viernes, 26 de abril de 2019

Anton Pannekoek. Lucha de clase y nación 1912 (Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡revolución proletaria mundial!)









Título original: "Marxistische Theorie und revolutionäre Taktik"

Publicado: en Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡revolución proletaria mundial!Ediciones Espartaco Internacional.
Traducido: Por Emilio Madrid.
Digitalización: Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques




Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡revolución proletaria mundial!



Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡revolución proletaria mundial!




Anton Pannekoek. Teoría marxista y tácticas revolucionarias.
(1913)




                                    Índice de materias:

Teoría Marxista y Táctica Revolucionaria



Al no ser austríaco, quizá haya que disculparse al tomar la palabra sobre la cuestión de las nacionalidades. Si fuese una cuestión puramente austríaca, nadie que no conociese con mucha precisión la situación práctica y no se viese obligado a ello por la práctica misma, no se inmiscuiría en examinarla. Pero esta cuestión adquiere una importancia cada vez mayor también para otros países. Y gracias a los escritos de los teóricos austríacos, sobre todo gracias a la valiosa obra de Otto Bauer La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia [1], ha dejado de concernir exclusivamente a la práctica austríaca para convertirse en una cuestión de teoría socialista general. Actualmente esta cuestión, el modo de tratarla y sus consecuencias no pueden sino suscitar un interés muy grande en todo socialista que considere la teoría como el hilo conductor de nuestra práctica; en la hora actual también se pueden emitir juicios y críticas fuera de la práctica austríaca específica. Como tendremos que combatir aquí ciertas conclusiones de Bauer, digamos previamente que esto no disminuye en nada el valor de su obra; su importancia no reside en que establece en este dominio resultados definitivos e inatacables, sino en que pone los cimientos de un debate y una discusión ulteriores sobre esta cuestión.

Esta discusión parece especialmente oportuna en la actualidad. La crisis separatista pone la cuestión de las nacionalidades a la orden del día en el partido y nos obliga a reexaminar estas cuestiones, a revisar nuestro punto de vista de arriba abajo. Y quizá un debate sobre los fundamentos teóricos no sería totalmente inútil aquí; con este estudio esperamos aportar a los camaradas austríacos nuestro concurso para este debate. Que el camarada Josef Strasser haya llegado, en su estudio El obrero y la nación (o aquí en alemán) a las mismas conclusiones que nosotros, por una vía completamente diferente, a partir de la práctica austríaca (guiado ciertamente por la misma concepción marxista de base), ha jugado un papel determinante en la publicación del presente folleto. Por tanto, nuestros trabajos pueden complementarse para apoyar este punto de vista.
A.P.

 Josef strasser El trabajador y la nación. (1912)

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                      I. La nación y sus mutaciones


Concepción burguesa y concepción socialista


El socialismo es una nueva concepción científica del mundo humano que se distingue fundamentalmente de todas las concepciones burguesas. La manera burguesa de representarse las cosas considera las diferentes formaciones e instituciones del mundo humano ya sea como productos de la naturaleza, alabándolos o condenándolos según que se presenten en conformidad o en contradicción con la “naturaleza humana eterna”, ya sea como productos del azar o de la arbitrariedad humana que pueden ser transformados a placer por medidas de violencia artificiales. Por el contrario, la socialdemocracia las considera como productos surgidos naturalmente del desarrollo de la sociedad humana. Mientras que la naturaleza casi no cambia prácticamente –la génesis de las especies animales, unas respecto a las otras, ha tenido lugar en períodos de muy larga duración – la sociedad humana está sometida a un desarrollo rápido y constante. Pues su fundamento, el trabajo para asegurar la supervivencia, ha tenido que tomar incesantemente nuevas formas a medida que las herramientas se perfeccionaban; la vida económica se trastocaba y de ahí surgían nuevas maneras de ver y nuevas ideas, un derecho nuevo, nuevas instituciones políticas. Es ahí, por tanto, donde reside la oposición entre las concepciones burguesa y socialista: allí, un carácter inmutable por naturaleza y, al mismo tiempo, la arbitrariedad; aquí, un devenir y unas transformaciones incesantes según leyes establecidas del modo de la economía, sobre la base del trabajo.


Esto también vale para la nación. La concepción burguesa ve en la diversidad de las naciones diferencias naturales entre los hombres; las naciones son grupos constituidos por la comunidad de la raza, del origen, de la lengua. Pero al mismo tiempo cree poder, por medio de medidas políticas de coerción, aquí oprimir naciones, allí ampliar su dominio a expensas de otras naciones. La socialdemocracia considera las naciones como grupos humanos que han llegado a ser una unidad como consecuencia de su historia común. El desarrollo histórico ha producido las naciones en sus límites y en su peculiaridad; igualmente produce el cambio del sentido y de la esencia de la nación en general con el tiempo y las condiciones económicas. Sólo a partir de las condiciones económicas se puede comprender la historia y el desarrollo de la nación y del principio nacional.


Desde el punto de vista socialista, es Otto Bauer quien ha suministrado, en su obra La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia, el análisis más profundo; su exposición constituye el punto de partida indispensable para continuar examinando y discutiendo las cuestiones nacionales. En esta obra, el punto de vista socialista es formulado de la manera siguiente: “Así, la nación no es, para nosotros, un objeto petrificado, sino un proceso en devenir, esencialmente determinado por las condiciones en las que los hombres luchan por sobrevivir y por la conservación de la especie” (p.120). Y un poco más adelante: “La concepción materialista de la historia puede considerar la nación como el producto nunca acabado de un proceso que continúa y que es movido en última instancia por las condiciones de la lucha del hombre con la naturaleza, las transformaciones de las fuerzas productivas humanas, las modificaciones de las relaciones del trabajo humano. Esta concepción hace de la nación lo que es histórico en nosotros” (p.122). El carácter nacional es “historia fijada”.




Bauer define muy acertadamente la nación como “el conjunto de los hombres ligados por una comunidad de destino en una comunidad de carácter”. Esta fórmula ha sido atacada frecuentemente pero sin razón, pues es perfectamente exacta. El malentendido reside siempre en que se confunde similitud y comunidad. Comunidad de destino no significa sumisión a un destino idéntico, sino experiencia común de un mismo destino a través de cambios constantes, en una reciprocidad continua. Los campesinos de China, de la India y de Egipto convergen por la similitud de su modo económico; tienen el mismo carácter de clase y, sin embargo, no hay rastro de comunidad. Por el contrario, los pequeños burgueses, los negociantes, los obreros, los propietarios de la tierra nobles, los campesinos de Inglaterra, aunque presenten tantas diferencias de carácter como resultado de su posición de clase diferente, no por ello dejan de constituir una comunidad; la historia vivida en común, la influencia recíproca que han ejercido unos sobre otros, aunque sea bajo la forma de luchas, todo por medio de la lengua común, hacen de ellos una comunidad de carácter, una nación. Al mismo tiempo, el contenido espiritual de esta comunidad, la cultura común, es transmitido por las generaciones pasadas a las generaciones siguientes gracias a la lengua escrita.


Esto no significa de ninguna manera que dentro de la nación los caracteres sean semejantes. Por el contrario, en ella puede haber grandes diferencias de carácter, según la clase o el lugar de residencia. El campesino alemán y el gran capitalista alemán, el bávaro y el habitante de Oldenburg, tienen diferencias de carácter manifiestas; y sin embargo, no por eso dejan de formar parte de la nación alemana. Esto tampoco quiere decir que no haya otras comunidades de carácter más que las naciones. Por supuesto que aquí no se trata de sociedades especiales, limitadas en el tiempo, como las sociedades por acciones o los sindicatos. Pero toda organización humana que es una unión duradera, legada de generación en generación, constituye una comunidad de carácter nacida de una comunidad de destino.


Las comunidades religiosas ofrecen otro ejemplo. También son “historia fijada”. No son simplemente un grupo de personas de la misma confesión que se han reunido con un fin religioso. Pues, por así decir, se nace en su iglesia y raramente se pasa de una a otra. Pero, al principio, la comunidad religiosa comprendía a todos los que estaban ligados socialmente de una u otra manera por el origen, la aldea o la clase; la comunidad de intereses y de las condiciones de existencia creaba al mismo tiempo una comunidad de representaciones mentales básicas que revestían una forma religiosa. Creaba igualmente el vínculo de los deberes recíprocos, de la fidelidad y de la protección entre la organización y sus miembros. La comunidad de religión era la expresión de una pertenencia social, en las comunidades tribales primitivas y en la iglesia de la Edad Media. Las comunidades religiosas nacidas en la época de la Reforma, las Iglesias y las sectas protestantes, eran organizaciones de la lucha de clases contra la Iglesia dominante, y entre sí; por tanto, correspondían en cierta medida a los partidos políticos actuales. Por consiguiente, las diferentes confesiones religiosas expresaban algo vivo, intereses reales, profundamente sentidos; se podía uno convertir de una religión a otra de la misma manera que hoy se pasa uno de un partido a otro. Posteriormente, estas organizaciones se han petrificado en comunidades de fe en las que sólo la capa dirigente, el clero, mantiene en su seno relaciones que se sitúan por encima de toda la Iglesia. Ha desaparecido la comunidad de intereses; dentro de cada Iglesia han surgido, con el desarrollo social, numerosas clases y contradicciones de clases. La organización religiosa se ha convertido cada vez más en un envoltorio vacío, y la profesión de fe, en una fórmula abstracta desprovista de contenido social. Su lugar ha sido ocupado por otras organizaciones, en tanto que uniones vivas de intereses. De este modo, la comunidad religiosa constituye un grupo cuya comunidad de destino pertenece cada vez más al pasado, y se disuelve progresivamente. La religión es también un sedimento de lo que es histórico en nosotros.


La nación no es, pues, la única comunidad de carácter surgida de una comunidad de destino, sino sólo una de sus formas, y a veces es difícil distinguirla de las demás sin ambigüedad. Es ocioso intentar saber qué unidades de organización de los hombres se pueden calificar de nación, sobre todo en los tiempos antiguos. Las unidades tribales primitivas, grandes o pequeñas, eran comunidades de carácter y de destino en cuyo seno eran hereditarias las características, las costumbres, la cultura y el lenguaje. Igual sucede con las comunas aldeanas o las regiones del campesinado de la Edad Media. Otto Bauer descubre en la Edad Media, en la época de los Hohenstaufen, la “nación alemana” en la comunidad política y cultural de la nobleza alemana. Por otro lado, la Iglesia medieval tenía numerosos rasgos que hacían de ella una especie de nación; era la comunidad de los pueblos europeos, con una historia común y unas representaciones mentales comunes, que tenían incluso una lengua común, el latín de la Iglesia, que permitía que se ejerciese una influencia recíproca entre las gentes cultivadas, la intelectualidad dominante de toda Europa, y que las unía en una comunidad de cultura. Sólo en la última parte de la Edad Media surgen progresivamente las naciones en el sentido moderno del término, con una lengua nacional propia, una unidad y una cultura nacionales.


La lengua común es, en tanto que vínculo vivo entre los hombres, el atributo más importante de la nación; pero no por eso las naciones se pueden identificar con los grupos humanos de la misma lengua. Los ingleses y los americanos son, a pesar de tener una misma lengua, dos naciones cada una con una historia diferente, dos comunidades de destino diferentes que presentan una diversidad notable de carácter nacional. Es asimismo equívoco contar a los suizos alemanes como si formasen parte de una nación alemana común que englobase a todos los germanófonos. Cualquiera que sea la cantidad de elementos culturales que una lengua escrita idéntica haya permitido intercambiar, el destino ha separado a suizos y alemanes desde hace varios siglos. El hecho de que unos sean ciudadanos libres de una república democrática y los otros hayan vivido sucesivamente bajo la tiranía de pequeños potentados, bajo la dominación extranjera y bajo la presión del nuevo Estado policíaco alemán, debía conferirles, a pesar de que lean a los mismos escritores, un carácter muy diferente y no se puede hablar de una comunidad de destino y de carácter. El aspecto político es todavía más evidente entre los holandeses; el rápido desarrollo económico de las provincias marítimas, que se rodearon por el lado de la tierra firme de una muralla de provincias bajo su dependencia, para convertirse en un poderoso Estado comercial, en una entidad política, ha hecho del bajo alemán una lengua escrita moderna particular, pero sólo para una pequeña parte separada de la masa de los que hablan bajo alemán; todos los demás han quedado excluidos de ello por la separación política y han adoptado, en cuanto partes de Alemania sometidas a una historia común, la lengua escrita alto-alemana y la cultura alto-alemana. Si los alemanes de Austria continúan subrayando su calidad de germanos a pesar de la larga independencia de su propia historia y de que no hayan compartido los más importantes de los destinos más recientes de los alemanes del Imperio, ello se debe esencialmente a su posición de lucha frente a las demás naciones de Austria.



Con frecuencia se califica a los campesinos como guardianes inquebrantables de la nacionalidad. Pero, al mismo tiempo, Otto Bauer los califica como el telón de fondo de la nación que no participa en la cultura nacional. Esta contradicción revela de golpe que lo que es “nacional” en el campesinado es una cosa muy diferente de lo que constituye las naciones modernas. Por supuesto, la nacionalidad moderna ha salido de la nacionalidad campesina, pero difiere de ella de modo fundamental.


En la antigua economía natural de los campesinos, la unidad económica se reduce a su medida más pequeña; el interés no supera los límites de la aldea o del valle. Cada distrito constituye una comunidad que apenas mantiene relaciones con las otras, una comunidad que tiene su propia historia, sus costumbres propias, su propio dialecto, su carácter propio. Quizá cada una de ellas esté emparentada con las de los distritos vecinos, pero no hay entre ellas más influencia recíproca. El campesino se aferra muy fuertemente a esta especificidad de su comunidad. En la medida en que su economía no tiene nada que ver con el mundo exterior, en la medida en que sus siembras y sus cosechas no se ven afectadas sino excepcionalmente por las vicisitudes de los acontecimientos políticos, todas las influencias del exterior se deslizan sobre él sin dejar huella. Pues de ningún modo se siente concernido y continúa pasivo; no penetran en su yo íntimo. Sólo es susceptible de modificar su naturaleza lo que el hombre capta activamente, lo que le obliga a cambiarse a sí mismo y aquello en lo que él participa por su propio interés. Por esto el campesino conserva su particularismo contra todas las influencias del mundo exterior y permanece “sin historia” mientras su economía sigue siendo autosuficiente. Pero desde el momento en que es arrastrado por el engranaje del capitalismo y colocado en otras condiciones – se convierta en burgués o en obrero, que el campesino empiece a depender del mercado mundial y entre en contacto con el resto del mundo – desde el momento en que tiene nuevos intereses, el carácter indestructible del antiguo particularismo se pierde. Se integra en la nación moderna, se hace miembro de una comunidad de destino más vasta, de una nación en el sentido moderno.


Con frecuencia se habla de este campesinado como si las generaciones precedentes hubiesen pertenecido ya a esta misma nación a la que pertenecen sus descendientes bajo el capitalismo. El término “naciones sin historia” da a entender la concepción según la cual los checos, los eslovenos, los polacos, los rutenos, los rusos, eran desde siempre otras tantas naciones diferentes y específicas pero que, de alguna manera, han estado durmiendo largo tiempo en tanto que naciones. De hecho, no se puede hablar de los eslovenos, por ejemplo, más que como cierto número de grupos o de distritos con dialectos emparentados, sin que estos grupos hayan constituido una unidad o una comunidad verdadera. Lo que el nombre comporta de exacto es que, por regla general, el dialecto decide a qué nación se incorporarán los descendientes. Pero la evolución real decide, en último análisis, si los eslovenos y los serbios, los rusos y los rutenos, deben convertirse en una comunidad nacional con una lengua escrita y una cultura comunes, o en dos naciones separadas. No es la lengua lo decisivo, sino el proceso de desarrollo político-económico. Con tan poca razón se puede decir que el campesino de la Baja Sajonia es el fiel guardián de la nacionalidad alemana, como de la holandesa, según a qué lado de la frontera habite; sólo preserva su particularidad aldeana o provincial propia; falta la misma razón para decir que el campesino de las Ardenas preserva tenazmente una nacionalidad belga, valona o francesa cuando se aferra al dialecto y a las costumbres de su valle, o si decimos que un campesino de Carintia de la época precapitalista pertenece a la nación eslovena. La nación eslovena no aparece sino con las clases burguesas modernas que se constituyen en nación específica y el campesino no accede a ella más que cuando es ligado a esta comunidad por intereses reales.


Las naciones modernas son integralmente producto de la sociedad burguesa; han aparecido con la producción de mercancías, es decir, con el capitalismo, y sus agentes son las clases burguesas. La producción burguesa y la circulación de mercancías necesitan vastas unidades económicas, grandes territorios a cuyos habitantes unen en una comunidad con administración estatal unificada. El capitalismo desarrollado refuerza incesantemente la potencia estatal central; acrecienta la cohesión del Estado y lo deslinda netamente en relación con los otros Estados. El Estado es la organización de combate de la burguesía.


En la medida en que la economía de la burguesía reposa sobre la competencia, en la lucha contra sus semejantes, las asociaciones en las que se organiza deben luchar necesariamente entre sí; cuanto más poderoso sea el Estado, más grandes son las ventajas a las que aspira su burguesía. La lengua no ha sido preponderante más que para delimitar estos Estados; las regiones con dialectos emparentados se han visto constreñidas a la fusión política en la medida en que no intervenían otras fuerzas, porque la unidad política, la nueva comunidad de destino, necesitaba una lengua unificada como medio de intercambio. La lengua escrita y de comunicación se crea a partir de uno de estos dialectos; es, por tanto, en cierto sentido una formación artificial. Pues Otto Bauer tiene razón cuando dice: “Yo no creo una lengua común más que con las gentes con quienes estoy en contacto estrecho” (p.113). De este modo han aparecido los Estados nacionales que son a la vez Estado y nación[2]. No se han convertido en entidades políticas simplemente porque ya constituían una comunidad nacional; el nuevo interés económico, la necesidad económica es el fundamento de una sólida unión de los hombres en conjuntos tan vastos; pero si son estos Estados los que han aparecido y no otros; si, por ejemplo, Alemania del sur y Francia del norte no han constituido juntos una unidad política sino que éste fue el caso para Alemania del sur y del norte, ello se debe principalmente al parentesco primitivo de los dialectos.


La extensión del Estado nacional y su desarrollo capitalista hacen que coexistan en él una extrema diversidad de clases y de poblaciones; por eso, a veces parece dudoso calificar al Estado nacional como comunidad de destino y de carácter, por cuanto clases y poblaciones no actúan directamente unas sobre otras. Pero la comunidad de destino de los campesinos y de los grandes capitalistas alemanes, de los bávaros y de las gentes de Oldenburg, consiste en que todos son miembros del Imperio alemán, en que libran sus luchas políticas y económicas dentro de este marco, en que soportan la misma política, deben tomar posición frente a las mismas leyes y actúan, por consiguiente, los unos sobre los otros; por eso constituyen una comunidad real a pesar de todas las diversidades dentro de esta comunidad.


No sucede lo mismo con los Estados que han aparecido como unidades dinásticas bajo el absolutismo, sin colaboración directa de las clases burguesas y, por consiguiente, han englobado por medio de la conquista poblaciones con los más variados dialectos. Cuando en ellos progresa la penetración del capitalismo, surgen varias naciones dentro del mismo Estado, que se convierte en un Estado de nacionalidades, como Austria. La causa de la aparición de nuevas naciones al lado de las antiguas reside nuevamente en el hecho de que la competencia es el fundamento de la existencia de las clases burguesas. Cuando a partir de un grupo de población puramente campesina aparecen las clases modernas, cuando en las ciudades se instalan masas importantes como obreros de industria, pronto seguidos por los pequeños comerciantes, los intelectuales y los patronos, estos últimos deben esforzarse entonces por sí mismos en asegurarse la clientela de estas masas que hablan la misma lengua, poniendo el acento en su nacionalidad. La nación, como comunidad solidaria, constituye, para los que forman parte de ella, una clientela, un mercado, un dominio de explotación en el que disponen de una ventaja respecto a los competidores de otras naciones. Como comunidad de clases modernas, deben elaborar una lengua escrita común que es necesaria como medio de comunicación y se convierte en lengua de cultura y de literatura. El contacto permanente de las clases de una sociedad burguesa con el poder estatal, que hasta entonces no conocía más que el alemán como lengua oficial de comunicación, las obliga a combatir por el reconocimiento de su lengua, de su escuela y de su administración, en lo que la clase más interesada en el plano material es la intelectualidad nacional. Como el Estado debe representar los intereses de la burguesía y apoyarlos materialmente, cada burguesía nacional debe asegurarse una influencia sobre el Estado tan grande como sea posible. Para conquistar esta influencia debe luchar contra las burguesías de las otras naciones; cuanto mejor logre reunir alrededor de ella a toda la nación en esta lucha, más poder ejercerá. Mientras el papel dirigente de la burguesía esté fundamentado por la esencia misma de la economía y se le reconozca como que cae de su peso, podrá contar con las otras clases que se sienten ligadas a ella en este punto por la identidad de intereses.

En esto también la nación es totalmente un producto del desarrollo capitalista, e incluso un producto necesario. Allí donde el capitalismo penetra, aquella debe aparecer necesariamente como comunidad de destino de las clases burguesas. La lucha de las nacionalidades en semejante Estado no es la consecuencia de una opresión cualquiera, o del atraso de la legislación, es la expresión natural de la competencia como condición fundamental de la economía burguesa; la lucha (de las burguesías) las unas contra las otras es la condición indispensable de la abrupta separación de las diferentes naciones entre sí.




Lo nacional en el hombre es parte de su naturaleza, pero sobre todo de su naturaleza espiritual. Los rasgos físicos heredados permiten eventualmente distinguir los pueblos, pero no los separan y, menos aún, los hacen entrar en conflicto. Los pueblos se distinguen como comunidades de cultura. La nación es, ante todo, una comunidad de cultura, transmitida por la lengua común; en la cultura de una nación, que se puede calificar de naturaleza espiritual, está inscrita toda la historia de su vida. El carácter nacional no está compuesto por rasgos físicos, sino por el conjunto de sus costumbres, de sus concepciones y de sus formas de pensamiento a través del tiempo. Si se quiere captar la esencia de la nación, es necesario ante todo ver claramente cómo se constituye el aspecto espiritual en el hombre a partir de la influencia de las condiciones de vida.


Todo lo que pone al hombre en movimiento debe pasar por su cabeza. La fuerza directamente motriz de toda su acción reside en su espíritu. Puede consistir en hábitos, pulsiones e instintos inconscientes que son la expresión de repeticiones, siempre semejantes, de las mismas necesidades vitales en las mismas condiciones exteriores de vida. También puede llegar a la conciencia de los hombres como pensamiento, idea, motivación, principio. ¿De dónde vienen? La concepción burguesa ve ahí la influencia de un mundo superior, sobrenatural, que nos impregna, la expresión de un principio moral eterno en nosotros, o bien considera que son producto espontáneo del espíritu mismo. Por el contrario la teoría marxista, el materialismo histórico, explica que todo lo que es espiritual en el hombre es producto del mundo material que lo rodea. Todo este mundo real penetra por todas partes en el espíritu a través de los órganos de los sentidos y deja su huella: nuestras necesidades vitales, nuestra experiencia, todo lo que vemos y oímos, lo que los otros nos comunican como su pensamiento, de igual manera que lo que observamos nosotros mismos[3]. Por consiguiente se excluye toda influencia de un mundo irreal, simplemente supuesto, sobrenatural. Todo lo que hay en el espíritu ha venido del mundo exterior que designamos con el nombre de mundo material, no significando material como constituido por materia física que se puede medir, sino todo lo que existe realmente, incluso el pensamiento. Pero el espíritu no juega aquí el papel que a veces le otorga una concepción mecanicista estrecha, el de espejo pasivo que refleja el mundo exterior, el de recipiente inanimado que absorbe y conserva todo lo que se echa en él. El espíritu es activo, actúa, modifica todo lo que penetra en él desde el exterior para hacer de ello algo nuevo. Y es Dietzgen quien ha mostrado más claramente la manera como lo modifica. El mundo exterior transcurre ante el espíritu como un río sin fin, siempre cambiante; el espíritu capta sus influencias, las junta, las añade a lo que poseía anteriormente y las combina entre sí. A partir del río de fenómenos infinitamente variados, forma conceptos sólidos y constantes en los que la realidad movediza queda paralizada y fijada de alguna manera y acaban con su aspecto fugitivo. El concepto de “pez ”comporta una multitud de observaciones sobre los animales que nadan, el de “bien” innumerables tomas de posición sobre diferentes acciones, el de “capitalismo” toda una vida de experiencias, frecuentemente muy dolorosas. Todo pensamiento, toda convicción, toda idea, toda conclusión, como, por ejemplo, los árboles no tienen hojas en invierno, el trabajo es duro y desagradable, quien me da empleo es mi benefactor, el capitalista es mi enemigo, la organización hace la fuerza, es bueno luchar por la nación de uno, son el resumen de una parte del mundo vivo, de una experiencia multiforme en una fórmula breve, abrupta y, se podría decir, rígida, inanimada. Cuanto mayor y más completa es la experiencia que sirve para documentarlo, cuanto más fundamentado y sólido es el pensamiento, la convicción, más verdadero es. Pero toda experiencia es limitada, el mundo cambia constantemente, nuevas experiencias se añaden incesantemente a las antiguas, se integran en las viejas ideas o entran en contradicción con ellas. Por eso el hombre debe reestructurar sus ideas, abandonar algunas como equivocadas – como la del capitalista benefactor –, conferir a ciertos conceptos un sentido nuevo – como el concepto de pez, del que se substraen las ballenas –, crear nuevos conceptos para nuevos fenómenos – como el de imperialismo –, encontrar otras relaciones de causa entre ellos – el carácter intolerable del trabajo proviene del capitalismo –, evaluarlos de modo diferente – la lucha nacional perjudica a los obreros –, en una palabra, debe aprender de nuevo sin cesar. Toda la actividad y todo el desarrollo espirituales de los hombres consisten en que reestructuran sin cesar los conceptos, las ideas, los juicios y los principios para mantenerlos lo más conformes posible con la experiencia cada vez más rica de la realidad. Esto es lo que sucede de modo consciente en el desarrollo de la ciencia.


De este modo resalta más netamente el sentido de la definición de Bauer según la cual la nación es lo que es histórico en nosotros, y el carácter nacional es historia fijada. La realidad material común produce en los espíritus de los miembros de una comunidad un modo de pensamiento común. La naturaleza específica de la entidad económica que constituyen juntos determina sus pensamientos, sus costumbres, sus concepciones; produce en ellos un sistema coherente de ideas, una ideología que les es común y que forma parte de sus condiciones materiales de vida. La vida en común ha impregnado su espíritu: luchas comunes por la libertad contra los enemigos exteriores, luchas de clases comunes en el interior. Se narra en los libros de historia y se transmite a la juventud como recuerdo nacional. Lo que la burguesía ascendente deseó, esperó y quiso ha sido magnificado y expresado claramente por los poetas y los pensadores y estos pensamientos de la nación, sedimento espiritual de su experiencia material, han sido preservados en forma de literatura para las generaciones futuras. La constante influencia espiritual recíproca consolida y refuerza todo esto; al extraer del pensamiento de cada uno de los con-nacionales lo que es común, lo que es esencial, característico para el conjunto, es decir, lo que es nacional, constituye el patrimonio cultural de la nación. Lo que vive en el espíritu de una nación, su cultura nacional, es la síntesis abstracta de su experiencia común, de su existencia material como entidad económica.


Por tanto, todo lo que es espiritual en el hombre es producto de la realidad, pero no sólo de la realidad actual; todo el pasado subsiste ahí más o menos fuerte. El espíritu es lento con relación a la materia; absorbe sin cesar las influencias del exterior mientras que su vieja existencia se hunde lentamente en el Leteo del olvido. Por tanto, la adaptación del contenido del espíritu a la realidad renovada constantemente sólo es progresiva. Pasado y presente determinan, ambos, su contenido, pero de manera diferente. La realidad viva que ejerce constantemente una misma influencia sobre el espíritu, se incrusta en él y se imprime en él cada vez más fuerte. Pero lo que ya no se alimenta de la realidad actual, ya no vive sino del pasado y puede ser mantenido largo tiempo todavía sobre todo por las relaciones que los hombres mantienen entre sí, por un adoctrinamiento y una propaganda artificiales, pero en la medida en que estos residuos se ven privados del terreno material que les dio vida, desaparecen necesariamente poco a poco. De este modo han adquirido un carácter tradicional. Una tradición es también una parte de la realidad que vive en el espíritu de los hombres, actúa sobre otros y por eso dispone con frecuencia de un poder considerable y potente. Pero es una realidad de naturaleza espiritual cuyas raíces materiales se hunden en el pasado. De este modo la religión se ha convertido, para el proletario moderno, en una ideología de naturaleza puramente tradicional; quizá influencia todavía poderosamente su acción, pero esta potencia no tiene raíces sino en el pasado, en la importancia que tenía en otros tiempos para su vida la comunidad de religión; ya no se alimenta en la realidad actual, en su explotación por el capital, en su lucha contra el capital. Por esto no dejará de extinguirse en él. Por el contrario, la realidad actual cultiva cada vez más la conciencia de clase que, por consiguiente, ocupa un lugar cada vez más amplio en su espíritu, que determina cada vez más su acción.







He ahí planteada la tarea que se asigna nuestro estudio. La historia ha dado origen a las naciones con sus límites y su especificidad. Pero estas no son todavía algo acabado, un hecho definitivo con el que hay que contar. Pues la historia sigue su curso. Cada día continúa construyendo y modificando lo que los días anteriores edificaron. No basta, pues, con constatar que la nación es lo que es histórico en nosotros, historia fijada. Si no es más que historia petrificada, es de naturaleza puramente tradicional, como la religión. Pero para nuestra práctica, para nuestra táctica, la cuestión de saber si no es más que eso reviste una importancia extrema. Por supuesto, hay que contar con ella en cualquier caso, como con toda gran potencia espiritual en el hombre; pero que la ideología nacional no se presente más que como una potencia del pasado, o hunda sus raíces en el mundo actual, son dos cosas completamente diferentes. Para nosotros, la cuestión más importante y determinante es la siguiente: ¿cómo actúa la realidad presente sobre la nación y sobre lo nacional? ¿En qué sentido se modifican hoy? La realidad de que se trata aquí es el capitalismo altamente desarrollado y la lucha de clase proletaria.


He aquí, pues, nuestra posición hacia el estudio de Bauer: en otros tiempos, la nación no desempeñaba ningún papel en la teoría y la práctica de la socialdemocracia. Por lo demás, no había razón para ello; en la mayoría de los países no es útil prestar atención a lo nacional para la lucha de clase. Obligado por la práctica austríaca, Bauer ha llenado esta laguna. Ha demostrado que la nación no es producto de la imaginación de algunos literatos ni producto artificial de la propaganda nacional; con la herramienta del marxismo ha demostrado que aquella hundía sus raíces materiales en la historia y ha explicado por el ascenso del capitalismo la necesidad y la potencia de las ideas nacionales. Y la nación se nos presenta como una poderosa realidad con la que debemos contar en nuestra lucha; ella nos da la llave para comprender la historia moderna de Austria, y por esto hay que responder a la siguiente pregunta: ¿cuál es la influencia de la nación, de lo nacional, en la lucha de clase, de qué manera hay que tenerla en cuenta en la lucha de clase? Esa es la base y el hilo conductor de los trabajos de Bauer y de los otros marxistas austríacos. Pero de este modo, la tarea no está realizada más que a la mitad. Pues la nación no es simplemente un fenómeno acabado cuyo efecto sobre la lucha de clase hay que verificar: ella está sometida a su vez a la influencia de las fuerzas actuales, entre las cuales tiende cada vez más a tomar el primer plano la lucha revolucionaria de emancipación del proletariado. ¿Cuál es, pues, el efecto que ejerce a su vez la lucha de clase, el ascenso del proletariado, sobre la nación? Bauer no ha examinado esta cuestión, o lo ha hecho de modo insuficiente; estudiarla conduce en muchos casos a juicios y conclusiones que divergen de las suyas.



                          II. La nación y el proletariado



La realidad actual que determina de la manera más intensa el ser y el espíritu de los hombres es el capitalismo. Pero no se ejerce de la misma manera sobre los hombres que viven juntos; es una cosa muy distinta para el capitalista que para el proletariado. Para los miembros de la clase burguesa, el capitalismo es el mundo de la producción de riquezas y de la competencia; más bienestar, aumento de la masa del capital del que intentan sacar la máxima ganancia posible en una lucha competitiva individualista con sus semejantes y que les abre la vía del lujo y del disfrute de una cultura refinada, he ahí lo que les aporta el proceso de producción. Para los obreros, es el mundo de un duro trabajo de esclavitud sin fin, la inseguridad permanente de la vida, la eterna pobreza, sin esperanza de ganar otra cosa más que un salario de miseria. Por consiguiente, el capitalismo debería ejercer un efecto muy distinto sobre el espíritu de la burguesía y sobre el de la clase explotada. La nación es una entidad económica, una comunidad de trabajo, incluso entre obreros y capitalistas. Pues el capital y el trabajo son necesarios los dos y deben conjugarse para que la producción capitalista pueda existir. Es una comunidad de trabajo de naturaleza particular; en esta comunidad, el capital y el trabajo aparecen como polos antagónicos; constituyen una comunidad de trabajo de la misma manera que los animales predadores y sus presas constituyen una comunidad de vida.


La nación es una comunidad de carácter surgida de una comunidad de destino. Pero con el desarrollo del capitalismo, es la diferencia de destino la que domina cada vez más entre la burguesía y el proletariado de un mismo pueblo. Para explicar la comunidad de destino, Bauer habla (p.113) de las “relaciones entre los obreros ingleses y los burgueses ingleses por el hecho de habitar la misma ciudad, de leer los mismos carteles, los mismos periódicos y participar en los mismos acontecimientos políticos o deportivos y, ocasionalmente, hablar entre ellos, especialmente a través de los diferentes intermediarios entre capitalistas y obreros”. Ahora bien, el “destino” de los hombres no consiste en leer los mismos carteles, sino en grandes e importantes experiencias que son totalmente diferentes para cada una de las clases. Todo el mundo conoce la frase del ministro inglés Disraeli a propósito de dos naciones que viven en nuestra sociedad moderna una al lado de la otra en un mismo país sin comprenderse. ¿No quiere decir que ninguna comunidad de destino liga ya a las dos clases?[4]


Por supuesto, no hay que tomar al pie de la letra esta afirmación en su sentido moderno. Pues la comunidad de destino del pasado ejerce todavía su influencia sobre la comunidad actual de carácter. Mientras el proletario no tenga una conciencia clara de la particularidad de su propia experiencia, mientras su conciencia de clase no se haya despertado o lo haga apenas, sigue siendo prisionero del pensamiento tradicional, su pensamiento se nutre de las escorias de la burguesía, constituye todavía con ella una especie de comunidad de cultura, ciertamente de la misma manera que los criados en la cocina son los invitados de sus dueños. Las peculiaridades de la historia inglesa hacen que esta comunidad espiritual sea allí todavía muy fuerte, mientras que en Alemania es extremadamente débil. En todas las jóvenes naciones en que el capitalismo hace su aparición, el espíritu de la clase obrera está dominado por las tradiciones de la época campesina y pequeño-burguesa anterior. Sólo poco a poco, con el despertar de la conciencia y la lucha de clase bajo el efecto de los nuevos antagonismos, desaparecerá la comunidad de carácter entre las dos clases.


Sin duda, sigue habiendo relaciones entre ellas. Pero estas se limitan a las órdenes del reglamento de fábrica y del trabajo a realizar, para lo que la comunidad de lengua ni siquiera es necesaria, como demuestra la utilización de obreros alófonos. Cuanta más conciencia toman los obreros de su situación y de la explotación, cuanto más frecuentemente luchan contra los patronos para mejorar sus condiciones de trabajo, tanto más se transforman en enemistad y en lucha las relaciones entre las dos clases. Hay tan poca comunidad entre ellas como la que puede crearse entre dos pueblos a los que opone constantemente un conflicto fronterizo. Cuanto más se dan cuenta los obreros del desarrollo social y cuanto más se les aparece el socialismo como la meta necesaria de su lucha, más sienten la dominación de la clase de los capitalistas como una dominación extranjera, y con esta expresión se da uno cuenta hasta qué punto se difumina la comunidad de carácter.



Bauer califica el carácter nacional como la “diversidad de las orientaciones de la voluntad, el hecho de que un mismo impulso desencadene movimientos diversos, que una misma situación suscite resoluciones diversas” (p.111). ¿Puede uno imaginarse orientaciones más antagónicas que las de la voluntad de la burguesía y del proletariado? Los nombres de Bismarck, Lasalle, 1848, suscitan sentimientos no sólo diferentes sino incluso opuestos en los obreros alemanes y en la burguesía alemana. Los obreros alemanes del Imperio que pertenecen a la nación alemana juzgan casi todo lo que pasa en Alemania de modo distinto y opuesto a la burguesía. Todas las demás clases se entusiasman juntas por aquello que contribuye a la grandeza y al poderío exterior de su Estado nacional, mientras que el proletariado combate todas las medidas que conducen a ello. Las clases burguesas hablan de la guerra contra otros Estados para acrecentar su propio poder, mientras el proletariado piensa en la manera de impedir la guerra o encontrar en la derrota de su propio gobierno la ocasión de su propia liberación.


De ello resulta que no se puede hablar de la nación como entidad sino antes de que se despliegue en ella ampliamente la lucha de clases, pues entonces la clase obrera sigue todavía los pasos de la burguesía. El antagonismo de clase entre la burguesía y el proletariado tiene como efecto que su comunidad nacional de destino y de carácter desaparece cada vez más. Por tanto, las fuerzas constitutivas de la nación deben ser examinadas separadamente en cada una de las dos clases.





Bauer tiene toda la razón al considerar las diferencias de orientación de la voluntad como el elemento esencial de las diferencias de carácter nacional. Allí donde todas las voluntades están orientadas de la misma manera, se forma una masa coherente; allí donde los acontecimientos y las influencias del mundo exterior suscitan determinaciones diferentes y opuestas, se acaba en la ruptura y en la separación. La diferencia de voluntad ha separado las naciones unas de otras; pero, ¿de la voluntad de quién se trata? De la voluntad de la burguesía ascendente. Como resulta de las demostraciones precedentes sobre la génesis de las naciones modernas, su voluntad de constituir la nación es la fuerza constitutiva más importante.


¿Qué es lo que hace de la nación checa una comunidad específica en relación con la alemana? Lo adquirido por la vida en común, el contenido de la comunidad de destino que continúa influenciando prácticamente el carácter nacional, es extremadamente débil. El contenido de su cultura está tomado casi integralmente de las naciones modernas que la han precedido, sobre todo la alemana; por eso Bauer dice (p.118): “No es totalmente falso decir que los checos son alemanes que hablan checo”. A esto vienen a añadirse algunas tradiciones campesinas completadas con reminiscencias de Huss, Ziska y la batalla de la Montaña blanca[5] exhumadas de la historia y que no tienen incidencia práctica en el presente. ¿Cómo se ha podido hacer una “cultura nacional” propia sobre la base de una lengua particular? Porque la burguesía necesita una separación, porque quiere trazar una frontera tajante, porque quiere constituirse en nación en relación con los alemanes. Lo quiere porque lo necesita, porque la competencia capitalista le obliga a monopolizar en la medida de lo posible un territorio de mercados y de explotación. El conflicto de intereses con los otros capitalistas crea la nación allí donde existe un elemento necesario, la lengua específica. Bauer y Renner muestran claramente en su exposición de la génesis de las naciones modernas que la voluntad de las clases burguesas ascendentes creó las naciones. No como voluntad consciente o arbitraria, sino como querer al mismo tiempo que deber, consecuencia necesaria de factores económicos. Las “naciones” de que se trata en la lucha política, que luchan entre sí por la influencia sobre el Estado, por el poder en el Estado (Bauer,§19) no son otra cosa que organizaciones de las clases burguesas, de la pequeña burguesía, de la burguesía, de la intelectualidad – clases cuya existencia se basa en la competencia – y ahí los proletarios y los campesinos juegan el papel de segundo plano.



El proletariado no tiene nada que ver con esta necesidad de competencia de las clases burguesas, con su voluntad de constituir una nación. La nación no puede significar para él un privilegio de clientela, de puestos, de posibilidades de trabajo. Los capitalistas se lo han hecho comprender de golpe al importar obreros alófonos. Mencionar esta práctica capitalista no tiene por objeto primordial desenmascarar la hipocresía nacional, sino ante todo hacer comprender a los obreros que bajo la dominación del capitalismo la nación jamás puede ser para ellos sinónimo de monopolio de trabajo. Y sólo excepcionalmente se oye hablar, entre los obreros retrógrados, como los viejos sindicalistas americanos, de un deseo de restringir la inmigración. Temporalmente, lo nacional puede también revestir un significado propio para el proletariado. Cuando el capitalismo penetra en una región agraria, los patronos pertenecen entonces a una nación capitalista más desarrollada, los obreros salidos del campesinado a otra. El sentimiento nacional puede ser entonces para los obreros un primer medio de tomar conciencia de su comunidad de intereses frente a los capitalistas alófonos. El antagonismo nacional es en este caso la forma primitiva del antagonismo de las clases, de la misma manera que en Renania-Westfalia, en la época de la lucha por la cultura, el antagonismo religioso entre los obreros católicos y los patronos liberales era la forma primitiva del antagonismo entre las clases. Pero desde el momento en que una nación está lo suficientemente desarrollada como para tener una burguesía propia que se encargue de la explotación, el nacionalismo proletario pierde sus raíces. En la lucha por mejores condiciones de vida, por el desarrollo intelectual, por la cultura, por una existencia más digna, las demás clases de su nación son los enemigos jurados de los obreros mientras que sus camaradas de clase alófonos son sus amigos y sus apoyos. La lucha de clase crea en el proletariado una comunidad internacional de intereses. Por tanto, no se puede hablar en el proletariado de una voluntad basada en los intereses económicos, en su situación material, para constituirse en nación frente a otras.



Bauer encuentra en la lucha de clases otra fuerza constitutiva de la nación. No en el contenido económico de la lucha de clases, sino en sus efectos culturales. Califica la política de la clase obrera moderna de política evolucionista-nacional (páginas 160 y 161) que llegará a reunir a todo el pueblo en una nación. Esto debe ser más que una manera primitiva y popular de expresar nuestros objetivos en el lenguaje del nacionalismo, con la intención de ponerlos al alcance de los trabajadores que están enredados en la ideología nacional y no han tomado conciencia todavía de la gran importancia revolucionaria del socialismo. Pues Bauer añade: “Como el proletariado lucha necesariamente por la propiedad de los bienes culturales que su propio trabajo crea y permite que existan, el efecto de esta política es necesariamente llamar a todo el pueblo a participar en la comunidad nacional de cultura y por ahí hacer una nación de la totalidad del pueblo”.


A primera vista, esto parece completamente justo. Mientras los trabajadores, aplastados por la explotación capitalista, se deterioran en la miseria física y vegetan sin esperanza ni actividad intelectual, no participan en la cultura de las clases burguesas, cultura que se fundamenta en el trabajo de aquellos. Sólo forman parte de la nación como el ganado en el establo, no constituyen más que una propiedad, no son más que el segundo plano de la nación. Es la lucha de clases la que les despierta a la vida; es a través de la lucha como consiguen tiempo libre, mejores salarios y, así, la posibilidad de un desarrollo intelectual. Por el socialismo, su energía es despertada, su espíritu es estimulado; se ponen a leer, en primer lugar folletos socialistas y periódicos políticos, pero pronto la aspiración y la necesidad de perfeccionar su formación intelectual los lleva a abordar obras literarias, históricas y científicas: las comisiones de educación del partido se afanan incluso muy especialmente en poner a su alcance la literatura clásica. De este modo entran en la comunidad de cultura de las clases burguesas de su nación. Y cuando el trabajador -contrariamente a su situación actual en que sólo puede apropiarse, en escasos ratos de ocio y con dificultad, de pequeños fragmentos de aquélla -pueda entregarse libremente y sin coerción a su desarrollo intelectual bajo el socialismo que lo liberará de la esclavitud sin fin del trabajo, solamente entonces podrá impregnarse de toda la cultura nacional y convertirse, en el pleno sentido de la palabra, en un miembro de la nación.


Pero en esta reflexión se descuida un punto importante. Entre los trabajadores y la burguesía no puede existir una comunidad de cultura más que superficialmente, en apariencia y de modo esporádico. Ciertamente, los trabajadores pueden leer, en parte, los mismos libros que la burguesía, los mismos clásicos y las mismas obras de historia natural, pero de ahí no resulta ninguna comunidad de cultura. Al ser totalmente divergentes los fundamentos de su pensamiento y de su visión del mundo, los trabajadores leen en estas obras otra cosa muy distinta que la burguesía. Como se ha demostrado más arriba, la cultura nacional no está suspendida en el aire; es la expresión de la historia material de la vida de las clases cuyo auge creó la nación. Lo que encontramos expresado en Schiller y en Goethe no son abstracciones de la imaginación estética, sino los sentimientos y los ideales de la burguesía en su juventud, su aspiración a la libertad y a los derechos del hombre, su manera propia de aprehender el mundo y sus problemas. El obrero consciente de hoy tiene otros sentimientos, otros ideales y otra visión del mundo. Cuando, en su lectura, se trata del individualismo de Guillermo Tell o de los derechos de los hombres, eternos e imprescriptibles, etéreos, la mentalidad que allí se expresa no es la suya, que debe su madurez a una comprensión más profunda de la sociedad y que sabe que los derechos del hombre no pueden ser conquistados más que por la lucha de una organización de masas. No es insensible a la belleza de la literatura antigua; es precisamente su juicio histórico el que le permite comprender los ideales de las generaciones precedentes a partir de su sistema económico. Es capaz de sentir la fuerza de aquellos y, así, apreciar la belleza en las obras en las que han encontrado su más perfecta expresión. Pues lo bello es lo que abarca y representa lo más perfectamente posible la universalidad, la esencia y la sustancia más profunda de una realidad.


A esto viene a añadirse que, en muchos puntos, los sentimientos de la época revolucionaria burguesa suscitan en él un poderoso eco; pero lo que encuentra en él un eco, no lo encuentra justamente en la burguesía moderna. Esto es más válido aún en lo concerniente a la literatura radical y proletaria. De lo que entusiasma al proletario en las obras de Heine y de Freiligrath[6], la burguesía no quiere saber nada. La lectura, por las dos clases, de la literatura de que disponen en común, es totalmente diferente; sus ideales sociales y políticos son diametralmente opuestos, sus visiones del mundo no tienen nada en común. Esto es cierto en una medida aún mayor en lo concerniente a la historia. Lo que, en la historia, la burguesía considera como los recuerdos más sublimes de la nación, no suscita en el proletariado consciente más que odio, aversión o indiferencia. Nada indica aquí que posean una cultura común. Sólo las ciencias físicas y naturales son admiradas y honoradas por ambas clases. Su contenido es idéntico para las dos. Pero qué diferente de la actitud de las clases burguesas es la del trabajador que ha reconocido en ellas el fundamento de su dominio absoluto sobre la naturaleza y sobre su destino en la sociedad socialista futura. Para el trabajador, esta visión de la naturaleza, esta concepción de la historia, este sentimiento de la literatura, no son elementos de una cultura nacional de la que participa, son elementos de su cultura socialista.


El contenido intelectual más esencial, los pensamientos determinantes, la verdadera cultura de los socialdemócratas alemanes no hunden sus raíces en Schiller ni en Goethe, sino en Marx y en Engels. Y esta cultura, surgida de una comprensión socialista lúcida de la historia y del futuro de la sociedad, del ideal socialista de una humanidad libre y sin clases, así como de la ética comunitaria proletaria, y que por ahí mismo se opone en todos sus rasgos característicos a la cultura burguesa, es internacional. Esta cultura, a pesar de que difiera de un pueblo a otro en matices – como la manera de ver de los proletarios varía según sus condiciones de existencia y la forma de la economía – a pesar de que esté fuertemente influenciada por los antecedentes históricos propios de la nación, sobre todo allí donde la lucha de clases está poco desarrollada, es en todas partes la misma. Su forma, la lengua en la que se expresa, es diferente, pero todas las demás diferencias, incluso nacionales, se ven cada vez más reducidas por el desarrollo de la lucha de clases y el crecimiento del socialismo. Por el contrario, la separación entre la cultura de la burguesía y la del proletariado se acrece sin cesar.


Por tanto, es inexacto decir que el proletariado lucha por la propiedad de los bienes culturales nacionales que produce con su trabajo. No lucha para apropiarse de los bienes culturales de la burguesía, lucha por el control de la producción y para establecer, sobre esta base, su propia cultura socialista. Lo que llamamos efectos culturales de la lucha de clases, la adquisición por parte del trabajador de una conciencia de sí mismo, del saber y del deseo de instruirse, de exigencias intelectuales elevadas, no tiene nada que ver con una cultura nacional burguesa, sino que representa el crecimiento de la cultura socialista. Esta cultura es un producto de la lucha, que es una lucha contra el conjunto del mundo burgués. Y del mismo modo que vemos desarrollarse en el proletariado la humanidad nueva, orgullosa y segura de su victoria, liberada de la infame esclavitud del pasado, formada por combatientes valientes, capaces de penetrar sin prejuicios y comprender completamente la marcha del mundo, unidos por la más estrecha de las solidaridades en una estrecha unidad, así despunta desde ahora en este proletariado el espíritu de la humanidad nueva, la cultura socialista, débil al principio, confusa y mezclada con tradiciones burguesas, pero después cada vez más clara, cada vez más pura, más bella, más rica.


Evidentemente, esto no quiere decir que la cultura burguesa no va a continuar también reinando todavía durante mucho tiempo y poderosamente en el espíritu de los trabajadores. Demasiadas influencias provenientes de este mundo actúan sobre el proletariado, voluntaria e involuntariamente; no sólo la escuela, la Iglesia y la prensa burguesa, sino todas las bellas letras y las obras científicas penetradas por el pensamiento burgués. Pero cada vez con más frecuencia y de manera incesantemente ampliada, la vida misma y la experiencia propia triunfa en el espíritu de los trabajadores de la visión burguesa del mundo. Y así debe ser. Pues en la medida en que esta última se apodera de los trabajadores, los hace menos capaces de luchar; bajo su influencia, los trabajadores se llenan de respeto hacia las fuerzas dominantes, se les inculca el pensamiento ideológico de estas, su conciencia de clase lúcida es oscurecida, se los levanta a unos contra otros de una a otra nación, se hacen dispersar y son, por tanto, debilitados en la lucha y desposeídos de su confianza en sí mismos. Ahora bien, nuestro objetivo exige un género humano orgulloso, consciente de sí mismo, audaz tanto en sus pensamientos como en su acción. Y por esta razón las exigencias mismas de la lucha liberan a los trabajadores de estas influencias paralizantes de la cultura burguesa.


Es, pues, inexacto decir que los trabajadores acceden a través de su lucha a una “comunidad nacional de cultura”. Es la política del proletariado, la política internacional de la lucha de clases, la que engendra en él una nueva cultura, internacional y socialista.



Bauer opone la nación en tanto que comunidad de destino a la clase, en la que la similitud del destino ha desarrollado rasgos de carácter similares. Pero la clase obrera no es solamente un grupo de hombres que han conocido el mismo destino y, por consiguiente, tienen el mismo carácter. La lucha de clase suelda al proletariado en una comunidad de destino. El destino vivido en común es la lucha llevada en común contra el mismo enemigo.


En la lucha sindical, obreros de nacionalidades diferentes se ven confrontados al mismo patrón. Deben librar la lucha como unidad compacta, conocen sus vicisitudes y efectos en la más estrecha de las comunidades de destino. De su país han traído sus diferencias nacionales mezcladas con el individualismo primitivo de los campesinos o de los pequeños burgueses, quizá también un poco de conciencia nacional, mezclada con otras tradiciones burguesas. Pero toda esta diferencia es tradición del pasado frente a la necesidad de resistir ahora en una masa compacta, frente a la viviente comunidad de combate de hoy. Sólo una diferencia tiene aquí una significación práctica: la de la lengua; toda explicación, todo proyecto, toda información deben ser comunicados a cada uno en su propia lengua. En las grandes huelgas de América (la de las acerías de McKees Rocks o la de la industria textil en Lawrence, por ejemplo), los huelguistas – una mezcla inconexa de las nacionalidades más diversas: Franceses, italianos, polacos, turcos, sirios, etc.– se constituyeron en secciones separadas según la lengua, cuyos comités celebraban sesión siempre juntos y comunicaban simultáneamente las propuestas a cada sección en su propia lengua, preservando así la unidad del conjunto, prueba de que, a pesar de las dificultades inherentes a las diferencias lingüísticas, se puede realizar una estrecha comunidad de lucha proletaria. Querer proceder aquí a una separación organizativa entre lo que une la vida y la lucha, el interés real – y esa separación es la que pretende el separatismo – es tan contrario a la realidad que el éxito sólo puede ser temporal.


Esto no es cierto sólo para los obreros de la misma fábrica. Para poder librar su lucha con éxito, los obreros de todo el país deben unirse en un sindicato; y todos sus miembros consideran el avance de un grupo local como su propia lucha. Es más necesario aún cuando en el curso del desarrollo, la lucha sindical reviste formas más ásperas. Los patronos se unen en cárteles y asociaciones patronales; estas últimas no se diferencian porque se trate de patronos checos o alemanes, pues agrupan a todos los patronos de todo el Estado, e incluso a veces van más allá de las fronteras del Estado. Todos los obreros de un mismo oficio que están en el mismo Estado hacen huelgas y sufren los cierres de fábricas en común y por consiguiente constituyen una comunidad de destino vivido, y esto es lo más importante, superando todas las diferencias nacionales. Y en el último movimiento de reivindicaciones salariales de los marinos que se opusieron en el verano de 1911 a una asociación internacional de armadores, se ha podido ver ya una comunidad internacional de destino surgiendo como realidad tangible.


Lo mismo ocurre con la lucha política. En el Manifiesto comunista de Marx y Engels, se puede leer a este propósito: “En la forma, aun no siéndolo en el fondo, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es necesario naturalmente que el proletariado de cada país acabe primero con su propia burguesía[7]. Está claro en esta frase que la palabra “nacional” no es utilizada en el sentido austríaco, sino que surge de la situación de Europa occidental en que el Estado y nación pasan por ser sinónimos. Esta frase significa simplemente que los obreros ingleses no pueden librar la lucha de clase contra la burguesía francesa, ni los obreros franceses contra la burguesía inglesa, sino que la burguesía inglesa y el poder de Estado inglés no pueden ser atacados y vencidos más que por el proletariado inglés. En Austria, el Estado y la nación son entidades diferentes. La nación surge naturalmente como una comunidad de intereses de las clases burguesas. Pero es el Estado el que es la verdadera organización sólida de la burguesía para proteger sus intereses. El Estado protege la propiedad, se ocupa de la administración, pone a punto la flota y el ejército, recauda los impuestos y contiene a las masas populares. Las “naciones”, o, mejor aún: las organizaciones activas que se presentan en su nombre, es decir, los partidos burgueses, no sirven más que para luchar por la conquista de la influencia adecuada sobre el Estado, una participación en el poder del Estado. Para la gran burguesía, cuyo espacio de intereses económicos abarca todo el Estado y va incluso más allá, que tiene necesidad de privilegios directos, de aduanas, de pedidos y de protección en el extranjero, es un Estado bastante vasto el que constituye la comunidad natural de intereses y no la nación. La independencia aparente que el poder de Estado ha sabido mantener durante mucho tiempo gracias al conflicto entre las naciones, no puede enmascarar el hecho de que ha sido también un instrumento al servicio del gran capital.


Por esta razón el centro de gravedad de la lucha política de la clase obrera se desplaza cada vez más hacia el Estado. Mientras la lucha por el poder político quede aún en segundo plano y la agitación, la propaganda y la lucha de las ideas –que, naturalmente, deben expresarse en cada una de las lenguas – ocupen todavía el primer plano de la escena, los ejércitos de proletarios siguen separados nacionalmente para la lucha política. En este primer estadio del movimiento socialista, lo importante es liberar a los proletarios de la influencia ideológica de la pequeña burguesía, arrancarlos de los partidos burgueses e inculcarles la conciencia de clase. Los partidos burgueses, separados por naciones, se convierten entonces en los enemigos a combatir. El Estado aparece como un poder legislativo del que se exigen leyes de protección para el proletariado; conquistar una influencia sobre el Estado a favor de los intereses proletarios se presenta a los proletarios escasamente conscientes, aún modestos, como el primer objetivo de la acción política. Y la meta final, la lucha por el socialismo, se presenta como una lucha por el poder en el Estado, contra los partidos burgueses.




Pero cuando el partido socialista consigue el rango de factor importante en el Parlamento, esto cambia. En el Parlamento, donde se zanjan todas las cuestiones políticas esenciales, el proletariado se ve confrontado a los representantes de las clases burguesas de todo el Estado. La lucha política esencial, en la que se integra y a la que se somete cada vez más el trabajo de educación, se desarrolla en el terreno del Estado. Es común a todos los obreros del Estado, cualquiera que sea la nación a la que pertenezcan. Amplía la comunidad de lucha al conjunto del proletariado del Estado, proletariado para el que la lucha común contra el mismo enemigo, contra el conjunto de los partidos burgueses de todas las naciones y su gobierno, se convierte en un destino común. No es la nación, sino el Estado, el que determina para el proletariado las fronteras de la comunidad de destino que es la lucha política parlamentaria. Mientras la propaganda socialista siga siendo la actividad más importante para los rutenos de Austria y para los rutenos de Rusia[8], seguirán estrechamente ligados entre sí. Pero desde el momento en que el desarrollo llega al punto en que la lucha política real es librada contra el poder del Estado – mayoría burguesa y gobierno – tienen que separarse, luchar en lugares diferentes y con métodos a veces completamente diferentes. Los primeros intervienen en Viena en el Reichsrat junto con obreros tiroleses y checos, los otros luchan ya sea en la clandestinidad, ya sea en las calles de Kiev contra el gobierno del zar y sus cosacos. Su comunidad de destino está rota.


Todo esto se presenta tanto más claramente cuanto que el empuje del proletariado se hace más poderoso y su lucha ocupa cada vez más el campo de la historia. El poder de Estado y todos los poderosos medios de que dispone, es el feudo de las clases poseedoras; el proletariado no puede liberarse, no puede eliminar el capitalismo más que derrotando primero esta organización poderosa. La conquista de la hegemonía política no es solamente una lucha por el poder de Estado, sino una lucha contra el poder de Estado. La revolución social que desembocará en el socialismo consiste esencialmente en vencer el poder de Estado por la potencia de la organización proletaria. Por eso debe ser realizada por el proletariado de todo el Estado. Esta lucha de liberación común contra el mismo enemigo es la experiencia más importante, por así decir, toda la historia de la vida del proletariado desde su primer despertar hasta la victoria. Ella hace de la clase obrera, no de la misma nación, sino del mismo Estado, una comunidad de destino. Sólo en Europa occidental, donde Estado y nación coinciden más o menos, la lucha librada en el terreno estatal-nacional por la hegemonía política da origen en el proletariado a comunidades de destino que coinciden con las naciones.


Pero también en este caso se desarrolla cada vez más el carácter internacional del proletariado. Los obreros de los diferentes países intercambian teoría y práctica, métodos de lucha y concepciones y los consideran como un asunto común. Ciertamente éste era también el caso de la burguesía ascendente; en sus concepciones económicas y filosóficas, los ingleses, los franceses, los alemanes se han influenciado mutua y profundamente por el intercambio de ideas. Pero de ello no resultó ninguna comunidad pues su antagonismo económico les condujo a organizarse en naciones hostiles unas hacia las otras; precisamente la conquista, por parte de la burguesía francesa, de la libertad burguesa que tenía desde hacía mucho tiempo la burguesía inglesa fue lo que provocó las enconadas guerras napoleónicas. Semejante conflicto de intereses está totalmente ausente en el proletariado y por esta razón la influencia espiritual recíproca que ejerce la clase obrera de los diferentes países puede actuar sin coerción en la constitución de una comunidad internacional de cultura. Pero la comunidad no se limita a esto. Las luchas, las victorias y las derrotas en un país tienen profundas consecuencias en la lucha de clase de los demás países. Las luchas que libran nuestros camaradas de clase en el extranjero contra su burguesía no es nuestro propio asunto sólo en el terreno de las ideas, sino también en el plano material; forman parte de nuestro propio combate y las sentimos como tales. Eso lo saben muy bien los obreros austríacos, para los cuales la revolución rusa fue un episodio decisivo de su propia lucha por el sufragio universal[9]. El proletariado de todos los países se percibe como un ejército único, como una gran unión a la que sólo razones prácticas obligan a escindirse en numerosos batallones que deben combatir al enemigo separadamente, puesto que la burguesía está organizada en Estados y, por consiguiente, son numerosas las fortalezas a tomar. Es también bajo esta forma como la prensa nos relata las luchas en el extranjero: las huelgas de los portuarios ingleses, las elecciones en Bélgica, las manifestaciones callejeras en Budapest son todas asunto de nuestra gran organización de clase. De este modo, la lucha de clase internacional se convierte en la experiencia común de los obreros de todos los países.






En esta concepción del proletariado se reflejan ya las condiciones del orden social futuro, en el que los hombres ya no conocerán antagonismos estatales. Al superar las organizaciones estatales rígidas de la burguesía por la potencia organizativa de las masas proletarias, el Estado desaparece como potencia de coerción y terreno de dominación que se delimita netamente con relación al exterior. Las organizaciones políticas revisten una nueva función: “el gobierno de las personas deja paso a la administración de las cosas”, diría Engels en el Anti-Dühring (o aquí)    [10]. Para regular conscientemente la producción se necesita organización, órganos ejecutivos y una actividad administrativa; pero para ello no es necesaria ni posible la centralización más estricta tal como la practica el Estado actual. Esta cederá el lugar a una amplia descentralización y a la auto-administración. Según las dimensiones de una rama de producción, las organizaciones abarcarán áreas más o menos grandes; mientras que, por ejemplo, el pan se producirá a escala local, la producción del hierro y la circulación ferroviaria necesitan entidades económicas de la magnitud de un Estado. Habrá unidades de producción de las más diversas dimensiones, desde el taller y la comuna hasta el Estado e, incluso, para ciertas ramas, hasta toda la humanidad. Los grupos humanos aparecidos naturalmente, las naciones, ¿no ocuparán entonces el lugar de los Estados desaparecidos en tanto que unidades organizativas? Sin duda será ese el caso, por la simple razón práctica, pero sólo por esta razón, de que son comunidades de la misma lengua y todas las relaciones entre los hombres pasan por la lengua.


Pero Bauer confiere a las naciones de la sociedad futura una significación complementaria totalmente distinta: “El hecho de que el socialismo haga autónoma a la nación y su sino sea producto de su voluntad consciente, determina una diferenciación creciente entre las naciones en la sociedad socialista y conlleva una afirmación más pronunciada de su peculiaridad y una separación más tajante de sus caracteres” (p.105). Cierto que unas reciben de otras el contenido de la cultura y las ideas de diversas maneras, pero no las recogen sino en ligazón con la cultura nacional. “Por esta razón, la autonomía en el socialismo significa necesariamente, a pesar de la igualación de los contenidos materiales de cultura, una diferenciación cada vez mayor de la cultura espiritual de las naciones.” (p. 108)... Así “la nación, que descansa en una comunidad de educación, lleva en sí la tendencia a la unidad; somete a todos sus hijos a una educación común, todos los con-nacionales trabajan juntos en los talleres nacionales, cooperan todos juntos en la formación de la voluntad colectiva de la nación, suministran juntos los bienes culturales nacionales. Así el socialismo lleva igualmente en sí la garantía de la unidad de la nación.” (p. 109). Hay ya en el capitalismo la tendencia a reforzar las separaciones nacionales de las masas y a dar a la nación una coherencia interior más fuerte. “Pero será privilegio del socialismo llevar (esta tendencia) a la victoria. Por la diversidad de la educación y de las costumbres según las naciones, la sociedad socialista distinguirá a todos los pueblos los unos de los otros tan tajantemente como lo son hoy únicamente las gentes cultivadas de las diferentes naciones. Cae de su peso que dentro de la nación socialista habrá también comunidades de carácter más restringidas; pero entre ellas no se podrá encontrar comunidades culturales independientes, pues las comunidades locales mismas estarán colocadas bajo la influencia de la cultura de toda la nación, en una relación cultural y un intercambio de ideas con la nación en su conjunto.” (p.135)


La concepción que se expresa en estas frases no es otra cosa sino la transposición ideológica de la actualidad austríaca a un futuro socialista. Confiere a las naciones bajo el socialismo el papel que hoy recae en los Estados, a saber, aislarse cada vez más con relación al exterior y nivelar en el interior todas las diferencias; entre los muchos niveles de unidades económicas y administrativas, da a las naciones un rango privilegiado, semejante al que hoy recae en el Estado tal como lo conciben nuestros adversarios, que ponen el grito en el cielo a propósito de la “omnipotencia del Estado” bajo el socialismo, e incluso se habla aquí de “talleres nacionales”. Por lo demás, mientras que en los escritos socialistas se habla siempre de talleres y de medios de producción de la “comunidad” por oposición a la propiedad privada, sin precisar las dimensiones de la comunidad, aquí se considera a la nación como la única comunidad de los hombres, autónoma respecto del exterior, indiferenciada en el interior.


Semejante concepción sólo es posible a condición de abandonar totalmente el terreno material del que han surgido las relaciones mutuas y las ideas de los hombres e insistir solamente en las fuerzas espirituales como factores determinantes. Pues las diferencias nacionales pierden entonces totalmente las raíces económicas que hoy les dan un vigor tan extraordinario. El modo de producción socialista no desarrolla oposiciones de intereses entre las naciones, como ocurre con el modo de producción burgués. La unidad económica no es ni el Estado ni la nación, sino el mundo. Este modo de producción es mucho más que una red de unidades productivas nacionales ligadas entre sí por una política inteligente de comunicaciones y por convenciones internacionales, tal como lo describe Bauer en la página 519; es una organización de la producción mundial en una unidad y asunto común de toda la humanidad. En esta comunidad mundial, de la que es un comienzo desde ahora el internacionalismo del proletariado, no puede tratarse de una autonomía de la nación alemana, por poner un ejemplo, más que de una autonomía de Baviera, de la ciudad de Praga o de la fundición de Poldi. Todas arreglan parcialmente sus propios asuntos y todas dependen del todo en cuanto partes de este todo. Toda la noción de autonomía proviene de la era capitalista en la que las condiciones de la dominación conllevan su contrario, a saber, la libertad respecto a una dominación determinada.
Esta base material de la colectividad, la producción mundial organizada, transforma la humanidad futura en una sola y única comunidad de destino. Para las grandes realizaciones que les esperan, la conquista científica y técnica de toda la tierra y su acondicionamiento en una morada magnífica para una raza de señores [ein Geschlecht von Herrenmenschen] feliz y orgullosa de su victoria y que se ha hecho dominadora de la naturaleza y de sus fuerzas, para estas grandes realizaciones – que apenas podemos imaginar hoy – las fronteras de los Estados y de los pueblos son demasiado estrechas y restringidas. La comunidad de destino unirá a toda la humanidad en una comunidad intelectual y cultural. La diversidad lingüística no será obstáculo, pues toda comunidad humana que mantenga con otra una comunicación verdadera creará un lenguaje común. Sin pretender abordar aquí la cuestión de una lengua universal, indicaremos solamente que ya hoy es fácil apropiarse varias lenguas extranjeras una vez superado el estadio de los estudios primarios. Por eso es inútil abordar la cuestión de saber hasta qué punto son de naturaleza permanente las actuales delimitaciones y diferencias lingüísticas. Lo que Bauer dice a propósito de la nación en la última de las frases citadas, vale entonces para la humanidad entera: aunque dentro de la humanidad socialista subsistan comunidades de carácter restringidas, no podrá haber comunidades de cultura independientes pues toda comunidad local (y nacional), sin excepción, se encontrará, bajo la influencia de la cultura del conjunto de la humanidad, en comunicación cultural, en un intercambio de ideas, con la humanidad entera.



Nuestra investigación ha demostrado que bajo la dominación del capitalismo avanzado, al que acompaña la lucha de clases, el proletariado no puede encontrar ninguna fuerza constitutiva de la nación. No forma comunidad de destino con las clases burguesas, ni una comunidad de intereses materiales, ni una comunidad que pudiese ser la de la cultura intelectual. Los rudimentos de semejante comunidad, que se esbozan justo al comenzar el capitalismo, desaparecen necesariamente con el desarrollo de la lucha de clases. Mientras que en las clases burguesas poderosas fuerzas económicas generan el aislamiento nacional, un antagonismo nacional y toda la ideología nacional, en el proletariado están ausentes. En su lugar, la lucha de clase, que da a su vida lo esencial de su contenido, crea una comunidad internacional de destino y de carácter en la que no tienen significación práctica las naciones en tanto que grupos de la misma lengua. Y como el proletariado es la humanidad en devenir, esta comunidad constituye la aurora de la comunidad económica y cultural de la humanidad entera bajo el socialismo.


Por tanto, hay que responder afirmativamente a la pregunta que habíamos planteado al principio: Lo nacional no tiene para el proletariado más significado que el de una tradición. Sus raíces materiales se hunden en el pasado y no pueden alimentarse en las vivencias del proletariado. Por tanto, la nación juega para el proletariado un papel parecido al de la religión. Notemos la diferencia, a pesar de este parentesco. Las raíces materiales de los antagonismos religiosos se pierden en el pasado lejano y ya casi no son conocidas por el hombre de nuestro tiempo. Por esta razón, estos antagonismos están totalmente desligados de todos los intereses materiales y aparecen como querellas puramente abstractas acerca de cuestiones sobrenaturales. Por el contrario, las raíces materiales de los antagonismos nacionales se encuentran justo detrás de nosotros, en el mundo burgués moderno con el que estamos en contacto constante, por eso conservan toda la frescura y vigor de la juventud y conmueven tanto más cuanto que somos capaces de sentir directamente los intereses que expresan; pero, al tener raíces menos profundas, les falta la resistencia tan difícilmente quebrantable de una ideología petrificada por los siglos.


Por eso nuestra investigación nos lleva a una concepción completamente distinta a la de Bauer. Éste supone, al contrario del nacionalismo burgués, una transformación continua de la nación hacia nuevas formas y nuevos caracteres. Así, la nación alemana ha revestido, a través de la historia, apariencias continuamente renovadas del proto-germano hasta el futuro miembro de la sociedad socialista. Pero, bajo estas formas cambiantes, permanece la nación misma, e incluso si ciertas naciones deben desaparecer y surgir otras, la nación sigue siendo siempre la estructura fundamental de la humanidad. Por el contrario, según nuestras conclusiones la nación no es más que una estructura temporal y transitoria en la historia de la evolución de la humanidad, una de las numerosas formas de organización que se suceden o se manifiestan simultáneamente: tribus, pueblos, imperios, Iglesias, comunidades aldeanas, Estados. Entre ellas, la nación, en su especificidad, es un producto de la sociedad burguesa y desaparecerá con ella. Querer encontrar la nación en todas las comunidades pasadas y futuras es tan artificial como interpretar, a la manera de los economistas burgueses, el conjunto de las formas económicas pasadas y futuras como formas variadas del capitalismo y concebir la evolución mundial como evolución del capitalismo, que iría desde el “capital” del salvaje, su arco, hasta el “capital” de la sociedad socialista.

Aquí aparece el fallo de la idea básica en la obra de Bauer, tal como la citamos más arriba. Cuando éste dice que la nación no es una cosa rígida sino un proceso en devenir, ello implica que la nación en cuanto tal es permanente y eterna. Para Bauer, la nación es “el producto jamás acabado de un proceso eternamente en curso.” Para nosotros, la nación es un episodio en el proceso de la evolución humana que progresa hacia el infinito. La nación constituye para Bauer el elemento fundamental permanente de la humanidad. Su teoría es una reflexión sobre el conjunto de la historia de la humanidad bajo el ángulo nacional. Las formas económicas se transforman, las clases nacen y mueren, pero eso sólo son mutaciones de la nación, dentro de la nación. La nación sigue siendo el elemento primario al que las clases y sus transformaciones confieren simplemente un contenido cambiante. Por esta razón Bauer expresa las ideas y los objetivos del socialismo en la lengua del nacionalismo y habla de nación allí donde otros han empleado los términos de pueblo y humanidad: la “nación”, por la propiedad privada de los medios de trabajo, ha perdido el control de su destino; la “nación” no lo ha decidido conscientemente, son los capitalistas los que determinan el destino de la “nación”; la “nación” del futuro se convertirá en el artífice de su propio destino; ya hemos citado más arriba los talleres nacionales. Así Bauer es llevado a calificar de políticas evolucionista-nacional y conservadora-nacional las dos direcciones opuestas de la política, la del socialismo, dirigida hacia delante, y la del capitalismo, que intenta mantener el orden económico actual. Siguiendo el ejemplo citado más arriba, se podría calificar igualmente el socialismo de política evolucionista-capitalista.


La manera como Bauer trata la cuestión de las nacionalidades es una teoría específicamente austríaca, constituye una doctrina de la evolución de la humanidad que sólo podría nacer en Austria, donde las cuestiones nacionales dominan toda la vida pública. Se constata, y no es ciertamente con la intención de estigmatizarlo, que un investigador que maneja con tal éxito el método de la concepción marxista de la historia, se convierte a su vez, al sucumbir a la influencia de su entorno, en una prueba de esta teoría.


Sólo esta influencia lo ha puesto en condiciones de hacer progresar hasta tal punto nuestra comprensión científica. Y es que nosotros no somos máquinas de pensar lógicamente sino seres humanos que vivimos dentro de un mundo que nos obliga a dominar, apoyándonos en la experiencia y la reflexión, los problemas que nos plantea la práctica de la lucha.


Pero nos parece que en la diferencia de las conclusiones interviene también una diferencia de los conceptos filosóficos fundamentales. ¿En qué ha desembocado siempre nuestra crítica de las concepciones de Bauer? En una evaluación diferente de las fuerzas materiales e intelectuales. Mientras que Bauer se apoya en la potencia indestructible de las cosas del espíritu, de la ideología en tanto que fuerza independiente, nosotros ponemos siempre el acento en su dependencia de las condiciones económicas. Se siente uno tentado de poner esta desviación del materialismo marxista próxima al hecho de que Bauer se ha presentado en varias ocasiones como defensor de la filosofía de Kant y cuenta entre los kantianos. Así su obra confirma doblemente que el marxismo es un método científico precioso e indispensable.


Sólo él le ha permitido enunciar los numerosos resultados notables que enriquecen nuestra comprensión; allí donde se manifiestan ciertas carencias es precisamente donde su método se aleja de las concepciones materialistas del marxismo.



                           III. La táctica socialista




La táctica socialista está basada en la ciencia de la evolución social. El modo como una clase obrera se hace cargo de sus intereses está determinado por su concepción de la evolución futura de las condiciones. Su táctica no debe dejarse influenciar por todos los deseos y objetivos que pueden surgir en el proletariado oprimido ni por todas las ideas que dominan su espíritu; si están en contradicción con la evolución efectiva no son realizables pues toda la energía y todo el trabajo que se les consagran lo son en vano y pueden incluso causar daño. Eso ocurrió con todos los intentos y esfuerzos para frenar la marcha triunfal de la gran industria y restablecer el antiguo orden de las corporaciones. El proletariado en lucha ha rechazado todo esto; guiado por su comprensión del carácter inevitable del desarrollo capitalista, ha establecido su objetivo socialista. Lo que se producirá efectiva e inevitablemente es lo que constituye la línea directriz de nuestra táctica. Por esta razón era de importancia primordial establecer, no qué papel juega en este momento lo nacional en un proletariado cualquiera, sino cuál será a la larga su parte en el proletariado bajo la influencia del ascenso de la lucha de clases. Nuestras concepciones sobre la significación futura de lo nacional para la clase obrera son las que deben determinar nuestras concepciones tácticas en las cuestiones nacionales.


Las concepciones de Bauer sobre el futuro de la nación constituyen el fundamento teórico de la táctica del oportunismo nacional. La táctica oportunista se dibuja por sí misma a partir del pensamiento fundamental de su obra, que considera la nacionalidad como el único resultado poderoso y permanente de toda la evolución histórica. Si la nación constituye, y no sólo hoy sino cada vez más a medida que se desarrolla el movimiento obrero, y totalmente bajo el socialismo, el principio unificador y divisor natural de la humanidad, entonces es inútil querer luchar contra la potencia de la idea nacional en el proletariado.

Entonces será necesario considerar el socialismo mucho más a la luz del nacionalismo y expresar su objetivo en el lenguaje del nacionalismo. Entonces será necesario que pongamos delante las reivindicaciones nacionales y nos esforcemos en convencer a los obreros patriotas de que el socialismo es el mejor y el único verdadero nacionalismo.


La táctica debe ser completamente diferente si se llega a la convicción de que lo nacional no es más que ideología burguesa que no tiene sus raíces materiales en el proletariado y que por esta razón desaparecerá a medida que se desarrolle la lucha de clase. En este caso, lo nacional no sólo es una manifestación pasajera en el proletariado, sino que entonces constituye, como toda ideología burguesa, un obstáculo para la lucha de clases cuyo poder perjudicial debe ser eliminado en la medida de lo posible. Y superarlo se sitúa en la línea misma de la evolución. Las consignas y los objetivos nacionales desvían a los trabajadores de sus objetivos proletarios específicos. Dividen a los obreros de las diferentes naciones, provocan su hostilidad recíproca y destruyen así la unidad necesaria del proletariado. Alinean codo con codo los trabajadores y la burguesía en un mismo frente, obscureciendo así su conciencia de clase y hacen del proletariado el ejecutor de la política burguesa. Las luchas nacionales impiden que se hagan valer las cuestiones sociales y los intereses proletarios en la política y condenan a la esterilidad este importante método de lucha del proletariado. Todo esto es alentado por la propaganda socialista cuando ésta presenta a los obreros las consignas nacionales como válidas, independientemente del objetivo propio de su lucha y cuando utiliza el lenguaje del nacionalismo en la descripción de nuestros objetivos socialistas. Inversamente, es indispensable que el sentimiento de clase y la lucha de clase arraiguen profundamente en el espíritu de los obreros; es entonces cuando se darán cuenta progresivamente de lo irreal y de lo fútil de las consignas nacionales para su clase.



Por esta razón, objetivos de Estado-nación, tal como, por ejemplo, el restablecimiento de un Estado nacional independiente en Polonia, no caben en la propaganda socialista. La razón de ello no es que carecería totalmente de interés un Estado nacional perteneciente al proletariado. Pues resulta molesto para la adquisición de una lúcida conciencia de clase que el odio contra la explotación y la opresión tome fácilmente la forma de un odio nacional contra los opresores extranjeros, como en el caso de la dominación extranjera ejercida por Rusia, que protege a los capitalistas polacos. Sino porque el restablecimiento de una Polonia independiente es utópico en la era capitalista. Esto vale igualmente para la solución de la cuestión polaca que propone Bauer: la autonomía nacional de los polacos en el marco del Imperio ruso. Por deseable o necesario que sea este objetivo para el proletariado polaco, mientras reine el capitalismo la evolución real no será determinada por lo que el proletariado cree necesitar, sino por lo que quiere la clase dominante. Si, por el contrario, el proletariado es lo suficientemente poderoso para imponer su voluntad, el valor de tal autonomía es entonces infinitamente pequeño en comparación con el valor real de sus reivindicaciones de clase, que llevan al socialismo. La lucha del proletariado polaco contra la potencia política cuya opresión sufre realmente – el gobierno ruso, prusiano o austríaco, según el caso – está condenada a la esterilidad en tanto que lucha nacional; sólo como lucha de clase alcanzará su objetivo. El único objetivo que se puede alcanzar y que por esta razón se impone, es el de triunfar, junto con los otros obreros de estos Estados, del poder político capitalista y luchar por el advenimiento del socialismo. Ahora bien, bajo el socialismo el objetivo de la independencia de Polonia ya no tiene sentido pues nada se opondrá entonces a que todos los individuos de lengua polaca tengan libertad para fusionarse en una unidad administrativa.


En la posición respecto de los dos partidos socialistas polacos[11], la diferencia en la evaluación es evidente. Bauer insiste en el hecho de que ambos tienen justificación, pues cada uno de ellos encarna una faceta de la naturaleza de los trabajadores polacos: el P. P. S., el sentimiento nacional, la S. D. de Polonia y Lituania, la lucha internacional de clase. Esto es justo, pero incompleto. Nosotros no nos contentamos con el método histórico muy objetivo que prueba que todo fenómeno o tendencia es explicable y proviene de causas naturales. Nosotros debemos añadir que una faceta de esta naturaleza se refuerza en el curso de la evolución, mientras que la otra decae. El principio de uno de los dos partidos se basa en el futuro, el del otro se basa en el pasado, uno constituye la gran fuerza del progreso, el otro es una tradición obligatoria. Por esta razón, los dos partidos no representan la misma cosa para nosotros; en tanto que marxistas que basamos nuestro principio en la ciencia de la evolución real, en tanto que socialdemócratas revolucionarios que encontramos el nuestro en la lucha de clases, debemos dar la razón a uno y apoyar su posición contra el otro.

Hemos hablado más arriba de la carencia de valor de las consignas nacionales para el proletariado. Pero, ¿ciertas reivindicaciones nacionales no tienen igualmente la mayor importancia para los obreros, y no deberían éstos luchar por ellas de acuerdo con la burguesía? Las escuelas nacionales, por ejemplo, en las que los hijos del proletariado tienen la posibilidad de instruirse en su propia lengua, ¿no tienen un valor cierto? Para nosotros constituyen reivindicaciones proletarias y no reivindicaciones nacionales. Las reivindicaciones nacionales checas van dirigidas contra los alemanes, los cuales las combaten. Si, por el contrario, a los obreros checos les interesan escuelas checas, una lengua administrativa checa, etc., porque les permiten acrecentar sus posibilidades de formación y su independencia respecto de los empresarios y de las autoridades, interesan otro tanto a los obreros alemanes, los cuales tienen todo el interés en ver a sus camaradas de clase adquirir el máximo posible de fuerzas en la lucha de clases. Por tanto, no sólo los socialdemócratas checos sino también sus camaradas alemanes deben reivindicar escuelas para las minorías checas, y poco importa a los representantes del proletariado que sea la potencia de la “nación” alemana o la de la “nación” checa, es decir, la potencia de la burguesía alemana o checa dentro del Estado, la que se vea reforzada o debilitada por ello. Es siempre el interés proletario el que prevalece. Si la burguesía, por razones nacionales, formula una reivindicación idéntica, en la práctica persigue algo totalmente distinto puesto que tampoco sus objetivos son los mismos. En las escuelas de la minoría checa, los obreros alentarán el conocimiento de la lengua alemana porque esto constituye una ayuda para los niños en la lucha por la existencia, pero la burguesía checa se empleará en apartarlos de la lengua alemana. Los obreros reivindican la pluralidad más grande de lenguas empleadas en la administración, los nacionalistas quieren suprimir la lengua extranjera. Sólo en apariencia, pues, concuerdan las reivindicaciones lingüísticas y culturales de los obreros y las reivindicaciones nacionales. Son reivindicaciones proletarias las planteadas en común por el conjunto del proletariado de todas las naciones.





La táctica marxista de la socialdemocracia se basa en el reconocimiento de los verdaderos intereses de clase de los obreros. No puede ser desviada por las ideologías, aun cuando éstas parecen arraigadas en la cabeza de las gentes. Por su modo marxista de comprender, sabe que las ideas y las ideologías que aparentemente no tienen base material, de ninguna manera son sobrenaturales ni están investidas de una existencia espiritual desligada de lo corporal, sino que son la expresión tradicional y fijada de intereses de clase anteriores. Por esto estamos seguros de que frente a la enorme densidad de los intereses de clase y de las necesidades reales y actuales, por poco que se tenga conciencia de ello, ninguna ideología arraigada en el pasado, por poderosa que sea, puede resistir a la larga. Esta concepción de base determina también la manera como luchamos contra su fuerza.

Los que consideran las ideas como potencias autónomas en la cabeza de los hombres, que aparecerían por sí mismas o gracias a una influencia espiritual extraña, tienen dos posibilidades para poder ganar a los hombres a sus nuevos objetivos: o bien combatir las antiguas ideologías directamente, demostrando su inexactitud con consideraciones teóricas abstractas e intentar así arrebatar su poder sobre los hombres; o bien intentar poner la ideología a su servicio presentando sus nuevos objetivos como la consecuencia y la realización de las ideas antiguas. Tomemos el ejemplo de la religión.


La religión es la más poderosa de las ideologías del pasado que dominan al proletariado e intentan desviarlo de la lucha de clase unitaria. Socialdemócratas confusos, que han visto erigirse ante ellos este poderoso obstáculo para el socialismo, han podido intentar combatir la religión directamente y demostrar la inexactitud de las doctrinas religiosas – de la misma manera en que había procedido anteriormente el racionalismo burgués – a fin de quebrantar así su influencia. O a la inversa, han podido presentar el socialismo como un cristianismo mejor, como la verdadera realización de las doctrinas religiosas, y convertir así a los cristianos creyentes al socialismo. Pero estos dos métodos han fracasado allí donde se han intentado; los ataques teóricos contra la religión no han podido hacerle mella y han reforzado los prejuicios contra el socialismo; de igual modo, no se ha podido convencer a nadie cubriéndose ridículamente con atributos cristianos, porque la tradición a la que los hombres están firmemente apegados no es un cristianismo cualquiera en general, sino una doctrina cristiana precisa. Era evidente que ambos estaban destinados al fracaso. Pues las discusiones y consideraciones teóricas que acompañaban a estos intentos orientan el espíritu hacia las cuestiones religiosas abstractas, lo desvían de la realidad de la vida y refuerzan el pensamiento ideológico. La fe no puede, en general, ser atacada con pruebas teóricas; sólo cuando su fundamento – las antiguas condiciones de existencia – ha desaparecido y aparece en el hombre una nueva concepción del mundo, surge la duda a propósito de las doctrinas y de los dogmas antiguos. Únicamente la nueva realidad, que impregna el espíritu cada vez más nítidamente, puede derribar una fe transmitida; por supuesto, es necesario que antes esa realidad llegue claramente a la conciencia de los hombres. Sólo por el contacto con la realidad el espíritu se libera del poder de las ideas heredadas.


Por esto la socialdemocracia marxista no sueña en absoluto con combatir la religión con argumentos teóricos, o ponerla a su servicio. Esto serviría para mantener artificialmente las ideas abstractas recibidas, en lugar de dejar que se disipen poco a poco. Nuestra táctica consiste en esclarecer cada vez más a los obreros acerca de sus verdaderos intereses de clase, en mostrarles la realidad de la sociedad y de su vida a fin de que su espíritu se oriente cada vez más hacia el mundo real de hoy. Entonces las antiguas ideas, que no encuentran ya de qué alimentarse en la realidad de la vida proletaria, se doblegan ellas solas. Lo que los hombres piensan de los problemas teóricos nos es indiferente con tal de que luchemos juntos por el nuevo orden económico del socialismo. Por esta razón la socialdemocracia no habla ni debate jamás sobre la existencia de Dios o de controversias religiosas; sólo habla de capitalismo, de explotación, de intereses de clase, de la necesidad para los obreros de librar juntos la lucha de clase. De este modo desvía el espíritu de las ideas secundarias del pasado para dirigirlo a la realidad de hoy; priva así a estas ideas del poder de desviar a los obreros de la lucha de clase y de la defensa de sus intereses de clase.


Por supuesto, no de un solo golpe. Lo que permanece petrificado en el espíritu no puede ser reblandecido y disuelto más que progresivamente bajo el efecto de fuerzas nuevas. ¡Cuánto tiempo ha transcurrido hasta que los obreros cristianos de Renania-Westfalia han abandonado en gran número la bandera del Zentrum[12] para pasarse a la socialdemocracia! Pero la socialdemocracia no se dejó desviar; no intentó acelerar el giro de los obreros cristianos por medio de concesiones a sus prejuicios religiosos; no se dejó llevar por la impaciencia ante la escasez de sus éxitos, ni se dejó seducir por la propaganda antirreligiosa. No perdió la fe en la victoria de la realidad sobre la tradición, se atuvo firmemente al principio, no eligió ninguna desviación táctica que diese la ilusión de un éxito más rápido; siempre opuso la lucha de clase a la ideología. Y ahora ve madurar incesantemente los frutos de su táctica.


Lo mismo ocurre frente al nacionalismo, con la única diferencia de que aquí, al ser una ideología más reciente y menos petrificada, hay que estar menos prevenido contra el error del combatir en el plano teórico abstracto y sí contra el error de transigir. En este caso también nos basta poner el acento en la lucha de clase y despertar el sentimiento de clase a fin de desviar la atención de los problemas nacionales. En este caso también toda nuestra propaganda puede parecer inútil contra el poder de la ideología nacional[13]; muy en primer lugar, podría parecer que el nacionalismo progresa más en los obreros de las jóvenes naciones. Así en Renania los sindicatos cristianos se fortalecieron también al mismo tiempo que la socialdemocracia; esto se puede comparar con el separatismo nacional, que es una parte del movimiento obrero que concede más importancia a una ideología burguesa que al principio de la lucha de clases. Pero en la medida en que tales movimientos no pueden, en la práctica, sino ir a remolque de la burguesía y suscitar así contra ellos el sentimiento de clase de los obreros, perderán progresivamente su poder.

Por consiguiente, iríamos completamente descaminados si quisiéramos ganar masas obreras al socialismo siendo más nacionalistas que ellas, transigiendo. Este oportunismo nacional puede, como máximo, permitir ganarlas exteriormente, en apariencia, para el partido, pero no por eso han sido ganadas a nuestra causa, a las ideas socialistas; las concepciones burguesas continuarán dominando su espíritu como antes. Y cuando llegue la hora decisiva en que tengan que elegir entre intereses nacionales y proletarios, aparecerá la debilidad interna de este movimiento obrero, como ocurre actualmente en la crisis separatista. ¿Cómo podemos agrupar a las masas bajo nuestra bandera si dejamos que se inclinen ante la del nacionalismo? Nuestro principio de la lucha de clase no podrá dominar más que cuando los otros principios que manipulan y dividen a los hombres de otra manera se queden sin efecto; pero si, por nuestra propaganda, reforzamos el crédito de los otros principios, arruinaremos nuestra propia causa.


Como resulta de lo expuesto más arriba, sería un error total querer combatir los sentimientos y las consignas nacionales. En los casos en que están arraigados en las cabezas, no pueden ser eliminados por argumentos teóricos sino únicamente por una realidad más fuerte, a la que se deja actuar sobre los espíritus. Si se comienza a hablar de ello, el espíritu del que escucha se orienta inmediatamente hacia el terreno de lo nacional y no piensa sino en términos de nacionalismo. Por consiguiente es mejor no hablar de ello en absoluto, no inmiscuirse en ello. Tanto a todos los eslóganes como a todos los argumentos nacionalistas, se responderá: explotación, plusvalía, burguesía, dominación de clase, lucha de clases. Si ellos hablan de las reivindicaciones de una escuela nacional, nosotros llamaremos la atención sobre la insuficiencia de la enseñanza dispensada a los niños de obreros, que no aprenden más de lo que necesitan para poder deslomarse más tarde al servicio del capital. Si hablan de letreros callejeros y de cargas administrativas, nosotros hablaremos de la miseria que obliga a los proletarios a emigrar. Si hablan de la unidad de la nación, nosotros hablaremos de la explotación y de la opresión de clase. Si ellos hablan de la grandeza de la nación, nosotros hablaremos de la solidaridad del proletariado en todo el mundo. Sólo cuando la gran realidad del mundo actual – el desarrollo capitalista, la explotación, la lucha de clase y su meta final, el socialismo – haya impregnado el espíritu entero de los obreros, se desvanecerán y desaparecerán los pequeños ideales burgueses del nacionalismo. La propaganda por el socialismo y la lucha de clase constituyen el único medio, pero un medio que da resultados seguros, para quebrantar la potencia del nacionalismo.






En Austria, después del congreso de Wimberg, el partido socialdemócrata está dividido por naciones, cada uno de los partidos obreros nacionales es autónomo y colabora con los de las otras naciones sobre una base federalista[14]. Esta separación nacional del proletariado no presentaba inconvenientes demasiado grandes y era considerada frecuentemente como el principio organizativo natural del movimiento obrero en un país profundamente dividido en el plano nacional. Pero cuando esta separación dejó de limitarse a la organización política para aplicarse a los sindicatos bajo el nombre de separatismo, el peligro se hizo tangible de repente. Lo absurdo del proceso según el cual los obreros del mismo taller están organizados en sindicatos distintos y obstaculizan así la lucha común contra el patrón, es evidente. Estos obreros constituyen una comunidad de intereses, no pueden luchar y vencer más que como masa coherente y, por consiguiente, deben estar agrupados en una organización única. Los separatistas, que introducen en el sindicato la separación de los obreros según las naciones, rompen la fuerza de los obreros como lo han hecho los escisionistas sindicales cristianos y obstaculizan en gran medida el ascenso del proletariado.


Los separatistas lo saben y lo ven tan bien como nosotros. ¿Qué es, pues, lo que les empuja a esta actitud hostil hacia los obreros a pesar de haber sido condenada por unanimidad aplastante en el Congreso internacional de Copenhague[15]? En primer lugar, el hecho de que consideran el principio nacional como infinitamente superior al interés material de los obreros y al principio socialista. Pero, en este caso, hacen referencia a las decisiones de otro congreso internacional, el Congreso de Stuttgart (1907), según las cuales el partido y los sindicatos de un país deben estar estrechamente unidos en una comunidad constante de trabajo y de lucha[16]. ¿Cómo es esto posible cuando el partido está articulado según las naciones y el movimiento sindical está centralizado al mismo tiempo internacionalmente en todo el Estado? ¿Dónde encontrará la socialdemocracia checa el movimiento sindical al que debe asociarse estrechamente si no crea un movimiento sindical checo propio?


Es literalmente escoger la posición más débil proceder como lo hacen muchos socialdemócratas alemanes de Austria y presentar como argumento esencial en la lucha teórica contra el separatismo la disparidad total de las luchas políticas y sindicales. Ciertamente, no tienen otra salida si quieren defender al mismo tiempo la unidad internacional en los sindicatos y la separación nacional en el partido. Pero este argumento no puede darles resultados.


Esto proviene de la situación de los comienzos del movimiento obrero cuando ambos han debido afirmarse lentamente luchando contra los prejuicios en las masas obreras y cuando cada cual buscaba su propia vía: entonces parece que los sindicatos sólo están para mejorar la situación material inmediata, mientras que el partido libra la lucha por la sociedad del futuro, por ideales generales e ideas elevadas. En realidad ambos luchan por mejoras inmediatas y ambos contribuyen a edificar el poder del proletariado que permitirá el advenimiento del socialismo. Solamente que, en la medida en que la lucha política es una lucha general contra toda la burguesía, hay que darse cuenta de las consecuencias más lejanas y de los fundamentos más profundos de la visión del mundo, mientras que en la lucha sindical, en la que los argumentos y los intereses inmediatos son manifiestos, la referencia a los principios generales no es necesaria, incluso puede perjudicar la unidad del momento. Pero en realidad son los mismos intereses obreros los que determinan las dos formas de lucha; sólo que en el movimiento del partido están algo más enmascarados bajo la forma de ideas y principios. Pero cuanto más se desarrolla el movimiento, más se acercan, más se ven obligados a luchar juntos. Las grandes luchas sindicales se convierten en movimientos de masas cuya importancia política enorme conmueve toda la vida social. Inversamente, las luchas políticas toman dimensiones de acciones de masas que exigen la colaboración activa de los sindicatos. La resolución de Stuttgart encarna esta necesidad cada vez mayor. Por esto, todos los intentos de batir al separatismo arguyendo la total disparidad entre los movimientos sindical y político, se estrellan contra la realidad.


El error del separatismo consiste, pues, no en querer la misma organización para el partido y los sindicatos, sino en aniquilar el sindicato para poder hacerlo. Pues la raíz de la contradicción no está en la unidad del movimiento sindical, sino en la división del partido político. El separatismo en el movimiento sindical no es más que la consecuencia ineluctable de la autonomía nacional de las organizaciones del partido; como subordina la lucha de clase al principio nacional, es incluso la consecuencia última de la teoría que considera a las naciones como los productos naturales de la humanidad y ve en el socialismo, a la luz del principio nacional, la realización de la nación. Por esta razón no se puede superar realmente el separatismo más que si en todas partes, en la táctica, en la agitación, en la conciencia de todos los camaradas domina como único principio proletario el de la lucha de clase frente al que todas las diferencias nacionales no tienen ninguna importancia. La unificación de los partidos socialistas es la única salida para resolver la contradicción que ha originado la crisis separatista y todos los perjuicios que ha causado al movimiento obrero.


En el capítulo titulado “La comunidad de la lucha de clase” se ha mostrado ya que la lucha política se desarrolla en el terreno del Estado y hace de los obreros de las naciones de todo el Estado una unidad. También se ha constatado en él que en los comienzos del partido socialista, el centro de gravedad se sitúa todavía en las naciones. Esto explica el desarrollo histórico: a partir del momento en que comenzó a llegar a las masas a través de su propaganda, el partido se escindió en unidades separadas en el plano nacional que debieron adaptarse respectivamente a su ambiente, a la situación y a los modos de pensar específicos de su nación, y que por eso mismo se han visto más o menos contaminadas por las ideas nacionalistas. Pues todo movimiento obrero ascendente está atiborrado de ideas burguesas de las que no se desembaraza sino progresivamente en el curso del desarrollo, por la práctica de la lucha y una comprensión teórica creciente. Esta influencia burguesa sobre el movimiento obrero, que en otros países ha tomado la forma del revisionismo o del anarquismo, necesariamente tenía que revestir en Austria la del nacionalismo, no sólo porque el nacionalismo es la más poderosa de las ideologías burguesas, sino también porque allí se opone al Estado y a la burocracia. La autonomía nacional en el partido no resulta únicamente de una decisión errónea, pero evitable, de un congreso cualquiera del partido, también es una forma natural del desarrollo, creada progresivamente por la situación misma.


Pero cuando la conquista del sufragio universal creó el terreno de la lucha parlamentaria propio de un Estado capitalista moderno, y el proletariado se convirtió en una potencia política importante, esta situación no podía durar. Se iba a ver si los partidos autónomos constituían todavía realmente un solo partido global (Gesamtpartei). Ya no se podía uno contentar con declaraciones platónicas sobre su cohesión; en lo sucesivo se necesitaba una unidad más sólida, a fin de que las fracciones socialistas de los diferentes partidos nacionales se sometiesen en la práctica y en los hechos a una voluntad común. El movimiento político no ha superado esta prueba; en algunas de las partes que lo componen, el nacionalismo tiene ya raíces tan profundas, que tienen el sentimiento de estar tan cerca, si no más, de los partidos burgueses de su nación que de las otras fracciones socialistas. Así se explica una contradicción que no es más que aparente: el partido global se ha hundido en el momento preciso en que las nuevas condiciones de la lucha política exigían un verdadero partido global, la unidad sólida de todo el proletariado austríaco; el laxo vínculo que existía entre los grupos nacionales se rompió cuando se vieron confrontados a la exigencia de convertirse en una unidad sólida. Pero al mismo tiempo se hizo evidente que esa ausencia de partido global no podía ser más que transitoria. La crisis separatista debe desembocar necesariamente en la aparición de un nuevo partido global que será la organización política compacta de toda la clase obrera austríaca.

Los partidos nacionales autónomos son formas del pasado que ya no corresponden a las nuevas condiciones de lucha. La lucha política es la misma para todas las naciones y se desarrolla en un Parlamento único en Viena; allí, los socialdemócratas checos no luchan contra la burguesía checa sino que luchan junto con todos los demás diputados obreros contra toda la burguesía austríaca. A esto se ha objetado que la campaña electoral tiene como marco la nación: los adversarios no son entonces el Estado y la burocracia, sino los partidos burgueses de su propia nación. Es justo; pero la campaña electoral no es, por así decir, más que una prolongación de la lucha parlamentaria. No son las palabras, sino los hechos de nuestros adversarios, los que constituyen la materia de la campaña electoral, y estos actos se perpetran en el Reichsrat, forman parte de la actividad del parlamento austríaco. Por eso la campaña electoral hace salir, a su vez, a los obreros del pequeño mundo nacional, los remite a un organismo de dominación más grande, poderosa organización de coerción de la clase capitalista, que domina su vida.


Tanto más cuanto que el Estado, que en otros tiempos parecía débil y desprotegido frente a las naciones, afirma cada vez más su poder como consecuencia del desarrollo del gran capitalismo. El desarrollo del imperialismo, que arrastra tras de sí a la monarquía danubiana, pone en manos del Estado, con fines de política mundial, instrumentos de poder cada vez más potentes, impone a las masas una presión militar y fiscal cada vez mayor, contiene la oposición de los partidos burgueses nacionales y hace pura y simplemente caso omiso de las reivindicaciones sociopolíticas de los obreros. El imperialismo debería dar un poderoso impulso a la lucha de clase común de los obreros; y frente a sus luchas, que conmocionan el mundo, que oponen el capital y el trabajo en un conflicto agudo, el objeto de las querellas nacionales pierde toda significación. Y no está excluido totalmente que los peligros comunes a los que la política mundial expone a los obreros, sobre todo el peligro de guerra, reúnan más pronto de lo que se piensa, para una lucha común, a las masas obreras ahora separadas.


Por supuesto que, a causa de las particularidades lingüísticas, la propaganda y las explicaciones deben ser suministradas en cada nación en particular. La práctica de la lucha obrera debe tener en cuenta a las naciones en tanto que grupos de lengua diferente; esto vale tanto para el partido como para el movimiento sindical. En tanto que organización de lucha, partido y sindicato deben estar organizados los dos de manera unitaria a escala estatal-internacional. Con fines de propaganda, de explicación, de esfuerzos en la educación que les conciernen también y en común, necesitan una sub-organización y una articulación nacionales.



Aun cuando nosotros no entremos en el campo de los eslóganes y de las consignas del nacionalismo y continuemos empleando los eslóganes del socialismo, esto no significa que nosotros prosigamos una especie de política del avestruz frente a las cuestiones nacionales. Pues se trata de cuestiones reales que preocupan a los hombres y cuya solución esperan. Nosotros hacemos que los trabajadores tomen conciencia de que, para ellos, no son esas cuestiones, sino la explotación y la lucha de clases, las cuestiones vitales más importantes y que lo dominan todo. Pero esto no hace desaparecer las otras cuestiones y debemos mostrar que somos capaces de resolverlas. Pues la socialdemocracia no deja a los hombres pura y simplemente con la promesa del Estado futuro, también presenta en su programa de reivindicaciones inmediatas la solución que propone para cada una de las cuestiones particulares que son objeto de la lucha actual. Nosotros no sólo intentamos unir en la lucha de clase común a los obreros cristianos y a los demás, sin tomar en consideración la religión, sino que en nuestra propuesta de programa Proclamación del carácter privado de la religión, les mostramos igualmente el medio de salvaguardar sus intereses religiosos mejor que con luchas y querellas religiosas. Frente a las luchas de las Iglesias por el poder, luchas inherentes a su carácter de organizaciones de dominación, nosotros planteamos el principio de la autodeterminación y de la libertad de todos los hombres para practicar su fe sin sufrir por ello perjuicio por parte de otro. Esta propuesta de programa no proporciona la solución de cada cuestión en particular, pero contiene una solución de conjunto en cuanto pone las bases sobre las que podrán arreglar a su voluntad las cuestiones particulares. Al quitar toda coerción pública, se suprime al mismo tiempo cualquier necesidad de defensa y de querellas. Las cuestiones religiosas son eliminadas de la política y dejadas a las organizaciones que los hombres crearán a su voluntad.


Nuestra posición en lo referente a las cuestiones nacionales es comparable. El programa socialdemócrata de la autonomía nacional propone aquí la solución práctica que quitaría su razón de ser a las luchas entre naciones. Por el empleo del principio personal en lugar del principio territorial, las naciones serán reconocidas en tanto que organizaciones en las que recae, en el marco del Estado, el cuidado de todos los intereses culturales de la comunidad nacional. Así cada nación obtiene el poder jurídico de arreglar sus asuntos de manera autónoma incluso allí donde está en minoría. De este modo, ninguna nación se encuentra en la sempiterna obligación de conquistar y preservar este poder en la lucha por ejercer una influencia sobre el Estado. Así se pondría fin definitivamente a las luchas entre naciones que, por la obstrucción sin fin, paralizan toda la actividad parlamentaria e impiden que sean abordadas las cuestiones sociales. Cuando los partidos burgueses se desencadenaban ciegamente los unos contra los otros, sin avanzar un solo paso, y se encontraban desarmados ante la cuestión de saber cómo salir del caos, la socialdemocracia ha mostrado la vía práctica que permite satisfacer los deseos nacionales justificados, sin que por ello sea necesario hacerse daño mutuamente.


Esto no significa que este programa tenga posibilidades de verse realizado. Todos nosotros estamos convencidos de que nuestra reivindicación de la proclamación del carácter privado de la religión, así como la mayor parte de nuestras reivindicaciones inmediatas, no será realizado por el Estado capitalista. Bajo el capitalismo, la religión no es, como se le hace creer a la gente, asunto de convicción personal – si lo fuese, los portavoces de la religión deberían recoger y llevar a la práctica nuestra propuesta de programa – sino un medio de dominación en manos de la clase poseedora. Y ésta no renunciará a este medio. Una idea similar se encuentra en nuestro programa nacional, que pretende que las naciones sean la realidad de la imagen que se da de ellas. Las naciones no son únicamente grupos de hombres que tienen los mismos intereses culturales y que, por esta razón, quieren vivir en paz con las otras naciones; son organizaciones de combate de la burguesía que sirven para ganar el poder en el Estado. Toda burguesía nacional espera ensanchar el territorio donde ejercer su dominación a expensas del adversario; por tanto, es totalmente dudoso pensar que podrían poner fin por iniciativa propia a estas luchas agotadoras, de la misma manera que está excluido que las potencias mundiales capitalistas traigan la paz mundial eterna por un arreglo sensato de sus diferencias. En efecto, la situación es tal que en Austria se dispone de una instancia superior capaz de intervenir: el Estado, la burocracia dominante. Se espera que el poder central del Estado se esfuerce en resolver las diferencias nacionales, porque éstas amenazan con desgarrar el Estado e impiden el funcionamiento regular de la máquina del Estado; pero el Estado ha aprendido ya a coexistir con las luchas nacionales hasta el punto de servirse de ellas para reforzar el poder del gobierno frente al Parlamento, de manera que ya no es necesario en absoluto allanarlas. Y lo que es más importante: la realización de la autonomía nacional, tal como la reivindica la socialdemocracia, tiene como fundamento la auto-administración democrática. Y esto es lo que aterroriza, con toda razón, a los ambientes feudales, clericales, del gran capital y militaristas que gobiernan Austria.


Pero, ¿tiene la burguesía verdadero interés en poner fin a las luchas nacionales? Muy al contrario, tiene el mayor interés en no ponerles fin, tanto más cuanto la lucha de clases toma auge. Pues al igual que los antagonismos religiosos, los antagonismos nacionales constituyen un medio excelente para dividir al proletariado, desviar su atención de la lucha de clases con ayuda de eslóganes ideológicos e impedir su unidad de clase. Cada vez más, las aspiraciones instintivas de las clases burguesas de impedir que el proletariado se una, sea lúcido y potente, constituyen un elemento mayor de la política burguesa. En países como Inglaterra, Holanda, Estados Unidos e incluso Alemania adonde el partido conservador de los Junker tiene un lugar excepcional como partido de clase netamente definido como tal), observamos que las luchas entre los dos grandes partidos burgueses – generalmente se trata de un partido “liberal” y de un partido “conservador” o “clerical” – se vuelven tanto más encarnizadas, y los gritos de combate tanto más estridentes, cuanto que el antagonismo real de sus intereses decrece y su antagonismo consiste en eslóganes ideológicos heredados del pasado. Cualquiera que tenga una concepción esquemática del marxismo que le hace ver en los partidos sólo la representación de los intereses de grupos burgueses, se encuentra aquí ante un enigma: cuando se podía esperar que se fusionasen en una masa reaccionaria para hacer frente a la amenaza del proletariado, parece, por el contrario, que se profundiza y amplía la escisión entre ellos. La explicación, muy simple, de este fenómeno es que han comprendido instintivamente que es imposible aplastar al proletariado simplemente por la fuerza y que es infinitamente más importante desconcertar y dividir al proletariado por medio de consignas ideológicas. Por esta razón las luchas nacionales de las diversas burguesías de Austria se inflamarán tanto más cuanto menos razón de ser tengan. Cuanto más se aproximan estos señores entre bastidores para repartirse el poder de Estado, más furiosamente se atacan en los debates públicos a propósito de bagatelas nacionales. En el pasado, cada burguesía se ha esforzado en agrupar en un cuerpo compacto al proletariado de su nación con el fin de poder combatir con más fuerza al adversario. Hoy se produce lo contrario: la lucha contra el enemigo nacional debe servir para reunir al proletariado tras los partidos burgueses e impedir así su unidad internacional. El papel jugado en otros países por el grito de combate: “¡Con nosotros por la cristiandad!”, “¡Con nosotros por la libertad de conciencia!”, por medio de los cuales se espera desviar la atención de los obreros de las cuestiones sociales, este papel será desempeñado cada vez más en Austria por los gritos de combate nacionales. Pues en las cuestiones sociales se afirmaría su unidad de clase y su antagonismo de clase frente a la burguesía.



Nosotros no debemos esperar que jamás se aplique la solución práctica a las querellas nacionales propuesta por nosotros, precisamente porque las luchas dejarían de tener objeto. Cuando Bauer dice “política de potencia nacional y política proletaria de clase son, por lógica, difícilmente compatibles; psicológicamente se excluyen; el ejército proletario se ve dispersado a cada instante por los antagonismos nacionales, la querella nacional hace imposible la lucha de clase. La constitución centralista-atomística, que hace inevitable la lucha por el poder nacional, es, pues, insoportable para el proletariado” (páginas 313 y 314), es quizá justo en parte, en la medida en que sirve para fundamentar la reivindicación de nuestro programa. Si, por el contrario, significa que la lucha nacional debe cesar previamente para que después se pueda desplegar la lucha de clases, es falso. Pues precisamente el hecho de que nosotros nos esforcemos en hacer desaparecer las luchas nacionales es lo que lleva a la burguesía a mantenerlas. Pero no por eso conseguirá detenernos. El ejército proletario sólo es dispersado por los antagonismos nacionales mientras la conciencia de clase socialista es débil. Pues, a fin de cuentas, la lucha de clase supera de lejos la querella nacional. La potencia funesta del nacionalismo será rota en los hechos no por nuestra propuesta de la autonomía nacional, cuya realización no depende de nosotros, sino únicamente por el reforzamiento de la conciencia de clase.


Por tanto, sería falso querer concentrar toda nuestra fuerza en una “política nacional positiva” y apostarlo todo a esta única carta, a la realización de nuestro programa de las nacionalidades como condición previa al desarrollo de la lucha de clase. Esta reivindicación del programa no sirve, como la mayoría de nuestras reivindicaciones prácticas del momento, más que para demostrar con qué facilidad seríamos capaces de resolver estas cuestiones con sólo tener el poder, y para ilustrar, a la luz de la racionalidad de nuestras soluciones, lo irracional de las consignas burguesas. Pero mientras domine la burguesía, nuestra solución racional se quedará probablemente en el papel. Nuestra política y nuestra agitación sólo pueden estar dirigidas a la necesidad de llevar a cabo siempre y únicamente la lucha de clase, a despertar la conciencia de clase a fin de que los trabajadores, gracias a una clara comprensión de la realidad, se hagan insensibles a las consignas del nacionalismo.
Anton Pannekoek
Reichenberg, 1912


[1] Ver Les marxistes et la question nationale, op.cit., pp.233-272 así como Arduino Agnelli, «Le socialisme et la question des nationalités chez Otto Bauer», Histoire du marxisme contemporain, II, 10/18, pp. 355-406
[2] Por esta razón se utiliza en Europa occidental Estado y nación como sinónimos. La deuda de Estado se llama deuda nacional y los intereses de la comunidad estatal son calificados siempre como intereses nacionales.(Nota de Pannekoek).
[3] La relación entre el espíritu y la materia ha sido expuesta muy claramente en los escritos de Joseph Dietzgen quien, por su análisis de los fundamentos filosóficos del marxismo, mereció bien el nombre con el que Marx le designó en una ocasión: filósofo del proletariado. (Nota de Pannekoek). Ver Joseph Dietzgen, L ’essence du travail intellectuel. Écrits philosophiques annotés par Lenin, presentación y traducción de J.-P,Osier, Paris, Maspero, 1973; así como Joseph Dietzgen, Essence du travail intellectuel humain, traducción de M.Jacob, con un prefacio de A.Pannekoek, Paris, Champ Libre,1973. De hecho, Marx escribía el 28 de octubre de 1868 a Meyer y Vogt a propósito de Dietzgen: “Es uno de los obreros más geniales que conozco”, Marx-Engels, Werke , 32, p.575. En cuanto a Engels, atribuye a Dietzgen el descubrimiento paralelo de la dialéctica materialista.
[4] Ver Earl of Beaconsfield (Benjamin Disraeli), Sybil, or two nations, Londres, Longmans, Green and Co, 1913, pp.76-77.
[5] Juan Huss (1369-1415), reformador checo, condenado por el Concilio de Constanza y quemado. El día de su muerte fue celebrado durante mucho tiempo en Bohemia como fiesta nacional y religiosa. Fue igualmente uno de los promotores de la lengua checa.
Jan Ziska von Trocnov (1370-1424), jefe husita. El 14 de julio de 1420 rechazó el ataque del Emperador Segismundo en el Monte Witka, cerca de Praga. Vencedor una vez más del Emperador dos años más tarde, murió por la peste en el cerco de Pribyslau.
La Montaña blanca (Bila Hora) está situada al oeste de Praga. La batalla tuvo lugar el 8 de noviembre de 1620. El ejército protestante de Bohemia fue vencido allí por las tropas imperiales. Según el análisis de Bauer, la derrota de la Montaña blanca, que privó a la nación checa de sus capas cultas, la convirtió en una “nación sin historia”.
[6] Ferdinand Freiligrath (1810-1876), poeta, uno de los dirigentes del partido demócrata en la revolución de 1848, colaboró con Marx y Engels en la Neue Rheinische Zeitung. Sus poesías forman parte del patrimonio cultural de la socialdemocracia.
[7] Obras completas de Karl Marx. El Manifiesto comunista, traducción Molitor, Paris, Costes, 1934, p.77.
[8] Es decir, los ucranianos.
[9] En efecto, la revolución rusa dio impulso a la lucha por el sufragio universal en Austria. Tras un gran movimiento de masas en que la socialdemocracia jugó el papel dirigente al final de 1905, el Emperador aprobó en enero de 1907 el proyecto de reforma electoral que instauraba el sufragio universal en el territorio de Austria (que excluía la otra parte de la monarquía bicéfala, Hungría o Transleitania).
[10] Ver F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico, Moscú, Ediciones Progreso, t. III, p. 98.
[11] La argumentación de Pannekoek es aquí idéntica a la de Rosa Luxemburgo. Sin embargo, al día siguiente de la revolución de 1905, Rosa Luxemburgo reivindica la autonomía para Polonia dentro de un Imperio ruso que sería constitucional.
Hubo después en estos partidos reestructuraciones y transformaciones en las que no vamos a entrar aquí porque se trata solamente de un ejemplo para ilustrar las tomas de posición teóricas (Nota de Pannekoek). En efecto, el PPS se escindió en dos fracciones. La de derecha tomará el poder con Pilsudski a la cabeza después de la primera guerra mundial. La de izquierda – el PPS-Levitsa – se fusionará con la SDKPiL para formar el PC polaco.
[12] Partido cristiano social de Alemania, católico.
[13] Así, en su reseña del folleto de Strasser “El obrero y la nación” en der Kampf (V,9), Otto Bauer dudaba de que poner el acento en los intereses de clase del proletariado pudiese tener un impacto cualquiera frente al brillante atractivo de los ideales nacionales (Nota de Pannekoek).
[14] El Congreso del Partido socialdemócrata de Austria, reunido en 1897 en Viena-Wimberg, aprobó la estructura que se había proporcionado la socialdemocracia austríaca: una federación basada en el principio de las nacionalidades para garantizar la autonomía y la individualidad de sus seis partidos nacionales componentes.
[15] El Congreso socialista internacional de Copenhague de 1910 condenó por unanimidad el “separatismo” sindical checo.
[16] La resolución adoptada en el Congreso socialista internacional de Stuttgart en 1907 estipulaba especialmente: “La lucha proletaria se emprenderá tanto mejor y será tanto más fructífera cuanto más estrechas sean las relaciones entre los sindicatos y el partido, sin comprometer la necesaria unidad del movimiento sindical. El Congreso declara que va en interés de la clase obrera el que, en todos los países, se establezcan estrechas relaciones entre los sindicatos y el partido y se hagan permanentes”.






Rosa Luxemburgo y la cuestión nacional (primera parte)


Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (1909) (segunda parte)



Georges Haupt Los marxistas frente a la cuestión nacional: La historia del problema. Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (tercera parte)


Rosa Luxemburgo En defensa de la nacionalidad (1900). Lenin El orgullo nacional de los rusos 1914. Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (cuarta parte)


Rosa Luxemburgo: La memoria del "Proletariado" 1903. Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (quinta parte)


Rosa Luxemburgo: La acrobacia programática de los socialpatriotas (1902). Rosa Luxemburgo: La cuestión nacional (sexta parte)



Carlos Marx, Federico Engels y Rosa Luxemburgo LOS NACIONALISMOS CONTRA EL PROLETARIADO



El POUM aplicó la política leninista en España.

Andreu Nin. Los movimientos de emancipación nacional (1935)


Andreu Nin (1914-36) La cuestión nacional en el estado español


Andrés Nin. El marxismo y los movimientos nacionalistas




Diego Guerrero Jiménez. Sobre la cuestión nacional y los nacionalistas.


El Espacio de Encuentro Comunista ante la oleada electoral











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