domingo, 16 de julio de 2017

Julián Gorkin .Cómo contribuí a salvar a Valentín González (El Campesino)




Este texto reproduce el prólogo a la edición mejicana de 1953 de Comunista en España y antiestalinista en la URSS (Editorial Guarania). Dicho prólogo titulado originalmente “Como contribuí a salvar a El campesino y por qué colaboro con él” fue reproducido en la edición española de esta obra (Ediciones Júcar, 1959). Ha sido incluido también en la recopilación Contra el estalinismo 






[Libro] Julián Gorkin. Contra el estalinismo. Editorial Laertes. Primera edición 2001

Índice

Presentación de la edición (Fundación Andreu Nin)     

Julián Gorkin, la vida de un luchador (Marc Ferri Ramírez)                                    

Experiencia y pensamiento anti-totalitario en Julián Gorkin (Juan Manuel Vera)

Capítulo 1. Testimonios de un hombre de acción

Mi ruptura con Moscú      
                                                                                 


La muerte en México de Víctor Serge                                                                        

Como contribuí a salvar a El Campesino                                                                 

Capítulo 2. Los comunistas contra la revolución española

España, primer ensayo de democracia popular..                                                             

Los métodos de Stalin en España y las jornadas de Mayo                                        

El sacrificio de Andrés Nin                                                                                          

Evasión tras la caída de Cataluña                                                                       

Capítulo 3. Por un nuevo socialismo


Conclusiones generales sobre los problemas del socialismo                                 

Por un reagrupamiento socialista: algunos enunciados programáticos               

La revolución y la contrarrevolución de nuestro tiempo

BIBLIOGRAFIA DE JULIÁN GORKIN




Un muerto que vuelve entre los vivos

En el mes de abril de 1949 me enteré en París, en las oficinas de la Organización Internacional de Refugiados (IRQ), creada por acuerdo de la ONU, que las autoridades del Irán solicitaban por su intermedio un visado francés a nombre de Valentín González. Ese nombre me decía algo. Estuve dándole vueltas en la cabeza durante toda una tarde; por fin caí en la cuenta de que correspondía al famoso general comunista de la guerra civil española, universalmente conocido por El Campesino. Pero ¿quería ello decir que vivía y que había logrado evadirse de esa espantosa prisión totalitaria que es la Unión Soviética? Me negaba a creerlo. Noticias sobre El Campesino las había tenido por diversos conductos. Había leído tres testimonios recientes sobre la URSS, dos debidos a las plumas de ex embajadores sudamericanos en Moscú y el tercero de un ex agregado de Prensa de la Embajada de Cuba en la misma capital, y sabía por ellos que, tras las más extrañas y sugestivas aventuras, el famoso guerrillero había sido deportado a los campos de concentración de las regiones polares. ¿Acaso es posible salir vivo de allí? Por uno de los escasos pilotos aviadores españoles que lograron salir de la Unión Soviética al final de la guerra y llegar a México, tenía informes y detalles casi novelescos sobre la vida de El Campesino en el país de Stalin. Por lo visto, el que había sido primer comandante comunista y la figura quizá más pintoresca de nuestra guerra civil resultaba ser también la figura más sugestiva de cuantas llegaron a la URSS. Sólo ese extremeño, hijo de anarquista y anarquista en el fondo él mismo, había podido desafiar al dictador topoderoso del Kremlin ya su terrible NKVD. Sólo él, que había desafiado constantemente a la muerte en España y que había recibido once heridas en el curso de la guerra, podía desafiarla también en la Rusia de Stalin y de Beria evadiéndose por vez primera en 1944. Sobre esta casi milagrosa evasión a Teherán y sobre su detención ulterior por la NKVD tenía noticia detallada por el joven piloto aviador a que me he referido más arriba. Conocía también por él algo que me conmovió hondamente: tras la invasión de la URSS por la tropas hitlerianas, en el desbarajuste de las primeras y fulminantes derrotas soviéticas, los niños españoles concentrados en un local escolar, no lejos de donde se encontraba entonces El Campesino, habían quedado en el mayor abandono y pasaban hambre. Valentín vio un gran camión cargado de comestibles con destino a la tropa; sin pararse a pensar en el grave castigo que podía sobrevenirle, en un impulso muy español y muy anarquista subióse sobre el camión, empuñó el volante y les llevó los comestibles a sus pequeños compatriotas. Recuerdo que encontrándome en Roma con la veterana del socialismo europeo Angélica Balabanoff, la primera presidente de la Internacional Comunista y la primera también en romper con el comunismo de Lenin y Trotski, la ex colaboradora de Mussolini cuando era éste socialista y su más sañuda acusadora cuando traicionó, dimos en hablar sobre la bondad y la maldad de los seres humanos. “Todos, en mayor o menor grado, son buenos y malos al mismo tiempo”, me dijo esa pura y venerable anciana, por la que siento amor de hijo. “Cierto -asentí-. Ahí tiene usted el ejemplo de uno de los militares comunistas más brutales y sanguinarios de la guerra española”. Y le referí algunas de sus hazañas en la URSS y, sobre todo, lo del camión de comestibles. ¿Quién iba a decirme que, unas semanas más tarde, tendría ocasión de conocer a fondo a ese hombre, uno de mis peores enemigos en España?

Pero en abril de 1949 yo me negaba a creer que hubiera llegado con vida a Teherán. ¿Cómo era posible que un preso de la siniestra NKVD de Stalin y Beria, la más feroz y espantosa policía política jamás conocida, hubiera podido atravesar millares de ki1ómetros en la inmensa URSS y llegar sano y salvo a la capital persa? ¿y ello por segunda vez? Pensé que bien podía tratarse de otro evadido español que, para obtener más fácilmente una ayuda, había suplantado la identidad del famoso comandante de la 4ó División móvil de choque de la guerra española, la del hombre comparado un día al Chapaiev ruso y al Pancho Villa mexicano. El IRO, muy ocupado con millares de demandas y ya en proceso de liquidación, no parecía decidido a ocuparse de la solicitud de visado. ¿Por qué iba a intervenir yo?
Pero ¿y si se trataba efectivamente de él? Por su resistencia física y su audacia temeraria, ¿no había sido comparado también ese extremeño a sus antiguos coterráneos Hernán Cortés y Francisco Pizarro? Para salir de dudas tomé la resolución de pedir que me mandaran de Teherán, con el mayor secreto, seis fotografías reciente del llamado Valentín González. Las pedí utilizando mis buenas relaciones con los medios gubernamentales franceses. Ocho días después obraban en mi poder. Durante la guerra española El Campesino usaba barba, una barba que se hizo legendaria; el hombre de las fotografías aparecía completamente rasurado. Era el suyo un rostro terriblemente enflaquecido, demacrado, con un fondo al mismo tiempo de susto y de ferocidad; llevaba impresas en él las huellas de un prolongado e intenso sufrimiento, de una persecución constante, del hambre crónica; sus ropas y su traza toda más bien lo hacían parecerse a un bandido de película americana que a un mártir. ¡Pero era él! Lo reconocí principalmente por los ojos, unos ojos árabes, brillantes, acerados, voluntariosos, con destellos de orgullo y de desafío.¡Eran sus ojos! El Campesino había realizado el milagro de evadirse del infierno soviético por segunda vez! Ignoraba yo entonces que había hecho en 1946 otra tentativa frustrada.

¡Era preciso salvarle! ¿Pero podía salvarlo yo, precisamente yo? Durante la guerra española habíamos militado en campos opuestos, si bien en la zona republicana y antifranquistas intransigentes los dos; pero él, comunista fanatizado, bajo la dirección efectiva de los agentes enviados por el Kremlin; yo, con Andrés Nin y otros compañeros, al frente de un partido socialista independiente y, por la mismo, decididamente antistalinista. A los onces meses de guerra civil, y no obstante nuestra acción satisfactoria y revolucionaria sin lugar a equívocos, Moscú nos hizo encarcelar y procesar en pago de una de sus facturas políticas. Nin murió en Madrid (1)  a manos del comandante Orlov, enviado especial de Stalin y jefe de la NKVD en la capital española; yo tenía que morir a manos precisamente de El Campesino. Me salvó uno de los azares de la guerra: el general Queipo de Llano desencadenó una ofensiva en el frente de Extremadura y fue enviado El Campesino, el hombre de las situaciones difíciles y de los golpes duros, a restablecer la situación. El gobierno republicano me hizo trasladar de Madrid a Valencia, con otros compañeros, durante la noche y protegido por un capitán, tres tenientes y cincuenta guardias de asalto.
¿Podía yo ayudar al hombre que había estado a punto de fusilarme, al comandante comunista en torno al cual se había creado una aureola de fanatismo y de sangre Eso era ayer; hoy ese hombre había pasado por espantosos sufrimientos, había tenido la audacia de enfrentarse con Stalin y con su feroz NKVD y, con grave riesgo de su vida, había conquistado su libertad. Podía ser un magnífico testimonio respecto de la URSS y del estalinismo, precisamente porque se había batido y había hecho sacrificios en su favor quizá como nadie.


No vacilé un minuto más: abandoné mis trabajos literarios y mis tareas políticas europeístas y puse a disposición de El Campesino no sólo mi pluma, sino todos los recursos que ésta me había proporcionado. Puse asimismo en juego todas mis influencias para sacarle de Teherán, donde podía correr ciertos peligros, y trasladarle discretamente a la Europa occidental. Gran sorpresa se llevó viendo que era la mía la primera mano española que se le tendía. Siete u ocho veces afirmó la radio de Moscú que les debía a los norteamericanos su salvación, que había sido trasladado a los Estados Unidos y que se había convertido en un agente bien estipendiado de Washington. ¡Lo de siempre! Mientras tanto, viviendo con la mayor modestia en los alrededores de París -nadie sospechará nunca hasta qué extremos hubo de llegar esa modestia-, preparamos juntos, sobre la base de su relato y de su rica documentación, el libro La vida y la muerte en la URSS, publicado hoy en más de sesenta periódicos del mundo entero y editado repetidamente en varios países. (Consignaré entre paréntesis que en México se ha publicado una edición pirata, pésimamente retraducida del francés, que, naturalmente, no reconocemos) (2). 


 
Cuando se supo que El Campesino había conquistado su libertad, los comunistas españoles empezaron a decir que se trataba de una mistificación mía, que había muerto en la Unión Soviética y que, si era necesario, presentarían el certificado de defunción. Repliqué que, a su debido tiempo, yo presentaría su cuerpo. Y así fue: se presentó en el proceso hecho en París en torno al trabajo forzado en la URSS y su testimonio fue el más sensacional. Confieso que a mí mismo me parece a veces como un muerto salido de su tumba y que ha vuelto entre los vivos. 

 
El Campesino plantea un caso político 

 
Mi actitud para con El Campesino obedeció, ante todo, a un sentimiento político. El escritor yugoslavo Ciliga, ex militante comunista que residió durante varios años en la URSS, la ha definido como el país de la gran mentira o de la mentira desconcertante. Es el país de la cortina de hierro, detrás de la cual un Estado totalitario y policíaco ha reducido a la peor de las esclavitudes a un grupo de pueblos. Esa cortina de hierro divide, por otra parte, al mundo ya la humanidad en dos mitades y las condenas a un estado de guerra permanente, en espera de la más espantosa y catastrófica de las guerras. Pues ese Estado esclavizador y que amenaza la paz mundial, por un milagro de la propaganda y de la explotación del mito revolucionario, cuenta con fanatizadas quintas columnas en el mundo entero y sigue siendo popular ante importantes masas de población. Todo lo que contribuye a esclarecer la verdad ya debilitar al Kremlin y a sus quintas columnas favorece la causa de la humanidad y de la paz y debe ser aprovechado. La temeraria evasión de El Campesino y sus sensacionales revelaciones han encontrado eco universal. Desde este punto de vista es inmensa mi satisfacción, sobre todo porque semejante resultado ha sido alcanzado por la conjugación de nuestras solas fuerzas.

Pero son muchos los elementos, sobre todo en los medios de la emigración española, que condenan en su fuero interno -y algunos incluso públicamente- mi colaboración con El Campesino. Recuerdan su pasado. Yo tampoco lo olvido. ¿Cómo voy a olvidarlo, si estuve a punto de ser víctima de él? En una especie de confesión, que yo creo absolutamente sincera, él mismo explica su caso, su actitud en España y en la URSS: en España fue un comunista fanático, de tipo casi religioso como lo son millares y millares de comunistas quizá sin darse cuenta; en la URSS se hizo antiestalinista y tuvo el valor de proclamarlo y de afrontar las terribles consecuencias. ¿Su actitud en la URSS le rescataba de su actitud anterior en España? Léase su confesión -o su explicación- en los capítulos segundo y tercero de este libro y júzguese. En un banquete que se nos ofreció en La Habana yo dije que el verdadero heroísmo de El Campesino no fue el de España, donde cada obrero y cada campesino fue un héroe; su verdadero heroísmo, su heroísmo temerario y casi loco, fue el de la Unión Soviética. Recibido triunfalmente y admitido en la Academia Superior de Guerra con el grado de general de división de choque, pudo formar parte de la casta privilegiada, dueña de todo y de todos; abandonó, sin embargo, su situación para convertirse en un simple trabajador altamente explotado y, más tarde, en un bandido, pues el bandidaje es casi el único camino que puede seguir el rebelde primario en la Rusia de Stalin,y él fue no só10 un rebelde primario, sino un oposicionista consciente y decidido, cosa que se paga con el tormento inquisitorial de la Lubianka, con la deportación y con la muerte. Compárese la actitud de ese hombre con la de sus ex compañeros los Líster, Modesto, Cordón, fieles servidores del Kremlin; El Campesino no sólo expuso su vida en un supremo  rescate de sí mismo, sino que sigue exponiéndola a diario en su combate por la verdad contra el estalinismo. Yo, que como todos saben la vengo exponiendo por lo mismo desde hace veintidós años, sé lo que eso representa. Y sé que para muchos críticos de café, esa peligrosa lucha representa una especie de espectáculo quijotesco contra otros molinos de viento, cuando de lo que se trata efectivamente es del ser o no ser de la humanidad entera.


En la Alemania occidental -y concretamente en el angustioso Berlín cercado y martirizado por la NKVD- me plantearon abiertamente el problema. Allí no reviste una forma literaria, de simple especulación intelectual, sino concreta, dramática. En la Alemania soviética son numerosos los militantes comunistas que han cometido no pocas fechorías al servicio del Kremlin y que, por una razón o por otra, parecen dispuestos a pasarse -alguno que otro a pasado ya- a la zona occidental, al mundo libre. ¿Qué se hace con ellos? ¿Se les juzga por su pasado? Eso equivaldría a condenar a los otros a una fidelidad permanente al Kremlin, es decir, a consolidar al estalinismo. ¿No es preferible atraérselos, facilitarles la huida y luego su propio rescate en la lucha contra el totalitarismo estalinista y por la libertad humana? Mi respuesta fue mi presencia en Dusseldorf, en Colonia, en Bonn y en Berlín mismo aliado de El Campesino.


Puedo ampliarla con otros ejemplos. Cuando el proceso y la condena de Rajk en Budapest, el mundo occidental se agitó en un movimiento de solidaridad y de protesta por ese militante estalinista. Había sido un agente, y hasta ejecutor, de la NKVD; sin embargo, esa agitación fue políticamente justa, pues contribuyó a desenmascarar los métodos tenebrosos del estalinismo y a revelar la trágica realidad de las mal llamadas democracias populares. Lo  mismo puede decirse del caso de Kostov en Bulgaria y del  de Gomulka en Polonia. Hace unos meses se habló mucho en la prensa mundial de la eventual fuga de Clementis de  Checoslovaquia. Clementis fue el sucesor de Masarik en el ministerio de Negocios Extranjeros, quizá uno de los principales responsables de su muerte. Su fuga hubiera constituido un duro golpe para el estalinismo; yo lamento políticamente que fracasara y que cayera en manos de la NKVD, dando lugar a una terrible purga en los propios medios  comunistas checoslovacos, cada vez más descontentos de la servidumbre totalitaria y colonial que les impone el Kremlin.


Pero el caso más elocuente y fundamental es el de Tito. Su pasado es el de un agente típico del estalinismo, el de un satélite; hubo un momento en que se creyó la criatura número uno del Kremlin en los países dominados. Para suerte suya, Yugoslavia no fue liberada por las tropas soviéticas ni ocupada por ellas. La ruptura de Tito con el Kremlin ha constituido y constituye, como todo el mundo sabe, el factor de descomposición más positivo y valioso del bloque soviético de los registrados hasta ahora. Yo no soy titista y declaro, además, que el actual régimen yugoslavo no me da plena satisfacción, si bien reconozco que de un par de años a esta parte se ha registrado en él una cierta evolución democrática que no podrá detenerse ahí. Tito necesita la garantía y la ayuda de las potencias democráticas y un acercamiento -hasta llegar a la integración- con el socialismo democrático occidental que aspira a la unificación y a la defensa de Europa. Nada de eso debe faltarle. La Yugoslavia actual es y debe ser una de las 0trincheras más positivas del antiestalinismo. Todo el mundo en los países occidentales parece reconocer hoy esa verdad. ¿Para quién constituye un obstáculo el pasado de Tito? Pero ¿se establece un distingo entre Tito yEl Campesino porque el primero es hoy mariscal y jefe de Estado y el segundo no es más que un pobre refugiado al que le pueden pegar cinco balazos en la primera esquina? Contra semejante injusticia me levanto yo enérgicamente.

Se quiere la descomposición de los países satélites del Kremlin y de los partidos comunistas a través del mundo. Para ello hay que saber atraerse a sus elementos más sanos, más inquietos, más rebeldes e independientes. Hay que atraérselos y hay que ayudarles a hacer su experiencia, a independizarse del todo, a convertirse en los peores enemigos del Kremlin. Lo sé por experiencia -y lo sabe también Moscú-: los que son capaces de romper, sincera y decididamente, con el estalinismo se convierten en sus enemigos más peligrosos. Entre mis mejores amigos y compañeros de la Europa occidental hay no pocos ex militantes comunistas responsables que pidieron o desearon mi fusilamiento. Nuestra colaboración hoy me prueba que tenía yo razón ayer. Más no se trata de una pequeña satisfacción personal. Se trata de salvar al mundo de los tremendos peligros que lo amenazan. ¿Tenemos derecho a sacrificar el presente y el porvenir en nombre del pasado? 

 
Retrato de El Campesino 

 
Su retrato tísico y -a grandes rasgos- biográfico ya he tratado de hacerlo en la introducción a La vida y la muerte en la URSS. Trataré de hacer ahora, en unas breves líneas, su retrato moral y político. No es muy complicado. Puede decirse que durante los dos años y medio últimos apenas nos hemos separado y creo, por tanto, conocerlo bien.


El Campesino posee los grandes defectos y las grandes virtudes del pueblo español. El pueblo español, recio, individualista, pasional, natural y sanamente orgulloso, no puede ser nunca un pueblo de comunistas a la manera rusa. Los comunistas españoles creo que lo han sido y lo son por error. Porque no conocen la realidad soviética. Porque, no obstante reconocerle defectos transitorios, creen aún hoy que el comunismo representa la pasión libertaria de justicia y de emancipación social, cuando no es otra cosa que una monstruosa maquinaria trituradora del individuo y de los pueblos, una tiranía y una injusticia perennes. Las cifras que trae El Campesino de la URSS, y que yo no me canso de repetir, lo dicen todo: de 6.000 comunistas españoles y miembros de las Brigadas Internacionales que llegaron a la URSS, cuando se evadió a fines de 1948 quedaban apenas 1.200 y de éstos puede decirse que podían seguir considerándose comunistas convencidos unos 150 ó 200 a lo sumo. Y aun sobre éstos hace grandes reservas. Para los españoles, sobre todo, la URSS de Stalin es una magnífica escuela de antiestalinismo.

El padre de Valentín González era anarquista. Y eso fue él siempre en realidad: un anarquista nato. Un rebelde, un individualista. Es un temperamento impulsivo, pasional. Posee inmensas energías a las que necesita encontrarles empleo. Es, en suma, una auténtica tuerza de la Naturaleza con una absoluta pasión de justicia en el fondo. Cayó en el comunismo por verdadero error, creyendo que era otra cosa. Estoy seguro de que fue sincero en su error. Tuvo innúmerables conflictos con la dirección del partido comunista español y con los agentes enviados a España por el Kremlin; si no hubiera gozado de tan gran popularidad en la 46 División, que llevaba su nombre y parecía hecha a su imagen y semejanza, es evidente para mí que lo hubieran suprimido. Estuvieron a punto de hacerlo. En Teruel lo dejaron cercado para que lo mataran los franquistas y poder convertir después su cadáver en una bandera. Pero El Campesinoes, según la expresión española, muy duro de pelar.

Era fatal que, comunista por error en España, fuera un antiestalinista en la URSS. Por eso le cerraron toda posible salida legal al extranjero y hubo de pensar, con toda la fuerza de su temperamento, en la fuga. Su única salida era ésta: la evasión o la muerte. Todo menos resignarse al infierno.


Lo afirmo con toda sinceridad y toda honradez: he descubierto que ese hombre, aureolado por la brutalidad y la sangre, es en el fondo un tímido y un buenazo. Claro está que los buenazos y los tímidos en la vida corriente pueden ser terribles cuando se desatan las pasiones y un impulso, que me atrevo a llamar diabólico, lo arrastra todo. Y la España de 1936 a 1939 conoció ese estado pasional y casi diabólico. No quiero disculpar con esto algunas de sus acciones, como no puedo disculpar las de otros muchos, trato de explicarme tan sólo, con la mayor objetividad posible, un caso individual en el marco colectivo. Ya he explicado en otra parte que en determinados momentos y países los hombres llevan la muerte en las manos; éstas se habitúan a matar casi solas y sin intervención de la conciencia. Pues en la vida corriente El Campesino es un hombre fundamentalmente bueno. En España expuso no pocas veces su vida por salvar a sus compañeros. La expuso por rescatar el cadáver de su comisario político, el excelente escritor y periodista cubano Pablo de la Torriente, cuyos restos ha prometido devolver un día a su patria. Ya he explicado el robo del camión de comestibles, hecho que pudo costarle muy caro, para que comieran los niños españoles abandonados. Y en Kokand, en medio del desbarajuste de la guerra, mientras cada cual procuraba para sí, él robó y robó para que no les faltara nada a los viejos refugiados españoles. Ese hombre no vive para sí y le creo capaz en cualquier momento de darle su camisa al que la necesite o de exponer su vida quijotescamente por corregir una injusticia. No pretendo con esto cambiar la opinión de nadie; me limito a proclamar una cosa que sé cierta.


El drama de ese hombre es de los que no pueden expresarse con palabras. En Extremadura, los falangistas colgaron de un árbol a su padre y a su hermana. Su hermano menor fue fusilado al final de la guerra. Su mujer y sus tres hijos han desaparecido en la España franquista (3). El Campesino no es de los que lloran fácilmente; yo lo he sentido llorar por dentro recordando a su compañera y a sus hijos. Todo lo sacrificó por la causa del comunismo. ¡Y luego descubre que el comunismo estalinista no es otra cosa que una inmensa y desconcertante mentira! En lugar del paraíso de los trabajadores ha descubierto el verdadero infierno sobre la tierra. Para evadirse de ese infierno ha tenido que dejar en él a su nueva esposa, rusa e hija de un general y a su hijita nacida en Moscú. Nada ha vuelto a saber de ellas. Se ha quedado solo con su inmenso drama. ¿Solo? Cuenta con muchos y encarnizados enemigos, pero cuenta también con millones de compañeros en el vasto mundo, en ese mundo sobre el que pretende el Kremlin imponer su dominación. 


 
Ya no hay derecho a ignorar la verdad 


 
Hay quienes ponen en tela de juicio no sólo los horrores que sobre el infierno soviético describe El Campesino en su libro La vida y la muerte en la URSS, sino incluso el hecho de su evasión. Un viejo y sesudo periodista cubano, que tras de pasarse la vida cambiando de casaca política ha acabado en un reaccionario recalcitrante jaleado por los estalinistas -tipo mucho más frecuente de lo que se cree en nuestro tiempo-, tras de administrarle a Valentín los más altisonantes epítetos, llega a la peregrina conclusión de que bien puede haber montado su evasión el propio Kremlin para que le sirva mejor de agente y de espía tras un disfraz antiestalinista, no sólo porque con antelación a su fuga se habían hecho públicos los testimonios de que hablo al comienzo sobre su ruptura con el estalinismo y las largas y terribles persecuciones que ello le valió, sino porque toda persona de mediano juicio debe saber que el Kremlin dispone de espías a través del mundo mucho más eficientes, sin necesidad de pagar el alto precio que supone una campaña antiestalinista de resonancias internacionales como la que viene realizando El Campesino.


Si su testimonio sobre ese infierno hubiera sido el primero o el único de esta postguerra, no hubiera parecido sorprendente el escepticismo de ciertas gentes. El gran jurista judío polaco Jules Margolin, ex simpatizante comunista que, sin conocer la causa, hubo de pasarse cinco años en los campos de concentración de las regiones polares -los mismos que ha conocido El Campesino-, dice al final de su magnífico libro La condición inhumana que lo verdaderamente hiriente y doloroso para él fue la incredulidad de sus antiguos compañeros de ideas al escuchar su relato. Creyeron en un caso de alucinación. ¡Y es que son cosas tan monstruosas y tan inverosímiles! El mismo Valentín reconoce sinceramente al final de su libro que si en lugar de vivirlas se las hubieran contado, por muy antiestalinista que hubiera sido quizá se hubiera negado a creerlas. Durante su primera evasión a Teherán ya había roto todo lazo orgánico y político con el estalinismo; sin embargo acusaba de fascista a su compañero de fuga porque había comprendido cosas que él estaba aún lejos de comprender. Y ya en manos de la NKVD y de paso para la Lubianka de Moscú, acusó indignado de fascistas a los presos de Tiflis por los horrores que iban relatándole. No se lo perdona ahora. No se perdona el haber acusado a su compañero Lorente, el joven y valeroso piloto español que, por culpa de su incredulidad, pudre tierra en una de las múltiples e inmensas tosas comunes de la Unión Soviética. Ni a los mártires de la prisión de Tiflis, probablemente muertos todos ya.


Pero hoy el escepticismo de ciertas gentes resulta ya una complicidad y un crimen. En efecto, existe ya una abundantísima literatura autobiográfica sobre la infernal realidad soviética y los testimonios siguen multiplicándose casi hasta la saciedad. Los procesos intentados en París por Víctor Kravchenko y por el escritor francés David Rousset, así como la ulterior reunión en Bruselas de la comisión de encuesta internacional en torno al trabajo forzado, han permitido escuchar a más de cien testigos; todos coincidieron en lo esencial, todos vinieron a vaciar públicamente sus bien repletos sacos de horrores hasta formar  un horror eterno y universal. Y los tristes juriconsultos al servicio del Kremlin no podían oponer otra cosa que torpes dicterios, insultos groseros, conceptos manidos y vacíos de contenido. ¡Pero ni una sola contraprueba! En los tiempos que aún me atrevo a llamar heroicos del comunismo, eran sus militantes -yo entre ellos- quienes congregaban muchedumbres o provocaban procesos para denunciar a la faz del mundo los crímenes de las dictaduras negras; ahora es la opinión liberal y progresiva del mundo quien tiene que provocarlos contra los verdugos totalitarios del Kremlin y son los estalinistas los que quieren condenar a los protestatarios al silencio. ¿Por qué no permiten Stalin, Molotov, Beria y Malenkov que la comisión de encuesta internacional, en la que tienen cabida los propios comunistas, investigue la verdad o el infundio de las acusaciones? Con las debidas garantías, El Campesino se ha ofrecido oficialmente a acompañar a esa comisión y a indicar las inmensas extensiones cubiertas de campos de trabajo forzado y de vastísimas huesas apenas tapadas de tierra endurecida por la nieve. ¿Y por qué la cortina de hierro, comunistas y equívocos compañeros de ruta del comunismo? ¿Qué se quiere ocultar tras ella a los ojos del mundo civilizado? ¿Acaso el paraíso sobre la tierra, un régimen superior a los otros regímenes conocidos, la obra de creación de unos inmensos pueblos libres y en marcha hacia el ideal de redención humana? Si todo eso fuera cierto, ¿qué interés habría en ocultarlo y en sustituir su visión directa por los artículos exaltadores y los fotomontajes paradisíacos de una propaganda tan costosa casi como los armamentos soviéticos? Se quiere ocultar la verdad, esa infernal y peligrosa verdad que ha convertido al fanático estalinista que era El Campesino en el acérrimo enemigo del estalinismo que es.

¿Acaso los militantes comunistas y algunos de sus compañeros de ruta ignoran esa verdad? La ignora sin duda la aplastante mayoría de los militantes de la base y la de los cuadros medios; ya se sabe que para ellos el estalinismo ha acabado siendo una religión inconmovible, al punto de que se prohíben a sí mismos, con sacrosanto horror, toda lectura capaz de determinar en ellos una simple duda. Son ya mentes anquilosadas y pétreas, ideológicamente encadenadas, uniformadas por una férrea disciplina. Pero los otros, los militantes de los cuadros superiores y de dirección, esos saben la verdad y se la callan o la niegan con obstinación. Todos o casi todos han estado en la Unión Soviética y la han visto en la andrajosa miseria de los obreros, en sus rostros enflaquecidos, en sus ojos escépticos y desesperados. No han visto los campos de concentración, que constituyen un secreto de Estado; pero conocen su existencia y la justifican como justifica el accionista la explotación de la empresa de la cual vive. Yo mantengo hoy fraternal relación con un buen número de ex militantes comunistas que durante largos años multiplicaron los ataques contra mí por mi ruptura con Moscú en 1929; todos me han confesado que cada viaje a la URSS era para ellos motivo de amarga tristeza, de vergüenza y de tormento interior. Sin embargo el lento trabajar de su conciencia necesitó un choque brutal y decisivo para ver completamente claro: fue el pacto Hitler-Stalin.


¿Y qué decir de los llamados compañeros de ruta? Aquí hay de todo: una variedad como la de la fauna y la flora. Con tal de que suene un poco, los comunistas tratan de meter en su saco cualquier cáscara de nuez o cualquier baratija usada. Abundan los ingenuos y los tontos de capirote, incapaces de ver ni comprender nada y que se dejan pescar siempre con los bellos anzuelos de la propaganda soviética. Cuenta ésta con los más hábiles y diestros pescadores profesionales; mueven sus cañas a maravilla entre poetas y poetastros, escritores y escritorzuelos, artistas y simples artesanuelos con pretensiones artísticas, científicos de auténtica valía y otros de vulgar manual. Aspiran los unos a conquistar laureles y otros simplemente a que les redoren los ya marchitos. ¡Disponen de tales medios de publicidad y de corrupción los comunistas! Se tropiezan éstos de vez en cuando con algún idealista sincero, linterna en mano y en afán de causa; le ponen en seguida en algodón en rama. Uno de esos, buen médico español rayando ya en la chochez, me preguntó en cierta ocasión con ingenuo asombro: “¿Entonces usted cree que no hay libertad de prensa en la URSS?” Aliado de éstos dominan los pillos, toda una picaresca de la política que  no alcanza a situarse y, desde luego, no pocos despechados en postura de ultimátum: “O me dan ustedes la que pido o me hago comunista”. Y así se ha ido juntando, en los establos moscovitas, lo peorcito de cada familia y de cada rama política y profesional; las gacetas comunistas los inciensa y les hace creer que son lo mejorcito. Día llegará en que abandonarán la galera como ratas asustadas; pero hoy por hoy están cubriendo las peores monstruosidades y los peores crímenes. 

 
¿Quién costea nuestros viajes? 

 
Según Moscú y sus secuaces en los diferentes países, El Campesino pudo huir de la URSS y llegar luego a la Europa occidental gracias a los dólares americanos. Él y yo secretamente ya estábamos al servicio de los angloamericanos durante la guerra civil española. ¿Pero no me hicieron entonces un proceso a mí, y querían que me fusilara El Campesino, como agente de Hitler y de Mussolini? ¿Por qué no se ponen de acuerdo a través del tiempo y del espacio? La radio de Moscú afirmaba también, antes de saber que lo tenía guardado yo en los alrededores de París, que residía ya en los Estados Unidos, cuando tenemos la convicción de que si solicitara un simple visado norteamericano se lo negarían. Ya he explicado cómo salió de Teherán y llegó a París. No sólo gasté para ello y para su sostén todo mi dinero, sino que contraje deudas por trescientos cincuenta mil francos. No me dignaría darles estas explicaciones a los servidores del Kremlin; las doy para esa zona que se pretende neutral y que, muchas veces sin darse cuenta, se complace en repetir las miserables calumnias de los estalinistas. Diríase que no conciben que pueda hacerse nada por propio e independiente impulso. No ha sido necesario que nos ayudaran los norteamericanos, pero si lo hubiera sido y nos hubieran brindado su ayuda para salvar al evadido de la URSS, no tengo por qué recatarme en decir que la hubiéramos aceptado. Pero así nuestra acción antiestalinista es más meritoria y tiene mucho más alcance.

Pero ¿quién sufraga nuestros gastos de viaje? Los actos celebrados en Francia han sido organizados por las formaciones políticas y sindicales obreras y no nos han reportado un solo céntimo. A Alemania fuimos invitados por nuestro editor, por dos importantes empresas de radio de Berlín y por las organizaciones obreras y de resistencia al estalinismo. Se limitaron a cubrir nuestros gastos. Guardamos un recuerdo emocionante de ese viaje, sobre todo del espíritu que observamos en Berlín. Algo semejante al Madrid de nuestra guerra civil.

A Cuba hemos ido invitados por la magnífica Confederación de Trabajadores. Se nos ha dispensado una recepción extraordinaria en toda la isla. Los estalinistas y alguno que otro alquilón suyo nos han atacado sañudamente; todos los sectores y todos los periódicos democráticos se han puesto a nuestro lado. Nos recibió cordial y campechano el doctor Carlos Prío Socarrás, entonces Presidente de la República. Pero nuestra sorpresa mayor la constituyeron la CTC y su estupendo equipo dirigente: su dinámico y talentudo secretario general, el senador Eusebio Mujal; Suri Castillo, muerto trágicamente mientras estábamos allí; Cofiño, Irigoyen, Jesús Artigas, Buenaventura López, Abelardo Iglesias... En tiempos del Presidente Batista, los comunistas imponían una verdadera dictadura en la isla gracias al monopolio de la CTC; la combatividad y la clarividencia del equipo que rodea a Mujal, hombre enérgico y como tallado en piedra, ha permitido el rescate de esa potente organización, columna inconmovible de la cubanidad independiente y democrática.

A México no ha sido posible traer a El Campesino por el momento. Los estalinistas, representados principalmente por los pintores Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, se han entregado al más repugnante chantaje matonista. Siqueiros conquistó en la retaguardia española el título de Coronelazo mientras Valentín González cosechaba en el frente once heridas; después doró el primero sus laureles de combatiente esforzado figurando, disfrazado de militar -siempre ha tenido que disfrazarse para ser algo-, en el primer asalto a la casa de León Trotski, mientras El Campesino rescataba dignamente su pasado abandonando sus privilegios y manteniendo una resistencia heroica de diez años. ¿Y ahora se ha valido Siqueiros de cobardes artimañas para impedir que se oiga en México la voz acusadora de El Campesino? ¿y le acompaña en tan triste empresa el veleidoso Diego Rivera, ayer babeante de admiración ante Trotski y hoy amigo y servidor de sus asesinos? Lo único que lamento es que un funcionario de origen español, pero hostil no se sabe por qué a los refugiados españoles, les haya prestado oídos. Todo esto no modifica en lo más mínimo, claro está, mi firme y arraigado amor hacia un México. que, felizmente, no representan esos hombres.
París, diciembre de 1952.

Notas del autor
 
(1) Sobre la base de numerosos testimonios, en el curso de los dieciocho meses que hube de pasar de checa en checa y de las cárceles oficiales, en Barcelona, Madrid y Valencia, y ulteriormente gracias a la revelaciones que me hicieron en
México Jesús Hemández, ministro de Educación Nacional, y Enrique Castro Delgado, organizador español del Quinto Regimiento, Andrés Nin, secuestrado en un pabellón de Alcalá de Henares, fue conducido a El Pardo y allí torturado y finalmente asesinado por los principales agentes de la NKVD (hoy KGB). Véase mi libro El proceso de Moscú en Barcelona (El sacrificio de Andrés Nin).
(2) Y otra edición pirata en Madrid, en noviembre de 1953, con el título Yo escogí la esclavitud, escandalosamente anunciada en los periódicos sometidos al franquismo.
(3) En el curso de 1977, en su primer viaje a España, descubrió que vivían y ha regularizado su situación familiar con ellos.
 
  
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, septiembre 2002










Valentín González



Vida y muerte de Valentín González


Valentín González "El Campesino" (1/5)



Valentín González "El Campesino" (2/5)


Valentín González "El Campesino" (3/5)


Valentín González "El Campesino" (4/5)


Valentín González "El Campesino" (5/5



La vida y la muerte en la URSS




Julián Gorkin. Los asesinos de Trotski




Este texto recoge la tercera parte del libro de Julián Gorkin El asesinato de Trotski. Se ha incluido en el libro conmemorativo del centenario del nacimiento de Gorkin, Contra el estalinismo. 




NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG: Estoy recopilando todos las partes que tiene el libro.




[Libro] Julián Gorkin Contra el estalinismo. Editorial Laertes. Primera edición 2001

Índice
Presentación de la edición (Fundación Andreu Nin)….      7        

Julián Gorkin, la vida de un luchador (Marc Ferri Ramírez) 11                                      

Experiencia y pensamiento anti-totalitario en Julián Gorkin (Juan Manuel Vera)...      29

Capítulo 1. Testimonios de un hombre de acción

Mi ruptura con Moscú……           45                                                                                            

Los asesinos de Trotski…            71                                                                                            

La muerte en México de Víctor Serge….  106                                                                           

Como contribuí a salvar a El Campesino….  122                                                                      

Capítulo 2. Los comunistas contra la revolución española

España, primer ensayo de democracia popular..       141                                                       

Los métodos de Stalin en España y las jornadas de Mayo..   172                                         

El sacrificio de Andrés Nin..    210                                                                                               

Evasión tras la caída de Cataluña..             234                                                                         

Capítulo 3. Por un nuevo socialismo


Conclusiones generales sobre los problemas del socialismo..    271                                   

Por un reagrupamiento socialista: algunas enunciados programáticos…  276                  

La revolución y la contrarrevolución de nuestro tiempo..                                               298

BIBLIOGRAFIA DE JULIÁN GORKIN..                                                                                     365




Julián Gorkin. Los asesinos de Trotski
Este texto recoge la tercera parte del libro de Julián Gorkin El asesinato de Trotski. Se ha incluido en el libro conmemorativo del centenario del nacimiento de Gorkin, Contra el estalinismo.






La policía mexicana hizo lo que pudo para conseguir el esclarecimiento del “caso Trotski”: él mismo, tras el primer atentado, que falló, y luego su mujer, Natalia, después del segundo, fatal para el viejo bolchevique, hubieron de reconocerlo así. Pero, por entonces, Bélgica y Francia gemían bajo el yugo nazi, la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin se habían aliado: toda investigación en Europa era imposible, a causa de la guerra, y el episodio no tuvo la resonancia internacional que merecía. Con esto contaban Stalin y Beria, así como sus agentes en México y Estados Unidos, encargados de organizar y llevar a cabo el asesinato.


La escuela de los verdugos


Vivamente interesado por las circunstancias del atentado y en lucha abierta, desde hacía años, con el estalinismo y su GPU, yo, paralelamente a la de la policía, había abierto una encuesta [investigación] personal, logrando saber, poco a poco, más que ella en lo tocante a ciertos puntos.
Especialmente sobre la identidad del asesino material y sobre su familia, así como en lo relativo a algunos de los actores del drama. No obstante, me abstuve hasta el final de la guerra de publicar la menor revelación. Las democracias occidentales, haciendo gala de una ceguera inconcebible, continuaban considerando a la URSS estaliniana su aliada en la construcción de la paz, tal como lo había sido en la segunda fase de la guerra mundial. Quise obtener todavía la confirmación, de ciertos hechos y un complemento lo más extenso posible de mis investigaciones: para eso necesitaba regresar a Europa.


Un hecho resaltaba claramente en la encuesta oficial: todos, o casi todos, los que habían intervenido en el planteamiento del asesinato de Trotski habían hecho sus pruebas durante la guerra civil española. Mi encuesta personal confirma y refuerza esta afirmación. España fue, para el estalinismo, un verdadero campo de experiencias, una magnífica escuela: “la escuela de los verdugos”, como yo mismo dije en otra parte (1). Fue en España, efectivamente, donde el Kremlin entrenó y puso a punto a sus hombres, métodos y armas.


Varios generales soviéticos que habían de destacarse en el curso de la Segunda Guerra Mundial, entre los que figuran los posteriormente mariscales Malinovski y Rokossovsky, fueron entrenados en España; los métodos políticos y policíacos utilizados en la conquista y dominación de los países satélites se ensayaron y perfeccionaron en España; los hombres que habían de ser los principales elementos de esa dominación pasaron por dicha escuela. Hasta el punto de que puede decirse que España fue el teatro del primer ensayo de democracia popular. ¿A quién extrañará, pues, que también los asesinos de Trotski hicieran su aprendizaje -o se perfeccionaran- en España? No olvidemos que Trotski supo ver esto con gran intuición desde el comienzo del caso.


El destino de los refugiados españoles en la URSS


A la caída de la República española, después de treinta y dos meses de una guerra civil agotadora, 3.961 militantes comunistas o miembros de las Brigadas Internacionales, cuidadosamente escogidos por una comisión responsable constituida en París, partieron para Moscú (abril-mayo de 1939). Estos hombres formaban, con los españoles llegados anteriormente a la URSS (marinos, alumnos-pilotos, unos 2.000 niños y varios maestros y maestras), un total aproximado de 6.000 refugiados, que constituían -especialmente los últimos llegados- un material precioso para el Kremlin. Todos, o casi todos, habían sufrido la prueba del fuego bajo la dirección y el control de los agentes de Moscú. Estos se habían desembarazado sobre el terreno -en España- de todos los hombres deprimidos, desmoralizados y escépticos, al mismo tiempo que de buen número de adversarios políticos. Conocíase, pues, a fondo a los supervivientes, quienes habían dado excelentes pruebas de ciego fanatismo, de valor en el combate o en la represión, y de sus aptitudes en diversos aspectos.

El Comité Ejecutivo del Komintern nombró en Moscú una comisión especial que tenía plenos poderes (de vida y de muerte) sobre la suerte de todos aquellos refugiados. Esta comisión estaba integrada por Georges Dimitrov, presidente de la Internacional; Palmiro Togliatti (alias Ercole/ Ercoli, quien, en España, donde era el primer agente político de Moscú, se hacía llamar Alfredo) ; André Marty, jefe de las Brigadas Internacionales, a la cabeza de las cuales recibió el sobrenombre tristemente famoso de “El carnicero de Albacete”; Bielov y la Blagoieva, del Komintern al mismo tiempo que de la GPU; la Pasionaria y los generales españoles Modesto y Líster. Con excepción de Dimitrov, todos habían desempeñado un papel importante en España. Esta comisión se arrogaba el derecho de decidir la suerte de los refugiados españoles, sin tener en cuenta, ni por asomo, sus deseos o sus gustos. Todos tenían que someterse a la disciplina bolchevique; cada uno de ellos no era otra cosa que una ruedecilla insignificante de aquella inmensa máquina sin alma ni conciencia.

Diez de esos refugiados -los militantes políticos más responsables- fueron integrados por la comisión en el aparato del Komintern; veintiocho -más cuatro mujeres encargadas de espiarlos- entraron en la Academia militar Frunzé, donde debían recibir una enseñanza superior para servir en los cuadros del Ejército Rojo; ciento veinticinco fueron enviados a la Escuela política de Planesnaya, que dependía del Instituto Marx-Engels-Lenin. Los otros, fraccionados en dieciocho grupos, formaron otros tantos “colectivos” establecidos en diferentes regiones de la URSS, donde conocieron un trabajo extenuante, la miseria, las penalidades de las fábricas soviéticas.


No obstante, ocho refugiados españoles fueron escogidos con particular cuidado: se les destinaba a hacer unos cursos especiales, con vistas a misiones ultra secretas. Dirigidos por el mariscal Koniev y dependiendo directamente de Stalin, funcionaban en Moscú unos  colegios restringidos, que se componían, como máximo, de tres a cinco personas. La selección de los miembros de esos colegios se fundaba en la aptitud para las tareas terroristas: sentido de la disciplina, obediencia ciega, amoralidad, ausencia de escrúpulos, sangre fría, temeridad, astucia... En todo momento, esos individuos debían ser capaces de matar: a un adversario, pero también, incidentalmente, a un camarada tibio o molesto. No se admitían la discusión ni la crítica. Los hombres recibían así una preparación para el terrorismo dentro del terrorismo mismo, haciéndose pronto más poderosos que los agentes ordinarios de la GPU. Encarnaban en cierta manera la expresión más completa del régimen terrorista jerarquizado hasta el extremo instaurado por el estalinismo. En el plano personal, estos hombres tenían derecho a los máximos privilegios; pero se podía, a cambio, exigir de ellos los mayores sacrificios, su vida, de ser necesaria. Los colegios eran independientes entre sí, y sus miembros pertenecían a diversas nacionalidades. El mariscal Koniev y sus colaboradores inmediatos eran los únicos que los conocían todos. Los colegios, en conjunto, formaban la sección de Trabajos Especiales. De los ocho españoles seleccionados, cinco constituyeron un  colegio. Los otros tres estaban destinados a cumplir una misión de toda confianza.


En una dacha de la GPU


Estos tres militantes escogidos entre los cuatro mil adultos desembarcados en la URSS eran Martínez C., Álvarez y Jiménez. El primero había sido diputado y comandante del célebre 5º Regimiento, en manos, por entero, de los técnicos militares rusos y de los agentes de la GPU. Álvarez había sido comisario político durante la guerra civil. En cuanto a Jiménez, era un militante decidido, activo, dotado de un dominio de sí mismo poco común. Apresurémonos a decir que, de los tres hombres, sólo Álvarez fue descubierto por la policía y arrestado, después del primer atentado contra Trotski en México. Extremadamente reservado en sus declaraciones, lo tomaron por un simple comparsa y en seguida fue dejado en libertad.


A unos cuarenta y cinco kilómetros de Moscú, a poca distancia de la carretera de Leningrado, se encontraba una de las dacha (casa de campo) secretas de la GPU, en la cual los tres españoles estuvieron alojados varios meses. Se les destinaba a una alta misión, la más importante, ciertamente, de toda su vida de militantes estalinistas. Habiéndoseles prohibido que se confiaran a nadie, fuese quien fuese, no salían apenas de la dacha, yendo a Moscú sólo de tarde en tarde. ¿Quiénes fueron sus profesores? ¿Cuáles fueron sus consignas, su preparación? No sabríamos decirlo. Pero presumimos que les pusieron por maestros a los mejores especialistas del mariscal Koniev y de la GPU. Koniev seguía personalmente sus progresos, de los que se daba cuenta a Stalin, a causa de la importancia concedida a su preparación.

Los españoles no serán jamás agentes secretos perfectos. Una mezcla de temeridad y de crueldad innata les hace capaces de matar o morir en todo momento; pero espontáneos, cordiales, y en el fondo un poco fanfarrones, experimentan frecuentemente la necesidad de expansionarse. Los días precedentes a su salida de Moscú, Martínez invitó a algunos compatriotas, militantes comunistas destacados, gastándose en su honor varios millares de rublos. ¿Conocían sus amigos el objeto del viaje? ¿Sabían que la vida de Trotski estaba en juego? En todo caso, el viejo militante sevillano Barneto (que participó muchas veces en actos de terrorismo en España) debió de recibir algunas confidencias; un día, tras unas copiosas libaciones, habló más de lo que habría sido de desear. Este hombre, considerado uno de los militantes más seguros del partido, había sentido cierta amargura al verse apartado de aquel importante asunto. Fue por Barneto por quien El Campesino se enteró de la misión secreta de los tres españoles.

Contreras-Sormenti-Vidali

Poseo y he puesto en lugar seguro todos los documentos oficiales relativos al asesinato de Trotski; constituyen un total de 1.200 folios debidamente numerados, timbrados y firmados. El folio número 706 lleva la firma de Carlos J. Contreras. El número 707 es un documento -confidencial- cuyo contenido transcribo:

“El abajo firmante, cónsul general de México en España, ha recibido la visita del coronel Juan B. Gómez (2), quien le ha pedido un pasaporte para un sujeto italo-ruso llamado Eneas, agente de la GPU. Por no ser esta persona de nacionalidad mexicana, no ha sido posible entregarle el pasaporte; sin embargo, según el coronel B. Gómez, sería posible acceder a su solicitud siempre que en ella figure el nombre de Carlos J. Contreras. Las señas personales de este sujeto italo-ruso son las siguientes: complexión robusta, ojos azules, pequeños, nariz larga, expresión sonriente, talla mediana. Ante la negativa del abajo firmante, han sido movilizadas poderosas influencias, es decir, que el asunto ha sido expuesto a la atención de personalidades políticas de primer plano”.


El nombre de Carlos J. Contreras fue pronunciado muchas veces en el curso de la encuesta de la policía mexicana. Pero el hombre era -y sigue siendo- muy hábil; gozaba de las protecciones más altas en el país, y la policía no se atrevió a detenerle, aunque presintió la importancia de su papel en la preparación del asesinato de Trotski. En una carta que envió a la policía, reconocía haber pertenecido al movimiento comunista desde su fundación y haber sido durante la guerra de España comisario político y comandante en el 5º Regimiento. Añadía: “Respetuoso con las leyes de este país (México) y lleno de gratitud por la hospitalidad que me ha ofrecido, no he intervenido jamás en sus asuntos políticos. Yo no soy ruso, ni judío, ni miembro de la GPU; no soy rubio, ni llevo gafas; yo no he matado a nadie, ni mis bolsillos están llenos de billetes de banco; yo no hago declaraciones sensacionales, no preparo cataclismos mundiales ni hablo un español afrancesado. Yo no soy más que un emigrado político; yo estaré siempre orgulloso de mi pasado, y tengo el honor de pertenecer al partido comunista desde hace más de veinte años”.

Quien se escondía detrás de esta ingenua declaración no era otro que un agente tipo del Komintern y de la GPU, uno de los hombres dispuestos a todo del período estalinista. Su papel en la preparación del atentado fue de primer orden. Pero antes de arribar al punto culminante de su brillante carrera, recordemos brevemente algunos de sus crímenes, aquellos, al menos, que hemos podido llegar a conocer.


Es conocido por el nombre de Carlos J. Contreras desde la guerra civil española; su verdadera identidad es Vittorio Vidali, y con este nombre es, desde la guerra mundial, el jefe de los comunistas de Trieste -ciudad clave- y actualmente miembro del Senado italiano. Se hizo llamar también Eneas Sormenti; se pensó, incluso, que ése era su verdadero nombre, como lo indica el documento antes citado, firmado por el excónsul de México en España. De dar crédito a su declaración a la policía mexicana, llegaría a México al final de la guerra civil española, es decir, en el curso del primer semestre de 1939, como refugiado político. Sin embargo, su primera estancia en México se remonta a 1928: hallábase en México como representante del Komintern y agente secreto de la GPU. Con anterioridad, había militado activamente en Italia, en Francia, en la URSS, donde había sabido ganarse la confianza de los jefes del Komintern. Al salir de Moscú, en 1927, dejó a su mujer y a sus dos hijos como rehenes. El hecho de que Moscú estimara conveniente esta precaución demuestra que se trataba de un agente de primer orden. Primeramente, estuvo en los Estados Unidos, donde organizó algunos grupos de acción entre los comunistas italianos emigrados. Expulsado de Estados Unidos, permaneció algún tiempo en Cuba, y, finalmente, fue enviado a México, en 1928, ocupando los puestos ya citados. Con todo, estuvo en relación continua con los medios comunistas de Estados Unidos y de Cuba, llevando a término con nombres falsos misiones importantes.


En 1929, el líder de los estudiantes comunistas cubanos, Julio Antonio Mella, caía asesinado en una calle de México. El Komintern explotó este crimen en todo el mundo; yo mismo escribí unos artículos sobre el tema en L'Humanité y en Monde, la revista dirigida por Henri Barbusse. El dictador cubano Machado (3), responsable de numerosas fechorías, fue comúnmente acusado de este crimen. Sin embargo, una encuesta policíaca imparcial no tardaría en hacer recaer las sospechas sobre Sormenti; luego, una serie de revelaciones confirmaron que el asesinato de Mella había sido cometido por ese siniestro agente de la GPU. Se sabe ahora que el líder de los estudiantes cubanos había manifestado algunas veleidades de oposición a las directrices estalinistas, y que Sormenti, en el curso de una reunión del Buró político mexicano, le había amenazado: “¡Quienes se oponen como tú, no merecen otra cosa que la muerte!”. En La Habana, otro jefe comunista local, el negro Sandalio Junco, quien conocía la verdad sobre el caso Mella y debía revelar muchos detalles con él relacionados, cayó, a su vez, acribillado a balazos. ¿Fue él, tras Mella, víctima de la banda de Sormenti? Una figura trágica se halla mezclada con la vida y las tristes actividades de Sormenti: Tina Modotti, artista y modelo, antigua compañera de Mella. A su muerte, se convirtió en la amante y colaboradora de Sormenti.


Todo lleva a creer que ella había sido cómplice en el asesinato del líder cubano: la policía descubrió entre sus cosas el plano de las calles por las cuales había de hacer pasar a la víctima el día fatídico, y un punto negro marcaba el lugar preciso en que se derrumbó el desventurado. Más tarde, con el nombre de María Ruiz, se la encuentra en España, siempre junto a Contreras , con quien trabaja. La joven hace amistad con El Campesino. Ahora bien, éste detesta a Contreras (4). Un día se apodera de él y piensa en fusilarlo. Tina le dice poco después, incapaz de ocultar sus sentimientos con respecto al cómplice: “Hubieras debido fusilarlo. Habría sido una buena acción. Es un asesino. Lo odio con toda mi alma. Y, no obstante, he de seguirlo hasta la muerte”. ¡Hasta la muerte! Tina muere en 1943, en circunstancias bastante misteriosas, en un taxi: crisis cardiaca, se dice. Poco antes de morir confió a una amiga íntima que Contreras era “un asesino peligroso”.


En España, donde es nombrado comisario político y comandante en el 5º Regimiento, a propuesta de los técnicos rusos y del partido comunista español, Contreras se convierte en uno de los principales espías y agentes ejecutores de la GPU. Tanto en el frente como en la retaguardia, participa en innumerables crímenes. Colaborador inmediato del comandante Orlov (Nikolski), enviado personal de Stalin y jefe de la GPU en Madrid, somete a horribles torturas, y luego asesina, a mi antiguo compañero y amigo Andrés Nin, ex secretario del Profintern en Moscú y ex comisario de Justicia en Cataluña. Palmiro Togliatti (Alfredo) se encarga de transmitir al KremIin la noticia de su ejecución, valiéndose de una emisora clandestina (5).

El 11 de enero de 1943, Carlo Tresca, prestigiosa figura de militante anarquista italiano, es asesinado ante la puerta del periódico que dirigía en Nueva York. Todo el mundo lo respetaba en Estados Unidos. Una fraternal amistad me ligaba a él, pues durante los procesos que nos incoaron, a mis amigos y a mí mismo, Orlov y Contreras, con la complicidad de Togliatti y de Erno Gerö (6), Tresca fue uno de nuestros más calurosos defensores. Los responsables del asesinato de Tresca continúan en la sombra. Yo acuso públicamente a Contreras de ese crimen; él se apresura a publicar un folleto para defenderse. ¿En qué se fundan mis sospechas? Varias semanas antes del asesinato, el militante socialista francés Marceau Pivert y yo recibimos en México una carta de Carlo Tresca, quien nos informa de la presencia de Contreras en Nueva York, dirigiendo en la sombra una peligrosa campaña de intimidación contra él. El asesinato del anarquista italiano lleva la marca de la GPU y la firma de Contreras-Sormenti-VidaIi, quien gracias a sus múltiples identidades y a los pasaportes correspondientes, se halla siempre en disposición de desplazarse de un lado para otro, a su antojo, para preparar sus fechorías... 

 
Vidali, jefe número 2 del atentado


Martínez C., Alvarez y Jiménez, los tres terroristas españoles enviados a México desde Moscú, habían recibido la orden de ponerse a las órdenes del comandante Carlos, personaje que les era familiar. Habían trabajado ya con él en su país, y sabían que estaba considerado desde hacía años como el mejor agente de la GPU en México. Su superior jerárquico en la preparación del asesinato de Trotski era el famoso judío francés, del cual tanto se habló durante la encuesta.

Contreras conocía mejor que nadie los medios comunistas españoles, mexicanos, cubanos y norteamericanos. Sabemos que los autores del ataque armado contra la casa de Trotski (la noche del 23 al 24 de mayo de 1940) pertenecían a esos medios. La mayor parte de aquellos individuos habían sido elegidos por él. Durante las ausencias del principal jefe de la empresa, Contreras asumía la dirección del grupo en México. Pero él se quedaba en la sombra, ocultándose siempre lo más posible. Pues, al comprometerse, habría comprometido al mismo tiempo a los personajes de la Administración mexicana que eran sus amigos y cuya influencia podía serle en todo momento útil. Se servía de ellos, por ejemplo, cuando necesitaba visados para la entrada en México de agentes extranjeros; cuando quería colocar a sus cómplices en las organizaciones políticas y diversos organismos oficiales; cuando desencadenaba una campaña de prensa contra Trotski, a fin de crear un clima favorable a los enemigos de este último y preparar a la opinión ante su muerte violenta (7), etc.


Vicente Lombardo Toledano, líder sindical destacado, cuya influencia pesaba no solamente en todo México sino también en la América Latina, prestó su concurso a esas maniobras. Era entonces el principal instrumento de Moscú en México, al mismo tiempo que uno de los pilares del gobierno de Cárdenas. Ignoramos si sabía lo que se tramaba contra el viejo bolchevique. Pero con seguridad que fue uno de los mejores colaboradores de Contreras en la preparación de ese clima de odio favorable a sus planes, y gracias al cual varios de los hombres que debían tomar parte en el complot entraron en México. Para llevar a la práctica la agresión de la noche del 23 al 24 de mayo, Contreras utilizó al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, considerado después el organizador material del atentado. En verdad, éste no asumió otro papel que el de comparsa; no había tomado ninguna iniciativa, ninguna decisión; no había hecho nada sin la previa conformidad del comandante Carlos. La jerarquía del grupo se encuentra ahora, pues, bien establecida: el jefe inmediato de los conspiradores es Alfaro Siqueiros, quien obedece a Contreras, el cual está sometido a la alta dirección del judío francés, personaje misterioso durante largo tiempo.


Gregory Rabinovitch, el famoso judío francés


A Luis Budenz, antiguo director del periódico comunista norteamericano Daily Worker y convertido al catolicismo en 1945, se debe que conozcamos ahora el nombre del judío francés, ese personaje misterioso. Yo, por mi parte, había sabido, y antes de que Budenz hiciese sus revelaciones, que este hombre se hacía llamar Roberts. Los agentes de la GPU, sobre todo cuando acometen misiones importantes, son designados por apellidos o nombres muy corrientes. Así, yo he conocido entre ellos a un Pedro, a un Léopold, a un Richard, a Carmen. E incluso los militantes responsables ignoran frecuentemente la identidad de esos hombres. Roberts, pues, no era otro que el doctor Gregory Rabinovitch, judío de origen ruso, delegado de la Cruz Roja en Nueva York y Chicago. Para mejor enmascarar las actividades de terrorismo y de espionaje de sus agentes secretos, la GPU suele proporcionarles puestos oficiales o semioficiales: son corresponsales de Pravda o la agencia Tass, representantes de organizaciones filantrópicas o delegados de misiones comerciales o culturales. Colocado a la cabeza de la delegación soviética de la Cruz Roja, Roberts-Rabinovitch pudo, sin correr el menor riesgo, asumir la dirección moral del atentado contra Trotski. Daba lo mismo que sus agentes se encontrasen en París, Nueva York o México; él los hacía actuar a su antojo, sin comprometerse.


Después del fracaso del primer atentado, nuestro hombre, temiendo ser molestado en el chalet que había alquilado en México, se trasladó nuevamente a toda prisa a los Estados Unidos, mientras que Carlos J. Contreras se quedaba en México, así como otros dos agentes importantes, de los cuales hablaremos más adelante, y un instrumento precioso, tenido hasta entonces en reserva: Jacson-Mornard.


Dos oficiales superiores soviéticos
De todos los que habían tomado parte en este primer caso Trotski, únicamente los comparsas fueron descubiertos y detenidos por la policía mexicana. Los principales agentes lograron escapar a las investigaciones. ¿Ha de culparse de ello a las autoridades mexicanas? Yo afirmo que no. Pues ellas ignoraban, al igual que, generalmente, las autoridades de todos los países occidentales de entonces, los métodos aplicados por la más hábil y más implacable de las policías secretas, la GPU. Cuando su arresto, y en el curso de la encuesta, yo había observado con sorpresa creciente la ausencia de personalidad y la insignificancia de los individuos segundones de la GPU. ¿Cómo Stalin y Beria, pensaba, han podido fiarse de tan insignificantes elementos ante un caso por el que mostraban el máximo interés? No tardé en comprender que detrás de aquellos pobres subalternos actuaban personajes de mayor envergadura, quienes representaban la elite de los agentes secretos.


Rabinovitch y Contreras, acabamos de demostrarlo, eran los dirigentes intelectuales del atentado, o, al menos, de su fase preparatoria. Pero la dirección técnica incumbía a dos oficiales superiores de la GPU llegados directamente de Moscú.


La existencia de esos agentes de primer plano había de serme revelada por Enrique Castro Delgado. Éste, pese a haber sido uno de los principales organizadores del famoso 5º Regimiento durante la guerra civil española, ocupando desde su llegada a Moscú un puesto de responsabilidad en el Ejecutivo del Komintern, había caído en desgracia. Casi por milagro -él me contó que gracias a la intervención de Dimitrov-, logró salir de la Unión Soviética en compañía de su esposa. Habiendo roto totalmente con el comunismo, a raíz de su llegada a México, y encontrándose sin medios de subsistencia, Castro Delgado se volvió hacia mí y yo le ayudé a publicar -en español y en otras lenguas- su libro, muy interesante: He perdido la fe en Moscú. Me di cuenta rápidamente de que era el militante español que mejor conocía los detalles secretos del asesinato de Trotski. Honrado y sincero, me estaba algo obligado y nos hicimos amigos. No obstante, y por razones que había de exponerme posteriormente, lo hallé un poco reticente cuando me hizo sus revelaciones.


Los dos oficiales de la GPU habían trabajado en España durante la guerra civil, sobre todo en Valencia, en la época en que el gobierno republicano residía allí. No ejercían ningún mando y dominaban, sin embargo, sin disputa, a los jefes militares de más categoría. Tenían por especialidades el espionaje y el terrorismo, en los medios comunistas y en el seno de las Brigadas Internacionales, así como contra sus adversarios. Aunque eran rusos de nacimiento, los dos hablaban un español perfecto. El primero, que parecía ser el jefe, era de mediana estatura, rechoncho, de ojos penetrantes, cejas espesas, cabellera abundante; resultaba bastante feo y antipático, de maneras bruscas, autoritario, de carácter duro. Su colega era menos rudo, más cordial.

-¿Puedes decirme sus nombres? -pregunté a Castro Delgado.

Vaciló un momento. ¿Temía que yo los hiciese públicos y que él fuese objeto de represalias? ¿O bien obedecía al hábito del silencio y de la disciplina, adquiridos en el curso de sus largos años de militante y de estancia en la Unión Soviética, donde la menor palabra, el menor gesto imprudentes podían tener muy graves consecuencias? Se decidió, por fin:

-No me acuerdo muy bien del nombre del segundo. Se hacía llamar Ronsohnof. Pero tú no ignoras que ellos cambian frecuentemente de nombre, y que en muy raras ocasiones son conocidos por su verdadera identidad.

-¿Y el primero? ¿El jefe?

-Tú sabes que, en España, los técnicos o agentes secretos adoptaban nombres corrientes españoles. A ése se le conocía habitualmente por el camarada Pablo. Pero en los círculos restringidos, llamábasele Kotov y Leonov, general Leonov. En Francia, donde anteriormente se especializó en la lucha contra los refugiados zaristas y trotskistas, llevó otros nombres.

Luego, tras una nueva vacilación:

-Su verdadero nombre es Leónidas Eitingon. Tenía a su cargo la dirección técnica del asesinato de Trotski. De momento, no puedo decirte más.

Ruby Weil y Sylvia Ageloff

Habiendo fracasado el primer asalto contra el refugio del antiguo líder bolchevique, era preciso arrojar sobre el tapete, rápidamente, la última carta: una carta digna de la GPU. Luis Budenz ha revelado en un libro titulado Esta es mi confesión, escrito después de haber abandonado el comunismo y abrazado el catolicismo, que cierta señorita J., estalinista fanática, poco tiempo atrás su colaboradora, había recibido la orden de entrar en relación con Sylvia Ageloff, trotskista convencida y hermana de una antigua secretaria de Trotski.


La señorita J. acompañó a Sylvia a París y le presentó a Jacson. Yo sabía desde hacía cierto tiempo que esta señorita J. era la militante Ruby Weil, secretaria de Budenz en la dirección del periódico comunista estadounidense. Deseoso, sin duda, de no perjudicar a su antigua secretaria, Budenz afirmaba en su libro que ella se dio cuenta cuando ya era tarde del papel que le habían obligado a representar. Pero más tarde admitió que Ruby Weil había sido introducida en los círculos trotskistas norteamericanos con la misión de espiar a sus miembros.

Al escoger a Ruby Weil, Roberts, o Gregory Rabinovitch obedecía a una razón concreta. La sabía ligada por una vieja amistad con las hermanas Ageloff -Ruth, Hilde y Sylvia-, las tres trotskistas sinceras y amigas de los Trotski, a quien habían visto frecuentemente en México. Enterada de que Sylvia proyectaba ir a París en la primavera de 1938, Ruby Weil se ofreció a acompañarla, por orden de Rabinovitch y, naturalmente, con dinero proporcionado por él, por mediación de Budenz. Así fue como se encontró en condiciones de presentarle, una vez en París, a Jacques Mornard, que disponía de fuertes sumas de dinero y manifestaba estar siguiendo unos cursos de periodismo en la Sorbona. Sylvia y Jacques Mornard se vieron a menudo, llegando pronto a ser amantes. Mornard le dio palabra de casamiento. Se sabe que los dos fueron juntos a Bruselas, y, aunque él aseguró que en esta ciudad vivió su madre, halló un pretexto para no presentarle a su prometida. Llegó la hora de la separación: Sylvia regresaba a Nueva York en compañía de Ruby, llevándose una nueva promesa de matrimonio de Mornard. Durante siete meses, de febrero a septiembre de 1939, se escribieron con regularidad.


Luego, Sylvia tuvo un día la sorpresa de verlo aparecer por Nueva York. Él le explicó que no quería combatir, y que, para poder salir de Europa, había tenido que proveerse de un pasaporte a nombre de Frank Jacson. Sabemos que vivieron juntos un mes, en Nueva York. Habiendo sido avisado de que en México se le ofrecía un trabajo, Mornard partió para aquella capital. Sabemos también que, antes de separarse de Sylvia, le hizo entrega de tres mil dólares (de cinco mil que él pretendía haber recibido de su madre). Y se reprodujo el intercambio de correspondencia amorosa. Mornard le juró que no podía vivir sin ella. Sylvia, como demuestran las cartas autógrafas que forman parte de la documentación en mi poder, lo trataba como futuro esposo, hablándole ingenuamente de las gentes con quienes trataba. Finalmente, en enero de 1940, ella partió para reunirse con Mornard en México.


El plan de Gregory Rabinovitch se llevaba a la práctica punto por punto, sin el menor tropiezo.

Jacson-Mornard en casa de Trotski


Hacia los últimos días del mes de marzo, la víspera del día en que ella debía regresar a Nueva York, Sylvia, acompañada de Jacson-Mornard, fue a despedirse de los Trotski. Era la primera vez que el futuro asesino penetraba en la casa de quien luego sería su víctima. Antes de dejar la capital mexicana, Sylvia le hizo prometer que no volvería nunca solo al hogar del exiliado ruso: viviendo en México bajo una falsa identidad, se exponía, pensaba ella, a sufrir algunas molestias, de ser descubierto. Pero poco después debía confesarle, en una carta, que no había hecho honor a su palabra por haberse visto obligado a acompañar hasta la casa de Trotski a un amigo convaleciente, que acababa de salir del hospital; este amigo era el escritor francés Alfred Rosmer. Jacson-Mornard se ofreció posteriormente -hacia fines de mayo de 1940- a llevar en coche a los Rosmer al puerto de Veracruz, donde embarcaron para Nueva York. Natalia Sedova aprovechó aquella oportunidad para acompañarlos. En sus cartas a Sylvia, el futuro asesino proclamaba su admiración por Trotski, admiración que crecía a medida que iba conociéndolo mejor, directamente y también por mediación de sus amigos. Este detalle tiene su importancia: el agente de la GPU  no preveía entonces que le sería dada la orden de matar a Trotski, ni que debería, para su defensa, sostener la inverosímil tesis de la decepción causada por el trato con el exiliado ruso.


Un punto queda oscuro. ¿Intervino Jacson-Mornard en el atentado fracasado de la noche del 23 al 24 de mayo? Yo creo que no. Los colaboradores de Trotski expusieron la hipótesis, tras el crimen y el descubrimiento del asesino, de que debía de haber sido él quien, reconocido por Sheldon Harte como un amigo de la casa, consiguió que le fuese abierta la puerta. Opino, por el contrario, que, precisamente para que pudiese entrar sin dificultad en la casa de Coyoacán, la GPU prefería tenerlo en reserva, por si fallaba el primer atentado. Si Jacson-Mornard hubiese tomado parte en la agresión nocturna de manera directa, el hombre hubiera perdido toda eficacia para una eventual acción ulterior, arriesgándose a ser reconocido por las personas que rodeaban a Trotski. Ahora bien, el capitán Néstor Sánchez, que no vaciló en denunciar a la policía, como se recordará, el papel desempeñado en el ataque por el judío francés y por David Alfaro Siqueiros, su amigo y jefe inmediato, no reconoció a Jacson-Mornard cuando fueron confrontados, tras el segundo atentado. Afirmó, incluso, que el asesino no había formado parte nunca del grupo de asaltantes de la noche del 23 al 24 de mayo. Todas las denuncias de Néstor Sánchez respondían a la verdad: ¿por qué iba a mentir en el caso de Jacson-Mornard? Es evidente, por otra parte, que Gregory Rabinovitch, habiendo llevado a buen fin su diabólico plan de conducir a su agente de París hasta la casa de Trotski, tendría buen cuidado en no comprometer una carta tan preciosa.


¿Qué ocurrió después del 24 de mayo? A punto de ser descubierto y arrestado, Rabinovitch se vio obligado a abandonar precipitadamente México, dirigiéndose a Nueva York. ¿Obró así para montar el segundo atentado, llamando a su lado a Jacson-Mornard? Este, en todo caso, se trasladó a los Estados Unidos. Cooper, el secretario de Trotski, lo condujo en coche al aeropuerto.


En Nueva York le dijeron sin rodeos que habría de asesinar a Trotski. Únicamente el responsable principal de este caso, Gregory Rabinovitch, podía darle la orden tajante (8). ¿Fue entonces meditada y escrita la carta que había de ser encontrada en uno de sus bolsillos si no lograba escapar de la policía después del crimen? La fecha y la firma fueron dejadas en blanco: ambas serían estampadas en el mismo México, la víspera del atentado. Esta carta tenía un doble objeto: justificar el homicidio en la medida de lo posible y desacreditar a la víctima política y moralmente, rematando la obra de las campañas comunistas desencadenadas contra Trotski. Concuerda perfectamente con la tradición de la GPU  eso de matar dos pájaros de un tiro.


Jacson-Mornard estuvo poco tiempo en Nueva York. Tras su regreso a México, hizo que se reuniera con él la inocente Sylvia: podía necesitarla todavía para penetrar en la casa de Trotski. ¡Terrible misión la que le había sido asignada! Aunque se hubiese estado preparando para ella desde hacía tiempo, se sentía como aplastado por la fatalidad. En efecto, se había entrenado con sus entradas en la vivienda del viejo revolucionario, ganándose la confianza de sus colaboradores; los había observado en sus idas y venidas; se había hecho a la idea de tomar parte, incidentalmente, en un atentado colectivo; pero ahora tenía que enfrentarse solo con la terrible prueba del homicidio. Por tal motivo, se le veía inquieto, desasosegado, viviendo una verdadera pesadilla. Sin embargo, no podía retroceder, bajo pena de muerte: era un terrorista aterrorizado.

La familia Mercader

Inmediatamente después del asesinato de Trotski, cuando los periódicos publicaron las fotografías del homicida, fueron muchos los antiguos comunistas catalanes que lo reconocieron, pese a los vendajes que le ocultaban parte de la cara; tratábase, en verdad, de uno de sus camaradas de otro tiempo: Ramón Mercader del Río. Conocían igualmente a su familia, una familia comunista modelo, sobre todo la madre. El primero que identificó al asesino fue Agustín Puértolas, antiguo fotógrafo de Prensa en Barcelona y en el frente de Aragón; había tenido ocasión, entonces, de hacer varias fotos de la madre y del hijo, combatiendo en las filas de las milicias comunistas. Otros dos exmilitantes catalanes, Cabré y el dibujante Bartolí, identificaron a su vez al asesino. Sin embargo, nada dijeron, ni a la Prensa ni a la policía. Por mi parte, tal identificación me dejó bastante escéptico. Pero estos amigos catalanes aseguraron que el criminal debía llevar en el antebrazo derecho la cicatriz de una herida recibida en combate. Hice comprobar esta afirmación sin que el hombre se diese cuenta de ello: la cicatriz existía, tal como se me había descrito.
Ya no tuve más dudas sobre la verdadera identidad del asesino; pero, no obstante, tenía que recoger algunos informes sobre él. Me encuentro hoy en condiciones de retrazar a grandes rasgos su historia y la de su familia.


La figura más interesante es la de la madre. Eustasia María Caridad del Río Hernández nació el 29 de marzo de 1892 en Santiago de Cuba, y no en Cataluña, como yo creyera en un principio. Cuando España perdió su rica colonia antillana, la familia del Río se estableció en Cataluña. En posesión de bastantes bienes de fortuna, los padres quisieron que su hija se educase en un pensionado francés instalado en Inglaterra: el del Sagrado Corazón de Jesús. Su educación continuó en un pensionado religioso de Barcelona. Hasta los dieciocho años, Caridad tuvo grandes arrebatos de misticismo; incluso entró en el convento de Carmelitas Descalzas, donde profesó como novicia durante cierto tiempo. Me veo obligado, al llegar a este punto, a abrir un paréntesis, para dar cuenta de una observación: en su juventud, Dolores Ibarruri, pescatera en las inmediaciones de Bilbao, que hizo célebre su apodo La Pasionaria, fue también una católica ferviente, muy devota de la Virgen de Begoña. Una propaganda incansable y hábil había de hacer de ella, inculta pero apasionada, una fanática famosa en el mundo entero, un personaje casi mítico. Un tenebroso aparato policiaco convirtió a Caridad en una terrorista, madre de un asesino.


Contaba diecinueve años cuando contrajo matrimonio en Barcelona -el 7 de enero de 1911, para ser exacto- con Pablo Mercader, nacido en la capital catalana el 26 de julio de 1884 y perteneciente a una familia respetable. Desde entonces se la llamó Caridad Mercader. De este matrimonio debían nacer cinco hijos, cuatro chicos y una chica: Jorge, Ramón, Pablo, Luis y Montserrat. El segundo hijo, Ramón, o, más bien, Jaime-Ramón, el futuro asesino, nació en Barcelona el 7 de febrero de 1913. Aprendió las primeras letras en las Escuelas Pías, con los Padres que las regentaban.

La felicidad de los Mercader no duró más de diez años. El marido continuaba profundamente enamorado de Caridad. Ella, por el contrario, se alejaba poco a poco de su esposo y de los principios severos en que se había formado. Deslizábase hacia la bohemia y la independencia, en las que no tardaría en complacerse por entero. En 1925 abandonó el domicilio conyugal, dirigiéndose a Francia con sus cinco hijos. Residió principalmente en Toulouse y Burdeos, donde sostuvo relaciones con un piloto aviador, militante comunista, que le contagió su fanatismo. En dos o tres ocasiones intentó suicidarse, viéndose empujada a tales extremos por motivos personales. Las tentativas de reconciliación de Pablo Mercader resultaron inútiles. En 1928, la ruptura fue total, y Caridad subió a París en compañía de sus hijos.

Un antiguo agregado cultural de la embajada soviética en París me aseguró que el principio de las relaciones de Caridad Mercader con la GPU se remontaba precisamente al año 1928. Según él, Caridad debió de pertenecer a una célula especial controlada por el Servicio secreto, cuyas actividades estaban consagradas al espionaje. Pero, como ciertos agentes al servicio de la GPU, Caridad pertenecía a una organización independiente del Partido comunista. Con su hija, Montserrat, de la que no se separaba jamás, militó durante años en la XV sección del Partido Socialista francés (SFIO). No fue por azar por lo que ellas estuvieron inscritas en esta sección, situada largo tiempo a la cabeza de la izquierda del socialismo francés y que se mostró como una de las más favorables a la constitución del Frente Popular. Los viejos militantes de la xv sección, entre los cuales tengo buenos amigos, se acuerdan perfectamente de las dos mujeres. Añadiré que, gracias, probablemente, a su origen cubano, Caridad estaba destinada a cumplir misiones de confianza en Cuba, México y otros países de la América Latina.


Tras el comienzo de la guerra civil española, Caridad Mercader militó activamente en el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), ligado a la Internacional Comunista. Fue nombrada secretaria de la Unión de Mujeres Comunistas. Combativa, audaz, enérgica, fue también jefe de una brigada comunista en el frente de Aragón durante los primeros meses de la guerra (julio-agosto de 1936). A finales de agosto resultó herida en un hombro en el curso de un bombardeo aéreo en el frente de Bujaraloz (provincia de Huesca). Por las mismas fechas, su hijo Ramón, nombrado teniente y comisario político en ese frente, era herido en un brazo (ya hemos hablado de eso antes). Evacuados a Barcelona, permanecieron algún tiempo en una casa de reposo. Caridad, Ramón y Pablo fueron más tarde los organizadores del cuartel que había de tomar el nombre de Jaume Graells, en el distrito de Sarriá.


Aquí se da uno de los episodios más trágicos de la vida de Caridad Mercader. Su hijo Pablo es acusado en Barcelona de un acto de indisciplina militar. Los jefes comunistas, con el asentimiento de la propia madre, decidieron enviarlo a Madrid, en un período particularmente peligroso, a una brigada disciplinaria. Murió en el frente madrileño poco después de su llegada. ¿Lo lloró su madre? En secreto, quizá, pues no cabe duda de que amaba a sus hijos; pero en público no manifestó jamás la menor emoción ni formuló ninguna queja sobre la suerte de su desventurado hijo. ¿Se lo impedía el fanatismo ciego que profesaba? Uno de sus hijos pereció víctima de su fanatismo; los otros, a su vez le serían sacrificados, ocupando ahora la ignominia el lugar del heroísmo.


Pedro, Singer, Guéré, Erno Gerö

El pasado aventurero de Caridad Mercader y su actividad combativa le granjearon desde los primeros meses de la guerra de España, la estimación, la confianza y la protección de Pedro, representante todopoderoso del Komintern y de la GPU en Cataluña. ¿Quién era -quién es- Pedro? Bajo ese sencillo nombre de pila se ocultaba Erno Gerö, hoy día tristemente célebre por haber provocado los trágicos acontecimientos de Hungría  (octubre de 1956), después de haber sido uno de los causantes de las sangrientas jornadas de mayo en Barcelona (1937), que se tradujeron en varios centenares de muertos. Cuando sucedió a Rakosi en la jefatura de los comunistas húngaros, varios meses antes de la explosión popular, los periodistas del mundo entero se enfrentaron con grandes dificultades a la hora de esbozar su biografía. Y esto se explica fácilmente: Gerö no fue jamás un hombre público, sino un personaje del servicio secreto, un especialista de la organización clandestina, un ilegal, y a tales actividades debe su carrera. Los periódicos pretendieron que Gerö, al recobrar la libertad en la Hungría de 1921 (fue encarcelado tras el fracaso de la Comuna de Bela Kun, y a la desgracia y a la desaparición del cual no había de ser ajeno, quince años más tarde), buscó asilo en la URSS, siendo luego enviado, por el Komintern a España, en 1938, con una importante misión. Entre 1921 y 1938: un gran vacío. Un vacío tal de diecisiete años en la biografía de un agente secreto constituye sin la menor duda la parte más interesante de su actividad. Un solo hecho demuestra la importancia dada a ese hombre: refugiado en la URSS después de la guerra de España, se convirtió en el brazo derecho de Manuilsky, verdadero jefe del Komintern, y cuyo poder real sobrepasaría al del jefe oficial, Dimitrov. ¡Cuántos méritos se le tuvieron que reconocer para obtener un puesto de tanta confianza!

Erno Gerö es el militante tipo del período estaliniano. Por esta razón y porque se encuentra en los orígenes de la carrera terrorista de Caridad Mercader y de su hijo Ramón, tiene un lugar en el presente relato. Después de la caída de Bela Kun y de un encarcelamiento sin consecuencias en Budapest, se refugió en Viena, donde permaneció un año, aproximadamente, y conoció a la que había de ser su compañera, una joven militante, seguramente honrada. Viena era entonces el lugar de paso de los exiliados húngaros y, en general, de cuantos huían de los países balcánicos; desde allí, la mayoría se dirigía en seguida a Alemania y, sobre todo, a Francia. Yo mismo, militante ilegal, que huía de España, tuve ocasión de saber mucho acerca de eso. Gerö y su compañera se instalaron en París. Fue secretario del grupo comunista, y también del comité intersindical húngaro. Poco después fue enviado a Hungría clandestinamente, con el nombre de Singer y con la misión de proceder a la organización de las células comunistas. A su regreso a Francia, la policía lo detuvo, expulsándolo; no se acomodó a la orden de expulsión y, descubierto y detenido de nuevo, fue condenado a varios meses de prisión. Expulsado una vez más, después de haber cumplido su condena, continuó viviendo en Francia ilegalmente; la policía detuvo y expulsó entonces a su compañera a Bélgica. Tres meses más tarde, ella volvía legalmente a Francia: un militante francés contrató con ella un matrimonio de pura fórmula, lo que le permitió adquirir la nacionalidad de su marido. Tales casamientos eran bastante frecuentes en los círculos comunistas clandestinos; entre 1922 y 1929, año este último de mi ruptura, yo conocí varios.


Erno Gerö tenía méritos suficientes para prosperar en los medios seleccionados y altamente especializados del comunismo que comenzaba a dominar, tras la derrota de Trotski y de los antiguos colaboradores de Lenin, la dictadura jerarquizada alrededor de Stalin: transferido a Moscú en 1928, durante cerca de tres años completó su formación en una escuela leninista. Entre 1931 y 1936 había de perderlo de vista. ¿Qué fue de él durante esos cinco años? Misterio. Su compañera se quedó en París: militante disciplinada, entró en la fábrica Renault. Por disciplina, había adquirido la nacionalidad francesa, y, por disciplina, renunció a su compañero. La fría mecánica comunista ha ignorado siempre los sentimientos y los lazos humanos, calificados como propios de la pequeña burguesía.


Erno Gerö no llegó a España en 1938, como dijeron los periódicos. Fue en 1933 cuando comenzó a especializarse en los asuntos españoles, y más particularmente en las cuestiones catalanas, y, tras el comienzo de la guerra civil (julio de 1936), estuvo casi permanentemente en dicho país. Raros eran los comunistas catalanes que conocían su verdadera personalidad y su importancia. Tan pronto llegó a Barcelona se convirtió en el representante todopoderoso del Komintern y de la GPU. Se le llamaba Pedro o Guéré. Sus decisiones no admitían apelación. Todos los servicios secretos comunistas -políticos, militares, policiales- se hallaban efectivamente bajo su control. Su mirada fría y escrutadora hacía temblar a todo el mundo, incluso y sobre todo al Cónsul general en Barcelona, Antonov Ovseenko, antiguo amigo de Trotski y que había dirigido en octubre de 1917 la toma del Palacio de Invierno. Nombrado comisario de Justicia en la URSS, embarcó en Barcelona apenas un año después de su llegada a esta ciudad, y, en el momento de desembarcar, cuando se disponía a tomar posesión de su cargo, desapareció para siempre. (Después del XX Congreso del Partido Comunista soviético y el famoso informe de Kruschev sobre Stalin, el Kremlin lo rehabilitó, pero nada se ha hecho contra el hombre que, según los informes secretos, fue la causa de su muerte: Erno Gerö.) En junio de 1937, Gerö y Orlov, jefes de la GPU en Barcelona y Madrid, respectivamente, prepararon mi detención y la de mis compañeros de partido, nuestra transferencia a una checa de Madrid y un monstruoso proceso cuyo objeto era conducirnos a la muerte. Poco después asesinaron, tras haberlo torturado cruelmente, a mi camarada Andrés Nin, pero la operación de conjunto fracasó.


Al amparo del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), caído bajo la dependencia total de Moscú, Erno Gerö logró formar un equipo de colaboradores que ocuparon, entre octubre de 1936 y mayo de 1937, cargos políticos, militares y policíacos de primera importancia. Por ejemplo: tres de los puestos más destacados de la Prefectura de Policía quedaron bajo su control. Mientras él se entregaba a esas actividades en Cataluña, otros importantes agentes de Moscú se consagraban a actividades idénticas en toda la zona republicana, particularmente en Madrid y Valencia. En menos de un año, lograron introducirse en casi todos los centros-clave del poder.


Tras un viaje a México, a la cabeza de una delegación, en noviembre de 1936, Caridad Mercader fue una de las más activas colaboradoras de Erno Gerö. Este se convirtió en su primer maestro en el campo de la acción terrorista y el espionaje, en el que ella introdujo a su hijo Ramón. Leónidas Eitingon los conoció gracias a Gerö. Caridad no tardó en ser su amante. Juntos cometieron numerosos crímenes. Entre otros, el más monstruoso: el asesinato de León Trotski. 

 
Pruebas irrefutables


Yo sabía que Ramón Mercader del Río había desaparecido de Cataluña en la segunda mitad del año 1937. Mis informadores catalanes no le habían vuelto a ver -ni habían tenido la menor noticia de él- hasta el momento en que contemplaron sus fotografías en la Prensa mexicana, inmediatamente después del asesinato de Trotski. ¿Dónde había estado durante ese tiempo, o parte del mismo? ¿No resultaba extraño que hubiese desaparecido de España precisamente cuando el comunismo internacional concentraba en ella sus mejores elementos de acción? Estudiando su comportamiento antes y después del asesinato de Trotski, sospeché que había recibido un entrenamiento muy especial en la misma Unión Soviética. Pero no tenía ninguna prueba de eso y, además, los informadores que habían tenido ocasión de moverse en los círculos más allegados al Komintern -aquellos que me habían hablado de los colegios especiales a que me he referido ya antes- no parecían poseer ningún dato sobre ese asunto.


En 1954 fue desenmascarado y detenido en Bonn un importante agente de los servicios secretos soviéticos, el capitán Nicolás Khokhlov. Transferido a los Estados Unidos, causó sensación en el curso de una conferencia de Prensa al exhibir un arsenal de armas mortales de ínfimo tamaño, dignas de las aventuras de James Bond. Reveló en esta ocasión que “el asesinato de Trotski había sido organizado por el general Eitingon, que había estado en España con el nombre de Kotov”, y añadió textualmente: “Fue allí donde reclutó a un español que, enviado a la Unión Soviética, recibió una instrucción minuciosa antes de ser enviado a México con el nombre de Mornard”. Así pues, mis sospechas se encontraban plenamente confirmadas. Es evidente que, además del entrenamiento en España, primero bajo la vigilancia de Erno Gerö, y después de Leónidas Eitingon, Ramón Mercader pasó cinco o seis meses en la Unión soviética antes de instalarse en París, en contacto ininterrumpido con los agentes especializados en la lucha contra Trotski y el trotskismo. Tenía que esperar en París la llegada de Ruby Weil, que debía presentarle a la inocente Sylvia Ageloff.


Esperé a 1948 para hacer pública la verdadera identidad del asesino de Trotski y retrazar en parte la historia de su familia, aunque hubiese podido hacerlo, como ya he dicho, en 1940. Sin embargo, mis afirmaciones merecieron escaso crédito. ¡Habían sido atribuidas a aquel hombre tantas nacionalidades, tantos nombres! ¿Qué pruebas podía ofrecer de que lo que yo decía era exacto?


Las pruebas materiales e irrefutables de esa identidad fueron facilitadas en 1953 por un médico, mexicano, el doctor Quirós Cuaron, encargado en 1940, inmediatamente después de la muerte de Trotski, del examen psicológico del homicida. Quirós Cuaron extrajo de ese examen conclusiones del máximo interés, que expuso en un voluminoso estudio. Aguijoneado por una curiosidad jamás satisfecha, llevó más lejos todavía sus investigaciones, que le condujeron primero a Barcelona y después a Madrid, donde la Dirección General de Seguridad le suministró documentos preciosos: fotos policíacas, de frente y de perfil, de Ramón Mercader del Río (detenido el 12 de junio de 1935, con otros diecisiete comunistas, en Barcelona, transferido después a una prisión de Valencia, puesto en libertad cuando la victoria del Frente Popular) y la huella de su dedo índice derecho. Comparadas con las fotografías de frente y de perfil y la huella del índice derecho de Frank Jacson-Mornard, detenido por la policía mexicana por el asesinato de León Trotski, en 1940, se revelaron idénticas. Al escribir estas líneas, tengo ante los ojos las fotocopias de esos documentos. Las fotos tomadas en 1935 nos muestran a un Ramón Mercader joven, de cabellos negros y abundantes, frente lisa, ojos en forma de almendra, que reflejan un carácter enérgico, la boca grande y sensual; las de 1940 nos permiten ver un hombre cansado, incluso envejecido, con la frente surcada ya por ligeras arrugas, esbozando un gesto que quiere ser desenvuelto pero que delata mucha amargura. El joven militante comunista de 1935, movido probablemente por un ideal sincero, por la voluntad de creer y de actuar, se ha convertido, gracias a los cuidados de la GPU, en un asesino célebre: el de León Trotski. Y su rostro atormentado refleja su infierno personal al mismo tiempo que el infierno colectivo en que se debaten tantos millares de seres.


Los asesinos doctrinarios


El azar quiso que me encontrase en México, en el curso de mis frecuentes viajes por América Latina, cuando, ante la sorpresa general, las autoridades pusieron en libertad, aunque expulsándolo del país, al asesino de León Trotski. Era el 6 de mayo de 1960, o sea, tres meses y medio antes de la fecha en que terminaba su condena, ya que el crimen fue cometido el 20 de agosto de 1940. Ramón Mercader del Río, debidamente escoltado, partió para La Habana de Fidel Castro; desde allí se dirigiría a Praga, uno de los principales centros de dirección del comunismo internacional, y, finalmente, a Moscú. Si aún faltaba una prueba de sus relaciones con el comunismo, ya la tendríamos en lo sucesivo. Cumplida su condena, el criminal doctrinario tristemente célebre iba a reunirse con los suyos.


Dos días más tarde sostuve una larga conversación con Enrique Castro Delgado, quien había sido depositario en Moscú de las confidencias de Caridad Mercader. Espontáneamente, me había ilustrado ya sobre las actividades del general de la GPU, Leónidas Eitingon, refiriéndome también las de Caridad, su amante. Habíase abstenido, no obstante, de revelarme lo esencial, a saber: que ella había acompañado a su hijo Ramón hasta la puerta de la morada de Trotski, por así decirlo, llegado el momento del homicidio. Jesús Hernández, en otro tiempo miembro del Ejecutivo del Komintern y antiguo ministro comunista español, había sido el primero en revelar su presencia, pero yo no había dado crédito a aquello, hallando la cosa demasiado monstruosa para que fuera verosímil. Pero, ahora, Castro Delgado estaba decidido a darme a conocer los menores detalles.

-¿Por qué me ocultaste un detalle de tanta importancia?


-Compréndelo -me respondió él, entristecido-. Mi mujer y yo habíamos contraído una deuda de gratitud con Caridad. En una época de gran miseria en Moscú, ella nos ayudó a sobrevivir. Por añadidura, se movió mucho para que nosotros pudiéramos abandonar la URSS cuando corríamos un gran peligro, realmente entre la Lubianka y la frontera. ¿Tenía yo derecho a portarme mal? Ahora ya puedo hablar, todo ha cambiado.


Caridad, que, como ya sabemos, fue a México a la cabeza de una delegación en noviembre de 1936, regresó allí poco antes del final de la guerra civil española, en febrero o marzo de 1939, cuando comenzaban los preparativos para el asesinato de Trotski. Ella lo mismo que Leónidas Eitingon, su amante, trabajaba bajo la dirección personal de Sudoplátov (9), uno de los principales jefes del espionaje soviético en el hemisferio occidental. Eitingon, que, bajo los nombres de Valery y de Liova, se había entregado a actividades antitrotskistas en Francia, era ante todo un especialista en el descubrimiento y liquidación de los diplomáticos soviéticos sospechosos y militantes comunistas dudosos o comprometedores. Probablemente no se sabrá nunca de cuántas denuncias y ejecuciones es ese hombre autor. Ya veremos más adelante que Caridad, apasionadamente enamorada de él y fanática de la acción (el hombre le había prometido casarse con ella, ocultándole que ya tenía mujer e hijos en la URSS), fue en muchas ocasiones su colaboradora y cómplice. Ramón había seducido a Sylvia Ageloff para introducirse en la casa de Trotski; Eitingon, de manera semejante, había sorbido el seso a la bella Caridad, explotando su sensualidad de mujer madura: el amor al servicio del crimen.


Habiendo fracasado el primer atentado contra Trotski, Beria y Sudoplátov dieron, sin lugar a dudas, órdenes terminantes a Leónidas Eitingon y a su colaboradora Caridad Mercader: había que preparar un nuevo atentado, que esta vez no debía fallar. De ahí la reunión Rabinovitch-Eitingon con Ramón en Nueva York. Esto parece más que verosímil, ya que de otro modo el viaje del último a dicha ciudad no se explicaría. Por añadidura, parece muy lógico que ellos escogieran Nueva York, suficientemente alejada de la capital mexicana y de todas las personas que habían tomado parte en el ataque a la casa de Coyoacán, con el propósito de poner en marcha un nuevo plan.

Mientras Ramón, en aquel fatal día de agosto, se dirigía en coche al domicilio de Trotski para cometer su crimen, Leónidas y Caridad, cada uno en su automóvil, le seguían, estacionándose por las calles vecinas cuando el asesino penetró en el chalet-fortaleza. Si, como era probable, Ramón lograba matar a Trotski en su mismo despacho, con la ayuda del  piolet oculto en su impermeable (por lo cual había sido necesario dos días antes un ensayo), los vigilantes lo dejarían salir sin ser molestado; luego, Caridad y Leónidas se ocuparían de su inmediata salida al extranjero. El terrible grito lanzado por la víctima al recibir el golpe de piolet en su cráneo hizo fracasar su plan. Caridad tuvo que presenciar, devorada por la angustia, la partida de las dos ambulancias: una transportaba a Trotski a la clínica; en la otra iba su hijo, del que no sabía si estaba vivo o muerto. La desventurada recibió entonces una orden perentoria de su jefe y amante: era preciso huir. Leónidas se puso en marcha por su cuenta; Caridad pasó a Estados Unidos, desde donde se trasladaría a Rusia. Una militante española, que desempeñó un papel importante durante la guerra y pasó una temporada en la URSS (en el momento del caso Trotski residía en México, y en México sigue), estaba al corriente de toda la maquinación e intervino. Luego ella rompió con el comunismo; “esa infamia universal y totalitaria”, le oí decir hace varios años; ha sufrido enormemente, de manera que silenciaré su nombre.


Llegada a la URSS, Caridad Mercader se instaló en la Kalujskaia, inmenso sector residencial en las proximidades de Moscú, de casas uniformes y confortables, todas ellas ocupadas por agentes importantes de la GPU. A ella le agradaba la vida fácil y el lujo; le apasionaban las ropas costosas, las joyas, los perfumes; necesitaba beber cada día treinta o cuarenta tazas de café y fumar sesenta u ochenta cigarrillos. El régimen estaliniano, que tan duros sacrificios imponía a la masa del pueblo, que tanta miseria ocasionaba, no le negaba nada a aquella mujer.


Sin embargo, continuaba siendo devorada por una enfermiza necesidad de acción, que ahora más que nunca le atenazaba: la acción podía ser el olvido. Caridad no habría podido soportar nunca una vida de ociosidad. Siempre enamorada del general Eitingon, pese a haber descubierto la existencia de su esposa y de sus hijos, seguía siendo su colaboradora más íntima en la caza de diplomáticos y de militantes tibios y vacilantes. Se le encargó que espiara y denunciara a los jefes del Partido comunista búlgaro refugiados en la URSS; con excepción de Dimitrov y de Kolarov, destinados a desempeñar después de la guerra y del triunfo del Ejército Rojo los más altos cargos gubernamentales en Sofía (lo cual no impidió que los dos murieran en extrañas circunstancias), puede decirse que todos los jefes búlgaros fueron ejecutados. Provista de pasaporte cubano, hizo numerosos viajes, unas veces con Eitingon; otras, sola y obedeciendo sus órdenes, a Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Turquía. Cada una de esas misiones se traducía en nuevas víctimas.


-¿En qué cifra estimas tú el número de esas víctimas?-pregunté a Castro Delgado-.
-En unas treinta, tirando por lo bajo -replicó él.

Castro Delgado guardó silencio durante unos instantes, añadiendo luego:

-Después de la primavera de 1943, caído yo en desgracia ya, pasé horas y horas en su casa, en su pequeño apartamento de Kalujskaia. Éramos semejantes a dos náufragos, que tienen necesidad uno del otro. Se pasaba casi todo el tiempo tendida en la cama, fumando cigarrillo tras cigarrillo, levantándose solamente para hacer café. Frecuentemente hablaba con nostalgia de Cuba, de México, de París; intentaba espantar sus malos recuerdos mencionando sólo los buenos. Pero estaba obsesionada por lo que callaba. No pudiéndose contener ya, un día me confió todo lo que albergaba en su corazón: “Nos han engañado, Enrique. Nos han engañado con sus libros revolucionarios, con su propaganda, con su pretendido paraíso. Esto es el peor infierno que haya existido jamás. Nunca podré habituarme a él. No tengo más que un deseo, un pensamiento: huir, huir lejos de aquí.”. Parecía decidida a hablar... “Tú no conoces como yo a estas gentes”, añadió. “Carecen de alma y de conciencia. Aniquilan tu voluntad, te obligan a matar y te hacen morir a continuación, de un golpe o de un disparo, o a fuego lento, como a mí me hacen morir en este momento. Ahora ya no me necesitan, ¿comprendes? Después de mi última hazaña en Turquía, ya no les sirvo de nada. Se dan cuenta de que ya no soy la de antes... Y es que, poco a poco, los criminales se cansan de sus crímenes y se tornan indiferentes. Si yo te lo contase todo...”. Impresionado, le pedí que no siguiera hablando. Si se divulgaba que ella me había hecho aquellas terribles confidencias, estábamos irremediablemente perdidos los dos. “¡Pero es que estamos perdidos!”, exclamó. “Aquí o en otra parte, si nosotros logramos, por milagro, huir, ¡estamos condenados a muerte!”. Me contó entonces detalladamente toda la historia del asesinato de Trotski, preparado por Leónidas Eitingon y por ella misma. Siempre tendida en su lecho, con el rostro hundido entre sus manos, sollozaba: “He hecho de Ramón un asesino”, manifestó por fin. “De mi pobre Luis, un rehén, y de mis otros dos hijos unas puras ruinas. ¿ Y cuál ha sido mi recompensa a cambio de eso? ¡Cuatro porquerías!”. Caridad se levantó, tiró del cajón de una cómoda, con aire de disgusto, y sacó las condecoraciones más codiciadas de la URSS, la medalla de la Orden de Lenin y la de Héroes de la Unión Soviética, concedidas a ella y a Ramón, respectivamente.


La obsesión de la huida, la certeza de que la matarían si seguía en la URSS la enloquecían. Había adquirido el hábito de encerrarse en su casa, viviendo detrás de sus ventanas, detrás de sus cerrojos. Como sufría de insomnio, se pasaba las noches paseando de un lado para otro en su pequeño apartamento, fumando y bebiendo café sin descanso. Un día, extenuada por el estado de sus nervios, cayó enferma: enferma de desesperación. Carmen Brufau, una catalana, la visitaba con frecuencia; Caridad sabía que esta mujer era un agente de la GPU, de manera que no se fiaba de ella. Escribía, una tras otra, cartas a Beria o a Sudoplátov, unas veces suplicantes y otras amenazadoras, solicitando autorización para salir de Rusia. Le respondían con ramos de flores, con cajas de bombones, con cartas que contenían unas cuantas palabras amables. En ocasiones, Leónidas Eitingon iba a verla; le recomendaba paciencia, un poco de paciencia. Sólo las visitas que le hacía a menudo su hijo Luis la tranquilizaban. Finalmente, amenazó con suicidarse o con refugiarse en la Embajada de Cuba si su solicitud continuaba siendo rechazada. Esta amenaza desesperada dio resultado: Beria la autorizó por fin a trasladarse a Cuba, a condición de que no intentara luego irse a México; en el estado de nerviosismo en que se encontraba, su presencia en México habría podido ser comprometedora. Caridad se prestó a eso, prometiendo no salir de Cuba. Pero una vez fuera de la URSS se apresuró a trasladarse a México. La animaba una idea fija: conseguir la libertad de Ramón.


Silencio bajo pena de muerte

Caridad, pues, logró salir de la URSS hacia finales de febrero de 1945, pero su hijo Luis, muy joven, se quedó en Moscú como rehén, respondiendo del silencio de toda la familia. Al enterarse de su partida en fecha próxima, el muchacho confesó un día a Castro:
-Mi madre se va a Cuba, y luego indudablemente, se presentará en México, pero me sacrifica al dejarme aquí. Ella sabe, sin embargo, que yo odio todo esto y que daría la mitad de mi vida por irme. No me hago ilusiones: no podré salir jamás de la Unión Soviética.


Tras la muerte de Trotski, residía permanentemente en México una comisión de la GPU. Yo me había enterado de su existencia, pero ignoraba su composición exacta. A la cabeza de esa comisión se encontraba el agente Kupper, muy importante, de origen polaco. Tenía por colaborador, entre otros españoles, al hijo de un dibujante célebre: Sancha. Kupper había estado durante la guerra en España, dedicándose al terrorismo. Una de sus primas, Lydia, casada con un militante español asesinado más tarde por los suyos, fue la colaboradora y amante del famoso mariscal Malinovsky, comisario de Defensa, después del advenimiento de Kruschev (10). El equipo Kupper cumplía en México una misión concreta: protegía, y al mismo tiempo vigilaba estrechamente, al asesino de Trotski. Todo lo que tenía relación con el detenido –la preparación de su defensa, la tarea de hacer su estancia en la prisión lo más cómoda posible, sus relaciones con el exterior- se hallaba intervenido por Kupper. Al grupo no le faltaba dinero precisamente; según mis informes, gastó desde la detención hasta la liberación del criminal la importante suma de 250 000 dólares.


Al abandonar la URSS, Caridad Mercader tenía en su poder un pasaporte soviético que le permitía guardar secretos su identidad y su origen. Pero ese pasaporte fue motivo de toda clase de conflictos con el equipo Kupper, que quería impedir a toda costa que entrara en contacto directo con el prisionero. Una vez logró entrar en la prisión de Lecumberri, donde su hijo cumplía condena, pero le fue totalmente imposible verlo. Caridad exigió que se procediese a la revisión del proceso: sufrió un revés. Con la ayuda del abogado que defendiera al detenido, proyectó un intento de reducción de la condena, pero estas nuevas gestiones resultaron igualmente vanas. El pretendido Jacson-Mornard no era un preso cualquiera; la prensa mundial no le perdía de vista, y su liberación prematura habría podido dar lugar a un escándalo. Cada vez que se planteaba el problema de una reducción de la pena, la Justicia mexicana invariablemente invocaba los argumentos siguientes para rechazar la idea: precisamente, por haber intentado él obtener la revisión de su proceso, habíase privado el prisionero de una posibilidad de atenuación de la condena. Además, ¿cuál era su verdadera identidad? Aquella bajo la cual había sido detenido se había revelado falsa, pero la verdadera seguía siendo desconocida oficialmente. ¿Por qué se negaba a descubrirla, a aportar pruebas que hubiesen ayudado a poner en claro el problema? Finalmente, la mujer exigió que fuese organizada su evasión: nuevo fracaso (ya he dicho en otra parte qué papel desempeñé en el mismo, en unas fechas en que yo ignoraba todavía que la madre del asesino se encontraba en México). Como cada vez se mostraba más exigente, Kupper resolvió -sin duda por orden de Moscú- aterrorizarla. Dos tentativas criminales fueron dirigidas contra ella; una vez escapó por milagro de un accidente de automóvil. Temiendo por su vida, como ya antes en Moscú, Caridad abandonó México en noviembre de 1945, dirigiéndose a París, de donde no ha salido desde entonces. Provista de un pasaporte cubano, vive allí con su hija Montserrat, casada con un tal Monsieur Duduyt. En París, igualmente, vive su hijo mayor, Jorge, enfermo. Caridad, en otro tiempo enérgica, audaz y fanática hasta el crimen, es en la actualidad una mujer ya entrada en años, llena de tristeza y amargura, que trata de hacerse notar lo menos posible. Por nada del mundo accedería a regresar a la Unión Soviética. Además, ¿para qué iba ella a volver allí? Stalin murió. Beria fue ejecutado. Los amos actuales del Kremlin les han acusado de crímenes monstruosos, muchos de los cuales no han sido todavía revelados. Han rehabilitado a algunas de sus numerosas víctimas. ¿No llegarán algún día a rehabilitar la memoria del mismo Trotski? Ahora bien, Caridad y sus hijos han participado en esos crímenes, han vivido esa espantosa pesadilla... ¿Puede imaginarse destino más triste y más infernal que el de esta mujer?


Kupper fue llamado a Moscú tras el fracaso de la tentativa de evasión de Ramón Mercader del Río. Pereció en el curso de una purga organizada por Kruschev después de la muerte de Beria, y al mismo tiempo que desaparecían sus colaboradores más allegados: Merkulov, Sudoplátov, Eitingon, todos los que habían tenido algo que ver con el asesinato de León Trotski. Víctor Hugo tenía razón: siempre hay un verdugo para los verdugos.
París, octubre 1969.
Notas
(1) Caníbales políticos (Hitler y Stalin en España), México, 1941.
 
(2) Este Juan B. Gómez, agente del estalinismo en España, y más tarde uno de los organizadores del atentado perpetrado contra Trotski, fue de los que estaban empeñados en enviarme a un mundo mejor; felizmente para mí, yo estaba al corriente de sus maniobras.
(3) Machado (1871-1939), dictador cubano hasta la revolución de 1933, que llevó al poder al sargento Batista.
 
(4) Nosotros empleamos aquí sus diversos nombres: Sormenti, Contreras o Vidali, teniendo en cuenta el momento y las circunstancias en que él mismo los utilizaba.
 
(5) Ver La Grande Trahison (Fasquelle, París), de Jesús Hernández, antiguo ministro español y en otro tiempo miembro del Ejecutivo del Komintern en Moscú.
(6)  Bajo el nombre de Pedro, el que había de ser uno de los principales provocadores de los acontecimientos de 1956 en Budapest representaba al Komintern y a la GPU en Cataluña.
(7)  Tuve ocasión de establecer la prueba de su gran influencia en los medios oficiales: invitado por un servicio del Ministerio del Interior mexicano (Secretaría de Gobernación) a formular unas declaraciones sobre las actividades de la GPU relacionadas con el caso Trotski, no tardé en descubrir que había sido remitida una copia de aquéllas a dicho personaje
(8)  ¿Fue también a Nueva York Leonidas Eitington, responsable de la dirección técnica? Yo me inclino a creerlo: una decisión tan importante exigía la aprobación de los principales responsables.
 
(9) Se trata de Pavel Anatólievich Sudoplátov, cuyo papel dirigente en la ejecución del asesinato de Trotski, junto con importantes datos de dicho crimen, ha reconocido él mismo en el libro Operaciones especiales, Plaza y Janés, 1994 [Nota del editor].
(10) Castro Delgado confirmó lo que yo sabía ya por El Campesino: el famoso mariscal soviético, conocido por el sobrenombre de Manolito, había estado en España durante la guerra civil. Se afirma de él que, muy glotón, se hacia servir cada día un enorme cocido a la madrileña. Una de sus grandes proezas militares consistió en apoderarse de una veintena de sacos de garbanzos que hizo enviar a su casa de Moscú