si no ha llegado a adquirir la consciencia de que a su situación no se le ofrece otra salida que la destrucción del Estado burgués, tomando ella misma la dirección política y económica del país, y ejerciendo este poder en el dominio de la liquidación de las clases, hacia el comunismo y la subsiguiente desaparición del Estado mismo.


Pero la necesidad de tomar el poder no puede sentirla por sí misma la clase trabajadora. Es preciso que se la haga sentir y comprender una vanguardia revolucionaria. Es por ello que el instrumento de la revolución, y sin el cual es imposible el triunfo de ésta, es el Partido Revolucionario.

Los dos acontecimientos más grandes en la historia de la lucha de clases: la Revolución rusa y la Revolución española demuestran, con el triunfo de la primera y el fracaso de la segunda, la necesidad ineludible del Partido. La Revolución española ha enseñado que no bastó el aplastamiento de la sublevación militar para que la clase obrera se considerara vencedora y la revolución asegurada. Falto la toma del poder.


La situación española antes del 18 de Julio, y particularmente en el lapso de tiempo comprendido entre el 16 de febrero de 1936 (triunfo del Frente electoral) y la sublevación militar-fascista, no podía ser objetivamente más revolucionaria: los problemas de la tierra, de las Nacionalidades, la separación de la Iglesia y del Estado; es decir, los problemas de la revolución democrático-socialista no sólo no habían sido resueltos por la República sino agravados al pretender resolverlos a medias (Reforma Agraria, Estatutos regionales, Leyes de Congregaciones religiosas, etc.). Las contrarreformas de las derechas desde el poder, no pudieron ya restablecer el equilibrio, ni establecer uno nuevo para la defensa de sus intereses (incapacidad de los Partidos burgueses). El Parlamento, esto es la democracia burguesa, mostraba toda su putrefacción. El Estado miró entonces hacia la vigorización de las fuerzas represivas (N.ed.: para que el texto resulte coherente aquí debe faltar alguna expresión del tipo "contra el movimiento", "contra la lucha"...) de las masas que, salvo pequeños períodos, fue en ascenso desde Abril de 1931 (quema de conventos: "putsch" anarcosindicalista del 32, aplastamiento de la "sanjurjada", huelgas de la Construcción de Zaragoza y Madrid, huelga general de campesinos del 34, réplica a la concentración fascista de El Escorial, insurrección de Asturias, etc.) y rebasó, en febrero de 1936, incluso al organismo que se había creado con ellas, pero en contra de sus intereses. el Frente Popular. Mas ni el Gobierno del Frente Popular puede contener esta fuerza poderosa de los trabajadores: las cárceles son abiertas por los propios obreros sin esperar la ley de amnistía prometida por el "pacto electoral"; la tierra es tomada por las Organizaciones obreras; algunas industrias son objeto de incautación por parte de los obreros, en contra del derecho de propiedad privada reconocido en el "pacto electoral"; los Guardia de Asalto, saltando por encima del juramento de obediencia al Gobierno y a la Constitución, vengan en Calvo Sotelo el asesinato del teniente Castillo, sin más expedientes; los generales conspiran ante las barbas del Ministro de la Guerra... No se puede presentar un cuadro más completo de la descomposición de un Estado, ni tampoco mejores condiciones objetivas revolucionarias. La situación es tan grave para los intereses de la burguesía que ésta, sin esperar al fracaso -descontado- del Frente Popular y sin disponer de un Partido fascista, se lanza a la ofensiva confiándoles la dirección a los generales de un Ejército podrido, sin prestigio en ninguna capa social. Es por esta razón que los militares pueden ser aplastados en pocas horas por un proletariado sin armas en los centros más vitales de la sublevación.


Pero la falta del Partido revolucionario que hubiera hecho sentir a la clase obrera la necesidad de tomar la iniciativa de la lucha armada por la conquista del poder antes y después del 18 de julio, evidenció en qué grado son insuficientes los factores objetivos revolucionarios.

La dualidad de poderes en los primeros meses de la Revolución española (de un lado los Comités y de otro el Gobierno) se presenta en el campo de la clase obrera como una fuerza poderosa pero ciega; sin conexión, oponiéndose, en cierto modo, unos Comités a otros en los procedimientos y en las perspectivas de la lucha (La CNT colectiviza por sí y para sí la mayor parte de las fuentes de producción y comercio, mientras que la UGT emplea, en un sentido general, el "control" simple). La centralización de este poder de Comités y Sindicatos en organismos de clase y democráticos -llámeseles Soviets o con otro nombre- sobre los cuales hubiera descansado la responsabilidad directa tanto en lo que hiciese referencia a la dirección de la guerra civil como a la planificación de una economía, también faltó en la revolución española. Con lo cual ha quedado bien destacada la evidencia de que el problema de dotar a la Revolución de los organismos básicos del poder es, después del problema del Partido, pero relacionado con éste, el más importante que la Revolución plantea. El Comité Militar Antifascista de Cataluña, que había desplazo en absoluto al Gobierno de la Generalidad, no habría sido disuelto en favor de éste si el Comité hubiera descansado en la democracia obrera, es decir, en Soviets ante los cuales debe ser responsable.


El Frente Popular


El Frente Popular ha descubierto sus verdaderas entrañas en la Revolución española. El Frente Popular es el instrumento de que la burguesía se vale en la etapa actual de crisis capitalista para reforzar un periodo de transición entre el derrumbamiento de la democracia burguesa y el triunfo del fascismo. Luchas contra los Frentes Populares cualesquiera que sean su composición y sus consignas "progresivas"; denunciar su carácter contrarrevolucionario, he aquí la principal tarea de los militantes y Partidos revolucionarios.


La constitución de los Frentes Populares apareció en la escena política después de una serie de derrotas del proletariado mundial debidas al abandono y a la traición de las II y III Internacionales. De una concepción de táctica de lucha en situaciones determinadas, como es establecer pactos y alianzas circunstanciales con los partidos pequeño burgueses de izquierda para objetivos concretos, sin que por ello pierda el proletariado su independencia de clase y de acción, se ha pasado a sellar una alianza orgánica en la cual la clase obrera pasa a depender de sus aliados, confundiendo sus propios intereses con los intereses de la burguesía.

Para mantener de una parte la situación interior de la URSS, de otra, sus compromisos internacionales con los cuales pretende evitar una agresión de los países imperialistas, la burocracia soviética ha impuesto a los Partidos Comunistas, empleando en esta tarea sus enormes recursos -entre ellos la GPU- la obligación de ser los mejores defensores de los Frentes Populares. Pero ni las realizaciones sociales de la URSS se consolidarán, ni el peligro de una agresión exterior se alejará, sino a condición de que los trabajadores luchen en un terreno revolucionario contra la burguesía de sus propios países, que en la medida en que es enemiga de ellos lo es también del pueblo ruso y de la Revolución de Octubre.

La defensa de la Democracia impuesta a los trabajadores por los Frentes Populares es la más grande mentira y la más grande traición; sólo comparables con la traición y mentira de 1914 en que se decía luchar por la libertad y el derecho. Defender codo a codo con la burguesía -que es a lo que conduce el frentepopulismo- una democracia en la cual la misma burguesía no encuentra salida y sobre la cual asesta los más violentos golpes de liquidación, es la mayor monstruosidad que el proletariado comete.


Partidos y organizaciones obreras en España


Partido Socialista. El P.S. ha sido en la Revolución española fiel a la misión de la socialdemocracia. Enemigo de toda revolución de tipo violento; o lo que es igual, enemigo de derrocar al capitalismo mientras los capitalistas no acaben de comprender la razón histórica del socialismo, el PS español ha desempeñado con éxito su papel contrarrevolucionario. Si la traición del PS no se ofrece con caracteres muy destacados a los ojos de muchos trabajadores es porque sobre ella se ha proyectado la sombra de una traición mayor: la del Partido Comunista. El engaño y los procedimientos brutales que el stalinismo ha usado en su tarea contrarrevolucionaria -desde el chantaje de las armas rusas hasta el asesinato de obreros y milicianos- ha relegado a segundo plano la traición del Partido Socialista; pero no por ello es ésta menor, comprendida la llamada ala izquierda (Largo Caballero).

El retraso económico de España en el conjunto de la economía mundial se reflejó en el campo político de muy distinta manera que allí donde la burguesía, contribuyendo en no escasa medida a la destrucción de los vestigios semifeudales que se oponían a su propio desarrollo de clase, representaba un factor progresivo.


Clero, militarismo burocrático, latifundios, escasas industrias explotadas en su mayor parte por empresas y capitales extranjeros, tales eran los pilares del Estado español. No existía una burguesía industrial ni tampoco partidos intermedios que hubieran representado el papel del "liberalismo". Ello determinó que el PS no fuera un partido auténticamente marxista, con contenido de clase, sino un partido impregnado de ideas liberales enfocadas a un simple mejoramiento cultural y económico de los obreros, y donde los elementos intelectuales y los residuos del llamado "republicanismo histórico" daban la tónica política. Allí donde hubo una burguesía industrial fuerte (Cataluña) el PS no logra ganar a las masas. La burguesía catalana iba más allá en la lucha contra el Estado centralista y semifeudal que le dificultaba su ascenso. Es por ello también que el movimiento obrero catalán se enrola en el anarcosindicalismo, es decir, en una táctica de lucha típicamente clasista, revolucionaria, que el PS no podía ofrecer y hasta rehuía.


Las luchas sociales de varios años y la experiencia de la Revolución risa fueron, sin embargo, aleccionado a la base del Partido. Pero los métodos de organización y el analfabetismo marxista de sus dirigentes impidió a los militantes de base asimilar las teorías más elementales del marxismo revolucionario. El PS se ha definido siempre como el "Partido de Pablo Iglesias". En la austeridad de las costumbres, en la frugalidad de las comidas y en otras parecidas leyes morales e higiénicas basó durante muchos años su conducta.


El PS, incluida su ala izquierda, ha soportado los métodos del terror staliniano durante dos años y medios porque el denunciarlos abiertamente le planteaba la obligación de adoptar una posición revolucionaria. Esto le resultaba más caro que la vida de sus propios militantes, y optó por el silencio; es decir, porque la traición a la Revolución se consumara. El PS, el más consecuente de todos los partidos en la política de colaboración de clases y, por tanto, del frentepopulismo, no podía denunciar ni luchar contra el "campeón" de los Frentes Populares extendidos hasta el Vaticano (el Partido Comunista), so pena de incurrir en contradicción y descubrir su propia traición. Tampoco podía denunciar ni impedir la nefasta influencia de Stalin por cuanto esta intervención era el complemento de la intervención de los Blum y de los Atlee, es decir, de los intereses del capitalismo anglofrancés. Las "fuertes" discrepancias en el seno del PS entre Negrín y Prieto y entre ambos con Largo Caballero, no eran más que las discrepancias sobre el mejor método para salvar la República democrática y liquidar la revolución.


El ala izquierdista del socialismo no ha desempeñado otra función que servir de contrapeso al ala derechista y evitar que el Partido, perdiendo el equilibrio, se estrellara lanzado por los acontecimientos revolucionarios. Es la función de todas las "alas izquierdas" en todos los Partidos reformistas y de centro. El "Lenin español" (Largo Caballero) no ha podido salvar ni siquiera la República democrática, pero ha salvado la unidad del Partido. El Lenin "ruso", en cambio, deshizo la unidad del Partido y salvó una revolución.


Es indudable que dentro del PS hay militantes sanos, capaces de comprender la lucha revolucionaria. Pero a estos militantes hay que ponerles ante los hechos y demostrarles ante los hechos el falso izquierdismo de su líder Largo Caballero. Alimentarles con el silencio, o con una crítica superficial, toda fe en el "Lenin español" es contribuir a hundirlos en el centrismo. Hay que hacerles ver que la lucha por los intereses del proletariado va íntimamente ligada al desenmascaramiento de los jefes izquierdistas y a la defensa de un programa político cuya primera afirmación sea reconocer el fracaso y la traición de la II y la III Internacionales, y la necesidad de construir una nueva Internacional sobre las bases del marxismo revolucionario; esto es, sobre los principios y tácticas de lucha que señalaron los cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista y sobre la posterior experiencia del movimiento obrero mundial revolucionario.

El Partido Comunista.- Los Partidos Comunistas del mundo entero han dejado de ser un instrumento de lucha revolucionaria para convertirse en el colaborador más cínico de la burguesía. Sometidos a las órdenes de Moscú, y Moscú, por su parte, sometido al juego de la diplomacia con los países imperialistas, las Secciones de la III Internacional conducen la lucha de la clase obrera hacia el objetivo principal de defender los intereses de la burocracia soviética, manteniendo, o tratando de mantener, un "statu quo" que permita a la burocracia disfrutar de una vida acomodada.


La teoría de la "construcción del socialismo en un solo país" elaborada por Stalin, fue la declaración más abierta de que Stalin y su Internacional renunciaban a la revolución mundial. Pero como la lluvia no cesa con ocultar la cabeza, los movimientos revolucionarios se presentaron, pese a Stalin, en varios países (Alemania, Austria, China, España, etc.). Moscú se vio obligado entonces a intervenir y a controlarlos en virtud de sus compromisos con los países capitalistas. Adoptando distintas tácticas contradictorias, yendo de izquierda a derecha en bruscos y continuos virajes, el stalinismo fue liquidando sucesivamente estos movimientos, facilitando así el camino al fascismo. Estas sucesivas derrotas del proletariado no sólo se reflejaron en la situación interior de la URSS (reforzamiento de la dictadura personal de Stalin en el aparato de Estado soviético), sino que también fueron determinando el plano de la URSS en el panorama internacional, es decir, en sus relaciones comerciales y políticas con los países capitalistas. A un mayor debilitamiento del proletariado mundial tenía por fuerza que corresponder un mayor acercamiento de la URSS a estos países mediante nuevas relaciones y nuevos tratados. A su vez, estas nuevas relaciones y nuevos tratados la obligaban más y más a adoptar una política en oposición con los intereses revolucionarios del proletariado; y es así cómo la URSS, privada de su mejor defensor -la clase obrera- se refugió en la Sociedad de Naciones, y es así cómo después lanzó la consigna de los Frentes Populares, atando de este modo a los trabajadores al carro de la burguesía en nombre de la democracia y contra el fascismo.


La política del PC español, que vaciló con una criminal irresponsabilidad de derecha a izquierda antes del 16 de febrero de 1936, no vaciló ya, sino que se mantuvo firme a partir del 18 de julio. Esta firmeza ha consistido en aplastar la Revolución española usando de los medios del Poder y recurriendo a otros cuando aquellos eran insuficientes (Checas y S.I.M. particularmente).


Al advenimiento de la República -1931- cuando mayores eran las ilusiones democráticas de las masas, el PC lanzó la consigna de "¡Abajo la República! ¡Todo el Poder a los Soviets!", es decir, a unos organismos que ni existían en España, ni habían existido nunca, ni la mayoría de los trabajadores conocían que hubieran existido en otro país y, menos, el papel que los Soviets habían jugado en las Revoluciones rusas de Febrero y Octubre de 1917.

Sin embargo, en 1936, cuando la clase obrera española ha hecho a costa de su sangre la experiencia de la República democrática, cuando todas las ilusiones democráticas han desaparecido, cuando la República misma se derrumba estrepitosamente, cuando los obreros estaban en armas y constituyen Comités de poder y de lucha, el PC español (el de "¡Abajo la República y el Poder a los Soviets!") tomó a su cargo la responsabilidad de resucitar al Estado republicano, disolviendo para ello los Comités obreros y practicando una represión bestial contra militantes y Organizaciones revolucionarias. El PC español ha evidenciado, mejor que ninguna otra sección de la III Internacional, en qué medida las masas dirigidas por el stalinismo son puestas al servicio directo de los intereses de la burocracia soviética; y, asimismo, en qué medida estos intereses están conjugados hoy con los intereses del capitalismo mundial.

Los Partidos Comunistas de la III han entrado ya en un periodo de descomposición. Si mantienen sus efectivos, y en cierto modo los aumentan, es por las amenazas y represión que el stalinismo ejerce contra sus propios militantes. Una mayoría de obreros del PC español ha comprendido la traición de sus dirigentes. Si no se atreven a reaccionar es por miedo a ser catalogados como "trotskistas" y saben lo que esto significa para sus propias vidas. El estallido de la próxima guerra desintegrará a los partidos del comunismo oficial y se verificará un desplazamiento de fuerzas obreras hacia otras Organizaciones y Partidos.


Esta dispersión comportará, no obstante, un peligro grave si los Partidos revolucionarios independientes no actúan ya, desde hoy mismo, en el terreno de ir rápidamente a la creación de una nueva Internacional que pueda recoger los elementos disgregados tanto del comunismo oficial como de la socialdemocracia. De otro modo, la exasperación que la traición y el engaño de los jefes provocará en estas masas las llevará a actuar de una manera ciega, impidiendo o retardando el proceso de la Revolución, o, lo que es más grave, serán conquistadas por la demagogia fascista que será la primera en destacar la traición y el engaño a los trabajadores.


El stalinismo se ha demostrado como el mayor obstáculo al desarrollo de la Revolución. Es por esto que la lucha por la revolución no se puede separar de la lucha contra el movimiento degenerado y podrido que representa el stalinismo. Pero la lucha contra el stalinismo (el antiestalinismo a secas: posición de la Sección valenciana del POUM) será una lucha negativa y sectaria si junto a la campaña de denunciar sus traiciones no presentamos un programa político claro, revolucionario, donde los propios obreros de filas del PC vean reflejada la tradición del comunismo de los tiempos de Lenin y de la Internacional Comunista de los Cuatro primeros Congresos.


La CNT.- La CNT representó en España la fuerza combativa revolucionaria más considerable. Frente al reformismo del Partido Socialista, que incluso llegó a colaborar con la Dictadura de Primo de Rivera (1923) y frente a la debilidad, por no decir ausencia, de un Partido comunista que hubiera sabido indicar al proletariado el camino a recorrer y los procedimientos a emplear para su liberación, la CNT aparecía como la única organización intransigente en el dominio de la lucha de clases. El reformismo socialista y la incapacidad del PC hicieron posible que el anarcosindicalismo se extendiera en España cuando en el resto de Europa decaía y que agrupara a amplios sectores obreros bajo la bandera del "apoliticismo" y de "la acción directa".


El "apoliticismo" de la CNT, que muchas veces se convirtió prácticamente en una contribución de tipo político en favor del enemigo -abstención electoral- y la táctica de luchar contra el patrono ("acción directa"), subestimando la lucha contra el Estado para su derrocamiento y sustitución por un Estado obrero, dieron a las luchas de la CNT, consideradas en un plano general, un aspecto negativo. Varias veces destruida por las represiones de la reacción y otras tantas incorporada de nuevo sobre sus propias ruinas, la CNT presentaba, sin embargo, un aspecto positivo: el poderoso espíritu combativo del proletariado español.


Las "reconstrucciones" de la CNT evidenciaron la incapacidad principalmente del PC para hacer comprender a los obreros de la CNT la esterilidad del anarcosindicalismo y la necesidad de cambiar los métodos de lucha -según las situaciones- por los métodos de lucha del bolchevismo.

El comunismo oficial en España, como en todas partes, ha seguido la táctica de subsanar los errores de los demás y los suyos propios cometiendo un error mayor en sentido opuesto. Así, poco después de la República creo en Sevilla un Comité de Reconstrucción de la CNT cuando la CNT estaba ya "reconstruida" y en marcha; así creó una Central sindical aparte (la CGTU) cuando las tareas debían consistir en conquistar la influencia y la dirección en la CNT, y así, poco después, disolvió de un plumazo la CGTU volcándola en el movimiento sindical reformista, la UGT. Todo lo cual sirvió, naturalmente, para que el "apoliticismo", la guerra a los políticos, incluidos los políticos obreros, se acentuara en los medios confederales, cerrando el paso a toda posibilidad de influencia.


La colaboración de la CNT en los Gobiernos de Frente Popular en el curso de la Revolución española ha puesto de manifiesto que su "apoliticismo" era falso y que, a fin de cuentas, no derivaba más que de la carencia absoluta de una teoría revolucionaria sobre la significación lo mismo del Estado burgués que del Estado obrero. Enemiga de toda Dictadura, incluida la Dictadura del proletariado, y partidaria de comenzar la revolución por su última fase, es decir, por la desaparición del Estado y el establecimiento del comunismo libertario, los dirigentes de la CNT tropezaron, sin embargo, en el curso de la Revolución española con la sorpresa de que el Estado era necesario e inevitable en la primera etapa de una revolución; y entonces, "renunciando a todo menos a la victoria" (Durruti), lejos de encauzar sus "renunciaciones" en el terreno de sentar las bases de un Estado obrero, resucitaron y fortalecieron el Estado republicano, el Estado burgués, colaborando en los Gobiernos de Frente Popular y contribuyendo así a la liquidación de las "Comunas libres", de los Comités y de las Colectivizaciones; o lo que es igual, de los organismos que representaban el auténtico poder de la clase obrera, aparte de sus vicios de constitución y defectos de los primeros momentos.


La teoría revolucionaria de la CNT fue siempre de tipo exclusivamente económico. Para los dirigentes anarcosindicalistas el triunfo de la Revolución social estaba asegurado de antemano con sólo arrebar al Poder burgués las fuentes de producción y riqueza, desestimando toda lucha y toda tarea en el aspecto del Poder político. Los jefes anarcosindicalistas han sido incapaces de comprender que ambas cosas van íntimamente ligadas, que son dos aspectos de un mismo problema, que el Poder económico es el apoyo del Poder político, pero subordinado a éste. Los jefes anarcosindicalistas han sido incapaces de comprender que la función del Poder político consiste precisamente en regular y dominar las fuerzas ciegas de la economía, y que precisamente la naturaleza de los procedimientos y el sistema que regulan estas fuerzas económicas es lo que caracteriza a un Estado cualquiera (fascista, democrático, obrero).


Esta incapacidad de los dirigentes de la CNT para comprender un problema tan fundamental como es la cuestión del Poder político la llevó a incurrir en una tremenda contradicción (más concretamente, a una traición) y fue que mientras sus poderosos Sindicatos arrebataban a la burguesía fábricas, minas y tierras (el poder económico), los jefes del anarcosindicalismo (García Oliver, Montseny, Peiró, Juan López) levantaban con su colaboración gubernamental un Poder político (el de la República democrática) que tenía por misión establecer o restablecer un orden económico, no sobre la base de la propiedad colectivizada por los Sindicatos de la CNT, sino todo lo contrario, sobre la base de la propiedad privada.


La lección que en este aspecto ofrece la Revolución española servirá a los militantes anarcosindicalistas para medir de una parte la magnitud de la traición de sus dirigentes y, de otra parte, para constatar hasta qué punto el marxismo revolucionario tiene razón cuando señala como el principal objetivo revolucionario la conquista del Poder político por el proletariado. Señalar y propagar incansablemente en los medios de la CNT la traición de sus jefes, que han contribuido al aplastamiento de la Revolución de España, es una tarea obligatoria de los militantes revolucionarios y de los Partidos del movimiento revolucionario independiente. La colaboración de la CNT en los distintos gobiernos de Frente Popular no puede justificarse como un error. La colaboración, después de las jornadas de Mayo hasta la participación en la Junta Casado, y al precio siempre de disolver Comités de obreros y Colectivizaciones, no es un error de los dirigentes anarcosindicalistas sino una consciente claudicación que aunque bien conocida de los obreros de base debe ser, sin embargo, constantemente denunciada.

Los Grupos minoritarios que tanto en el seno de la CNT como de la FAI (Amigos de Durruti, por ejemplo) se han levantado reaccionando contra estas claudicaciones contribuirán, no obstante, a aumentar el confusionismo entre los obreros anarquistas si los Partidos revolucionarios no los someten también a una dura crítica. El aspecto progresivo de estas fracciones, en tanto que están contra la dirección, se convertirá en una fuerza regresiva si se abandona esta crítica. El aspecto progresivo de estas fracciones, en tanto que están contra la dirección, se convertirá en una fuerza regresiva si se abandona esta crítica. Para estos grupos la causa de todos los males ha sido el abandono de los "principios" por parte de los dirigentes. Restituirse a los "sanos principios", volver "a la pureza", "recomenzar la historia", he aquí todo el programa y todos los lemas de reagrupamiento con que actúan estas fracciones.


Ahora bien; recomenzar la historia es absolutamente imposible. En todo caso es más posible repetirla. No se puede volver a la situación de antes del 18 de julio; pero se pueden cometer en situaciones parecidas los mismos errores. El mayor error que hoy pueden cometer estas fracciones es no sacar todas las consecuencias que se deducen de la Revolución española en nombre de una "pureza de principios". Este error primero les llevaría más tarde o más temprano a cometer los mismos errores y claudicaciones que hoy combaten. Y la primera consecuencia de la Revolución española es que las claudicaciones de los García Oliver y de los Cipriano Mera no fueron debidas al abandono del "apoliticismo" tradicional de la CNT sino que fueron debidas al "apoliticismo" mismo, es decir, a la falta de una teoría revolucionaria sin la cual es imposible la Revolución (Lenin).


La Revolución es un documento vivo y reciente. Sobre este documento basan sus críticas los grupos y fracciones anarquistas disidentes. Pero sus análisis son incompletos y, en la mayoría de los casos, falsos, deliberadamente sectarios. Aprovechándose del papel contrarrevolucionario que un Estado obrero (degenerado, para nosotros), la URSS, han jugado en la Revolución española, tratan y tratarán de llevar las aguas al molino del anarquismo "puro", presentando a los Partidos obreros revolucionarios independientes en el mismo plano que el stalinismo (No es por casualidad que la campaña de prensa anarquista contra Stalin se acompaña hoy de una campaña contra el "asesino de Kronstand", Trotsky). De todos modos, esta táctica, típicamente política, del anarquismo "puro" ha de ser denunciada como una falacia. En la lucha contra el stalinismo pueden ser admitidos como aliados los anarcosindicalistas; pero esta alianza no hipotecará en ningún modo nuestra independencia y nuestra libertad de crítica contra el aliado mismo, a fin de evitar los estragos que el confusionismo de las fracciones hoy existentes en la CNT puedan producir, y producen ya.


El POUM.- El único Partido que en líneas generales ha jugado un papel revolucionario ha sido el POUM. Si no existieran otros elementos de juicio para caracterizar al POUM, con todos sus errores, como el único Partido que en España ofrecía la posibilidad de convertirse en el Partido de la revolución, habría que recurrir entonces al argumento de haber sido el Partido más combatido por el Frente Popular, y sobre el cual la contrarrevolución, conducida por socialistas, stalinianos y anarcosindicalistas , descargó todos sus golpes.


Ahora bien; si el POUM ofrecía esta posibilidad de convertirse en el Partido dirigente de la Revolución española tenía que ser a condición de que durante el curso de ésta hubiera sabido mantener una posición marxista sobre el problema del Poder, cuestión en la que el Partido fluctuó, llevándolo por fin a la consolidación del aparato del Estado burgués mediante su colaboración con el Gobierno de la Generalidad que empezó la etapa contrarrevolucionaria disolviendo los Comités y las Comunas para substituirlas por los antiguos Ayuntamientos.


A la fecha de la sublevación militar fascista el POUM era un Partido joven que contaba apenas ocho meses de existencia.


Pero no hay que deducir de aquí que no hubiera podido transformarse en poco tiempo en el Partido dirigente de la Revolución. El Partido, aunque joven, contaba con un programa "viejo", y en el Partido se encontraban militantes probados en el movimiento obrero. Puede decirse que el Partido cuando se desarrolló fue justamente en las primeras semanas posteriores al 18 de Julio. Unas horas de combate contra los militares sublevados y una consigna ("Hasta el fin") habían aportado al POUM más efectivos y más prestigio revolucionario que una propaganda de meses.


Pero el POUM no se transforma en el Partido de la Revolución porque pocos meses después del 18 de julio se cierra el camino con su colaboración en el Gobierno de la Generalidad, prestándose a la disolución del Comité Militar Antifascista, que de hecho ejercía el Poder en Cataluña.

¿Cuáles eran las razones que la dirección del POUM alegaba en apoyo de esta colaboración?

Primera: Que la CNT estaba decidida a salir del Comité Militar para incorporarse al Gobierno de la Generalidad, donde la representación obrera estaría en minoría.

Segunda: Que la presencia de la CNT en el Gobierno de la Generalidad, sin la vigilancia y el control de un Partido revolucionario (en este caso, el POUM) podía "republicanizar" a la CNT, comprometiéndose incluso con el stalinismo en su lucha contra el POUM, con lo cual la correlación de fuerzas se resolvería en favor de la contrarrevolución.

Tercera: Que Companys, al frente de sus Consejeros, estaba decidido a poner en ejecución un programa mínimo de realizaciones socialistas porque "comprendía que era llegada la hora de los obreros".

Cuarta: Que puesto que el C.M. Antifascista estaba integrado por las mismas representaciones políticas y sindicales que habían de constituir el nuevo Gobierno de la Generalidad era justo resolver el conflicto de Poderes disolviendo el Comité.


Fue así como el POUM volvió la espalda a su programa, elaborado precisamente frente a las traiciones de la socialdemocracia y el stalinismo, y en cuyo programa se sentaban los fundamentales principios del marxismo revolucionario: la conquista del Poder por la clase trabajadora; la implantación de la Dictadura del proletariado y la destrucción del aparato del estado burgués. El POUM que después de suscribir el Pacto electoral de febrero había sido su más caluroso enemigo y denunció a los trabajadores la esencia contrarrevolucionaria del Frente Popular, señalándoles el único camino que debían seguir: la lucha insurreccional por la conquista del poder obrero, olvidó todo esto en un momento en que todo esto no sólo era practicable, sino que se practicaba ya. La lucha armada de los obreros no era una perspectiva histórica sino una realidad histórica, y el Estado republicano no estaba en descomposición sino bien muerto. El POUM, creyendo sin duda servir mejor los intereses de la Revolución, se prestó a colaborar en las funciones de Gobierno con los Partidos pequeñoburgueses que, según todos los análisis hechos por el POUM antes del 18 de Julio, debían ser rebasados por la Revolución misma.


Es este el mayor error que el Partido ha cometido en la revolución española, y el primer error que hay que proclamar abiertamente, descaradamente.


Sobre este error -que no se reconoció a tiempo, ni todavía parece que tenga muchas probabilidades de ser reconocido- han descansado las vacilaciones posteriores y el confusionismo de los militantes. La actitud de algunas secciones del Partido contra las jornadas de Mayo y la tendencia de constituir un Frente Popular, son datos demostrativos de que el POUM siguió considerando justa la colaboración con la pequeña burguesía. Por el contrario el reconocimiento de este error hubiese hecho recordar a los militantes los principios de la "independencia de clase" y de la imposibilidad de hacer la revolución "dentro de los cuadros del Estado burgués". Entonces, ni hubiera habido Secciones contrarias al movimiento de mayo (independencia de la clase obrera) ni la teoría de constituir un Frente obrero revolucionario para incorporarlo al Frente Popular (revolución dentro de los cuadros del estado burgués) se habría planteado jamás a la discusión.


La colaboración no impidió tampoco lo que se trataba de impedir: ni la "republicanización" de la CNT ni su pasividad y complacencia ante la persecución staliniana contra el POUM ni, claro es, que la correlación de fuerzas se resolviera en favor de la contrarrevolución. Por el contrario, las fuerzas se desplazaron en este sentido desde el momento mismo en que el Gobierno de la Generalidad era resucitado por los Partidos obreros.


El argumento de que debía ser disuelto el Comité Militar Antifascista ante el hecho de que sus representaciones seguirían "gobernando" en la Generalidad no resiste la más ligera crítica. No se trataba de una cuestión de forma sino de fondo; es decir, de la naturaleza misma de los dos organismos vis a vis de la Revolución. El Comité Militar era, con todos los defectos que se le quieran señalar, un órgano de poder surgido de la Revolución. Y que la cuestión no era de forma sino de fondo fue cosa aclarada por la maniobra del demagogo Companys. Aunque "la hora de los obreros era llegada" y los partidos pequeñoburgueses podían desde el Comité Militar favorecer el programa "mínimo" socialista, la pequeña burguesía y Companys estimaron, no obstante, que todo ello se debía hacer desde el gobierno y no desde el Comité. O lo que es igual, dentro del Estado y no fuera del Estado. La burguesía internacional dio en esta ocasión una nueva prueba de su inteligencia.


Al error de principio de la colaboración gubernamental vino a añadir el POUM un error de táctica que hizo más profundo el primero. Este error de táctica consistió en no denunciar desde el primer momento, desde el primer día, a los trabajadores la incapacidad del Gobierno de la Generalidad para afrontar los problemas de la guerra y de la revolución, y advertirles también de la inevitabilidad de que el POUM en tanto que Partido revolucionario fuese expulsado del Gobierno. Adelantarse a este acontecimiento -la eliminación- prevenir de ellos a los trabajadores haciéndoles saber qué objeto se perseguía y cuáles eran las discusiones en el seno de los Consejeros y quiénes eran los disidentes, tal era la táctica a emplear con vistas al futuro. Pero esta propaganda comportaba dos peligros: uno, provocar la crisis con la eliminación del POUM; otro, enfrentarse con la dirección de la CNT, a la que se necesitaría combatir en primer término. El POUM que ha evitado toda crítica contra la CNT y ha ido en cierta medida a remolque de ella, esperó a salir del Gobierno para descubrir todo el juego operado en su eliminación. Pero entonces los obreros no comprendieron nada, y los que lo comprendieron lo aceptaron como un hecho consumado. El prestigio revolucionario y la influencia que con esta táctica se hubiera ganado en los medios obreros habría mermado en algo la magnitud del primer error: el de la colaboración.


Porque indudablemente no se puede argumentar en el sentido de que el POUM salió del Gobierno de la Generalidad cuando vio que éste lesionaba los intereses del proletariado. La lesión de estos intereses se podía descartar -la tenía descartada el programa político del POUM de mucho antes- desde el momento en que un Gobierno burgués era levantado.

 Por una nueva internacional revolucionaria


El proletariado mundial ha sufrido las mayores derrotas en el corto espacio de quince años. Estas derrotas se inician y siguen ya un curso ininterrumpido desde el momento mismo en que la III Internacional abandona su historia y tradición revolucionarias y entra a ser regida bajo el signo del stalinismo, lo que quiere decir bajo los exclusivos intereses de la casta burocrática de la URSS. Desde la revolución china hasta la española, pasando por la alemana, austríaca y otras, el proletariado no ha registrado más que derrotas; la Internacional comunista no ha registrado más que traiciones. Su traición ha llegado a aparecer tan clara que incluso se ha registrado en algunos países el fenómeno de operarse una corriente favorable hacia la II Internacional, es decir, hacia la Internacional más consecuente en el terreno de las traiciones. Huyendo de un apestado han querido abrazarse a un cadáver.


La II Internacional, al igual que la III, están muertas para la revolución. La clase obrera necesita de una nueva dirección internacional si no quiere ser aplastada para varias generaciones. Se dan para ello las mejores condiciones objetivas: fracaso de las dos internacionales; existencia de numerosos partidos revolucionarios independientes y reservas combativas del proletariado. El peligro de guerra imperialista hace más necesario aún el reagrupamiento de fuerzas revolucionarias para la creación del nuevo Centro Internacional.


Esta Internacional ha de tener un programa político máximo. Toda tendencia de constituir una Internacional "Tercera y Media" deberá ser combatida como el oportunismo centrista más descarado. El programa no puede ni debe ser otro que el programa basado sobre las resoluciones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, enriquecidas, pero no desvirtuadas, por toda la experiencia posterior del movimiento obrero. Los que pretendan partir de las lecciones de la experiencia para corregir las declaraciones de los cuatro primeros Congresos, se descubrirán como los peores enemigos de la revolución, como los eternos centristas.


La llamada "IV Internacional" creada por el Secretariado Internacional de los bolcheviques leninistas (trotskistas oficiales) ha sido constituida de un modo burocrático, fraccionando así a los mismos partidarios de una IV Internacional; y no ha llenado hasta el presente las tareas ni la misión que corresponde a una Internacional revolucionaria, pese a sus posiciones justas de principio. La IV Internacional, proclamada por el Secretariado Internacional, es el Secretariado erigido en IV.

Si el objeto de esta "IV Internacional" es la formación y educación de cuadros revolucionarios "todavía jóvenes", según declara en sus últimas resoluciones, nada habrá que oponer a esa misión educativa. Pero si la misión de una Internacional obrera -ahora y siempre- es más amplia y consiste en la movilización de masas en una escala mundial, principalmente en presencia de un acontecimiento histórico, entonces habrá que reconocer que la IV Internacional proclamada por el S.I. no ha ejercido ninguna influencia decisiva ni siquiera ante el acontecimiento más grande de estos últimos tiempos: la revolución española. En la revolución española, tanto los partidarios de una IV Internacional como los "cuartistas", cuyos programas políticos son idénticos, demostraron, no obstante, la crisis interna de esta corriente del movimiento obrero (B.L.) adoptando distintas posiciones tácticas vis a vis de los Partidos y organizaciones revolucionarias de España, dificultándose a sí mismos el objetivo en que descansa su programa táctico en la etapa presente del movimiento internacional: el reagrupamiento de fuerzas revolucionarias.


El Frente Obrero Internacional Contra la Guerra


El FOI es por su composición misma y por la carencia de un programa claro un obstáculo al reagrupamiento de fuerzas revolucionarias que ha de basarse precisamente en un programa de concreciones y máximo. El FOI es, por esto mismo también, un obstáculo para la construcción de la nueva Internacional. Todos los indicios hasta el presente hacen suponer que el FOI será un segundo Buró de Londres, un poco más radical que el primero, pero igualmente confusionista, si es posible el confusionismo allí donde no existe ningún programa político ni ninguna perspectiva.


La presencia de grupos y Partidos revolucionarios en el FOI hace preciso, sin embargo, tomar una posición de carácter táctico. Nosotros no concebimos el FOI como un organismo o Centro de dirección internacional -algo así como una semi Internacional- sino como un conglomerado de fuerzas sobre las cuales debe actuarse en el sentido de ganar a posiciones revolucionarias a los elementos y efectivos un tanto desorientados por el rumbo de los acontecimientos, pero que, indudablemente, pueden ser conquistados.


El objetivo de "lucha contra la guerra" que el FOI se ha propuesto no dificulta sino que favorece esta tarea. La lucha contra la guerra es ni más ni menos la lucha por la Revolución. "La lucha contra la guerra" pondrá sobre el tapete la discusión del multitud de problemas tanto nacionales como internacionales : desde la necesidad de constituir partidos revolucionarios hasta la creación de una nueva Internacional; acometerá el problema del Poder obrero, de los organismos básicos de éste, de la posición a adoptar ante la URSS en caso de guerra, de la función de los Sindicatos, de la defensa armada de las Organizaciones obreras ante las provocaciones fascistas y, en fin, de todos los problemas que servirán de base programática a la constitución de la nueva Internacional.


Es seguro que si los acontecimientos se precipitan y la guerra estalla en un plazo breve, el FOI saltará hecho añicos. Es probable también que se descomponga antes por su debilidad interna. Pero es indudable, asimismo, que su desintegración se acelerará si en el seno del FOI los partidos de vanguardia (el POUM entre ellos) actúan en un sentido auténticamente revolucionario, planteando de manera abierta los problemas y destruyendo esas ilusiones democráticas, pacifistas y centristas que en el FOI puedan surgir y surgirán indudablemente.


Esta tercera alternativa es la que importa.

Los acontecimientos en Europa se suceden vertiginosamente. La burguesía democrática y el fascismo "queman las etapas". El proletariado tiene que quemar las suyas. Confiar en el FOI es peligroso. Es corres el riesgo de hundirse con él bajo el golpe de la guerra. Puesto que el problema vital es crear una Internacional nueva y el FOI no puede suplir este papel, es necesario no detenerse demasiado en el camino, sino realizar esta experiencia y realizarla rápidamente, con las mayores ventajas posibles.


La consigna general del "reagrupamiento de fuerzas revolucionarias" implica, en primer término, el reagrupamiento de los núcleos, grupos y partidos afines. En este sentido, el POUM debe tomar la iniciativa y reclamar la constitución en Francia de un Comité de Relaciones con participación de dichos grupos y fracciones identificados y más próximos a la línea política del POUM. Este Comité podría realizar una magnífica labor tanto en lo que se refiere al reagrupamiento mismo como a las tareas de preparar y convocar una amplia Conferencia internacional revolucionaria.

Este Comité podría, asimismo, coordinar el trabajo a realizar en el del Frente Obrero Internacional contra la Guerra (el FOI).

La Guerra

La burguesía francesa ha perdonado a los huelguistas del mes de Noviembre. El Gobierno francés, ayudado por el stalinismo y la socialdemocracia, montan la vigilancia sobre las organizaciones revolucionarias. He aquí dos síntomas claros de la proximidad de la guerra imperialista.

La guerra del 14-18 se hizo en nombre de la "justicia" y el "derecho". La guerra de hoy se hará y se hace ya en nombre de "la paz". El capitalismo, tanto democrático como fascista, de una parte, y la socialdemocracia y el stalinismo, de otra, han llegado a la conclusión de que "la paz" (la paz burguesa, claro es) no se podrá asegurar sin llevar al sacrificio y a la muerte algunos millones de obreros. Los obreros, desde trinchera a trinchera, se asesinarán para defender la paz de sus respectivas burguesías. En este asesinato colectivo actuarán como padrinos la II y la III Internacional. Los traidores del años 14 -los socialistas- han recibido un poderosos refuerzo con los traidores de la Revolución española: los stalinianos.


Todavía la guerra puede demorarse por el juego de la diplomacia. De todos modos, la diplomacia no la evitará. Por el contrario, asegurará el conflicto estableciendo pactos y contrapactos que vendrán a hacer aún más insostenible la situación. Los compromisos diplomáticos de "no agresión", de "ayuda mutua" y los tratados de paz y de armisticio de los países capitalistas, es para éstos un mercado más en el que corren las monedas de las cesiones y compensaciones territoriales, industriales y de comercio, creándose así nuevos intereses y nuevos antagonismos que el capitalismo, llegado un momento, no puede resolver de otro modo que empleando las armas. Ni el tratado de Versalles, que condenó a Alemania a la impotencia perpetua y declaró la paz para varios siglos, ha evitado -al contrario, lo ha favorecido- que Alemania recuperase y aumentara su antigua fuerza al extremo de ser hoy el mayor peligro para sus vencedores; ni el pacto de Munich ha conseguido alejar el peligro de guerra y la guerra misma. El papel, pues, de la diplomacia no es otro que colocar sobre el tablero de la guerra las piezas que han de jugar: el de asegurar la unión de los "bloques" beligerantes.

La guerra es inevitable. Únicamente puede detenerla un movimiento revolucionario. Pero si este movimiento queda circunscrito a "evitar la guerra" (posición de los "pacifistas") sin otras perspectivas que evitarla (sabotajes en la industria, huelgas, etc.) y no se toma como punto de partida la destrucción del Estado burgués y la conquista del Poder obrero, la guerra no sólo no se evitará, sino que se hará más inminente. El debilitamiento de un Estado burgués por la acción de las masas, sin que ese Estado sea destruido y sustituido por el Estado obrero capaz de hacer frente a cualquier agresión del exterior, favorecerá el ataque de los países "agresores". En ese punto, el Estado "debilitado" hallará motivos para restablecerse y reorganizarse bajo la consigna de la Patria en peligro y llevará al país a la matanza.


Es por esto que la guerra imperialista, lo mismo en su etapa preparatoria que en la siguiente del conflicto armado, plantea los problemas de la guerra civil: la lucha contra la propia burguesía y contra el factor que engendra las guerras, el capitalismo. Para esta lucha es condición indispensable que el proletariado recupere su independencia de clase y que se dote de un Partido revolucionario.


El "pacifismo" a ultranza ha de ser combatido como una posición contrarrevolucionaria en la medida que hace concebir a los trabajadores esperanzas ridículas sobre el mantenimiento de la paz y no les educa en la escuela de la guerra civil. El pacifismo es un opio que la propia burguesía suministra a los obreros. Contra los poderosos medios de propaganda que el capitalismo posee para crear una psicología de guerra y provocar una exaltación patriótica, el pacifismo no podrá luchar. La experiencia ha demostrado, por otra parte, que los mayores pacifistas despertaron en la guerra del 14 con un fusil en la mano para defender los intereses de la Patria, es decir, de la burguesía.


Frente al pacifismo, el derrotismo revolucionario; frente a la guerra imperialista, la guerra civil por la revolución. Contra la "paz" burguesa, la paz de los trabajadores y de los pueblos libres dentro de una Federación de Estados Socialistas. Tales son las únicas posiciones a adoptar.


La guerra se quiere plantear como un conflicto "ideológico" entre países democráticos y países totalitarios; entre países libres y países esclavos. La traición de las dos Internacionales marxistas no puede ser más cínica. No les ha bastado siquiera el ejemplo más reciente -España- para ver hasta qué punto las democracias (Francia e Inglaterra) estuvieron de acuerdo con los totalitarios (Italia y Alemania) para vencer un Estado que luchaba por la democracia burguesa (la República de Negrín-Pasionaria). Los jefes socialistas y del stalinismo no podrán explicar jamás a los trabajadores por qué se les lleva a una guerra contra los países totalitarios que quieren esclavizar pueblos y colonias mientras se sigue manteniendo la esclavitud de la India y de una parte del África por parte de Inglaterra y Francia.


Las guerras imperialistas no son de tipo "ideológico". En la guerra que amenaza no se trata de oponer la democracia al fascismo, sino de hacer un nuevo reparto del mundo y de materias primas entre los capitalistas. Esta es la única verdad. Los trabajadores en armas se vengarán de sus propios jefes del engaño y de la traición de que son objeto.


En el curso de la guerra desaparecerá toda diferencia entre democracia y fascismo. Las dictaduras militares reemplazarán a los Gobiernos elegidos por los pueblos para sojuzgarlos mejor. Los "bloques" beligerantes serán heterogéneos en su composición ideológica. En el momento mismo de estallar el conflicto, e incluso en los primeros meses de la guerra, es probable que se produzcan desplazamientos de fuerzas hacia uno u otro "eje" y que aparezcan luchando codo a codo países democráticos y países fascistas. La Polonia semifascista se ha comprometido, por el momento, a defender la democracia inglesa. La Italia puede perder en un instante su fe en Hitler y romper el "eje". No es posible establecer a priori y de un modo esquemático el cuadro de estos bloques, ni tampoco importa gran cosa conocerlos. Cualesquiera que sean los aliados de uno y otro campo la guerra tendrá un carácter imperialista mucho más pronunciado que la guerra del 14-18.


Vuelve, como entonces, a tomar cuerpo la falsa creencia de que la guerra será cosa de pocos meses dados los medios de destrucción actuales. Sin embargo, la guerra se prolongará como se prolongó la anterior, si el proletariado no se decide a convertirla inmediatamente en guerra civil. De todos modos, el hambre, las epidemias, la desesperación de las masas populares de los países beligerantes, distarán muy poco de la primera batalla. Estos factores pondrán a la orden del día la revolución socialista. Si el factor "Partido revolucionario" falta, la derrota de la clase obrera será segura y la Humanidad entrará en una larga etapa de esclavitud.


La URSS ante la guerra


La URSS, comprometida como está al juego de la diplomacia burguesa, se verá obligada a ser beligerante. Francia e Inglaterra, para salvar sus intereses y sus imperios coloniales pactarán con el "diablo", esto es con el país de la Revolución de Octubre, pero a condición de que el comunismo oficial se domestique todavía más. La URSS, por su parte, que ha desvirtuado hace tiempo la Revolución de Octubre y que está dispuesta a domesticarse más, defenderá con las armas los imperios de Inglaterra y Francia, pretendiendo impedir o neutralizar una amenaza del Japón por el Asia y otra de Alemania por Europa. Los capitalistas anglo-franceses han apreciado que la URSS puede ser una magnífica carne de cañón en la próxima guerra y ahorrarles muchos esfuerzos y sacrificios, al mismo tiempo que la guerra barrera de la URSS los últimos vestigios del bolchevismo.


La participación de la URSS reforzará, en efecto, el aparato dictatorial de Stalin-Vorochiloff. La dictadura militar no está descartada. De otra parte, la aparente democracia que existe en la producción colectiva, por ser aparente, desaparecerá como inservible por "razones de guerra", y se dará paso, también por "razones de guerra", a la iniciativa particular, al capitalismo privado. El Ejército reforzará su disciplina militarista bajo el juramento de defender a Rusia, pero también a sus aliados. Los aliados, a su vez, intervendrán tanto en el dominio militar de la URSS como en el económico, en nombre de la mejor coordinación de los esfuerzos y servicios de los "aliados".


La guerra imperialista conducirá a la URSS, según todos los cálculos, a liquidar lo que queda de la Revolución de octubre, poniendo rumbo hacia una restauración capitalista.

¿Posición a adoptar?: luchar contra esta criminal participación de la URSS en la guerra imperialista; propagar el derrotismo en las filas de los obreros y soldados rusos; luchar contra la burocracia soviética, causante de las derrotas del proletariado mundial y de esta monstruosa traición. Por el restablecimiento de la democracia obrera en el país de los obreros; por la reintegración a la línea del marxismo revolucionario; por la creación de una nueva Internacional.

¡Abajo la URSS de Stalin! ¡Viva la URSS de Lenin!


¿Cuál debe ser la posición a adoptar en el caso de que la URSS sea agredida por la contrarrevolución capitalista?


Defensa armada de la URSS en tanto que país obrero cuyo sistema económico se basa sobre la colectivización de los medios de producción y cambio y el monopolio exterior; pero lucha política al mismo tiempo contra el Poder termidoriano y contra la casta burocrática que ha producido la degeneración del Estado. La victoria de los trabajadores rusos sobre cualquier país agresor depende de la victoria sobre su propio enemigo interior: la burocracia soviética.


Un ataque de la contrarrevolución capitalista lejos de reforzar al Poder y a la casta de burócratas los debilitará. El ataque de la contrarrevolución contra la URSS será el ataque para despojar a los trabajadores rusos de sus fábricas y de sus tierras y de todas las conquistas arrebatadas al zarismo y a la burguesía. Los obreros y campesinos se levantarán decididos a defenderlas al precio de la sangre que sea. Este "levantamiento", por mucho que el Poder quiera controlarlo, rebasará los mismos cuadros del Estado. Stalin y su camarilla se mostrarán incapaces de hacer frente a la situación y a los problemas que esta guerra de "defensa" cree; y se encontrarán ante la alternativa, o de hacer concesiones devolviendo a los trabajadores rusos sus derechos revolucionarios (libertad de prensa, libertad de elección, democratización de los soviets, etc.) o se pondrán abiertamente frente a estos derechos y aparecerán entonces del lado de la contrarrevolución capitalista. En ambos casos, el stalinismo habrá encontrado su muerte. Un Estado Obrero degenerado no resistirá a la dura prueba de una agresión capitalista.


La defensa de la URSS por parte del proletariado internacional, ligada a la lucha contra el stalinismo, es la defensa de la Revolución de Octubre y la continuidad de la revolución mundial socialista.

¡Viva la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas!


¡Abajo el Poder dictatorial de la burocracia! 


Juan Vila

El 19 de Julio encuentra a nuestro Partido preparado, ideológicamente, para la Revolución. Teníamos una política justa vis a vis de todos los problemas de la revolución española. Nuestra intransigencia revolucionaria era bien conocida de las masas y cada día nuestra táctica nos abría zonas más amplias de simpatía. Las masas comprendían que nuestro Partido sabía lo que quería y a dónde iba. Nos caracterizábamos por una madurez teórica y una seriedad táctica. Ni reformismo socialista, ni aventurerismo comunista, ni putschismo anarquista: política revolucionaria de clase.


Nuestra actitud ante el Frente Popular del 16 de Febrero fue una de las más inteligentes. Combatimos las ilusiones de la masa respecto a una colaboración con la burguesía. Demostramos como sólo la clase trabajadora estaba capacitada para resolver los problemas de la revolución española. Pero no nos distanciamos de las masas. Como consecuencia de la represión de Octubre de 1934, las cárceles rebosaban de presos proletarios. Las masas daban una importancia sobrenatural a la unión de las izquierdas y adoraban, con fervor místico, el Frente Popular. La consigna central de las elecciones era la Amnistía. El triunfo de las izquierdas debía imponerla. Comprendiendo la importancia política del triunfo electoral en aquellos momentos y el estado de ánimo de las masas, formamos parte del Frente Popular a los efectos puramente electorales. Pero nos reservamos el derecho de crítica y no perdimos, ni un momento, nuestra libertad de acción. Esto nos permitió, sin contrariar la voluntad de las masas que deseaban la unión para lograr la amnistía, desarrollar nuestra crítica sobre los errores de la pequeña burguesía, y señalar el verdadero camino a seguir por la clase trabajadora. Esta ductilidad táctica nos ha permitido salvar nuestra responsabilidad política, en cuanto a los errores de las izquierdas y de las otras organizaciones obreras, e influenciar grandes masas destruyendo sus ilusiones democráticas burguesas. Esta política inteligente, hábilmente desarrollada, permitió poner de relieve los errores y las debilidades del gobierno de Frente Popular que se constituyó como consecuencia del triunfo de las izquierdas, y demostró a los ojos de las masas que no nos solidarizábamos con la política de capitulación del gobierno.

El Partido previó perfectamente el peligro que se acercaba. El discurso de nuestro Secretario General, camarada Maurín, en las Cortes, podría calificarse de profecía. Igualmente el editorial de La Batalla a la víspera casi del movimiento fascista, demuestra que nuestro Partido tenía una consciencia clara de la situación.

Si bien el Partido poseía un arsenal teórico, tenía, por otra parte, un gran defecto: su insuficiencia numérica. La fuerza del POUM radicaba casi exclusivamente en Cataluña; un poco en Levante; nada, o casi nada, en el resto de la península. Este defecto sólo podía superarse con el tiempo por medio de la agitación y de la propaganda. Este defecto ha influido poderosamente en el rol que nuestro Partido debía jugar en la Revolución española. Nos ha imposibilitado pesar decisivamente en la situación política de España, y especialmente en la capital de la República, sede del gobierno. Cierto, la revolución nos encuentra con un Partido preparado, con unos militantes magníficos, inigualables, pero la casi totalidad residentes en Cataluña. Esto no podía ser suficiente. La revolución es una empresa de carácter nacional.


Así se comprende que el Partido jugara un papel de primer orden en Cataluña; relativo, en Levante; nulo, en el resto de España.


En Cataluña tenía una simpatía indiscutible y se había conquistado la adhesión de grandes zonas. Su política justa, revolucionaria, de desenmascaramiento de todas las confusiones pequeñoburguesas, le convertían en el heraldo de la revolución. En las calles de Barcelona, en toda Cataluña, nuestros militantes, el 19 de julio, estuvieron a la punta del combate. Liquidada la sublevación fascista en Cataluña con el sacrificio de su sangre, fueron el nervio creador de la nueva realidad revolucionaria. En la mayoría de las localidades los Comités de Milicias se constituían bajo la iniciativa y dirección de nuestros militantes. El nuevo orden se organizaba con su cooperación y su dirección activa. Los militantes del Partido eran de los primeros en partir hacia el frente de Aragón a combatir al fascismo.


Desde el primer momento, el Partido se dio perfecta cuenta que la revolución que se iniciaba, como consecuencia de la sublevación militar, tenía un carácter netamente obrero, socialista.


Como consecuencia, el Partido propugnó y defendió las consignas que debían establecer las premisas del nuevo poder proletario:


1. Constitución del Comité Central de Milicias, como instrumento del segundo poder. A la vez se convertía en órgano orientador y centralizador de los Comités revolucionarios locales, nacidos espontáneamente por la necesidad de la lucha contra el fascismo.


2. Conversión del Comité Central de Milicias en el "único" poder revolucionario de Cataluña. Indiscutiblemente, tenía la confianza total y absoluta de las masas.


3. Disolución del Gobierno de la Generalidad, reminiscencia atávica de la situación anterior. Los acontecimientos lo habían superado.
4. Creación de las Patrullas de Control. La realización de la consigna clásica: el pueblo en armas.


5. Organización de las Milicias antifascistas para luchar contra los militares sublevados. El ejército de la revolución.


Todas estas consignas vieron su realización, excepto una, la más importante: disolución del Gobierno de la Generalidad. Nuestro Partido se daba cuenta de la importancia que tenía la liquidación del anterior poder burgués. Si bien en los primeros momentos su poder era nulo, su actividad apagada, con el tiempo podía resurgir si no se llevaba la revolución hasta sus últimas consecuencias. Desgraciadamente, nuestro punto de vista no fue compartido por las otras organizaciones, y especialmente la CNT, que era la fuerza predominante. El Partido, con toda su fuerza, era una organización minoritaria y no podía imponer su punto de vista. Sus temores, tres meses más tarde, debían verse cumplidos: el Comité Central de Milicias se autodisolvía y daba paso, otra vez, al Gobierno de la Generalidad.


La colaboración en el Gobierno de la Generalidad


¿En qué condiciones nuestro Partido entró a formar parte del Gobierno de la Generalidad? Hagamos un poco de historia.


Nuestro Partido no olvidó nunca la concepción básica del marxismo: el concepto del Estado. Así, cuando como consecuencia de la lucha victoriosa del 19 de julio, se constituye el Comité Central de Milicias Antifascistas, es la única organización que pide que el Gobierno de la Generalidad sea liquidado. Tuvo la hostilidad de todas las otras organizaciones. El Comité de Milicias es el verdadero dueño de la situación. Pero el Gobierno de la Generalidad, como una pantalla, continúa funcionando a veces paralelamente, a veces a remolque.


Mientras tanto, los elementos burgueses y los comunistas no pierden el tiempo. Toda su política consiste en convencer a los dirigentes de la CNT de que la existencia del Comité Central de Milicias es un mal ejemplo para el extranjero. Que éste es el motivo por el cual las naciones democráticas no nos ayudan con todas sus fuerzas, que nos niegan el armamento que necesitamos.


La cuestión, dicen los burgueses y los comunistas, es saber guardar las apariencias. Dar la sensación de que funciona un Gobierno regular: vosotros podéis formar parte de este Gobierno. ¡Y la situación será la misma! Los anarquistas caen en la trampa. No comprenden que los Comités de Milicias son los órganos surgidos del movimiento revolucionario. En cambio, el Gobierno de la Generalidad es la reminiscencia de la situación anterior al 19 de julio. Los Comités de Milicias se constituyen por la voluntad y la soberanía de las masas. El Gobierno de la Generalidad se constituye por la voluntad y soberanía del Presidente Companys, según el estatuto. La diferencia es inmensa, como puede verse. La misma diferencia que existe entre un poder obrero y un poder democrático burgués. No obstante, mientras no desaparezcan los organismos de base que hacían la fuerza del Comité de Milicias, el Gobierno de la Generalidad no podrá eludir las exigencias de la Revolución.


Nuestro Partido votó contra la disolución del Comité Central de Milicias y la integración de sus miembros en el Gobierno de la Generalidad. Pero queda solo. ¿Qué hacer? ¿Separarse de las masas? ¿Ponerse a la oposición? Hubiera sido insensato. La revolución estaba todavía en su apogeo. Las masas no lo habrían comprendido. Los obreros habrían interpretado nuestro gesto como de un sectarismo suspecto.



Además, nuestro Partido tuvo que luchar con un enorme "handicap". Nuestra organización sindical era la FOUS (Federación Obrera de Unidad Sindical), creada recientemente. La Revolución impide que pueda extenderse y convertirse en una potencia. La FOUS tuvo que ingresar en la UGT, sin el tiempo necesario para conquistarla desde dentro. Esto nos priva de un gran poder de maniobra, frente a las organizaciones compactas CNT-FAI y UGT-PSUC.


Por otra parte, el verdadero poder no estaba ni en el Comité Central de Milicias ni en el Gobierno de la Generalidad, sino en los organismos de base de la revolución. Así se explica que dos organismos con la misma composición aproximadamente, sean totalmente distintos en sus actos: el Frente Popular del 16 de febrero y el Comité Central de Milicias. Los dos, por su composición, representan la teoría frentepopularista de la unión de la pequeña burguesía y el proletariado. Pero varían las circunstancias de su nacimiento. El Frente Popular del 16 de febrero es un instrumento electoral para continuar la tradicional política burguesa. El Comité Central de Milicias es el instrumento más intransigente de la Revolución. Lo mismo sucede con el Gobierno de la Generalidad. En el de antes del 19 de julio, la ley era el Parlamento y el Estatuto: su constitucionalismo. Para el Gobierno de la Generalidad surgido como consecuencia de la disolución del Comité de Milicias, su ley eran las Patrullas de Control y las Milicias Antifascistas: los dictados de la calle. Quien no quiera reconocerlo o bien es un ciego o un sectario.


Naturalmente, no podía faltar la crítica trotskista. Su sectarismo es la razón de ser de su existencia. En el folleto trotskista "l'Espagne livrée", dedicado sobre todo a la revolución en Cataluña, se lee referente a la disolución del Comité de Milicias: "... Pero la disolución de los organismos del segundo poder ha abierto la vía a la contrarrevolución". Y como es obligatorio, ataca al POUM por su participación en el Gobierno de la Generalidad.


Como todas las generalidades, esta verdad es una verdad a medias. Cierto que el hecho que el proletariado no tomara el poder en España nos llevó a la situación contrarrevolucionaria del stalinismo. En esto estamos de acuerdo. Pero discrepamos en lo que se refiere a que la disolución del Comité de Milicias facilitaba el triunfo de la situación anterior al 19 de julio. Ya hemos dicho que el poder de la revolución no estaba ni en el Comité de Milicias ni en el Gobierno de la Generalidad. Estaba en los organismos de base. Y estos organismos quedaron intactos. Las Patrullas de Control continuaron funcionando. Las Milicias Antifascistas gozaban de todo su prestigio y su poder en el frente y en retaguardia. Era el pueblo en armas. En estas condiciones, las garantías de la revolución estaban aseguradas. El traspaso de poderes del Comité de Milicias al Gobierno de la Generalidad no cambiaba en nada la situación. Y la prueba consiste en que Cataluña no pudo ser vencida desde dentro, sino desde fuera, contrariamente a lo que quieren hacer creer los trotskistas. La provocación de Mayo fue precisamente para dar motivos al Gobierno central a que enviara el ejército y las fuerzas de orden público para dominar Cataluña. A pesar del Gobierno de la Generalidad, las fuerzas revolucionarias estaban intactas. Imposible conquistarlas interiormente. Lo demostraron con la rapidez que en Mayo se movilizaron otra vez todos los resortes de la revolución. Si la crítica de los trotskistas fuera cierta, en Mayo no se habría producido la movilización revolucionaria que se produjo, ni tampoco los comunistas hubieran tenido necesidad de organizar la provocación exterior, porque hubieran podido conquistar Cataluña desde dentro. Los órganos del segundo poder subsistían. En las circunstancias en que se ha producido la derrota de Cataluña era igual que existiera Gobierno de la Generalidad o Comité de Milicias. La derrota no venía como consecuencia del libre juego político, sino por la coerción del Poder central. La farsa trotskista queda bien desenmascarada.

Mas, ¿es que Trotski ha sostenido siempre la misma opinión sobre el particular? Veamos lo que nos dice nuestro malogrado camarada Kurt Landau: "Pero la condenación de principio de nuestra entrada en el Gobierno, viniendo de Trotski nos obliga a decir que su actitud en esta materia no es política sino demagógica. Fue Trotski quien, en el IV Congreso Mundial de la Internacional Comunista, consintió a que los partidos comunistas formaran parte de los gobiernos de coalición con la socialdemocracia, lo que se nombra 'gobiernos obreros'. En la práctica, estos gobiernos -sin que Trotski se opusiera- fueron formados en Alemania en 1923 (Sajonia y Turingia), en tanto que gobiernos puramente parlamentarios. ¡Fue Trotski quien pide en 1934 a los comunistas franceses formar un gobierno Blum-Cachin, y quien añade para Francia y Bélgica la consigna de lucha '¡por un Estado fuerte y democrático!'".


Aunque Trotski no lo hubiera dicho nosotros continuamos creyendo que nuestra participación en el Gobierno de la Generalidad fue justa.

Las jornadas de mayo


¿Qué han sido las "Jornadas de Mayo" de Barcelona? ¿Una revolución? ¿Un putsch? Ni una cosa ni la otra: una provocación.


Las jornadas de Mayo se producen como consecuencia del intento del PSUC de apoderarse de la Central Telefónica, controlada por los obreros de la CNT. Los anarquistas se defienden y, como un reguero de pólvora, la lucha se extiende en toda Barcelona.

Los hechos de Mayo son la culminación de todo un proceso político: el choque de dos políticas. Por una parte, la política revolucionaria llevada en Cataluña desde el 19 de Julio; de la otra, la ofensiva del stalinismo en su afán de apoderarse de la Cataluña rebelde a sus consignas de domesticación obrera. Los comunistas provocan los hechos de Mayo para justificar una intervención del Poder Central y apoderarse "manu militari" de Cataluña. Ya que no habían podido conquistar Cataluña por el libre juego de los partidos políticos, la conquistarían por el juego de las armas. No podía ser una revolución ni un complot por parte de los anarquistas por cuanto no había precedido ninguna preparación. El movimiento es espontáneo y abarca solamente Barcelona. El resto de Cataluña queda a la expectativa. En estas condiciones, indiscutiblemente, el movimiento estaba condenado al fracaso. Sólo triunfa en Barcelona, en donde la fuerza de los elementos revolucionarios es indiscutible.


¿Cuál es la posición de nuestro Partido? Nuestro Partido no ha tenido ninguna intervención en el inicio de las hostilidades. Pero se encuentra ante una situación de hecho. A una parte, los obreros revolucionarios, defendiendo simbólicamente y por las armas lo que queda de revolución, de soberanía obrera. A la otra parte, la contrarrevolución democrático-burguesa, intentando retrotraernos a la situación de antes del 19 de Julio. Nuestra actitud y nuestro deber eran bien claros. Al lado de los obreros, al lado de la revolución. Así fue como nos pusimos decididamente y con todo entusiasmo en las barricadas que recordaban la nostalgia del 19 de julio...


¿Es que creíamos que la revolución podía triunfar en toda España? Decididamente, no. Pero sabíamos por la educación y la experiencia revolucionarias que a veces la fatalidad histórica obliga a trances terribles. Recordábamos las jornadas de Julio en Rusia, producidas por la impaciencia de las masas y contra la voluntad del partido bolchevique. Pero una vez las masas en la calle, Lenin y Trotski no vacilan, se ponen incondicionalmente a su lado, dirigiéndolas para evitar que el error se convirtiera en suicidio. De esta forma la lucha en las calles de Petrogrado fue una derrota, pero no se convirtió en desastre. Teníamos presente, igualmente, las jornadas de Enero en Berlín. Los espartaquistas responden a la provocación lanzándose a la insurrección. Rosa Luxembourg era contraria al movimiento. Pero una vez los obreros en la calle, no duda un momento: incansablemente al lado de los obreros hasta que fue asesinada por Noske y el militarismo prusiano.


Otro ejemplo típico de movimiento inoportuno es el de la "Commune" de París en 1871. Marx dijo: "Los canallas burgueses de Versalles han emplazado a los parisienses en la alternativa de aceptar el desafío o sucumbir sin combate. En este último caso, la desmoralización de la clase obrera hubiera sido un daño más considerable que la pérdida de un número cualquiera de jefes". ¡La fatalidad histórica!


Es el mismo caso de las jornadas de Octubre de 1934 en España. La contrarrevolución nos obliga a la lucha en un momento para el cual no estábamos todavía preparados. pero renunciar a la lucha hubiera sido peor. Nuestro camarada Maurín, en su formidable libro "Hacia la segunda revolución", dice "Las jornadas de Octubre, por su fuerza y sus debilidades, son para el proletariado internacional y especialmente para el nuestro, una fuente viva de estudios y de experiencias de una riqueza incomparable". Y más adelante: "Las jornadas de Octubre han sido semillas revolucionarias".


Esto es lo que hizo nuestro Partido: procurar dirigir la lucha para evitar el aplastamiento del proletariado barcelonés. Lo lamentable fue la posición liquidacionista de los líderes de la CNT, recomendando a sus masas abandonar las barricadas sin condiciones. Barcelona, en los primeros días de Mayo de 1937, estaba completamente en poder de las armas proletarias. Faltaba solamente arrancar de sus poltronas a los Consejeros del Gobierno de la Generalidad. Aun admitiendo la necesidad del repliegue en interés de la situación general y de las condiciones objetivas y subjetivas de la lucha, el más elemental espíritu táctico y de conservación aconsejaba apoderarse del Gobierno de la Generalidad para convertirse en potencia de derecho, ya que de hecho lo eran, y poder pactar de esta forma con el Gobierno central. La lucha entonces no habría sido inútil, y no se habría convertido después, por las repercusiones que tuvo en la política catalana, en catastrófica. Pactando de potencia a potencia se habrían podido imponer las condiciones necesarias para salvaguardar la independencia de la vida política catalana, el control absoluto de sus milicias en el frente de Aragón, la autoridad indiscutible en sus asuntos interiores. Desgraciadamente no fue así y los resultados fueron la subordinación total de Cataluña y de su ejército al poder central.


Con su táctica, nuestro Partido no traicionó sus postulados revolucionarios y salvó el honor del proletariado barcelonés. Reivindicó las consecuencias de la lucha hasta sus últimas consecuencias. Esto comportó que nuestro C.E. fuera enjuiciado ante un Tribunal de Espionaje y Alta Traición, con peligro de la vida de sus mejores militantes. ¡No importa! Vale más ser derrotado con honor que vencido ignominiosamente.


Nuestros errores


¿El Partido ha estado libre de errores? Nosotros creemos que no. Y algunos han sido graves. Un partido no es infalible.

El Partido ha demostrado una incapacidad absoluta para ligar las consignas a la práctica, a la realización. Algunas de nuestras consignas eran excelente, pero no las hemos sabido aplicar. Así, por ejemplo, en el problema de la tierra. Nuestra consigna tradicional es "la tierra para el que la trabaja". Consigna acertada, capaz de haber galvanizado a las grandes masas de "rabassaires" de Cataluña. Pero en la práctica, durante la revolución, nos hemos dejado arrastrar por las colectivizaciones forzadas que hacía en el campo la CNT. No hemos sabido oponernos con energía a esta política agraria de la CNT, que si no convirtió a las grandes masas campesinas hacia el fascismo, cuando menos creó una hostilidad irreductible de las mismas hacia el movimiento obrero.


En el palpitante problema del terrorismo revolucionario, lo mismo. El Partido era contrario al terrorismo incontrolado, que se prestaba, muchas veces, a la realización de venganzas personales y a saciar envidias. Nuestro camarada Nin, siendo Consejero de Justicia de la Generalidad, estableció los Tribunales revolucionarios. Labor magnífica, excelente, que debía evitar todos estos excesos. Pero no los evitó. La CNT continuó practicando el terrorismo incontrolado. Nuestro Partido demostró igualmente que era incapaz de ligar la consigna a la práctica. Hubo solamente una excepción: Lérida. El ejemplo magnífico de Lérida, donde nuestros camaradas tenían mayoría, merece ser destacado. Desde el primer momento se constituyeron en Lérida los tribunales revolucionarios. Mucho antes del decreto del camarada Nin. La rectitud de proceder, la justicia implacable que practicaban los tribunales leridanos son dignas de ser aplaudidas. Si en todas partes se hubiera actuado de la misma forma se hubiese evitado el cansancio, la repugnancia de las masas. No es que las masas se opusieran a un castigo ejemplar. Las penas de muerte, igualmente, no les horrorizaban. Lo que repugnaban era la actuación incontrolada de los irresponsables, la falta de garantías en la ejecución del castigo, el espectáculo horripilante de las carreteras catalanas al amanecer de cada día... Penas de muerte, todas las que hicieran falta. Pero con un control, con un mínimo de garantías para el acusado, para evitar toda confusión, para evitar el sacrificio de inocentes.

Igual en el problema del ejército. Jamás tuvo el Partido una política estable y definida. Cuando el PSUC empezó su actuación contrarrevolucionaria, utilizando como plataforma el Ejército Regular, nuestro Partido se aferró durante mucho tiempo en el mantenimiento de las Milicias. Después, cuando vio que la consigna de Ejército se hacía cada vez más popular, lanzamos la consigna de Ejército Rojo, oponiéndola a la de Ejército Popular. Pero, una vez más, sobre el papel, sin saber popularizarla, sin saber explicar la diferencia que existía entre Ejército Rojo y Ejército Popular. Al final, tuvimos que aceptar la consigna de Ejército Popular y adaptar, a toda prisa, nuestros cuadros de milicias al Ejército que se estaba creando. Las grandes dificultades que después tuvieron que salvarse para lograr la legalización de los mandos provienen de esta confusión programática del Partido. Nuestros errores, nuestras vacilaciones en el problema del Ejército han influido grandemente en nuestra derrota posterior. No olvidemos que la fuerza y el crecimiento del PSUC en Cataluña empezó alrededor de la agitación por la creación de un ejército regular. Es a partir de entonces que empieza a sentirse agresivo. Es a partir de entonces que se convierte en partido de masas. Las masas empezaban a estar cansadas de la prolongación de la guerra. Una propaganda bien orientada les hizo creer que la causa de nuestro estagnamiento eran las milicias indisciplinadas, sin control y partidistas. Las masas, que querían la terminación de la guerra cuanto antes, se lanzaron en brazos de quien les prometía el remedio a base del Ejército Popular. Nosotros no supimos preverlo ni evitarlo.


Exactamente en el plan económico. Cierto, nuestro Partido redactó el programa del Consejo Económico de Cataluña. Pero como todas las otras cuestiones una solución desde arriba. En la práctica no supimos oponernos a la anarquía económica que representaban las colectivizaciones sin plan de conjunto. No supimos establecer ni imponer un Plan económico de verdadera socialización.


Todos estos errores, todas estas vacilaciones eran impuestos por un error mayor de principio: la política que en todas las cuestiones el Partido siguió a remolque de la CNT. No supimos tener una política revolucionaria propia. Nosotros, marxistas, defendíamos y aplicábamos la política anarquista de la CNT. Con todas sus confusiones, con todos sus infantilismos teóricos. Es nuestra paradoja. ¡Y nuestra tragedia!


La política marxista, revolucionaria, que el momento requería era una política de orden revolucionario. En ninguna revolución esta consigna ha sido más indispensable que en la nuestra. ¡Precisamente por el caos que el anarquismo imponía a nuestra revolución!


Llegó un momento en que los campesinos estaban hartos de tantas expropiaciones forzosas en el campo; la población estaba horrorizada de un terrorismo sin control; las masas estaban cansadas del prolongamiento de la guerra; los obreros protestaban de la anarquía en la producción, lo cual era un factor que precipitaba la crisis inherente a toda guerra. Toda esta masa de descontentos creaba un fermento antirrevolucionario. Las masas querían un orden, el que fuera: ¡un orden! Si nuestro Partido hubiera sabido estar a la altura de las circunstancias habría triunfado en imponer un orden revolucionario. Porque las masas odiaban furiosamente el fascismo. Pero para convertirnos en el partido del orden revolucionario, primeramente teníamos que desprendernos del lastre de la CNT. No supimos hacerlo. Preferimos recrearnos la vista con consignas sobre el papel y parafrasear las absurdidades del anarquismo, que, por otra parte, nunca nos lo agradeció. Peor para nosotros. Desde entonces las masas escogían otro camino: el rol del PSUC empezaba a dibujarse en el horizonte. Era el principio de la contrarrevolución. ¡Se imponía el orden contrarrevolucionario!


¿Puede triunfar una revolución proletaria en nuestra época de imperialismo?


Una revolución, aunque fracasada, es un caudal de experiencias y de enseñanzas. La nuestra no podía ser una excepción. ¿Cuáles son las enseñanzas que ha aportado nuestra revolución? Muchas, y entre ellas una muy importante. ¿Es posible una revolución obrera en esta época de imperialismo? Después de nuestra experiencia podemos contestar: ¡Sí!


Los reformistas del movimiento obrero, la burguesía y todos los liquidacionistas se rompían la garganta gritando: ¡Insensatos! ¿No veis que las nuevas condiciones que plantean la economía y el Estado moderno hacen una insurrección imposible? A este efecto, alegaban:


a) La insurrección era posible en el siglo XIX, con sus calles estrechas y tortuosas. Hoy con las grandes capitales, con sus magníficas calles anchas y rectilíneas, con sus grandes avenidas y sus bulevares, la revolución es imposible. Está condenada a ser sofocada en cinco minutos.


b) En el siglo pasado el Estado no había logrado la perfección de sus órganos represivos como hoy día. Las armas de combate tampoco habían logrado los perfeccionamientos sorprendentes que conocemos. Hoy, el Estado con sus batallones de policía bien encuadrados y disciplinados, su ejército poderoso, con las armas modernos de que disponen, fusiles, ametralladoras, morteros, carros de asalto, aviación, una insurrección está condenada al fracaso.

c) En nuestra época de imperialismo, la revolución tampoco es posible. Las naciones imperialistas intervendrían seguidamente para evitar el contagio revolucionario. ¡Bismark a las órdenes de Thiers para aplastar la "Commune"! Si la revolución rusa triunfó fue en una circunstancia excepcional, aprovechando que los Estados capitalistas estaban agotados en hombres y económicamente de la gran guerra; no obstante, éstos alimentaron los ejércitos blancos que invadieron la URSS. Pero esta circunstancia no se daría otra vez. A este respecto ponen el ejemplo de las revoluciones en Alemania y en Hungría.


Nuestra revolución ha demostrado:

1º Que una insurrección es realizable a pesar de las grandes avenidas y calles rectilíneas. En Barcelona los núcleos más importantes de la insurrección fueron en dos grandes Plazas de la capital catalana: la de Cataluña y la de la Universidad. El enemigo fue vencido precisamente en estos dos espaciosos lugares.


2º El proletariado salió a la lucha desarmado con sólo unos cuantos pistolones que los obreros guardaban fervorosamente fuera del alcance del celo de la policía burguesa. El armamento de los combatientes se hizo a expensas del enemigo a medida que éste iba siendo derrotado. Como en todas las insurrecciones. La superioridad y el perfeccionamiento de los armamentos del enemigo tampoco ha sido obstáculo para el triunfo. Igual como en el siglo XIX, el entusiasmo ha sido un factor decisivo.


3º El peligro de una intervención extranjera es cierto. Ejemplos: intervención italo-alemana en favor de Franco; el Comité de No-Intervención.
4º No obstante, una revolución victoriosa es realizable a condición que la victoria sea rápida, antes de dar tiempo a la intervención imperialista. Si la revolución española hubiera triunfado en toda la península dentro del primer mes, todas las potencias habrían reconocido el hecho consumado. Los propios antagonismos imperialistas habrían imposibilitado una intervención descarada ante un país que había superado ya el hecho violento. Ha sido el prolongamiento de la guerra civil el que ha permitido a las potencias imperialistas intervenir utilizando, como marionetas, las partes beligerantes.


5º Necesidad del internacionalismo proletario. La continuación de la guerra planteaba el problema del armamento. Sin un proletariado internacional, combativo y vigilante, capaz de evitar la intervención imperialista y de boicotear el tráfico de armas con el enemigo, y de imponer, al propio tiempo, el suministro de material al proletariado combatiente, la revolución fracasará. A no ser que el país teatro de la lucha disponga de grandes fábricas de armamento suficientes para abastecer el frente proletario. En este sentido, el rol de la URSS como primer Estado proletario era inmenso. Pero la política nefasta del stalinismo, abandonando toda solidaridad de clase por tener en cuenta solamente los intereses de la diplomacia del Estado soviético, ha hecho que el papel de la URSS, como avanzadilla de la revolución, haya sido nulo.


6º La característica de las revoluciones francesa y rusa es que una parte del Ejército es contagiado por la ola revolucionaria. Nuestra revolución no ha permitido hacer la experiencia debido a que, en el primer momento, tiene un carácter "defensivo" contra la sublevación de los militares. En este sentido, los núcleos que permanecieron "leales" tomaron una posición de obediencia al Gobierno constituido de la República. El problema de influenciar una parte del ejército es capital para el triunfo de una revolución. Es de suponer que en lo futuro el ejército seguirá siendo permeable a la agitación revolucionaria, principalmente en las grandes crisis nacionales.
Los órganos de poder

El problema capital de toda revolución es el de los órganos de poder. El poder proletario no puede asentarse sobre las mismas bases y los mismos órganos que el poder de la burguesía. ¿Cuáles podían ser los órganos de poder de la revolución española?


¿Los Comités de Milicias? No. Los Comités de Milicias han cumplido este rol en Cataluña, durante los primeros tiempos de la revolución. Pero accidentalmente. Si la revolución hubiera continuado hasta sus últimas consecuencias no hubieran podido subsistir. Los Comités de Milicias eran unos organismos de frente único entre las diversas organizaciones. Su misión fue importantísima porque gracias a ellos se logró la unidad de acción en la lucha contra el fascismo. Pero no podían ser los órganos del poder obrero. No eran órganos de base, sino de unión de diversas direcciones. No podían, pues, ser los exponentes de la democracia obrera.


Los órganos de poder deben ser la expresión de la democracia obrera. Para ello precisa que no sean artificiales. Que estén íntimamente ligados a la vida cotidiana de los obreros. En Rusia fueron los Soviets, organismos que desde 1905 eran familiares al proletariado ruso. Intentar transplantar la experiencia rusa en España sería un desastre. En España, no pueden ser otros que los sindicatos. El sindicato, en España, está íntimamente ligado a la vida política y social del país. En todos los movimientos los sindicatos han jugado un rol extraordinario. En nuestra revolución su papel ha sido preponderante. El hecho de que una gran parte del movimiento sindical esté controlado por el anarquismo y, por tanto, refractario a dejarse representar por los partidos políticos, ha facilitado esta intervención tan acentuada de los sindicatos en la vida española.


Esto no quiere decir que debe formarse un Gobierno constituido por los Comités nacionales de la UGT y de la CNT. Esto sería una caricatura de la democracia obrera. Esto sería la constitución de un gobierno sindical, como se habló mucho durante la revolución, pero no el poder obrero. El poder obrero sobre la base de los sindicatos consiste en utilizar éstos como instrumentos de expresión y de realización de la soberanía proletaria. Un conducto de expresar la voluntad obrera y campesina. Pero no el de utilizar los órganos burocráticos de los sindicatos como instrumentos de poder.


El papel importantísimo que la revolución facilitará a los sindicatos permitirá que éstos no jueguen un mero rol burocrático y secundario en nuestra revolución. La experiencia rusa ha demostrado que unas grandes organizaciones como son los sindicatos pueden ser catequizados y obligados a un rol pasivo de meros ejecutores de las órdenes del Gobierno. Convirtiendo los sindicatos en órganos de poder, éstos se convertirán en una potencia en la vida política y social del país. Serán el contrapeso al poder político del Gobierno para buscar en todas las ocasiones el equilibrio necesario a fin de evitar el monopolio político y las tendencias hacia el exclusivismo del poder.


Carácter del fascismo español

¿El régimen de Franco es el mismo de Hitler y de Mussolini? A nuestro entender existe una diferencia fundamental. Los movimientos de Hitler y de Mussolini, hay que reconocerlo, fueron movimientos de masas. Masas, naturalmente, desorientadas por los problemas del momento. Pero, al fin y al cabo, masas. El movimiento de Franco, no.

Precisamente la característica del fascismo es esta: movimiento contrarrevolucionario que se apoya sobre la clase obrera, exasperada, por no haber sabido el movimiento obrero dar solución a sus problemas. Así se comprende la marcha sobre Roma de Mussolini, verdadera acción de masas. Así se explican los progresos geométricos que hacía Hitler en cada nueva elección, hasta llegar a ser el partido mayoritario. ¿Causas? Los errores del movimiento obrero. Pero ahora no se trata de analizar estos errores, sino de constatar un hecho.


El movimiento de Franco no ha tenido estos comienzos. Ha sido, principalmente, por su preparación y por su composición, un golpe eminentemente militar. Una "militarada", como es tradicional en España. Cierto, el movimiento ha tenido mayor envergadura que otras veces. Pero esto no modifica esencialmente la cuestión. Las masas no han estado de su lado. Las masas estaban con el proletariado. El movimiento de Octubre de 1934, aunque fracasado, tuvo esta gran virtud: guardar las masas al lado de la revolución. El proletariado español, al combatir en Octubre, no había cometido los errores del italiano y del alemán. En este sentido, el régimen de Franco es una repetición de la dictadura de Primo de Rivera, pero con la diferencia de que los métodos represivos son mil veces más perfeccionados y más feroces que antaño. La mayoría de los cargos más importantes de la administración son militares. Igual que en la dictadura de Primo de Rivera.


Franco tuvo, especialmente, dos apoyos en las organizaciones de carácter civil: la Falange y los requetés. Pero ni la una ni la otra tenían detrás de ellos a auténticos obreros. La Falange estaba compuesta de estudiantes y pequeña burguesía "desclasados". Era la organización con un programa estilo fascista clásico, pero sin ninguna trascendencia en el país. Los requetés eran la organización de los ultrareaccionarios, clericales fanáticos, trogloditas. Igualmente su influencia en el país era nula. Durante la guerra estas organizaciones han sufrido un aumento en sus filas como consecuencia del terror que han desarrollado en los territorios ocupados por ellos, lo que ha obligado a los obreros a adherir a una de las dos organizaciones. Posteriormente, por decreto de Franco, las dos organizaciones han sido fusionadas orgánicamente. Pero la fusión ideológica todavía no se ha producido. Dentro de la misma organización fusionada las dos tendencias conviven mal y son muchas las veces que resuelven sus querellas por las armas. Estas dos tendencias, hostiles y enemigas, son un motivo más de inestabilidad del régimen asesino de Franco. El propio crecimiento de la Falange unificada debe ser un motivo de perturbación e inquietud para el régimen. En efecto: los progresos numéricos de la organización fascista no son debido a otra cosa que al ingreso de sus enemigos. Son los obreros revolucionarios, enemigos jurados del fascismo, los que ingresan para no ser asesinados. Pero la labor que estos obreros desarrollarán dentro de la Falange destruirá sus propias bases.


La hostilidad de las dos "bandas" queda acentuada por los objetivos diferentes que persiguen. Mientras los antiguos falangistas de José Antonio quieren establecer un régimen estilo mussoliniano o alemán, los antiguos requetés quieren imponer su rey. En este sentido, la actual situación de Franco parece como un régimen de transición. Pero podría muy bien ser que se convirtiera en el definitivo.


En cuanto a la política internacional a desarrollar las tendencias son igualmente divididas. Serrano Suñer y los antiguos falangistas son partidarios de una política de entente con el eje Roma-Berlín. Los intereses capitalistas que indudablemente tienen una gran influencia en el país, representados por el contrabandista March, son partidarios de un acercamiento a Inglaterra, parece ser que Inglaterra preconiza una especie de "solución", el establecimiento de una monarquía. Es muy difícil todavía prever los acontecimientos y fijar juicios. Serrano Suñer tiene la fuerza de las juventudes falangistas, pero March e Inglaterra tienen el dinero...

Aparte de estas dificultades en su propio campo el régimen de Franco tiene que luchar con la hostilidad creciente del pueblo español. Ya no son solamente la pequeña burguesía republicana, los obreros y los nacionalistas los enemigos del régimen franquista: es todo el pueblo. Los indiferentes, los que hasta ahora deseaban el triunfo de Franco, ahora se arrepientes y son sus más irreductibles enemigos, horrorizados de los crímenes que cometen sus esbirros. Los catalanes, los vascos, no ya nacionalistas, sino que aman simplemente la tierra donde han nacido, contemplan con espanto los fusilamientos que se suceden ininterrumpidamente de ciudadanos que no han cometido otro delito que el de haber escrito en catalán o vascuence. Así se explica el fusilamiento del historiador Rahola y de muchos miembros completamente de derechas.


España es un volcán. ¿Cuándo entrará otra vez en erupción? Difícil precisarlo. Pero sí que puede afirmarse que la situación es inestable, y que más tarde o más temprano la lava purificadora volverá a entrar en acción...

El movimiento obrero ante la guerra


Europa arde. El peligro den guerra es permanente. El ciudadano europeo no sabe si al día siguiente se levantará con que los periódicos anuncian la ruptura de hostilidades.


La política más revolucionaria de estos tiempos es la política anti-guerrera. La lucha contra la guerra es el punto neurálgico de reagrupamiento internacional de la clase trabajadora.


El proletariado se encuentra inerme, abandonado por sus propios partidos y jefes. La campaña antiguerrera y antimilitarista de antaño ha desaparecido. Los partidos socialista y comunista, las centrales sindicales se han enrolado al vocerío nacionalista y patriota de los chauvinistas de cada país. Esta es la nota más característica de la hora presente. El proletariado ha abandonado sus postulados internacionalistas. La excusa de la lucha contra el fascismo sirve a maravilla para cubrir la traición, cien mil veces más repugnante que en 1914-18, de los líderes obreros.

Sólo unas minorías heroicas mantienen en cada país el honor del pabellón proletario. Son los partidos marxistas independientes, revolucionarios, que no han renegado nada del internacionalismo proletario. Estos partidos se han visto obligados a separarse del reformismo putrefacto de la II Internacional y del aventurerismo chauvinista de la III.


El rol de estas minorías es cada vez más difícil por la ola patriotera que los partidos obreros desencadenan en cada país. Mas su existencia y su actividad son cada vez más necesarias.


Al lado de estos partidos obreros revolucionarios existen en cada país ciertas capas sociales de avanzada, humanistas, intelectuales, organizaciones de mujeres, que el horror de la guerra les convierte en decididos pacifistas.


Las causas de la guerra son internacionales. La nueva guerra que se prepara será imperialista como la anterior. Esta vez la lucha se entablará entre imperialismos "hartos" e imperialismos "hambrientos". De ahí la necesidad de que la lucha contra la guerra se organice igualmente en un plan internacional.

Cuando el peligro de guerra en septiembre de 1938, se constituyó en Ginebra el Frente Obrero Revolucionario (FOI). Participaron a la Conferencia los siguientes partidos:

Alemania: Grupo Neuer Weg; grupo Der Funke; Oposición Comunista (KPO).


Bélgica: Unión de Fuerzas Revolucionarias.

España: Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM).

Francia: Parti Socialiste Ouvrier et Paysan (PSOP); Parti d'Unité Prolétarienne (PUP).

Inglaterra: Independent Labour Party (ILP).

Grecia: Partido Comunista Archio-Marxista

Holanda: Federación Socialista Revolucionaria (Bund); Partido Obrero Socialista Revolucionario (RSAP).

Indochina: Grupo Appel.

Italia: Partido Socialista Italiano (maximalista).
Palestina: Hashomer Hatzair.

Checoslovaquia: Grupo Proletariat.

La misión del FOI es luchar internacionalmente contra la guerra con los métodos del marxismo revolucionario. La repercusión del FOI fue notable cuando la crisis de septiembre.



Nuestro Partido, obligado a actuar en la emigración, puede hacer una gran labor internacional en el plan de la lucha contra la guerra. Debemos continuar y ser los más firmes defensores del FOI como organización de frente único proletario internacional contra la guerra. El FOI debe agrupar todas las organizaciones obreras dispuestas a luchar consecuentemente contra el peligro guerrero.

Pero sería un error por nuestra parte limitarnos a la acción estrictamente de clase. Ya hemos dicho que toda lucha contra la guerra es hoy la acción más revolucionaria que debe ejecutarse en el terreno internacional. No debemos abandonar las organizaciones pacifistas que, si bien sin una concepción marxista de la lucha contra la guerra, luchan decididamente por la paz. El FOI debe procurar atraerse, influenciar y dirigir estas zonas pacifistas que, en ciertos casos, tienen una gran influencia en el país respectivo. El FOI debe buscar la fórmula de aprovechar este movimiento de odio contra la guerra, para organizarlo y darle forma. De la misma manera como nuestro partido supo aprovechar el movimiento pacifista del Comité contra la Guerra del Ateneo Enciclopédico Popular. Podrían hacerse dos movimientos paralelos: uno, el FOI, como frente único obrero; otro pacifista adhiriendo al FOI y controlado por éste. Pueden buscarse otras fórmulas. Lo importante es lograr el objetivo. No hacerlo sería un acto de sectarismo impropio de partidos que se dicen marxistas revolucionarios.


Las dos Conferencias del FOI (Ginebra, 12 septiembre, y Bruselas, 29 y 30 Octubre, 1938) se mostraron unánimes en su deseo de luchar por todos los medios contra la guerra, condenar la política de defensa nacional y de unión sagrada. Pero la nueva situación creada como consecuencia del triunfo del fascismo en Italia y Alemania produjo la discrepancia sobre un punto concreto de la táctica a seguir en caso que la guerra estallara: el derrotismo revolucionario.


Esta discrepancia se concreta ya en la segunda Conferencia del FOI, en la discusión sobre la resolución adoptada. La Conferencia, por mayoría, aprueba: "5. Deciden (los partidos) perseguir en el caso de que la guerra imperialista estallara, no obstante, la política de derrotismo revolucionario (desear y contribuir a la derrota de su propio imperialismo) para transformar la guerra imperialista en guerra civil, destruir en sus raíces el Estado capitalista e instaurar un Estado proletario". La minoría opone a este párrafo el siguiente: "Deciden (los partidos), en el caso de que la guerra estallara, no obstante, perseguir por todos los medios, y sean cuales sean las consecuencias militares e internacionales, la transformación de la guerra imperialista en revolución proletaria".

Pero donde el problema ha sido más ampliamente tratado ha sido con ocasión del reciente congreso del PSOP. La ponencia del Congreso es contraria a la tesis del derrotismo revolucionario. Esto da motivo a una polémica en los órganos de prensa de este Partido, de un gran interés y donde los argumentos en pro y en contra son expuestos.

La ponencia argumenta que la situación actual no es la misma de 1914. Que si bien la guerra será imperialista el hecho en presencia de los fascismos italiano y alemán hace variar parcialmente la cuestión. En 1914, las perspectivas y las condiciones de desenvolvimiento de los movimientos obreros en los diversos países eran aproximadamente las mismas. El mismo derecho de organización, la misma libertad de prensa, el mismo derecho de expresión en la tribuna. Actualmente, no. El proletariado de los países fascistas es aplastado, amordazado, no puede organizarse, no puede moverse, no puede expresar su opinión. De ahí una diferencia fundamental: desigualdad de condiciones del proletariado en los dos bandos combatientes. Por otra parte, el derrotismo revolucionario, para ser eficaz, precisa que la acción sea simultánea en las dos partes. De no ser así, el derrotismo es parcial y se convierte en un perjuicio de una sola parte; precisamente aquella donde el movimiento obrero goza de libertad, aunque sea relativa, para desenvolverse.


Los partidarios del derrotismo contestan. Plantear la cuestión de esta forma es caricaturizar el derrotismo revolucionario. No se trata de desear la derrota de Francia en beneficio de Hitler. El derrotismo revolucionario ni quiere decir derrotismo militar. Se trata de derrotismo político para engendrar la revolución. En este caso no habría discrepancia; la minoría en Bruselas vota: "perseguir por todos los medios, y sean cuales sean las consecuencias militares e internacionales, la transformación de la guerra imperialista en revolución proletaria". Pero es una habilidad polémica. La idea del derrotismo revolucionario, tal como ha sido expuesta e imaginada por Lenin, comporta la aplicación del derrotismo militar. A continuación veremos algunos textos para ilustrar la cuestión.


En su libro "Contra la corriente", Lenin define el derrotismo revolucionario de la siguiente forma: "El proletario, en la lucha, no puede ni pegar a su Gobierno ni tender verdaderamente la mano a su hermano, el proletario de un país extranjero que hace la guerra... sin contribuir a la derrota y sin colaborar a la dislocación de su país". Un poco más bajo continua: "Se trata no solamente de desear la derrota de su país, sino de concurrir a ello efectivamente". Lenin insiste bien que se trata de "reveses militares".

Pero esta concepción general que Lenin sostiene para todos los países no puede ser sino una teoría de circunstancias. En efecto, el libro "Contra la corriente" es un libro de polémica contra los socialistas chauvinistas que en 1914 traicionaron el socialismo. En 1914 la situación de fuerzas del proletariado internacional era, aproximadamente, la misma en todos los países y, por consiguiente, el deber del movimiento obrero internacional era de proceder conjuntamente al derrotismo revolucionario. Pero esta tesis no puede servir para todas las circunstancias y para todos los casos. De otra forma sería contradecir la propia dialéctica materialista del marxismo. En efecto: el proletariado no puede olvidar los matices que pueden existir en un momento dado. Sería negar el marxismo. Son los mismos matices que hacen que Lenin y Trotsky, sin solidarizarse con Kerenski, luchen a su lado para aplastar a Kornilov. Los mismos matices que hacen que nuestro Partido, sin solidarizarse con Azaña, luche paralelamente para exterminar la sublevación de Sanjurjo. Cierto; Francia, Inglaterra, Alemania e Italia son todos estados imperialistas. Pero Hitler y Mussolini son los peores enemigos de la clase trabajadora. En sus países el movimiento obrero es exterminado, los militantes perseguidos, la más grande reacción reina... En los países democráticos el movimiento obrero sufre los rigores del militarismo y de la carrera de armamentos. Cierto. Pero todavía existe el derecho de reunión, de organización, de expresión, la diferencia es tangible. Pero veremos cómo Lenin tampoco ha olvidado ni podía olvidar esta cuestión de matiz,  veremos cómo sabe hacer la oportuna distinción entre país "reaccionario" y país "peligrosamente reaccionario".


En 1904, durante la guerra ruso-japonesa, Lenin era partidario de una victoria militar del Japón. Veamos cómo se expresa:
"El proletariado es hostil a la burguesía, hostil a toda manifestación de la sociedad burguesa, pero esta hostilidad no le libra de la necesidad de distinguir entre los representantes de la burguesía jugando un rol progresista o reaccionario en la historia. Así se comprende que los representantes más resueltos, más intransigentes de la socialdemocracia internacional, Jules Guesde e Hyndmann en Inglaterra, hayan manifestado sin rodeos su simpatía por el Japón, en camino de abatir la autocracia rusa. Naturalmente, se han encontrado en Rusia socialistas que han demostrado una gran confusión en este orden de ideas. El periódico La Revolución Rusa ha censurado a Jules Guesde e Hyndmann, declarando que los socialistas no podían simpatizar más que con el Japón socialista, popular, excluyendo el Japón burgués. Esta censura es tan absurda como la que se pudiera hacer a un socialista por haber reconocido el carácter progresista de la burguesía librecambista comparada con la burguesía conservadora. Guesde e Hyndmann no han defendido la burguesía japonesa y su imperialismo, sino que tratando del conflicto de los dos países burgueses, han hecho notar, con justeza, el rol históricamente progresista de uno de los dos".


En el mismo libro "Contra la corriente", Lenin establece las condiciones que pueden justificar la no aplicación de la consigna del "derrotismo revolucionario". Veamos:

1. La guerra no es reaccionaria.

2. La revolución es imposible.

3. La correspondencia y la ayuda mutua de los movimientos revolucionarios son imposible en todos los países beligerantes (subrayado por Lenin).

Vemos, pues, que la tercera condición es del todo apropiada a la situación actual. Parece como si Lenin la hubiera previsto. Efectivamente: como consecuencia del fascismo que ha destruido todas las organizaciones obreras, encarcelado o asesinado a los militantes, la "ayuda mutua" es imposible en "todos" los países beligerantes. Al subrayar la palabra "todos", Lenin quiere demostrar con esto la necesidad de la "simultaneidad de acción" para aplicar el derrotismo revolucionario.

A la cuestión que se le presenta: "En el caso de guerra de Francia y la URSS contra Alemania, ¿es usted partidario del cambio del Gobierno burgués francés?", León Trotsky responde:

- En Francia, yo estaría en oposición al gobierno y desarrollaría esta oposición sistemáticamente. En Alemania, haría todo lo que estaría a mi alcance por sabotear la maquinaria de guerra. Son dos cosas diferentes. En Alemania y en el Japón, aplicaría los métodos militares, en tanto que yo estaría en condiciones de luchar me opondría, perjudicaría la maquinaria de guerra del Japón. En Francia, es la oposición política a la burguesía y la preparación de la revolución proletaria. Pero en Alemania y en el Japón mi objetivo inmediato es la desorganización de toda la maquinaria. En Francia, mi objetivo es la revolución proletaria.

Goldman.- Suponga que usted tiene la posibilidad de tomar el poder en Francia durante una guerra, ¿lo preconizaría usted si tuviera la mayoría del proletariado?

Trotsky.- Naturalmente.

Goldman.- ¿Esto no sería un estorbo para continuar la guerra contra el Japón e Hitler?

Trotsky.- No.

Para terminar, vamos a exponer la opinión del conocido militante Alfred Rosmer, organizador con Trotsky, en 1930, de la Oposición Comunista, el cual ha publicado un interesantísimo libro de crítica y documentación sobre la gran guerra. En "Le mouvement ouvrier pendant la guerre" escribe:
Una de las divergencias se manifiesta a propósito del "derrotismo revolucionario". La polémica se desarrolla ente Lenin y Naché Slovo, más particularmente Trotski. No es cuestión de evocarla enteramente. Me limitaré a algunas observaciones. En "Contra la corriente" se encuentran varios artículos de Lenin y Zinoviev sobre esta cuestión. Todos los argumentos dados en favor del "derrotismo revolucionario" no son igualmente convincentes, sobre todo no sacan todos la misma conclusión. En tanto que ellos permiten comprender el pensamiento preciso de Lenin, parece ser que pone en principio que si no se parte del "derrotismo revolucionario" se estará fatalmente paralizado en la acción contra la guerra. Se temerá desencadenar huelgas, demostraciones de masas, la fraternización de los soldados en el frente, porque estas acciones podrían comprometer la situación militar del país a que se pertenece, empezar a cortar sus posibilidades de victoria. Pero se puede muy bien impulsar esta acción al máximo sin adoptar este punto de partida. Se puede llevar sobre la base del antagonismo de clases que subsiste igual en la guerra como en la paz, diciendo con Liebknecht "El enemigo principal está en nuestro país" y precisando con la fórmula de Lenin, "Transformar la guerra imperialista en guerra civil". Las consecuencias de nuestra acción no nos interesan sino en relación a nuestro objetivo -la revolución-, no en relación a la "victoria", que es asunto de la burguesía imperialista. ¿El "derrotismo revolucionario" aporta alguna cosa más? Yo no lo creo. Al contrario, veo claramente los peligros que encierra. La palabra "derrotismo" es muy empleada durante la guerra. La prensa la utiliza sin cesar para desviar y asustar. No hay necesidad de aportar un refuerzo si esto no es absolutamente preciso. Recuerdo una respuesta de Noah Ablett que mencioné en 1915. Como consecuencia de que los mineros del País de Gales estaban en huelga, toda la Inglaterra chauvina se alzó contra ellos, gritando "¡Favorecéis al enemigo! ¡Sois germanófilos!". Y Noah Ablett en nombre de los mineros, respondió tranquilamente: "No somos germanófilos. Somos clase obrera". Creo que es la mejor base, una base segura y suficiente para llevar la lucha obrera contra la guerra y para justificarla a los ojos de todos los obreros. El "derrotismo", mismo seguido del epíteto "revolucionario", pone el acento sobre la derrota, cuando nosotros debemos, ponerlo sobre la revolución.

Como muy bien dice Rosmer, se trata de suprimir una consigna que no aporta ninguna ventaja, ni ninguna precisión más, pero que, en cambio, es susceptible de ser enormemente peligrosa por su interpretación.


Suprimida la consigna, ¿qué queda pues? Queda esta otra, mucho más justa: "Transformar la guerra imperialista en guerra civil". Y queda, sobre todo, la resolución minoritaria del FOI: "...de perseguir por todos los medios, y sean cuales sean las consecuencias militares e internacionales, la transformación de la guerra imperialista en revolución proletaria".


Puestas las cosas de esta forma, en el caso de que la guerra estallara, en cada país habría dos posiciones bien definidas en el movimiento obrero: una, la de los socialchauvinistas, socialistas y comunistas, que renunciando a los intereses de clase se pondrían a disposición de la burguesía para llevar la guerra imperialista y constituir la unión sagrada de todos los patriotas; la otra, la nuestra, la del movimiento revolucionario internacional, que continuaría su lucha de clases, incansablemente, prescindiendo de las consecuencias de la guerra, luchando por convertir la guerra imperialista en guerra civil.


Mientras la burguesía esté en el poder el proletariado no puede considerar ninguna guerra como "su" guerra. Aunque se revista de guerra antifascista. Por consiguiente, los marxistas revolucionarios tienen que votar contra los créditos de guerra, contra los armamentos, contra la defensa nacional. Solamente cuando el proletariado tiene el poder, si la guerra estallara, tiene que interesarse por su defensa revolucionaria, porque entonces sabrá que todo se ha hecho por evitarla, que no tiene ningún carácter imperialista y que su defensa va ligada a los intereses mismos de su clase.


La internacional revolucionaria


Una internacional se crea para "hacer" internacionalismo, para luchar por el internacionalismo. Cuando traiciona su misión desaparece la razón de ser de su existencia.


La II Internacional murió en agosto de 1914, cuando todas sus secciones nacionales, traicionando su internacionalismo y sus votos en los Congresos Internacionales y especialmente en los de Stuttgard y Basilea se aprestaron a votar los créditos de guerra, y hacer la unión sagrada de la nación entrando a formar parte de los respectivos gobiernos nacionales ministros "socialistas".


La III Internacional dejó de existir como internacional revolucionaria en el día que admitió la teoría del "socialismo en un solo país"; cuando convirtió los partidos comunistas en la Intelligence Service del Estado soviético; cuando lanzó la consigna de los "frentes populares" y la obligación de los partidos comunistas de aprobar y defender la defensa nacional en sus respectivos países; y, por último, cuando en interés de la diplomacia soviética ha traicionado la revolución española.


Estas dos Internacionales han desaparecido. Ya no tienen nada en común con el movimiento obrero revolucionario. Mas ¿es que su existencia ha sido inútil? Al contrario. Las dos han tenido su razón de ser. Las dos nos han legado su testamento para el futuro. Lo que falta es que sepamos aprovecharlo, analizando los aciertos y los errores para hacer la verdadera internacional de la revolución.


Es conocida la actitud de Lenin y Trotski respecto a la II Internacional, las críticas más encarnizadas contra este Centro de reformismo y de podredumbre han salido de sus plumas, especialmente contra la traición de 1914, ellos son quienes la entierran creando la III Internacional. Pero, no obstante, ellos no dejan de reconocer ecuánimemente que la II Internacional ha cumplido un rol histórico necesario.


Lenin se expresa de esta forma en el Sozialdemokrat del 1 de Noviembre de 1914, el primer número de guerra:


"La II Internacional ha llenado su misión, útil, preparatoria, de organización de masas proletarias durante una larga época de paz que ha sido la de la esclavitud capitalista más cruel y la del progreso capitalista más rápido".


Y aún el 12 de diciembre:


"La II Internacional, habiendo acertado a llenar una obra extremadamente importante y útil, la de la difusión del socialismo y de la organización preliminar de la más simple de sus fuerzas, ha terminado su misión histórica".


Y Trotsky opina igualmente:

"La II Internacional no ha vivido en vano. Ha realizado un inmenso trabajo cultural. Ha educado y reunido las clases oprimidas. El proletariado ya no tiene más necesidad ahora de volver las cosas en su comienzo".

Y Rosa Luxembourg: "La II Internacional, tan recientemente aún nuestro orgullo y nuestra esperanza..."


Desde Lenin a Rosa Luxembourg, todos coinciden en que la II Internacional ha cumplido un rol histórico. Su paso no ha sido en vano. Ha sido la época de la organización, de la preparación teórica, el parto difícil de todos los comienzos. Ha sido la tesis.


¿Y la III? Igualmente su acción ha sido necesaria. El Primer Congreso de la III Internacional celebrado en Moscú, en Marzo de 1919, decía en su Manifiesto a los proletarios de todo el mundo:

"Si la I Internacional ha previsto el desarrollo futuro y ha desbrozado el camino, si la II Internacional ha reunido y organizado millones de proletarios, la III Internacional es la Internacional de la acción de masas, la Internacional de la realización revolucionaria".


La III Internacional nace como consecuencia de la revolución rusa y del fracaso de la II Internacional durante la guerra europea. Nace en unos momentos turbulentos cuando toda Europa es un volcán. La revolución rusa ha hecho surgir una gran esperanza colectiva. Todo el mundo cree que la revolución es inevitable en Europa. Que esto será el castigo impuesto a sus pecados. La III Internacional nace como la Internacional de la acción, de la revolución. La II había sido la preparación. La III sería la realización. En la II, la teoría y la organización absorbían sus actividades. En la III, el dinamismo y la preparación revolucionaria sería su nota dominante. En la II la autonomía absoluta de las secciones era la característica, como consecuencia de un movimiento en vías de crecimiento, buscando cada sección, en la espontaneidad y en el autodidactismo, el camino a seguir y las directrices futuras del movimiento obrero. En la III Internacional, el centralismo más riguroso es la condición exigida, como garantía para el triunfo de la revolución. En este sentido, la III Internacional es la antítesis.


Pero la historia no admite el vacío. Muertas las dos Internacionales precisa una resurrección. La síntesis. La Internacional revolucionaria de la victoria proletaria. Esta Internacional no puede ser una copia de ninguna de las dos muertas. Debe contener todas las enseñanzas y las experiencias del movimiento obrero que simbolizan las mismas. Debe aprovechar todos los aciertos; rehusar todos los errores. Contener la teoría de la II y la acción revolucionaria de la III. Negar el reformismo de la Internacional de Amsterdam y el burocratismo y centralismo de la de Moscú.


¿Puede cumplir este rol la IV Internacional de Trotsky? No, indudablemente. Trotsky protesta contra el burocratismo de la III Internacional y del estado soviético. Él ha sido, personalmente, uno de los más grandes perjudicados de toda la política de degeneración comunista de Stalin. Pero no quiere reconocer el error. No quiere ir al fondo de la cuestión. No quiere ver que lo sucedido no es debido a la buena o mala fe de Stalin. Que si esto ha sucedido es porque los órganos creados ya lo llevaban en germen. Sólo ha faltado que creciera en dimensiones. La IV Internacional es creada a imagen y semejanza de la III. Nada ha cambiado. Solamente una cosa: el jefe. En lugar de Stalin será Trotski quien hará los "ukases".


La nueva Internacional no podrá contener en sus Estatutos, por ejemplo, como la III:


Art. 8.- El trabajo principal y la gran responsabilidad, en el seno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, incumben principalmente al partido Comunista del país donde el Congreso Mundial ha fijado la residencia del Comité Ejecutivo. El partido Comunista de este país hace entrar en el Comité Ejecutivo, al menos, cinco representantes teniendo voz deliberativa. Aparte de esto, cada uno de los doce partidos comunistas más importantes hace entrar en el Comité Ejecutivo un representante, con voz deliberativa. La lista de estos partidos es sancionada por el Congreso mundial. Los otros partidos u organizaciones tienen el derecho de delegar cerca del Comité representantes (a razón de uno por organización) con voz consultiva.


Art. 9.- ... y da a todos los partidos y organizaciones afiliados las instrucciones que tienen fuerza de ley. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene el derecho de exigir de los Partidos afiliados que sean excluidos tales grupos o tales individuos que hayan infringido la disciplina proletaria; puede exigir la exclusión de los partidos que hubieran violado las decisiones del Congreso mundial. Estos Partidos tienen el derecho de apelar al Congreso Mundial. En caso de necesidad, el Comité Ejecutivo organiza, en los diferentes países, "bureaux" auxiliares técnicos y otros que le son enteramente subordinados.


Así se comprende la dictadura burocrática del Estado soviético en los asuntos de la Internacional Comunista, le hecho de que la Internacional y los partidos nacionales sean utilizados como instrumentos de la diplomacia soviética. Así se comprende igualmente las exclusiones en masa, arbitrarias, cuando no de partidos enteros, y la creación de Comisiones y de Bureaux artificiales. ¡Así se comprende toda la política estúpida y desastrosa de la III Internacional!


Esto, sin olvidar las famosas 21 Condiciones de admisión de los Partidos en la Internacional Comunista. Condiciones completamente cuartelarias, de mentalidad de "ukase", con una centralización burocrática asfixiaste. La 16ª condición dice: "Todas las decisiones de los Congresos de la Internacional Comunista, lo mismo que aquellas del Comité Ejecutivo, son obligatorias para todos los partidos afiliados a la Internacional Comunista. Actuando en periodo de guerra civil encarnizada, la Internacional Comunista y su Comité Ejecutivo deben tener cuenta de las condiciones de lucha tan variadas en los diferentes países y no adoptar resoluciones generales y obligatorias sino en las cuestiones donde ellas son posibles".


En la práctica ya hemos visto cómo esta cláusula se cumple. El Bureau de la Internacional Comunista se convierte en dueño y señor de todos los partidos nacionales; elabora, desde el Kremlin, tesis obligatorias para todos los países, aunque las condiciones políticas y sociales de cada uno sean diferentes, a veces completamente antagónicas. Así se explican las consignas artificiales, absurdas, que muchas veces los partidos comunistas nacionales se ven obligados a defender y propagar.


No. La nueva Internacional no podrá tener nada de semejante con todo esto. No solamente deberá modificar los procedimientos y los Estatutos, sino también el programa. Una internacional que no parte de la base que la degeneración soviética no es una cosa casual sino que va ligada a la concepción dictatorial y monopolista de la dictadura del proletariado, no tiene razón de ser, no podrá prosperar. La nueva Internacional deberá establecer las bases de la democratización de la "dictadura del proletariado". Dictar que en la nueva sociedad proletaria "dictadura del proletariado" quiere decir libertad para todos los movimientos proletarios; dictadura solamente para la burguesía. La Internacional que no reconozca estos principios, no puede ser la síntesis de la teoría y la acción de las dos Internacionales que han terminado ya su misión histórica. 

Socialismo y libertad


La gran cuestión: ¿Sabrá el socialismo ser el heraldo de la libertad? He aquí todo el problema. De la posición que el socialismo adopte vis a vis de la libertad dependerá el triunfo o la derrota del marxismo.


Conocemos dos experiencias del sedicente marxismo: la URSS y la revolución española. En las dos la gran cuestión es la libertad del conjunto de la clase trabajadora. En las dos un partido erigiéndose en definidor único y poseedor exclusivo de las verdades sociales priva al resto de la clase el derecho de expresión y opinión.


¿Es que el marxismo va ligado a esta concepción despótica y totalitaria de la "dictadura del proletariado"? De ninguna manera. Marx y Engels, así como Lenin hasta 1918, han dado a la "dictadura del proletariado" la interpretación exacta: libertad para el proletariado, represión para la burguesía y las clases reaccionarias. Solo hay que leer a Marx y Engels para convencerse de esta verdad. Lenin, en su famoso libro "El Estado y la revolución", aboga en todas sus páginas por la más amplia libertad de la clase trabajadora. Dice: "Sólo el comunismo está en situación de realizar una democracia realmente perfecta, y tanto más ella será perfecta más pronto devendrá superflua y morirá ella misma". Es la tradicional concepción marxista del periodo de transición y de la desaparición del Estado.


¿Cómo se explican pues, que una teoría que, por su nacimiento es libertaria, se convierta en la práctica despótica e intolerante? Víctor Serge, que ha vivido en Rusia todo el proceso de degeneración del sovietismo, la explica de la siguiente forma:

A los jefes del bolchevismo de los primeros años no les ha faltado ni saber, ni inteligencia ni energía; les ha faltado audacia revolucionaria todas las veces que hubiera sido preciso buscar (después de 1918) soluciones en la libertad de las masas y no en la coerción gubernamental. Sistemáticamente han edificado, no el Estado-Comuna que habían anunciado, sino un Estado fuerte, en el viejo significado de la palabra, fuerte de su policía, de su censura, de sus monopolios, de sus "bureaux" omnipotentes...


Esta es la verdadera definición de lo que ha sucedido en la URSS: los jefes han tenido miedo a las masas. A partir de ese momento empieza la mixtificación de la revolución. La libertad de tribuna desaparece, la de prensa igualmente, los partidos obreros adversos puestos fuera de la ley. A partir de ese momento, una sola voz, una sola opinión, un solo partido, un solo mando existirá en el país de la revolución socialista...


Los dirigentes soviéticos no se dieron cuenta del gran peligro que esto representaba. Era el comienzo de la burocracia erigiéndose en poder omnipotente, de la supresión de la libertad de opinión y de crítica dentro del mismo partido bolchevique, el camino que llevaba al poder personal. La figura de Stalin, o de otro Stalin cualquiera, empezaba a dibujarse en el horizonte.

La gran víctima de su propia obra ha sido Trotski. Su gran error consiste en que no quiere reconocerlo. Trotski continúa imperturbable ante los hechos más convincentes. Impertérrito, continúa en querer achacar a una casualidad o a una mala fe lo que es una consecuencia directa del régimen establecido. Trotski en todas sus críticas no plantea la cuestión en sus raíces. Culpa a la burocracia, a la mala fe de Stalin, a la Guepeu, de sus desgracias. Pero no tiene en cuenta que el día que se prohibía el derecho de crítica y de discusión, aquel día se empezaba a dejar el paso libre a la burocracia, a la Guepeu, a las maniobras de Stalin...


Es nuestro malogrado Kurt Landau, quien en su folleto todavía inédito sobre la revolución española, dice: La oposición rusa no ha comprendido que el stalinismo, en sus concepciones fundamentales, ha nacido del bolchevismo, del cual ha desarrollado las debilidades y suprimido los aspectos positivos. No se puede combatir o vencer el stalinismo sin romper con sus concepciones salidas del bolchevismo, que han fracasado ante la historia y la revolución. El bolchevismo no es ni la "última palabra" del marxismo ni la forma perfecta del socialismo revolucionario.


El trotskismo ha fracasado, precisamente, por no saber convertirse en una doctrina positiva. Todo su programa consiste en soñar en los cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista y considerar que Stalin los ha traicionado. Pero esto no es ninguna nueva aportación a la historia. El marxismo necesitaba de un rejuvenecimiento como consecuencia de las experiencias vividas. Trotski no ha sabido dárselo. Por eso ha sido incapaz de crear un movimiento comunista independiente.


Es todavía Víctor Serge quien dice: ¿No ha llegado el momento de constatar que el día del año glorioso de 1918, cuando el Comité Central del partido decide permitir a "Comisiones Extraordinarias" aplicar la pena de muerte BAJO PROCEDIMIENTO SECRETO, SIN ESCUCHAR A LOS ACUSADOS QUE NO PODIAN DEFENDERSE, ES UN DIA NEGRO?


Cuando se emplean estas medidas, todo es permitido después. No es de extrañar ya nada. Poderes discrecionales de la Guepeu, campos de concentración, familiares de las víctimas como rehenes, fusilamiento de los viejos bolcheviques...


Y la repercusión en la revolución española... Introducción de un verdadero Estado dentro de otro Estado: la Guepeu rusa; la persecución de las organizaciones españolas mal vistas por el gobierno soviético; asesinato de Nin y Landau por la policía rusa; asesinato de militantes del POUM, de la CNT y de los propios socialistas, en los frentes, aprovechándose de los mandos militares del Partido Comunista y al abrigo de la disciplina jerárquica de todo ejército; el Comité Ejecutivo del POUM traducido ante un Tribunal de Espionaje y Alta Traición por el solo hecho de discrepar de la política de Moscú... Si el CE del POUM, si los miembros de las otras organizaciones no han sido fusilados por los comunistas ha sido precisamente por la diferencia de la situación política en la URSS y en España. En la URSS, el partido comunista tiene el monopolio del poder, todas las otras organizaciones son puestas fuera de la ley, la libertad no existe. En España, a pesar de todo, afortunadamente, todavía existían diversos partidos y organizaciones, la libertad no había sido ahogada completamente, aunque los esfuerzos de la Guepeu habían tendido a este fin.

Triste en tener que confesarlo, pero es la verdad. Los procedimientos policiacos y de represión del Estado soviético no se diferencian en nada a los de los Estados fascistas totalitarios. Al contrario: en muchos casos la perfidia, el refinamiento, la perseverancia en la venganza de que hace gala la Guepeu supera en mucho a los procedimientos empleados por los Estados fascistas. La continuidad en la persecución de los funcionarios rebeles que se han quedado en el extranjero, negándose a entrar en Rusia, llega a extremos inconcebibles. Los asesinatos perpetrados en el frente contra los militantes disconformes con la línea política del partido comunista, demuestran un sadismo y una preparación en el crimen muy difícil de encontrar precedentes. Durante la guerra europea, cierto, los gobiernos beligerantes intentaban deshacerse de los elementos que no habían renegado su internacionalismo pacifista, mandándolos arbitrariamente al frente. Así hizo el gobierno alemán con Liebknecht, lo mismo que el gobierno francés con Monatte. Pero a observar: ni Liebknecht, ni Monatte ni Dumoulin, que desde el frente mandaban sus discursos antimilitaristas para ser leídos al Congreso de la CGT francesa, fueron asesinados. ¡Este triste papel estaba reservado a un Estado donde había triunfado el "socialismo"!


Rosa Luxembourg, con su fino espíritu crítico, previó ya en 1918, desde la prisión, lo que iba a suceder. A ella corresponde el honor de haber sido la primera, desde un punto de vista revolucionario, de señalar los errores de los dirigentes soviéticos. En su folleto "La Revolución Rusa" dice: Es un hecho absolutamente incontestable que sin una libertad ilimitada de prensa, sin una libertad absoluta de reunión y de asociación, la dominación de las largas masas populares es inconcebible. Y más abajo: "La libertad es siempre la libertad de aquel que piensa diferentemente". Después: "...es claro que el socialismo, por su esencia misma, no puede ser otorgado, introducido por decreto. Supone una serie de medidas violentas contra la propiedad(...) Lo que es negativo, la destrucción, no se puede decretar; lo que es positivo, la construcción, no se puede hacer". Y aún continúa: "Pero ahogando la vida política en todo el país, es fatal que la vida en los soviets mismos sea cada día más paralizada". E insiste: "...pero una dictadura de clase, no la de un partido o de un grupo, dictadura de clase, es decir, con la más grande publicidad, la participación, la más activa, la más ilimitada de las masas populares, en una democracia completa".


Naturalmente, Rosa no se engaña en cuanto a los motivos que han inducido a los bolcheviques a adoptar la centralización más absoluta, el régimen de terror más completo. Son las enormes dificultades que ha encontrado el proletariado ruso, la defección del proletariado internacional . Pero ella añade: "El peligro empieza cuando, haciendo de una necesidad una virtud, hacen una teoría de la táctica que les ha impuesto estas condiciones fatales y quieren recomendarla al proletariado internacional como el modelo de la táctica socialista".


El bolchevismo justifica el monopolio y la dictadura del Partido por la necesidad de prevenir el "charlatanismo" estéril de los Parlamentos burgueses. Reconozcamos que es un argumento de peso y una necesidad de evitar las discusiones inoperantes. La revolución obliga a ser sobrios en palabras y elocuentes en realizaciones. Cierto. Pero el remedio es peor que la enfermedad. Es preferible un ritmo más lento en las realizaciones e inmunizarnos del espectro horrible de la dictadura soviética. Porque, a fin de cuentas, el despotismo stalinista es un peligro más grande que todas las lentitudes en el ritmo revolucionario: es el retroceso a las concepciones medievales de los "autos de fe" y a los procedimientos fascistas de los estados totalitarios.


Nuestro Partido ha hecho la experiencia en sus propias carnes, la sangre de nuestros mártires debe ser el recordatorio permanente de los errores soviéticos. Rectifiquemos en nuestro congreso de una manera clara y concreta los errores del Partido ruso. Establezcamos en nuestro programa de una forma decidida que rehusamos la concepción monopolista y totalitaria de la dictadura de un Partido. Consecuentes con la doctrina de nuestros maestros Marx y Engels, entendemos que la dictadura del proletariado es la dictadura de la clase obrera, ejercida por toda la clase obrera con libertad para toda la clase obrera... Es el mejor homenaje que podemos hacer a nuestros muertos.


Programa del Partido

Nuestro Partido, hasta la fecha, ha carecido de programa. Las tesis aprobadas en cada Congreso han sido su programa hasta el nuevo Congreso. Pero una tesis no puede ser un programa. La tesis es circunstancial: se limita a los problemas del momento. El programa es permanente: establece los puntos fundamentales de un Partido. Los militantes tienen la obligación de estar de acuerdo con el programa. Es la carta fundamental del Partido. En cambio pueden discrepar en las tesis. Es la táctica del momento. A nadie escapará la importancia del programa. Si un Partido no arranca de una unidad de pensamiento fundamental, y esto sólo puede hacerlo el programa, es imposible que sus militantes se pongan de acuerdo en los problemas de la táctica. A primeros de siglo, el partido Socialdemócrata ruso se dividió en bolcheviques y mencheviques precisamente en la discusión del programa del partido. Demostró que no había una unidad de pensamiento en los principios fundamentales. En el Congreso de Londres, Lenin fue el más intransigente en sentar las bases programáticas del partido. Le daba una importancia capital. ¡Y la tiene!

Propongo al partido que en su Congreso estudie la cuestión y decida en el mismo aprobar el programa del Partido. 

Reglamento del Partido


Igualmente nuestro partido no tiene unos Estatutos que rijan su vida interna. En los casos normales actúa por la rutina. En los casos nuevos reacciona un poco empíricamente. Cierto, existe una Tesis de Organización que regula los casos más corrientes. Pero la necesidad de un verdadero reglamento interior que regule todos los derechos del militante, así como de los órganos directivos, al propio tiempo que sus deberes, se hace sentir en el Partido. Indiscutiblemente que la garantía de la democracia y el respeto de los derechos del militante están en la consciencia revolucionaria y la vigilancia permanente de los militantes. Pero no hay duda que un Reglamento que defina derechos y obligaciones del militante ayuda a garantizar el ejercicio de esta democracia interior, sin la cual no puede existir Partido ni socialismo.


Propongo al Congreso que elabore y apruebe un reglamento interior en el cual las garantías democráticas de todos sus miembros queden fijadas, así como que se establezca el funcionamiento orgánico del partido. De esta forma jamás habrá que actuarse de manera espontánea en las cuestiones de régimen interior.












No hay comentarios:

Publicar un comentario