miércoles, 31 de octubre de 2018

Diego Guerrero Jiménez. Sobre la cuestión nacional y los nacionalistas.





Nación y clase  (20-03-2006)

Derechos y privilegios” (4 de octubre de 2005)









Diego Guerrero: Nación y Clase.



Nación y clase  Diego Guerrero   Revista Laberinto
20-03-2006

Desde luego ya no está de moda el «análisis de clase» de los fenómenos sociales, pero sorprende que nunca se haya hecho uso de él, que yo recuerde, para analizar un fenómeno tan actual y relevante como el del nacionalismo moderno en España. Muchos pensarán que un análisis de este tipo ya no tiene lugar porque pertenece a un pasado intelectual que ha sido desechado por la historia, pero podría ser que este punto de vista ganara relevancia en un futuro no lejano. ¿Acaso piensa alguien en serio que la caída del Muro de Berlín, de la que tanto se usa y abusa en los últimos tiempos, ha supuesto ya el fin definitivo del pensamiento comunista y socialista de tipo transformador, es decir el que aspira a contribuir a la superación del capitalismo?

Nadie duda de que los partidos socialistas y comunistas, se entiendan o no como puras reminiscencias históricas, se han adaptado a una convivencia complaciente con el sistema capitalista actual. Nadie duda de que son ellos en muchos casos los primeros que han renunciado al análisis de clase, como tampoco se puede dudar de que el lector de cualquier periódico serio de nuestro país pueda sorprenderse con el uso de una supuesta «antigualla intelectual» como la que aquí se propone. Pero quizás no se trate de una herramienta tan anticuada como parece, al menos para entender algunas de las claves ocultas en el debate actual español sobre cuestiones, llamémoslas, nacionales.

Los antiguos internacionalistas históricos (socialistas, anarquistas, comunistas) tenían claro que los contenidos eran más importantes que las formas. Por eso, siguiendo a Marx o a Bakunin, consideraban que en el fondo daba poco más o menos lo mismo (aunque no desconocían otras diferencias menores) tener una monarquía como sistema de gobierno que una república. O que el Estado que, junto al capital, contribuía a oprimirlos llevara a cabo una política económica y social más o menos avanzada, siempre que estuvieran dentro de los límites, para ellos insuperables, que restringían su capacidad de maniobra dentro del sistema. Ellos hablaban de que la forma de gobierno no afectaba al contenido esencial de las relaciones económicas y sociales, porque, mientras éstas siguieran siendo capitalistas, no satisfarían nunca sus aspiraciones últimas de transformación social. Y cosas de este tipo, lo mismo pueden leerse en los escritos de Pablo Iglesias que en los de Federica Montseny o Andreu Nin.

Y cabe preguntarse: ¿Es que acaso ya no quedan internacionalistas en España? Parece que no. Los internacionalistas hablaban de que los trabajadores no tienen patria, o de que su patria eran sus intereses de clase, irremediablemente opuestos a los intereses de la patria «enemiga», que era la patria del capital. Hoy en día, los políticos que en último término son los herederos lejanos de esa tradición internacionalista han renunciado por completo a ese punto de vista, y al parecer reclaman la misma concepción nacionalista o comprensiva con el nacionalismo que siempre ha tenido la tradición política que se alimentaba del nutriente social proporcionado por las clases medias y altas.

Y es que la concepción «burguesa» y «pequeñoburguesa» (como se decía antes) de los problemas políticos, concepción que tanto interés tenían los políticos de izquierda de entonces en combatir, por representar al sector obrero de la población, parece no preocuparles ya en absoluto. Algún analista a la vieja usanza podría interpretar que lo que ha ocurrido para que este cambio haya tenido lugar no es más, en último término, que la derrota ideológica de esas capas sociales y políticas frente a la ideología nacionalista, ideología que en un principio los internacionalistas combatían con todas sus fuerzas, pero que ahora parecen haber asumido con todas sus consecuencias.

Pongamos algunos ejemplos de cuál era el tipo de análisis que hacían otrora los antinacionalistas, y cómo se ha transformado ahora en algo muy parecido a su opuesto. Al analizar la suerte económica relativa experimentada por regiones como el País Vasco, o Cataluña, o Madrid, en el periodo transcurrido en los siglos XIX y XX, la izquierda social habría reclamado un análisis centrado, por ejemplo, en la contraposición entre la suerte «disfrutada» por los patronos y la suerte «sufrida» por los trabajadores. Estos analistas, hoy tan pocos y aislados, añadirían que esa forma de ver las cosas es «materialista», perspectiva que considerarían muy superior al enfoque opuesto, que bautizarían como «idealista».

Considerarían que a unas regiones que representaban un porcentaje modesto de la riqueza y la producción nacionales en 1800, habiendo pasado a acaparar una fracción muy superior en la actualidad, difícilmente podría corresponderle la consideración de haber sido maltratadas por la historia capitalista de nuestro país y por su representante político principal: el Estado central. Afirmarían con buenos argumentos hasta qué punto los representantes políticos de ese Estado central, miembros tan activos de su aparato institucional, procedían de aquellas regiones, que a menudo tanto se han quejado de marginalidad política cuando sólo pretendían reclamar privilegios materiales. Y añadirían que no podría ser de otra manera, teniendo en cuenta la preeminencia de los representantes económicos de esos territorios en el seno de la patronal y de la clase burguesa de nuestro país. Si se les respondiera que son estos sectores los que tradicionalmente más se han quejado públicamente de su situación, replicarían que no siempre quien más protesta es quien más razón tiene para ello, sino quien más medios tiene a su alcance para difundir sus planteamientos.

Posiblemente, si quedara algún intérprete contemporáneo adepto al discurso internacionalista, diría que lo que ha ocurrido en España es que la ideología que hoy domina entre los nacionalistas del sector obrero y trabajador de nuestro tejido social no es en realidad la que le corresponde, sino la que antes se llamaba «ideología dominante», aquella que tiene su origen económico y social en los intereses del «enemigo de clase», la burguesía, pero que, por haber vencido a la ideología opuesta, ha pasado a predominar en el análisis de los teóricos representantes de la ideología «dominada».

Un ejemplo de que esto es así dirían es cómo y hasta qué punto el discurso público y mediático contemporáneo ha logrado hacer pasar por «nacionalistas españoles» a todos los críticos españoles del nacionalismo, por muy internacionalistas que éstos sean. Siendo España uno de los países menos nacionalistas de todo el mundo occidental, y uno de los más de izquierdas, han conseguido presentar a quienes no comparten el ansia descubridora de nuevas naciones como aliados del franquismo o de la derecha más reaccionaria y ultramontana. Por eso, cualquiera que se declare opuesto al nacionalismo periférico español de nuestros días es tachado inmediatamente de «nacionalista español», cuando no de submarino del PP.

Otro ejemplo de lo anterior podría ser la ideología que encierra el ya famoso eslogan de la «España plural». España es de hecho uno de los países más plurales del mundo y también una de las naciones con registros más altos de pasado relativamente revolucionario. Es una sociedad tanto más plural cuanto que esta nación incluye a un gran número de ciudadanos (mucho mayor que en otros países) que creen pertenecer a una nación distinta, y pueden defender ese punto de vista con plena libertad (y hasta con alguna ventaja). Ahora bien, que haya pluralidad política, o pluralidad de tantas otras cosas: lenguas, culturas, tradiciones, sensibilidades, etc., nada supone sobre la existencia o no de una nación. Por eso los internacionalistas reclamarían toda la pluralidad del mundo, sin dar derecho a ninguno de los plurales a usar un sombrero que a otros estaría vedado.

La nación no es una ideología ni una meta política. Es un hecho. Y España es una nación porque así lo ha definido la historia, nos guste o no, y así lo reconoce todo el mundo fuera de nuestras fronteras. Y esto no presupone ninguna valoración, positiva o negativa, sobre el carácter y comportamiento del Estado español o sobre la infraestructura social que lo sostiene. El que algunos españoles «se sientan» parte de otra nación es una ideología más que cualquiera puede defender, como cualquier otra. Pero la ideología no da derecho a tener privilegios, razón por la cual un anticuado internacionalista, opuesto por tradición a cualquier clase de privilegios, sin duda se declararía contrario a su concesión.

Cuando los supuestos defensores del pluralismo identifican pluralismo político con pluralidad de naciones sencillamente están expresando, con o sin artimaña, un puro deseo. Un deseo que pueden expresar libremente, por supuesto, así como también la patronal es libre de expresar permanentemente su deseo de que los salarios bajen más o suban menos de lo que lo hacen. Pero además de un deseo, están expresando una forma específica de lo que no es sino una de las ambiciones políticas más antiguas que anhela el poder económico capitalista: la división del enemigo en provecho propio. Al parecer, la estrategia del divide et impera, en este terreno de la discusión «nacional», ha llegado en España más lejos que en ningún otro sitio.

La pluralidad de lenguas no hace naciones: véase el caso suizo o el belga. La diversidad cultural, tampoco: ahí está esa misma pluralidad regional en casi todos los países del mundo. La pluralidad histórica, mucho menos aun. ¿Pretenden quienes afirman lo contrario que hay que volver al fraccionamiento estatal de la edad media europea? Si Cataluña o el País Vasco fueran naciones, con mayor razón lo serían Baviera, Sajonia, Sicilia, Borgoña, Tirol, Galitzia…; en realidad, docena y media de lander alemanes, docenas de regiones y regioncitas francesas, italianas, polacas…, procedentes de la histórica multitud de condados, ducados, principados y reinos formados por conquista, amalgamas dinásticas o matrimonios de conveniencia. O, ¿por qué no? ¿No cabría dividir en 50 los Estados que forman hoy la nación más poderosa de la tierra?

Cuando, por ejemplo, la ideología pequeñoburguesa (primero en Cataluña, después en toda la España progresista) critica a Felipe V por haber aplastado las «antiguas libertades históricas catalanas», nuestro internacionalista diría que no está haciendo otra cosa que reclamar las libertades medievales a las que puso fin la marcha moderna hacia el progreso centralizador y expansivo que se estaba dando en toda Europa. Y de paso añadiría que esa misma ideología reproduce los argumentos que siempre dieron los reaccionarios antirrepublicanos franceses y europeos para defender el Antiguo Régimen que tan bien servía a sus intereses.

Aquí se ha dado, diría, una confluencia curiosa, pero explicable, entre intereses en principio incompatibles. Los sectores capitalistas que en estas regiones se suman al empuje nacionalista actual lo hacen porque saben que más les vale tener enfrente a una población trabajadora dividida que a una clase obrera unida en torno a la defensa de sus intereses como trabajadores. Mientras que los sectores de la izquierda política reconvertidos en nacionalistas, lo hacen porque, habiéndose transformado todos los partidos en aparatos cuasiempresariales operantes principalmente en el submercado electoral, han aprendido que entre el público votante «vende» más esa ideología que no la contraria, en parte porque, como ya afirmara Gellner, probablemente permita un reparto de cargos y prebendas en la nueva y reforzada Administración resultante más al gusto de ese creciente público que por esa vía camina hacia la fidelidad más absoluta.

Se argumenta y se argumentará, por ejemplo, para defender la posición opuesta a este internacionalismo «trasnochado» del que estamos hablando, que más del 80% del parlamento catalán ha votado, y por tanto cree, que Cataluña es una nación. Se olvida que un porcentaje similar había votado en el parlamento francés a favor de la nueva Constitución europea, y sin embargo la ciudadanía le dio la espalda. Como señalaba hace poco Fernando Savater, si hubiera habido elecciones en España meses después de la muerte de Franco, sería Arias Navarro quien las habría ganado. Por la misma razón, cabe esperar que la ideología nacionalista catalana, vasca, etc., que tanto terreno ha ganado en importantes sectores populares bien representados en el gobierno español actual, siga siendo, mal que le pese a nuestro internacionalista, claramente mayoritaria entre la clase política de nuestra nación, además de para un porcentaje muy importante de ciudadanos que observan la política desde el punto de vista que le transmiten los políticos.

Esto es ciertamente así. Pero nadie debería desdeñar la posibilidad de que en el futuro las tornas cambien y esa clase obrera que difícilmente desaparezca empiece a pensar de otra manera, quizás tras arrepentirse muy mucho, por la mala cuenta que le trajo, de haber pensado de forma tan contraria a su internacionalismo histórico original, y haber creído durante tanto tiempo lo que a sus enemigos de clase tanto les convino que creyeran.


___________________________________
Diego Guerrero es Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid




Diego Guerrero: Nación y Clase






“Derechos y privilegios”, por Diego Guerrero






La mayoría de la izquierda reconvertida ahora en nacionalista, incluso la que aún se declara internacionalista, utiliza un último recurso dialéctico en la discusión sobre la cuestión nacional, que se manifiesta como una doble pregunta dirigida al inter-locutor: ¿Es que se niega el derecho de autodeterminación? ¿No es más democrático que el pueblo se exprese libremente en un referéndum, tanto quienes se consideran nación o quienes no, lo mismo si quieren separarse de España o prefieren quedarse dentro?

Empecemos por la segunda pregunta. Al reclamar un referéndum en una parte del territorio nacional español, y sólo en ella, están en realidad reclamando un privilegio. ¿Por qué habrían de votar sólo ellos, y no el resto de los españoles? Es evidente que el resultado de cualquier decisión tomada en un referéndum así, tanto si fuera vinculante como si no, afectaría a todos los españoles. Eso lo reconocen, pero arguyen que dicha afectación es algo aproximadamente equivalente a que se vean afectados el resto de los europeos: algo de importancia mayor o menor, según se considere, pero nunca equiparable con el presunto derecho de su pueblo digamos, catalán o vasco a expresar su identidad por medio de un autogobierno pleno.

Veamos. Ellos son españoles de momento, y lo que reclaman es un referéndum que debería organizar el Estado español al que no reconocen como su Estado o sólo reconocen provisionalmente de acuerdo con leyes de ese Estado al que todavía pertenecen y a cuya aprobación contribuyen normalmente. ¿Por qué no debe atender el Estado español a todos los ciudadanos de la nación española que le sirve de base? Hay que recordar que la clase capitalista española ha sido siempre, fundamentalmente, burguesía vasca y catalana, a la que se han ido uniendo con el tiempo la de otros lugares como Madrid. Esa burguesía ha participado siempre, de forma sobresaliente, en la estructura y la política del Estado español, al que han pertenecido activamente a lo largo de cuantos regímenes se han sucedido desde Fernando VII, incluido el franquista.

Es curioso que estos nacionalistas periféricos, «internacionalistas» incluidos, repitan una y otra vez que el régimen de Franco acabó con, o mermó, sus libertades políticas, lingüísticas y culturales. Quiero decir: que lo repitan como si fuera eso lo único o más importante que hizo el régimen franquista, o como si los políticos catalanes de entonces hubieran sido menos franquistas que el resto de los franquistas. Durante el régimen de Franco, fueron las clases populares de toda España las que sufrieron al Estado, además de al capital, pero la población del País Vasco y de Cataluña siguió gozando de un ritmo de crecimiento de su nivel de vida superior al de las demás regiones. Por supuesto, el fenómeno se explica por el mayor ritmo de acumulación de capital en las regiones de origen de una burguesía española predominantemente vasca y catalana, que invertía e invierte donde se ha tejido históricamente la mayoría del aparato industrial español.

Aun reconociéndolo, estos nacionalistas replican que la población de sus regiones no se compone sólo de capitalistas, sino de ciudadanos de todas las clases sociales e ideologías. Y que todos ellos tienen derecho a expresar libremente su opinión y, en su caso, a separarse del resto de España, con igual título que, en un matrimonio, el de la parte que no quiere seguir ligada a la otra por medio del vínculo matrimonial. Argumentan que si el Estado español no reconoce a su «pueblo» el «derecho» al referéndum, ese pueblo tendrá que materializar su voluntad mediante «hechos», no sólo con declaraciones y buenas formas políticas.

Agregan que ni el País Vasco ni Cataluña se reducen a una parte del territorio español, sino que se extienden, más allá de nuestras fronteras, hacia Francia y quizás otras regiones españolas como Navarra o los «países catalanes». Pero si esto es así, estos «pueblos» sólo podrían expresar libremente su opinión cuando toda su población pudiera votar simultáneamente, es decir, cuando, junto al Estado español, también el francés estuviera de acuerdo en montar un referéndum así (junto a los parlamentos, quizás, de esas regiones españolas a las que desean implicar).

Este tipo de estrategias parece olvidar que también Hitler acaparó en su momento la libre opinión mayoritaria del electorado alemán, y por eso no les inquieta que la voluntad fáctica que propugnan pueda superar los límites de la razón política. Lo que ya ocurre en el País Vasco tiene todos los visos de reproducirse tarde o temprano en Cataluña. No negaremos nosotros que los Estados burgueses no son realmente democráticos, pero ¿acaso el nuevo Estado que propugnan va a dejar de ser burgués? ¿No van a tener una constitución burguesa como la española y las europeas? Si reclaman sus derechos y voluntades como principio superior a las libertades constitucionales burguesas, eso equivale a defender el empleo de poderes fácticos, en buena tradición revolucionaria, allende los poderes legales, con tal de llevar a cabo el deseo «popular», cueste lo que cueste.

¿Pero de qué pueblo hablamos: de la clase o de la nación? Aquí reside el núcleo del problema y se decide el contenido de las dos posturas en litigio. Según los internacionalistas de siempre, siguiendo un análisis de clase inspirado en los intereses obreros, el recurso al poder fáctico contra los poderes fácticos del capital, que puede llegar incluso a la guerra civil de clase contra clase, sólo debe aplicarse cuando hay probabilidades serias de avanzar en la lucha por el socialismo. Para ello cuentan con la participación activa de la clase obrera consciente, la única con interés genuino en esa transformación social. En cambio, los «internacionalistas nacionalistas» creen preferible aliarse a otras clases, incluidos los sectores burgueses, en su reivindicación interclasista y socialmente neutra de un autogobierno nacional.

¿Realmente merece la pena que la izquierda dé la batalla en ese frente, hasta el punto de asumir una potencial guerra civil que a la larga dejaría las cosas como están, o peor? Porque si consiguen el derecho y/o el poder para convocar ese referéndum aunque si lo consiguen por la fuerza, no les haría falta ya ese recurso, nunca lo podrán negar legítimamente a cualquier territorio interior a sus fronteras que reclame, con apoyo de gran parte de su población, los mismos «derechos» que ellos pusieron antes en práctica. Así veríamos que Álava, el Valle de Arán o Navarra querrían un referéndum para separarse de los nuevos Estados vasco y catalán. A su vez, si Navarra se independizara del País Vasco, el territorio euskaldún del oeste navarro podría querer separarse del nuevo Estado navarro… Todo ello desembocaría en una huida hacia delante sin fin, que no tendría otra consecuencia que la fragmentación de los actuales Estados hasta volver al maravilloso mapa medieval de los reinos de taifa.

Además, ¿qué clase de internacionalismo sería ese que no se preocupa más que de su propia nación, y deja de lado lo que piensan sus actuales connacionales o el resto de los Estados del mundo? Si se les pregunta si también las regiones que componen sus respectivas naciones y Estados tienen derecho a separarse de Francia, Alemania o los Estados Unidos, responden que eso nada les importa.

Ellos, al parecer, son como los liberales y piensan que la mejor manera de contribuir al interés general es perseguir egoístamente el interés particular. Lo que ocurra a otros, a ellos les importa un bledo si consiguen su ansiada identidad nacional en lo espiritual y lo fáctico. Juzguen ustedes, en consecuencia, qué tipo de internacionalismo es más auténtico.

Pero aún no hemos respondido a la segunda pregunta: ¿Qué ocurre con el derecho de autodeterminación que reclamaron los internacionalistas históricos, desde Marx, Engels y Bakunin a Lenin? Pasa sencillamente que, con tal de hacer pasar por derechos lo que son puros privilegios, estos nacionalistas están dispuestos a tergiversar, no sólo la historia material sino también la intelectual, todo cuanto haga falta. Y es que Marx, Engels o Rosa Luxemburgo nunca defendieron el derecho a la autodeterminación de los pueblos y regiones sin Estado, sino el de las colonias sometidas al sojuzgamiento imperial. Cuando Lenin reclamaba el derecho de autodeterminación de los pueblos rusos, estaba pidiendo terminar con las colonias del imperio ruso (en este caso situadas geográficamente junto al territorio metropolitano) y con la situación discriminatoria de sus poblaciones en relación con la metrópoli.

Pero en el caso español, la mayoría de sus colonias había conseguido la autodeterminación en la primera mitad del siglo XIX, mientras que Cuba, Puerto Rico y Filipinas la consiguieron en 1898, y las colonias africanas, excepto Ceuta y Melilla, a lo largo del siglo XX. Lo que los clásicos del marxismo reclamaban, en el caso español se logró hace mucho tiempo. Pero lo que reclaman ahora los nacionalistas periféricos españoles no tiene nada que ver con lo que reclamaba el marxismo, por mucho que a los intereses de la burguesía y la pequeña burguesía nacionalistas se hayan sumado ahora los partidos políticos de izquierda que alguna vez fueron marxistas.

4 de octubre de 2005

 Diego Guerrero
Profesor de Economía Aplicada
Universidad Complutense de Madrid




La traición de clase de la izquierda nacionalista en España, y su impacto sobre la economía española”

Diego Guerrero

X Jornadas de Economía Crítica Marzo de 2006

Contenido:

 Introducción

 I. Enfoque nacionalista versus análisis de clase

 II. ¿Es posible un “nacionalismo de izquierda”?

III. El nacionalismo de izquierda español: del rechazo a la exaltación

IV. Reflexiones sobre la “opresión económica” nacional en España




Documentos que hace referencia.

Marx, K. - Engels, F. Sobre España


Karl Marx y Friedrich Engels. La revolución en España



La Triple Alianza (Catalunya – Euskadi – Galicia)


La ONU de los separatistas




Bibliografía


Ávarez Llano, Roberto (1986): “Evolución de la estructura económica regional de España en la historia: una aproximación”, Situación, n. 1.

Artola, Miguel (1991): Partidos y programas políticos. 2 vols., I: Los partidos políticos; II. Manifiestos y programas políticos. Madrid: Alianza.

Aubet, Rosa María (1977): Rosa Luxemburg y la cuestión nacional, Barcelona: Anagrama.

Blas Guerrero, Andrés de (dir., 1999): Enciclopedia del nacionalismo, Madrid: Alianza.

 Cabanel, Patrick (1997): La question nationale au XIXe siècle, Paris: La Découverte (Repères, nº 214).

Carreras, Albert (1985): “Gasto nacional bruto y formación de capital en España 1849-1958: primer ensayo de estimación”, en Martín Aceña y Prados de la Escosura (eds., 1985): La nueva historia económica en España, Madrid: Tecnos.

 Carrillo, Santiago (1975): Mañana, España. Conversaciones con Régis Debray y Max Gallo, Paris: Ebro.

Castillo, Santiago (ed., 1998): Construyendo el futuro (Correspondencia política, 1870-1895, entre Friedrich Engels, José Mesa, Pablo Iglesias, Paul Lafargue y otros), Madrid: Trotta.

Díez Medrano, Juan (1999): Naciones divididas. Clase, política y nacionalismo en el País Vasco y Cataluña, Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.

 Elorza, A.; Bizcarrondo, M. (1999): Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939, Barcelona: Planeta.

Galcerán, Monserrat (1997): La invención del marxismo, Madrid: IEPALA.

 Gárate, Gotzon (1974): Marx y los nacionalismos separatistas, Bilbao: San Miguel. Gellner, Ernest (1997): Nacionalismo, Barcelona: Destino.

González Hernández, María Jesús, “Conservadurismo y nacionalismo español”, en de Blas (dir., 1999), pp. 134-144.

Ibárruri, Dolores (1970): “España, Estado multinacional”, Informe presentado ante el Pleno ampliado del Comité Central del Partido Comunista de España (Septiembre de 1970). Formato web.

España, Estado multinacional. Informe presentado por la camarada Dolores Ibárruri ante el Pleno ampliado del Comité Central del Partido Comunista de España (Septiembre de 1970)
Dolores Ibárruri (1895-1989)



Informe presentado por la camarada Dolores Ibárruri ante el Pleno ampliado del Comité Central del Partido Comunista de España (Septiembre de 1970)



Iglesias, Pablo (1976): Escritos 1. Reformismo social y lucha de clases, y otros textos, ed. Santiago Castillo y Manuel Pérez Ledesma. Madrid: Ayuso.

Iglesias, Pablo (1976b): Escritos 2. El socialismo en España. Escritos en la prensa socialista y liberal (1870-1925), Madrid: Ayuso

Iñiguez, M. (2002): “Anarcosindicalismo”, en Guerrero (2002, ed.): Lecturas de economía política. Madrid: Síntesis, pp. 203-6.

Kinder, Hermann; Hilgemann, Werner (1999): Atlas histórico mundial (II): De la Revolución Francesa a nuestros días, Madrid: Istmo

Lenin, Vladimir I. (1913): “Notas críticas sobre el problema nacional”, en Obras escogidas en doce tomos, Moscú: Progreso, pp. 23-56


Notas críticas sobre la cuestión nacional


Tomo V (1913- 1916)

Notas críticas sobre la cuestión nacional  Pág. 15 (Escrito en octubre y diciembre de 1913)

J. Stalin. EL MARXISMO Y LA CUESTIÓN NACIONAL (Escrito: Viena, enero de 1913)


El derecho de las naciones a la autodeterminación Pág. 46 (Escrito en la segunda quincena de mayo y la mitad de junio de 1915)


La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación   Pág. 150 (Escrito en enero-febrero de 1916)


Lenin, Vladimir I. (1914): “El derecho de las naciones a la autodeterminación”, en Obras escogidas en doce tomos, Moscú: Progreso, pp. 97-160.

Lenin, Vladimir I. (1916): “La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación”, en Obras escogidas en doce tomos, Moscú: Progreso, pp. 349-364.

Luxemburgo, Rosa: “El derecho de las naciones a la autodeterminación”, en Aubert, 1977.

Luxemburg, Rosa (1961): The Russian Revolution. Leninism or Marxism?, Ann Arbor Paperbacks: University of Michigan Press, Introduction by Bertram D. Wolfe.

Maddison, Angus 2001. The World Economy. A Millenial Perspective. Development Centre Studies. OCDE [Economía mundial. Una perspectiva milenaria, OCDE, París].

 Marías, Julián (1994): Consideración de Cataluña, Barcelona: Acervo. Martín Rodríguez, Manuel (1988): “Evolución de las disparidades regionales: una perspectiva histórica”, en García Delgado (dir.) España Economía, Madrid: Espasa Calpe, pp. 704-43.

Martín Seco, Francisco (2005): “¡Qué error! ¡Qué inmenso error!”, La Estrella digital, 5 de mayo.

Marx, K.; F. Engels (1848): El Manifiesto Comunista, Ayuso, Madrid, 1977 (4ª edición).

Marx, K.; F. Engels (1848b): El Manifiesto Comunista, Madrid: Alianza, 2000. Marx, Karl; F. Engels (1845): La ideología alemana, L’Eina editorial, Barcelona, 1988.

 Marx, K. - Engels, F. (1978): Escritos sobre España. Barcelona: Planeta.
Karl Marx y Friedric Engels Escritos sobre España


Savater, Fernando (1996): Contra las patrias, Barcelona: Tusquets.

Vilar, Pierre (1980): “Pueblos, naciones, Estados”, en Sediciones, nº 9, pp. 79-146.

 Vilar, Pierre (1998): “Historia, nación y nacionalismo. Conversaciones con el historiador Pierre Vilar. Por Joseba Intxausti”, en Sediciones, nº 9, pp. 21-64.



Es imposible un desarrollo basado en el nacionalismo






Rosa Luxemburg: Cartas de prisión (1918)



El PCE: Estalinista y patriota español.

([Libro] La Revolución Española, día a día (1936-1937)

Juan Andrade. Imperialismo fraccional

17 de noviembre de 2017


Desenmascarando a Santiago Carrillo, Julio Anguita, Francisco Fruto, Gaspar Llamazares, Alberto Garzón y muchos más: caballos de Troya en el movimiento obrero.



Comunismo y cuestión nacional en España
Espai Marx
10-07-2006




Rosa Luxemburgo y la cuestión nacional (primera parte)


Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (1909) (segunda parte)



Georges Haupt Los marxistas frente a la cuestión nacional: La historia del problema. Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (tercera parte)


Rosa Luxemburgo En defensa de la nacionalidad (1900). Lenin El orgullo nacional de los rusos 1914. Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (cuarta parte)


Rosa Luxemburgo: La memoria del "Proletariado" 1903. Rosa Luxemburgo La cuestión nacional (quinta parte)


Rosa Luxemburgo: La acrobacia programática de los socialpatriotas (1902). Rosa Luxemburgo: La cuestión nacional (sexta parte)



Carlos Marx, Federico Engels y Rosa Luxemburgo LOS NACIONALISMOS CONTRA EL PROLETARIADO



El POUM aplicó la política leninista en España.

Andreu Nin. Los movimientos de emancipación nacional (1935)


Andreu Nin (1914-36) La cuestión nacional en el estado español


Andrés Nin. El marxismo y los movimientos nacionalistas



Andreu Nin y Joaquín Maurín: vidas paralelas, por Wilebaldo Solano


Polémica Joaquín Maurín y Santiago Carrillo: Problemas de la unificación marxista revolucionaria 1933-1935


Joaquín Maurin. No soy un trotskista, pero... 1 de mayo de 1936.



Hacia la segunda revolución, de Joaquín Maurin


Escritos de Andreu Nin y Joaquín Maurín durante la II República. ¿Revolución democrático-burguesa o revolución democrático-socialista?





























No hay comentarios:

Publicar un comentario